La Corriente Oculta (La Daga y el Río 2) El acero que no se templa #3
7%

El acero que no se templa #3

Un hijo menor sin tierras no era, del todo, un pobre: era otra cosa, más rara y más peligrosa.

Le quedaba el linaje, que abría puertas, y le quedaba el cuerpo, que era su único capital.

En un siglo así, un hombre de buena cuna y sin herencia podía convertir el filo en tierra si era duro, si era listo y si tenía la paciencia de esperar la ocasión: ofrecerse a un señor que necesitara brazos, ganar con ellos un rincón de frontera, poblarlo, defenderlo y despertar un día siendo dueño de lo que había empezado guardando para otro.

No era honroso a los ojos de los viejos linajes.

Pero el mundo lo hacían cada vez más hombres así: segundones con hambre, que no tenían nada que perder y por eso se atrevían a todo.

Morcar cabalgaba hacia el norte convertido, sin habérselo propuesto, en uno de ellos.

El joven Edric se apartó de su padre y se acercó al estribo. Alzó la cara, seria bajo el frío del amanecer.

—¿Volverás, tío?

Morcar lo miró desde la altura de la silla. Podría haberle mentido con dulzura, como se miente a los que aún creen que el mundo es justo. No lo hizo. Nunca había sabido.

—Todo el mundo vuelve, muchacho —dijo—. La cuestión es cómo.

Y espoleó al ruano antes de que la respuesta pudiera enredarse en otra pregunta.

Cruzó la ciudad baja cuando el puerto despertaba: el chirriar de las poleas, el olor a brea y a pescado de la noche, las voces roncas de los hombres que amarraban y desamarraban en la niebla.

Nadie lo reconoció. O si lo reconocieron, nadie se descubrió.

Un hijo menor que se marcha no es un cortejo; es una corriente de aire que cruza una puerta y se lleva un poco de calor, y nada más.

En el adarve de poniente, dos figuras vieron alejarse al jinete por la calzada gris.

Aelfric había subido sin decir a qué, y el muchacho lo había seguido, y ahora estaban los dos con las manos en el parapeto frío, viendo achicarse al ruano entre la niebla. Olía a marea baja. Una gaviota se dejó caer desde la torre, rasó los tejados y volvió a subir con algo en el pico.

—Dice que volverá —dijo Edric.

—Ya.

El jinete se fue haciendo pequeño calzada arriba, hacia las colinas. Aelfric no apartaba la vista. Abría y cerraba la mano derecha sobre la piedra, despacio, como quien no sabe qué hacer con una moneda que nadie le ha querido aceptar.

—Le ofrecí lo que tenía —dijo, sin volverse—. Senescal. El puerto. Lo que quisiera. —Tragó saliva—. ¿Hice mal?

Edric miró a su padre. No sabía aún casi nada del mundo, pero supo, con una certeza que le duró toda la vida, que aquella pregunta no debía contestarla un hijo.

«Mi padre le pregunta a un niño si hizo mal. Eso es lo que el abuelo no le perdona. Que pregunta.»

—Hace frío —dijo en voz alta.

—Sí —dijo Aelfric, agradecido de que el mundo volviera a ser del tamaño del frío—. Baja tú. Yo me quedo un poco.

Edric bajó. Y su padre se quedó solo en el adarve, con la mano abriéndose y cerrándose sobre la piedra, guardando el puesto de una despedida que ya había terminado.

Lo que aguardaba al final de aquel camino no era un premio.

El norte del que hablaba su padre era una tierra que aún no se había repuesto de su propia historia.

Una generación larga atrás, para escarmentar una rebelión, los conquistadores la habían asolado de un mar al otro: quemados los graneros, muerto o huido cuanto respiraba, sembrada de sal la tierra para que ni el hambre volviera pronto.

Todavía quedaban valles donde el viento silbaba entre aldeas sin nadie y campos que habían vuelto a ser bosque.

Sobre aquel yermo, la corona repartía tierras a quien fuese lo bastante duro para tomarlas y guardarlas frente a los hombres de más al norte, los de detrás de la última muralla, que bajaban en cuanto olían la debilidad.

Era un sitio para empezar de cero o para desaparecer sin que nadie lo anotara. Godric lo sabía.

En lo alto de la calzada, donde el camino empezaba a trepar hacia las colinas y el brezo, tiró de las riendas y se volvió una última vez.

Dunheath se extendía abajo, entre la niebla y la luz sucia del amanecer, con sus dos murallas, sus tejados de pizarra mojada, la torre gris de la casa recortada contra un cielo del color del estaño.

Y a sus pies, ancho, lento, indiferente, el río.

Bajaba de las montañas del oeste envuelto en bruma, se deslizaba junto a la ciudad como una serpiente vieja que ya no tiene prisa por morder, y se abría al fin en el mar, allá donde el agua dulce y la salada se confundían sin aprender jamás a obedecerse.

Morcar lo miró largo rato. Un río no perdona ni recuerda, se dijo; solo baja. Pasa por encima de lo que encuentra y lo lleva consigo hasta el mar, y a nadie le pide permiso. Un hombre podía aprender mucho de un río, si tenía la paciencia de mirarlo sin sentir nada.

«Volveré,» pensó. «No como el que se fue. Volveré cuando la decencia no baste. Y para entonces sabré lo que mi padre no me enseñó: que una casa no se hereda. Se toma, o se deja tomar. Lo que uno cree de sí mismo termina siendo lo que uno es… y yo pienso creerme otra cosa.»

El viento del oeste le empujó la capa contra la espalda, como si también él quisiera echarlo. Morcar hundió los talones en los flancos del ruano y no volvió a mirar atrás.

Detrás quedaba el río, bajando hacia el mar con su vieja paciencia de siglos, sin saber —porque los ríos no saben— que un día, muy lejos todavía, cobraría de aquella casa una deuda que nadie había firmado.

Por delante, el norte. Gris. Frío. Paciente como él.