La Corona Robada (El Pacto De Las Coronas 1) CAPÍTULO 26 — El Mensaje de un Hermano
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CAPÍTULO 26 — El Mensaje de un Hermano

Los instructores de Avelia llegaron dos semanas después de la audiencia con Lysbeth, tres Hadas de expresión severa cuyos nombres Aurora apenas lograba retener entre la intensidad de las primeras sesiones de entrenamiento, cada una especializada en un aspecto distinto del control mágico que Aurora necesitaría dominar antes de que su poder volviera a desbordarse sin control.

—El problema no es la magnitud de su poder —explicó la mayor de las tres, una mujer llamada Fenrys cuya edad resultaba tan indeterminable como la de la propia Lysbeth—, sino la falta de límites claros entre su voluntad consciente y el instinto que la impulsa a actuar en momentos de crisis emocional extrema.

Cuando salvó a su nodriza, actuó desde el amor y el terror en igual medida.

Necesita aprender a acceder a ese mismo poder desde un lugar de calma deliberada, no solo desde la desesperación.

Los ejercicios resultaron considerablemente más agotadores de lo que Aurora había anticipado, cada sesión dejándola físicamente exhausta pero también, gradualmente, más consciente de los límites y posibilidades reales de su propio don.

Maela participaba en cada ejercicio, su presencia sirviendo tanto de apoyo emocional como de contrapunto práctico, dado que su propia magia, aunque considerablemente menor en escala que la de Aurora, compartía suficientes similitudes fundamentales para servir como ejemplo comparativo útil.

—Sientes la diferencia —observó Fenrys, durante uno de los ejercicios más avanzados, mientras Aurora intentaba mantener un flujo constante y controlado de energía dorada sin permitir que esta se intensificara más allá de lo estrictamente necesario—.

Entre forzar el poder hacia afuera y permitirle fluir con su propia voluntad guiada por la tuya.

Eso, precisamente eso, es lo que Aerion nunca logró aprender a tiempo.

La mención de aquel nombre, que Aurora había escuchado por primera vez apenas semanas atrás, todavía le provocaba un escalofrío cada vez que alguien lo pronunciaba, un recordatorio constante de las consecuencias devastadoras que podrían derivarse de un control inadecuado sobre aquel don.

Las otras dos instructoras, una pareja de hermanas gemelas llamadas Ilyana y Ferys, se especializaban respectivamente en el control emocional durante el ejercicio de la magia y en la resistencia física necesaria para sostener manifestaciones prolongadas sin colapsar de agotamiento.

Sus métodos, aunque considerablemente más suaves que la disciplina exigente de Fenrys, resultaban igualmente efectivos, y Aurora encontró en ellas una calidez inesperada que contrastaba con la frialdad inicial que había anticipado de cualquier representante oficial de Avelia.

—No está entrenando para convertirse en un arma —le explicó Ilyana, durante una pausa entre ejercicios, mientras Aurora recuperaba el aliento tras una sesión particularmente demandante—.

Está entrenando para convertirse en la mejor versión de sí misma, una que pueda sostener su propio poder sin que este defina cada aspecto de quién es usted como persona.

Esa distinción, Consejera, marcó la diferencia entre quienes sobrevivieron a dones similares en el pasado y quienes, como el pobre Aerion, terminaron consumidos por ellos.

Aurora absorbió aquellas palabras con una gratitud genuina, sintiendo que, por primera vez desde el despertar completo de su poder, no enfrentaba aquel proceso de aprendizaje completamente sola, rodeada únicamente de quienes temían lo que podía llegar a ser.

Maela, observando cada sesión con la atención de una madre orgullosa disfrazada de simple espectadora, ocasionalmente ofrecía sus propias observaciones, comparando los métodos élficos con las técnicas más antiguas que ella misma había practicado durante siglos de exilio silencioso.

—Los métodos de Avelia son más sistemáticos que los míos —admitió una tarde, mientras caminaban juntas de vuelta hacia el ala oeste tras una sesión particularmente intensa—.

Pero lo que yo te ofrecí durante toda tu infancia, niña, fue algo que ningún instructor formal podría replicar del todo: la certeza inquebrantable de que valías la pena proteger, sin importar lo que tu propio don terminara siendo.

—Ambas cosas me han traído hasta aquí —dijo Aurora, tomando la mano de su nodriza con un afecto que las semanas de crisis compartida habían profundizado aún más—. No sé qué habría sido de mí sin ninguna de las dos.

Fue durante la tercera semana de entrenamiento intensivo que el mensaje llegó, entregado por un halcón entrenado que ningún guardia logró identificar del todo hasta que Corvin, examinando el pequeño pergamino atado a su pata, reconoció el sello distintivo que solo podía pertenecer a un origen.

