CAPÍTULO 24 — El Despertar
El ataque llegó sin previo aviso, apenas dos días después del ritual de enraizamiento, mientras la mayor parte de la corte dormía y solo los guardias del turno nocturno mantenían la vigilancia habitual sobre las murallas de Ashvale.
Aurora despertó al sonido de las campanas de alarma resonando por todo el palacio, un clamor urgente que la sacó de un sueño profundo con el corazón ya martilleando antes de que su mente terminara de comprender del todo la magnitud de lo que ocurría.
Se vistió apresuradamente y corrió hacia el patio principal, donde encontró un caos de guardias movilizándose, sirvientes asustados corriendo en todas direcciones, y, sobre todo, un resplandor anaranjado en el horizonte que no podía significar nada bueno.
—Fuego en el ala oeste —dijo Cassian, encontrándola a mitad de camino, ya vestido con la armadura ligera que reservaba para emergencias reales, la espada desenvainada en su mano—.
Y criaturas de sombra, Aurora. Las mismas que enfrentaste en el camino hacia la frontera, según describen los guardias que lograron escapar del primer contacto.
—¿Cuántas? —preguntó Aurora, el terror y la determinación mezclándose en igual medida mientras corría junto a su hermano hacia el origen del caos.
—Demasiadas para ser un ataque improvisado —dijo Cassian—. Esto fue planeado con precisión. Alguien sabía exactamente qué puntos de nuestras defensas eran más vulnerables.
Corrieron juntos a través de los corredores del palacio, el caos intensificándose a cada paso: guardias caídos junto a las puertas del ala oeste, sus armaduras marcadas con las mismas heridas oscuras que Aurora recordaba de su propio enfrentamiento con los espectros de sombra meses atrás; sirvientes acurrucados en las esquinas, demasiado aterrorizados para huir del todo; y, sobre todo, un silencio antinatural que se filtraba entre los gritos ocasionales, como si el propio aire hubiera sido succionado por la presencia de algo que no pertenecía del todo a aquel mundo.
—Esto es obra de Ivor —dijo Aurora, la certeza asentándose con cada paso que la acercaba más al origen del incendio—. Nadie más tendría el poder ni el motivo para orquestar algo de esta magnitud, tan pronto después de su visita.
—Probablemente tiene razón —dijo Cassian—, aunque eso no cambia nuestra prioridad inmediata: contener el daño antes de que se extienda a otras alas del palacio.
Llegaron al invernadero del ala oeste —el mismo refugio que Aurora había considerado, hasta esa misma noche, el lugar más seguro de todo el palacio— para encontrarlo envuelto en llamas, las plantas que habían empezado a recuperar la vida bajo el cuidado silencioso de Maela ahora consumiéndose en un incendio que no tenía nada de natural, alimentado por algo mucho más oscuro que cualquier chispa accidental.
Y en el centro de aquel infierno, luchando contra dos criaturas de sombra que la superaban considerablemente en número, se encontraba Maela.
—¡Maela! —gritó Aurora, el terror desgarrándole la voz mientras corría hacia el invernadero en llamas sin considerar siquiera su propia seguridad.
Corvin la interceptó antes de que pudiera acercarse demasiado, sujetándola con una fuerza que no admitía discusión pese a la desesperación evidente en el rostro de Aurora.
—Espere —dijo—. Deje que la ayude a salir primero, antes de que ambas queden atrapadas en las llamas.
Se lanzó hacia el interior del invernadero con una velocidad que desmentía por completo cualquier precaución razonable, la daga ya en su mano cortando a través de la primera criatura de sombra con la misma eficacia letal que Aurora había presenciado meses atrás, en aquel primer encuentro que había cambiado todo entre ellos.
Pero la segunda criatura, más grande y más rápida que las que habían enfrentado anteriormente, se lanzó hacia Maela con una ferocidad que la anciana, pese a toda su experiencia y sabiduría acumulada durante siglos, no logró esquivar del todo.
Las garras espectrales conectaron con su costado, y Aurora, observando desde la entrada del invernadero, sintió que el mundo entero se detenía ante la visión de la única madre real que había conocido en toda su vida desplomándose sobre el suelo cubierto de cenizas.
—¡NO! —el grito que escapó de la garganta de Aurora no sonó del todo humano, cargado de una desesperación tan absoluta que pareció resonar en el aire mismo con una fuerza física palpable.
Corvin terminó con la segunda criatura en cuestión de segundos, pero para cuando logró llegar hasta Maela, la sangre que manaba de la herida en su costado ya formaba un charco oscuro sobre el suelo calcinado, su respiración reducida a jadeos superficiales que se espaciaban con una lentitud aterradora.
Aurora cruzó el espacio entre ellos sin recordar del todo el trayecto, cayendo de rodillas junto a la anciana con las manos ya extendidas hacia la herida mortal, el mismo instinto de curación que había usado semanas atrás para sanar el brazo de Corvin activándose ahora con una urgencia desesperada.
