El primer invierno
Capítulo II
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Dos años después de que Morcar partiera hacia el norte, cuando el viejo Godric ya dormía bajo la losa de la capilla y era Aelfric quien llevaba el sello del roble, Edric de Brynhaeth cruzó por primera vez las puertas de Aescholt.
Tenía dieciocho años y las manos demasiado grandes para el resto de él, como si el cuerpo aún no hubiese decidido del todo qué clase de hombre iba a construir.
Cabalgaba a la derecha de su padre, en la retaguardia de una pequeña embajada de ocho jinetes y dos carros, y llevaba desde el amanecer sin sentir los pies.
El invierno de aquel año había llegado con saña.
La nieve cubría los campos del interior en una costra dura que crujía bajo los cascos, los arroyos se habían detenido en mitad de su canto, y el cielo tenía ese color de peltre sucio que no promete sol ni tormenta, solo más frío.
Llevaban tres días cruzando un país que el mal año había dejado medio vacío.
Pasaron junto a aldeas de las que no salía humo, campos sin segar bajo la nieve porque no habían quedado brazos para segarlos, y una vez, en un cruce, un grupo de figuras envueltas en harapos que no pidieron nada —ni fuerzas tenían— y solo los miraron pasar con la paciencia terrible de los que ya no esperan.
Nadie de la embajada dijo palabra. No hacía falta.
Todos sabían leer aquellos signos: el invierno del hambre había llegado antes que ellos, y por caminos así viajaba Aelfric a hacer sus cuentas, no por gusto de la nieve.
Edric, que aún no sentía los pies, sintió en cambio, por primera vez con claridad, el peso de lo que significaba ser de los que iban a caballo y no de los que miraban pasar los caballos.
Aescholt no se parecía a Dunheath. No olía a sal ni a brea, no había gaviotas peleándose por las tripas del pescado, no se oía el mar respirando detrás de los muros.
Era un castillo de tierra adentro, plantado sobre una loma entre bosques de fresnos desnudos, más pequeño que el de su casa, más recogido, más callado.
Un lugar que no miraba al horizonte esperando barcos, sino hacia dentro, hacia sus propios campos y sus propios silencios.
Eran, en el fondo, dos maneras distintas de ser rico, y Edric, sin saberlo, las estaba comparando.
Dunheath vivía de fuera, del mar y de lo que el mar traía; su riqueza entraba y salía con la marea, y por eso su gente miraba siempre al horizonte, ansiosa y despierta.
Aescholt vivía de dentro, de sus propios campos y de sus silos, y su riqueza no navegaba: crecía despacio, a ras de tierra, al compás de las cosechas y del ganado, y se guardaba bajo llave contra el mal año.
Una casa así no se hacía rica de golpe, como podía hacerse un puerto en una buena temporada de lana; pero tampoco se arruinaba en una sola noche de tormenta.
Duraba. Y en un siglo en que casi nada duraba, durar era, quizá, la forma más callada de la fuerza.
—Recuerda por qué venimos —le había dicho Aelfric esa mañana, mientras se ataba el manto forrado de piel—. No a hacer amigos. A hacer cuentas.
Porque de eso se trataba, aunque nadie lo dijera con esas palabras.
El año había sido malo. Belcliff, el señorío mayor al que Dunheath rendía obediencia sobre el pergamino, había apretado los tributos de invierno como quien aprieta el cuello de un saco, y Aelfric —hombre decente, pero no ingenuo del todo— buscaba amigos discretos entre las casas medianas, aquellas lo bastante ricas para tener grano y lo bastante pequeñas para no querer llamar la atención.
Aescholt era una de ellas. Su señor, Cynric, guardaba silos llenos y una hija en edad de casar, y esas dos cosas, en el cálculo frío de las alianzas, solían viajar juntas.
Un mal año no era solo hambre: era una cuenta que no perdonaba.
Cuando la cosecha fallaba —una primavera fría, un verano de lluvias, una plaga en la espiga—, el campo se quedaba sin pan, pero las rentas seguían debiéndose igual, porque el tributo no entendía de nubes.
Entonces el señor mayor mandaba a sus hombres a cobrar lo de siempre sobre lo que ya no había, y el grano guardado de los señores medianos se volvía, de pronto, lo más valioso del mundo: la delgada línea entre una aldea que aguantaba hasta la siega siguiente y una aldea que se echaba a los caminos a mendigar o a morir.
Por eso Aelfric buscaba amigos con los silos llenos, y por eso los buscaba en voz baja: en años así, tener grano era tener poder, y enseñarlo de más era invitar a que vinieran a quitártelo.
Edric, entonces, no sabía nada de eso. O lo sabía como se saben las cosas a los dieciocho: de oídas, sin peso, como quien conoce el nombre de una enfermedad que nunca ha padecido.
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Llegaron al mediodía, si es que aquella claridad enferma merecía llamarse mediodía.