—Es de Kaelen —dijo, la voz cargada de una sorpresa que igualaba la de Aurora al escuchar aquel nombre después de semanas de silencio absoluto desde su encuentro en el claro fronterizo.

Aurora tomó el pergamino con manos temblorosas, desenrollándolo con un cuidado casi reverente, como si el simple acto físico de manipular aquel objeto pudiera de alguna forma dañar el frágil vínculo que empezaba a formarse entre ellos.

—¿Qué dice? —preguntó Corvin, notando la expresión cambiante de Aurora mientras leía, una mezcla de esperanza y aprensión que reflejaba, sospechó él, exactamente lo que cualquiera sentiría al recibir noticias de un familiar todavía tan incierto en su lealtad final.

Aurora no respondió de inmediato, prefiriendo terminar de leer el mensaje completo antes de compartir su contenido, cada palabra grabándose en su memoria con una precisión que sabía recordaría durante mucho tiempo, sin importar cómo terminara resolviéndose finalmente aquella relación fraternal tan recién descubierta.

Aurora, decía el mensaje, la caligrafía tensa pero legible, he pasado semanas verificando cada palabra que me ofrecieron. Investigué por mi cuenta, con la discreción que Ivor me enseñó sin saber que algún día la usaría en su contra. Confirmé lo suficiente para saber que no mintieron.

No estoy listo para unirme a ustedes abiertamente.

Todavía hay demasiado dolor, demasiadas dudas que ni la verdad más honesta puede disolver de la noche a la mañana.

Pero tampoco puedo seguir sirviendo, con la misma ciega devoción de antes, a un hombre que construyó mi vida entera sobre una mentira calculada.

Ivor planea atacar durante su próxima sesión de entrenamiento con los instructores de Avelia.

Conoce el horario, la ubicación, y cuenta con que la vulnerabilidad natural que surge durante el proceso de aprendizaje sea suficiente para que sus agentes logren lo que la facción radical no consiguió antes.

No puedo detenerlo directamente sin revelar que ya no confío en él, algo que necesito mantener oculto un poco más de tiempo por razones que espero, algún día, poder explicarte completamente.

Considera esto una advertencia, no una alianza formal. Todavía no. Pero es un comienzo, hermana. Es lo único que puedo ofrecerte por ahora.

Kaelen.

—Es real —dijo Aurora, después de que Corvin terminara de leer el mensaje con la misma atención minuciosa que aplicaba a cualquier documento de importancia estratégica—.

Puedo sentirlo, de alguna forma que no logro explicar del todo.

La misma sensación que experimenté durante el ritual de enraizamiento.

—Entonces tenemos que actuar sobre esta información inmediatamente —dijo Corvin—.

Si Ivor planea atacar durante su próxima sesión de entrenamiento, necesitamos convertir esa vulnerabilidad aparente en una trampa que juegue a nuestro favor, en lugar de simplemente cancelar el entrenamiento y perder el tiempo valioso que necesita para dominar su poder.

Cassian, convocado de inmediato ante la gravedad de la noticia, consideró la propuesta con la misma precisión calculadora que aplicaba a cualquier decisión militar.

—Podemos reforzar la seguridad alrededor del lugar de entrenamiento sin que parezca una respuesta directa a una advertencia específica —dijo—.

Mis mejores hombres, posicionados con suficiente anticipación para no levantar sospechas, pero listos para intervenir en el momento exacto en que los agentes de Ivor hagan su movimiento.

—Y yo puedo participar en la sesión misma, sin revelar que sabemos del ataque planeado —añadió Fenrys, que había sido convocada también a la reunión de emergencia—.

Los instructores de Avelia estamos entrenados para reaccionar ante amenazas mágicas repentinas.

Cualquier intento de emboscada encontrará una resistencia considerablemente mayor de la que Ivor probablemente anticipa.

Dorian, que había permanecido escuchando la planificación con su atención calculadora habitual, ofreció una sugerencia adicional que Aurora no había considerado.

—Deberíamos filtrar información falsa sobre el nivel de seguridad esperado —dijo—.

Si logramos que los informantes de Ivor reporten una vigilancia menor de la real, sus agentes entrarán con mayor confianza, y esa confianza excesiva podría ser exactamente la ventaja que necesitamos para capturarlos vivos en lugar de simplemente repelerlos.

—Una sugerencia excelente —concedió Cassian, con un respeto que había ido creciendo constantemente hacia las habilidades estratégicas de su hermano durante las últimas semanas de crisis compartida—. Prisioneros vivos nos darían mucho más valor que simples cadáveres anónimos.

Aurora sintió que la determinación reemplazaba gradualmente el miedo inicial que la noticia del ataque planeado le había provocado, la certeza renovada de que, con cada aliado que se sumaba a su causa, la posición de Ivor se volvía progresivamente más precaria.

—Entonces hagámoslo —dijo—. Convirtamos su trampa en la nuestra.