CAPÍTULO 25 — La Cacería Comienza
La comitiva llegó a Ashvale apenas cinco días después del ataque al invernadero, ondeando el estandarte oficial de la Corte de Sombras de Avelia con una solemnidad que no lograba ocultar del todo la urgencia real de su propósito.
Aurora los observó desde una ventana elevada del ala real, todavía recuperándose del agotamiento físico que el despertar completo de su poder le había dejado, mientras Yselda, con el rostro tenso de quien ya anticipa el contenido de la reunión que está a punto de presenciar, se dirigía a recibirlos formalmente en el patio de entrada.
—Es la propia Consejera Máxima de Nyxhollow —dijo Corvin, apareciendo junto a Aurora con una expresión que combinaba alivio y una preocupación renovada—. No envían a alguien de ese rango a menos que la situación se considere de máxima prioridad para toda la corte.
—¿Eso es bueno o malo? —preguntó Aurora, sintiendo que el estómago se le encogía ante la incertidumbre.
—Depende completamente de lo que venga a decir —admitió Corvin—. Pero al menos significa que la toman en serio, en lugar de delegar el asunto a subordinados que podrían actuar con menos cautela.
La audiencia formal se convocó esa misma tarde, y Aurora, pese a las protestas médicas de que necesitaba más descanso, insistió en presentarse personalmente ante la Consejera Máxima, negándose a permitir que su destino se decidiera en una conversación de la que ella misma estuviera ausente.
—Debería dejar que yo hable primero —sugirió Cassian, encontrándola en el corredor mientras se dirigían juntos hacia el Salón del Trono—. Como representante oficial de la corona, podría establecer un tono más formal antes de que la conversación se vuelva personal.
—Agradezco la oferta, Cassian —dijo Aurora—, pero esto me concierne directamente a mí, más que a cualquier protocolo de corte. Si Nyxhollow viene a decidir mi destino, prefiero enfrentarlos yo misma, sin intermediarios que suavicen lo que realmente está en juego.
Cassian la observó con una mezcla de preocupación fraternal y un respeto renovado que había ido creciendo constantemente desde la revelación sobre Kaelen.
—Está bien —concedió finalmente—. Pero no vas a enfrentarlos sola. Toda la familia estará presente, guste o no a la Consejera Máxima.
Aurora sintió una gratitud silenciosa ante aquella determinación fraternal, un recordatorio más de cuánto había cambiado su relación con Cassian desde que la crisis compartida los había obligado a dejar de lado las rivalidades que habían definido su infancia.
Entraron juntos al Salón del Trono, donde ya esperaban Aldric, Seraphine, Dorian y Lysander, cada uno posicionado con la misma determinación silenciosa de presentar un frente familiar unido ante cualquier amenaza que Nyxhollow pudiera representar.
La Consejera Máxima Lysbeth Nightveil resultó ser una mujer de presencia imponente, el cabello completamente blanco pese a un rostro que no mostraba edad alguna, los ojos de un violeta profundo que evaluaron a Aurora con una intensidad que recordaba, incómodamente, a la misma sensación que había experimentado durante su primer encuentro con Corvin, meses atrás.
—Consejera Thornecrest —dijo, inclinándose con la cortesía mínima que el protocolo exigía—. Las noticias de lo ocurrido en su palacio han llegado hasta Nyxhollow con una velocidad que confirma la magnitud de lo que allí ocurrió.
—Salvé la vida de alguien que amo —dijo Aurora, sin rodeos—. Si eso es lo que ha venido a discutir, Consejera, prefiero que hablemos con la mayor claridad posible desde el principio.
Lysbeth consideró la respuesta directa con una expresión que Aurora no logró descifrar del todo, hasta que finalmente, con un gesto que sorprendió a todos los presentes, tomó asiento sin esperar la invitación formal del propio Aldric.
—Hace tres siglos —comenzó, la voz cargada de un peso histórico que llenó todo el salón—, mi corte presenció el nacimiento de un poder similar al suyo en las tierras de Avelia.
Un joven Hada con la capacidad de revivir lo que debería permanecer muerto.
Lo que siguió a ese descubrimiento fue una de las guerras más devastadoras que nuestro pueblo ha enfrentado jamás, cuando facciones enteras se enfrentaron entre sí por el control de aquel poder, algunas buscando explotarlo, otras buscando destruirlo antes de que destruyera el equilibrio natural del mundo.
—¿Qué le pasó a él? —preguntó Aurora, sintiendo un escalofrío ante la implicación evidente de aquella historia.
—Murió —dijo Lysbeth, sin suavizar la respuesta—.
Consumido, en última instancia, por la magnitud de su propio don, incapaz de sostener el peso de decidir sobre la vida y la muerte sin que esa responsabilidad terminara fragmentando su propia cordura.
Es la razón, Consejera Thornecrest, por la que mi corte ha vigilado con tanta atención cualquier indicio de que un poder similar pudiera manifestarse de nuevo.
