La Corriente Oculta (La Daga y el Río 2) El acero que no se templa #2
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El acero que no se templa #2

Morcar no respondió. Pero por primera vez en toda la tarde, algo se movió en su interior que no era rencor. Fue casi curiosidad. Miró a Wystan como se mira, de pronto, a alguien a quien creías conocer y descubres que hablaba tu misma lengua sin que tú lo supieras.

El viejo dio por terminada la reunión con un gesto de la mano, ese gesto suyo que había cerrado tratos y despedido embajadas y enterrado a una esposa.

Los criados entraron con el caldo y el pan y una jarra de vino especiado que nadie tocó con ganas.

Comieron en silencio, o casi. El joven Edric no probó apenas el caldo; tenía la mirada ida, esa mirada de los muchachos que acaban de ver, por primera vez, que la justicia y el poder no siempre viajan en el mismo caballo.

En un momento dado alzó los ojos y los clavó en Morcar, largo, sin desafío y sin lástima, solo con una especie de disculpa muda, como si quisiera decirle que él no había pedido heredar lo que a su tío le negaban.

Morcar le sostuvo la mirada hasta que el muchacho la bajó.

«El futuro de Dunheath,» pensó. «Un chico blando de tan bueno.

Guiará un bosque sin arrancarlo,» —y no supo, no podía saber, que años después alguien diría casi esas mismas palabras sobre un recién nacido—.

«Y el bosque se lo comerá vivo, porque el mundo no es un bosque.

Es un río. Y el río solo respeta a quien aprende a ponerle un puente… o a quitárselo.»

·   ·   ·

Lo encontró en la galería alta, esa misma noche, cuando el castillo dormía y solo velaban el mar y los perros.

—Sabía que no dormirías —dijo Wystan.

Estaba apoyado en el alféizar de una de las troneras, con una vela protegida del viento en el hueco de la mano, mirando hacia abajo, hacia el patio, hacia la ciudad baja donde aún titilaban un par de lámparas de pescadores madrugadores.

Se había echado una capa de piel sobre la manta, pero seguía temblando.

Wystan siempre temblaba. Había nacido azul, decían las criadas viejas, con el cordón enredado al cuello, y desde entonces vivía como quien camina sobre hielo fino, oyendo crujir el suelo a cada paso.

—Vete a la cama, Wystan. Mañana tú también estarás cansado de fingir pena.

—No finjo pena. —Tosió—. Yo no tengo nada que fingir.

A mí no me han quitado nada esta tarde, porque a mí nunca me lo iban a dar.

El heredero es Aelfric. El heredero será su niño.

Yo soy el que toserá en un rincón hasta que un invierno me lleve.

Nadie disputa lo que no vale la pena disputar.

—Se volvió, y la vela le puso el rostro del color de la cera—.

Tú, en cambio… tú vales la pena. Por eso te alejan.

Morcar se acercó. Abajo, el agua negra del puerto lamía los pilotes con una paciencia infinita.

—Habla claro o cállate.

Wystan sonrió. Metió la mano libre bajo la capa y sacó, doblado en cuatro, un trozo de pergamino gastado en los pliegues de tanto abrirlo y cerrarlo.

Lo desplegó contra el alféizar, con cuidado, apartando la vela para que la cera no cayera encima.

Morcar tardó un instante en entender lo que veía a la luz temblorosa.

Era Dunheath. Pero no la Dunheath de los mapas de los monjes, con sus santos y sus caminos rectos que no existían.

Era la otra. La verdadera. Trazada con una letra minúscula y obsesiva, casa por casa, muelle por muelle, con marcas y números al lado de cada gremio, de cada almacén, de cada puerta de la muralla.

Aquí, el grano. Aquí, la sal. Aquí, quién debe a quién.

Aquí, la campana que suena si falta un hombre en la guardia.

Porque la riqueza de una casa como aquella no brotaba de la tierra, o no sobre todo: brotaba del agua.