El patio de Aescholt estaba tomado por el bullicio de una casa que recibe: mozos que corrían a sujetar las bridas, criadas con jarras de agua caliente, el humo grueso de las cocinas escapando por las troneras.
Lord Cynric los recibió en persona en lo alto de la escalinata, un hombre enjuto de barba entrecana y ojos cansados, que abrazó a Aelfric con una cordialidad que a Edric le pareció medio sincera y medio ensayada, como casi todo entre señores.
A él lo saludaron con una inclinación de cabeza y lo olvidaron enseguida, que era exactamente lo que Edric prefería.
Se dejó llevar hasta las cuadras para vigilar que su caballo quedara bien atendido —una costumbre que su tío Morcar habría llamado debilidad y que él no podía evitar: le costaba estar cómodo mientras una bestia que lo había cargado todo el día tiritaba sin secar—.
Y fue allí, en el rincón más pobre de aquel patio noble, donde la vio por primera vez.
No supo, al principio, que era ella.
Vio a una muchacha arrodillada en el barro helado, junto al portón de las cuadras, sin manto de señora ni joyas ni séquito.
Tenía el cabello largo y oscuro recogido de cualquier manera bajo una toca de lana basta, y las mangas remangadas hasta el codo pese al frío que cortaba.
Delante de ella, acurrucada contra el muro, había una mujer del pueblo con dos niños pequeños —refugiados, quizá, de alguna aldea que el mal año había vaciado—, y la muchacha les estaba repartiendo pan y un caldo humeante de un cuenco de madera, con una naturalidad tan absoluta que no parecía caridad.
Parecía justicia. Como si devolviera algo que ya era de ellos y solo por un descuido del mundo no estaba en sus manos.
Uno de los niños, el más pequeño, lloraba de frío. La muchacha se quitó su propia toca y le envolvió con ella la cabeza y las orejas, dejando el suyo al descubierto, y el niño calló, y ella le dijo algo bajito que Edric no oyó, pero que le hizo al crío una sonrisa entre las lágrimas.
Edric se quedó mirándola sin saber que miraba. Sintió algo raro en el pecho, una especie de reconocimiento sin recuerdo, como cuando uno oye por primera vez una canción y jura que la conoce de siempre.
—No deberíais estar aquí, señor —dijo la muchacha, sin volverse, con la voz tranquila de quien tiene ojos también en la espalda—. Este rincón es de los que no tienen otro.
—Perdón —balbuceó Edric, y se dio cuenta demasiado tarde de que ella lo había tomado por un criado o un mozo de embajada—. Solo… venía por mi caballo.
Entonces ella sí se volvió. Y Edric vio sus ojos —claros, de un gris que tiraba a verde, quietos como el agua de un pozo hondo— y comprendió, con una certeza absurda para un muchacho que no sabía nada de nada, que iba a acordarse de aquel momento el resto de su vida.
—Un hombre que se preocupa primero por su caballo —dijo ella, midiéndolo— no suele ser mal hombre. Los que no cuidan a las bestias tampoco cuidan a las personas. Solo que con las personas saben disimularlo mejor.
Y se levantó, se sacudió el barro de las rodillas sin ninguna vergüenza, y se fue con el cuenco vacío hacia las cocinas, dejando a Edric de pie en el frío, con la boca entreabierta y el corazón haciendo algo que no le había pedido que hiciera.
No fue hasta esa noche, en el salón, cuando Lord Cynric la presentó vestida de otra manera —un vestido de lana teñida de azul oscuro, el cabello ahora peinado y cubierto por un velo fino— y dijo «mi hija, Aethelind», que Edric entendió a quién le había pedido perdón en las cuadras.
Se puso rojo hasta las orejas. Aethelind, desde el otro lado de la mesa larga, lo miró un instante y no dijo nada.
Pero en la comisura de su boca hubo algo, apenas una sombra, que a Edric le supo a complicidad y le duró encendido toda la cena.
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Se quedaron seis días en Aescholt, retenidos por una nevada que cerró los caminos.
Para Aelfric y Cynric, seis días fueron el tiempo justo de hablar de grano, de rutas, de Belcliff y de sus apetitos, en voz baja, junto al fuego, con esa lentitud de los tratos que no quieren parecer tratos.
Para Edric fueron otra cosa. Fueron el descubrimiento de que el mundo, que hasta entonces le había parecido un lugar previsible y algo triste, podía contener a una persona como Aethelind.
La buscaba sin buscarla. Ella lo encontraba sin encontrarlo.
Coincidían en la galería donde ella hilaba con las mujeres de la casa, o en la capilla helada, o junto a los establos, donde él seguía yendo cada día con la excusa del caballo y la verdad de que allí, a veces, ella pasaba.
Hablaban poco al principio. Pero Edric descubrió que con ella el silencio no pesaba; era un silencio como el de los bosques de su tierra, lleno por dentro.