CAPÍTULO 23 — Preparar la Tormenta #2
Aurora absorbió aquella información con una determinación renovada, sintiendo que cada capa de comprensión que el ritual le ofrecía la acercaba un paso más hacia el momento en que finalmente podría enfrentar a Ivor sin el miedo paralizante que había sentido la noche anterior.
El ritual continuó durante lo que se sintió como horas, aunque el cielo apenas había cambiado de posición cuando finalmente Maela indicó que era momento de cerrar el círculo.
Aurora emergió de la experiencia agotada pero también transformada, con una comprensión de su propio poder que no había poseído nunca antes, una certeza renovada de que, cuando llegara el momento de enfrentar a Ivor definitivamente, no lo haría desde el miedo ni desde la rabia descontrolada que él tanto deseaba provocar.
Fue Corvin quien la acompañó de vuelta a sus aposentos esa noche, ambos caminando en un silencio contemplativo que reflejaba el peso de todo lo experimentado durante el ritual.
—¿Cómo se siente? —preguntó, deteniéndose frente a la puerta de su habitación.
—Diferente —admitió Aurora—. Más completa, de alguna forma extraña que todavía no logro nombrar del todo. Como si hubiera estado viviendo toda mi vida con una parte de mí misma encerrada tras una puerta que ni siquiera sabía que existía, y esta noche finalmente encontré la llave.
—Eso es exactamente lo que Ivor teme —dijo Corvin, con una seriedad que no ocultaba su propio orgullo evidente—. No una explosión descontrolada de poder, sino esto: una mujer que finalmente comprende y acepta la totalidad de lo que es, sin miedo ni vergüenza.
Aurora sintió que las palabras se le asentaban en el pecho con una calidez que superaba, en aquel momento, incluso el agotamiento físico del ritual recién completado.
—Gracias por estar ahí esta noche —dijo—. Sentir su lealtad durante el ritual fue... no tengo palabras exactas para describir lo que significó.
—Siempre estaré ahí —dijo Corvin, con una promesa que llevaba consigo el peso de todo lo vivido juntos hasta ese momento—. En cada ritual, en cada batalla, en cada momento de duda que todavía nos queda por enfrentar antes de que esta guerra finalmente encuentre su resolución.
Se despidieron con un beso breve pero cargado de significado, y Aurora, ya sola en la privacidad de su habitación, se paró frente al espejo con una nueva curiosidad hacia la runa que llevaba toda la vida sin comprender del todo.
Antes de que Corvin se marchara del todo, sin embargo, se detuvo una vez más en el umbral, la expresión súbitamente más seria de lo que había mostrado durante el resto de la conversación.
—Hay algo que debo decirle —dijo—. Sobre lo que sentí durante el ritual, cuando su magia tocó la mía.
No fue solo lealtad lo que percibí fluyendo entre nosotros, Aurora.
Fue algo mucho más profundo, algo que en mi propia cultura llamaríamos un vínculo de alma, aunque rara vez se forma entre dos personas tan jóvenes en su relación como nosotros.
Aurora sintió que el corazón se le detenía brevemente ante la revelación.
—¿Qué significa eso exactamente? —preguntó, con una mezcla de temor y esperanza que no supo del todo cómo procesar.
—Significa que lo que sea que exista entre nosotros ya no es solo atracción, ni siquiera solo amor en el sentido convencional que los humanos suelen entender —dijo Corvin, con una vulnerabilidad que rara vez mostraba tan abiertamente—.
Significa que nuestras magias, de alguna forma que ni siquiera los más sabios de mi corte lograrían explicar del todo, han comenzado a reconocerse mutuamente como parte de un mismo tejido.
Es raro, Aurora. Y es, para alguien entrenado toda su vida a mantener control absoluto sobre cada aspecto de su existencia, tan aterrador como maravilloso a la vez.
—¿Es eso algo bueno? —preguntó Aurora, buscando en su expresión alguna pista sobre cómo debía sentirse ante aquella revelación.
—Creo que es lo mejor que me ha pasado en tres siglos de existencia —dijo Corvin, con una sinceridad absoluta—.
Aunque también significa que, si algo le llegara a pasar a usted, yo lo sentiría de una forma que ningún guerrero de mi corte ha sido entrenado jamás para soportar.
Así que, por favor, Aurora: sea valiente cuando llegue el momento de enfrentar a Ivor.
Pero sea también cuidadosa. Por usted misma, y ahora también, de alguna forma extraña, por mí.
Aurora se acercó, colocando una mano sobre su pecho con una ternura que llevaba consigo el peso completo de aquella revelación.
—Lo prometo —dijo—. Ambas cosas.
Se despidieron finalmente, y Aurora, ya sola en la privacidad de su habitación, se paró frente al espejo con una nueva curiosidad hacia la runa que llevaba toda la vida sin comprender del todo.
—Ya casi te entiendo completamente —murmuró, observando el brillo dorado bajo su piel con una mezcla de respeto y determinación renovada—. Y cuando finalmente lo haga, Ivor Nightmourne va a descubrir exactamente cuán equivocado estaba al subestimarme durante todos estos años.
La runa, como respondiendo a aquella declaración, brilló con una intensidad cálida que Aurora sintió, por primera vez, no como una advertencia ni como un peso a contener, sino como una promesa silenciosa de todo lo que todavía estaba por despertar.
Se acostó esa noche con una sensación de calma extraña, casi ajena a todo lo vivido en las últimas cuarenta y ocho horas, la certeza de que, pasara lo que pasara en los días siguientes, ya no enfrentaría ese futuro incierto como la joven consejera invisible que había sido durante toda su vida.
Enfrentaría lo que viniera como lo que realmente era: una mujer que finalmente había aprendido a reconocer, sostener y confiar en su propio poder, sin miedo ni vergüenza, y con la certeza renovada de que ese poder, correctamente comprendido, sería suficiente para proteger todo lo que había llegado a amar en aquellos últimos meses transformadores.