—Quédate conmigo —susurró, la voz quebrada, las manos temblando sobre la herida mientras intentaba invocar la luz dorada que tantas veces había sentido fluir a través de ella—. Por favor, Maela, quédate conmigo.
Pero la herida era demasiado profunda, el daño demasiado extenso para la simple curación que Aurora había practicado hasta entonces.
Sintió, con un terror que trascendía cualquier cosa experimentada hasta ese momento, cómo el pulso de Maela se desvanecía bajo sus dedos, la vida escapándose de ella con una rapidez que ninguna curación convencional podría revertir a tiempo.
—No —dijo Aurora, la negativa surgiendo de algún lugar mucho más profundo que su voz consciente—. No voy a perderte también a ti. No así. No cuando finalmente empezaba a entender lo que puedo ser.
Cerró los ojos, y en lugar de buscar el calor familiar de la curación superficial, se sumergió mucho más profundamente en aquel poder que el ritual de enraizamiento le había enseñado a reconocer apenas dos noches atrás, buscando algo que iba mucho más allá de sanar una herida: buscando la propia esencia de la vida que amenazaba con extinguirse bajo sus manos.
La runa bajo su clavícula estalló en una luz que no se parecía a nada que hubiera manifestado antes, un resplandor dorado tan intenso que iluminó todo el invernadero calcinado como si el sol mismo hubiera decidido descender hasta aquel rincón devastado del palacio.
Aurora sintió que su propia conciencia se expandía más allá de los límites de su cuerpo físico, alcanzando algo que trascendía la simple magia de curación: la capacidad, aterradora en su magnitud, de reescribir el destino inmediato de una vida que estaba a punto de extinguirse.
—Vive —susurró, la palabra cargada de toda la voluntad que poseía, todo el amor que sentía por aquella mujer que había sacrificado tanto para protegerla durante toda su existencia—. Vive, Maela. Por favor.
La luz dorada se intensificó hasta un punto casi insoportable, y Aurora sintió que algo profundo y fundamental cambiaba dentro de ella, una puerta que llevaba toda la vida cerrada abriéndose finalmente de par en par, revelando un poder que iba mucho más allá de cualquier cosa que hubiera imaginado poseer.
Fue, en aquel instante suspendido fuera del tiempo normal, como si Aurora pudiera ver con absoluta claridad el tejido mismo de la vida y la muerte, la línea delicada que las separaba, y la posibilidad, aterradora en su simplicidad, de que ella pudiera decidir sobre cuál lado de esa línea se posaría una existencia determinada.
Sintió, en algún rincón de su conciencia expandida, la advertencia de Maela resonando con nueva urgencia: el poder que todos temen no es revivir plantas marchitas. Es esto. Es exactamente esto.
La herida de Maela comenzó a cerrarse ante los ojos de todos los presentes, la piel regenerándose con una velocidad imposible, el color regresando a un rostro que segundos antes había mostrado ya la palidez inconfundible de la muerte inminente.
El pulso, que Aurora todavía sostenía bajo sus dedos, recuperó fuerza gradualmente hasta latir con la regularidad saludable de una vida completamente restaurada.
Maela abrió los ojos con un jadeo brusco, la confusión evidente mezclándose con un asombro que igualaba al de todos los presentes ante lo que acababan de presenciar.
—Aurora —susurró, la voz débil pero indudablemente viva—. ¿Qué hiciste?
—Lo que tenía que hacer —dijo Aurora, las lágrimas finalmente rompiendo el control que había mantenido durante todo el encuentro, el agotamiento absoluto de aquel despertar mágico haciendo que su propio cuerpo comenzara a ceder—.
No iba a perderte. No así. No cuando finalmente puedo hacer algo al respecto.
Corvin la sostuvo cuando finalmente colapsó, el agotamiento del despertar completo de su poder cobrándose un precio físico que ninguna de sus manifestaciones anteriores había exigido con tanta severidad.
A su alrededor, Aurora fue vagamente consciente de guardias y sirvientes observando la escena con una mezcla de asombro y algo mucho más inquietante: el mismo temor reverente que había visto en el rostro del atacante Hada, meses atrás, cuando su magia deshizo por primera vez una ilusión ajena.
—Lo logró —murmuró Corvin, la voz cargada de un orgullo que no lograba ocultar del todo su propia preocupación por el estado de Aurora—.
Revivió a alguien que estaba genuinamente muerto, Aurora.
Eso no es curación. Eso es exactamente el poder que Ivor lleva toda una vida temiendo que usted llegara a manifestar.
—Y ahora todos lo saben —dijo Aurora, la comprensión asentándose sobre ella pese al agotamiento extremo—.
No hay forma de ocultar lo que acaba de pasar, no con tantos testigos presentes.
La noticia va a correr por todo el reino antes del amanecer, y desde ahí, sin duda, hasta cada corte y cada facción que alguna vez temió esta posibilidad.