Dunheath vivía de su puerto, de ser una boca abierta al mar de Irlanda por la que entraba y salía medio mundo.

Salían la lana y los cueros hacia el sur; volvían la sal, el vino, el hierro.

Se cobraba peaje a cada casco que amarraba, diezmo a cada cargamento, y el pescado salado del verano era lo que llenaba las tripas en enero.

El que mandaba en el muelle mandaba en Dunheath más que el que ocupaba la silla alta, aunque la silla alta prefiriese no saberlo.

Y todo aquello —los cargamentos, los almacenes, los peajes, quién debía a quién, qué se guardaba para cuando el mar cerrara— cabía en aquel pergamino que un moribundo había ido levantando a la luz de una vela, calle por calle, como quien copia el esqueleto de un animal no para admirarlo, sino para saber por dónde se le da muerte.

—¿Qué es esto? —preguntó Morcar, aunque ya lo sabía. Lo sabía en el estómago antes que en la cabeza.

—Es una casa —dijo Wystan—. La de verdad.

No la que se hereda con una palabra junto al fuego, sino la que se sostiene con esto.

—Golpeó el pergamino con un dedo huesudo—.

Padre cree que Dunheath es la sangre. Aelfric creerá que es el amor.

Los dos se equivocan. Dunheath es quién tiene el trigo cuando el mar se cierra, y quién tiene la deuda del que tiene el trigo.

Llevo tres inviernos dibujándola. No para tomarla, hermano.

No tengo tiempo, ni fuerzas, ni ganas. La dibujo porque me gusta entender las cosas antes de morirme.

Es lo único que un enfermo puede coleccionar: verdades.

Morcar pasó la yema del dedo por las líneas. Sintió el pergamino frío, la tinta reseca, el relieve leve de la escritura. Y sintió, por debajo, otra cosa que no supo nombrar aún: la primera piedra de algo. Un cimiento que no había puesto él, pero sobre el que un día levantaría una torre.

—¿Por qué me lo enseñas?

—Porque a ti no te lo va a dar nadie —dijo Wystan, doblando el mapa de nuevo, sin ofrecérselo—.

Y a ti no te importará esperar. Yo me moriré pronto.

Aelfric gobernará como gobiernan los hombres decentes: bien, y sin ver venir nada.

Su niño heredará su decencia. Y un día, hermanito, la decencia no bastará.

Un mal año. Una guerra. Una tormenta. Y entonces habrá que preguntarse quién entendió Dunheath de verdad.

—Guardó el pergamino bajo la capa, junto al pecho, como quien esconde una reliquia o un cuchillo—.

Vete al norte. Hazte de hierro. Y cuando esto que dibujo empiece a valer, acuérdate de que fue tu hermano el enfermo quien te enseñó a leer una ciudad.

Se alejó por la galería arrastrando los pies, con la vela, dejando a Morcar a oscuras junto a la tronera.

Abajo, el mar seguía. Arriba, ni una estrella. Y Morcar se quedó mucho rato mirando la nada, con la sensación exacta de que su padre le había cerrado una puerta esa tarde y su hermano moribundo, sin querer, acababa de mostrarle una ventana.

·   ·   ·

Partió al alba, como estaba dicho.

No hubo despedida en el patio. Godric no bajó.

Aelfric sí, con el muchacho al lado y la torpeza a cuestas, y le tendió a Morcar una bolsa de monedas que este no rechazó —no era orgullo lo que le sobraba, sino cálculo, y un hombre no rechaza plata cuando va camino de un sitio donde la plata es lo único que calienta—.

El caballo prometido resultó ser bueno, un ruano fuerte de patas anchas, hecho para el barro y el frío, y eso Morcar se lo agradeció a su padre en silencio, porque en la elección del animal había más verdad que en todo lo dicho junto al fuego: Godric podía negarle el filo de la casa, pero no le mandaba a morir. Lo mandaba a durar.