El silencio que siguió a aquella revelación se sintió considerablemente más pesado que cualquier amenaza directa que Aurora hubiera anticipado, la posibilidad de que su propio don pudiera, eventualmente, consumirla de la misma forma resonando con un terror que no había considerado del todo hasta ese momento.
—¿Cómo se llamaba? —preguntó Aurora, en voz baja—. El joven de hace tres siglos.
Lysbeth pareció sorprendida por la pregunta, como si nadie antes se hubiera molestado en preguntar por el nombre de aquel hombre perdido a la historia, reducido en la memoria colectiva a una simple advertencia cautelar.
—Aerion —dijo finalmente—. Aerion Duskryn, de hecho, ancestro lejano del propio enviado que la acompaña.
Aurora sintió que el aire se le atoraba en el pecho, girándose hacia Corvin con una sorpresa que igualaba, sospechó, a la que él mismo sentía en ese momento.
—Nunca me contaron esa historia —dijo Corvin, la voz cargada de una emoción compleja que no intentó disimular—. Mi familia rara vez habla de nuestros ancestros más lejanos, especialmente aquellos cuyas historias terminaron en tragedia.
—No es sorprendente —dijo Lysbeth, con una compasión inesperada en la voz—.
El dolor de esa pérdida marcó profundamente a mi corte durante generaciones enteras.
Quizás, enviado Duskryn, el destino tiene un sentido del humor más elaborado del que solemos atribuirle, al ponerlo precisamente a usted en el camino de otra portadora de ese mismo don.
Aurora sintió que aquella revelación añadía una capa completamente nueva de significado a todo lo que Corvin había arriesgado por ella, la conexión ancestral entre ambos volviéndose, de pronto, mucho más profunda de lo que ninguno de los dos había imaginado hasta ese momento.
—Entonces viene a advertirme, no a atacarme —dijo Aurora, finalmente, procesando la información con una calma que ocultaba el torbellino de emociones debajo.
—Vengo a ofrecerle una elección que aquel joven de hace tres siglos nunca tuvo —dijo Lysbeth—.
Entrenamiento adecuado, supervisado directamente por mi corte, para que aprenda a sostener su poder sin que este termine sosteniéndola a usted.
O, si prefiere rechazar esa oferta, la garantía de que mi corte no intervendrá directamente en sus asuntos, siempre que usted misma establezca límites claros sobre cuándo y cómo ejerce ese don.
—¿Y la facción radical que ya intentó matarme, tanto a mí como a Yselda? —preguntó Aurora, sin bajar la guardia pese al tono aparentemente conciliador de la Consejera—. ¿Qué garantías tengo de que no seguirán actuando por su cuenta, sin importar lo que usted decida oficialmente?
Lysbeth frunció el ceño, una expresión de genuino disgusto cruzando su rostro habitualmente controlado.
—Esa facción actúa sin mi autorización ni mi conocimiento previo, Consejera —dijo, con una firmeza que no dejaba lugar a dudas sobre su sinceridad—.
Y le aseguro que, ahora que tengo pruebas claras de su existencia y sus métodos, no pienso permitir que continúen operando libremente dentro de mi propia corte.
Considérelo, si lo desea, una guerra interna que apenas comienza en Nyxhollow, tan real y urgente como la que usted enfrenta aquí, en Lyrengard.
Corvin, que había permanecido en silencio observando el intercambio con atención calculadora, finalmente intervino.
—Consejera Máxima —dijo—, si su corte realmente desconocía las actividades de esta facción hasta ahora, entonces mi decisión de romper con la misión original que me asignaron cobra un sentido completamente distinto.
No desafié a mi corte entera. Desafié a una facción corrupta operando dentro de ella sin autorización.
—Es una distinción que valoro considerablemente, enviado Duskryn —dijo Lysbeth, con algo parecido al respeto genuino cruzando su expresión—.
Y una que pienso investigar a fondo apenas regrese a Nyxhollow.
Mientras tanto, su posición permanece segura.
Ha demostrado, con creces, exactamente el tipo de juicio independiente que mi corte debería valorar más, no menos.
Aldric, que había escuchado el intercambio completo con una atención cuidadosa, finalmente formuló la pregunta que Aurora sospechaba pesaba sobre toda la familia desde el inicio de la audiencia.
—¿Qué garantías concretas puede ofrecer esta corona de que mi hija estará segura, más allá de las palabras de buena fe? —preguntó, la voz cargada de una autoridad renovada que Aurora reconocía como genuina en lugar de meramente protocolar.
—Ninguna garantía absoluta, Majestad —admitió Lysbeth, con una honestidad que Aurora apreció considerablemente más que cualquier promesa vacía—.
Los conflictos entre facciones rara vez se resuelven de la noche a la mañana, y sería una falsedad prometerle protección total contra cada elemento radical que pudiera surgir.
Lo que sí puedo garantizar es la atención directa y prioritaria de mi propia autoridad sobre este asunto, algo que ningún antecesor mío ofreció jamás a la situación de Aerion Duskryn hace tres siglos.