CAPÍTULO 23 — Preparar la Tormenta
Aurora relató la visita nocturna de Ivor al consejo de guerra a primera hora de la mañana siguiente, la voz manteniéndose firme pese al agotamiento evidente de una noche entera sin dormir, cada palabra de la advertencia del consejero grabada con precisión dolorosa en su memoria.
—Proyección mágica a través de las defensas del palacio —repitió Corvin, la preocupación evidente en cada línea de su rostro—.
Eso confirma que su poder es considerablemente mayor de lo que habíamos estimado hasta ahora.
Ningún hechizo de proyección común logra atravesar las fortificaciones mágicas de una corte real sin activar, al menos, alguna alarma menor.
—Ninguna alarma se activó —confirmó el capitán de la guardia real, presente en el consejo por primera vez desde el inicio de la crisis—. Revisamos cada punto de vigilancia mágica esta mañana. No hay indicio alguno de que la protección haya sido comprometida de la forma habitual.
—Entonces no la comprometió —dijo Dorian, pensativo—. La eludió por completo, como si las defensas que llevamos generaciones perfeccionando fueran, para él, apenas un obstáculo menor. Eso es considerablemente más aterrador que cualquier ataque directo que pudiera haber intentado.
Aldric, cuyo rostro había ido palideciendo progresivamente a medida que la magnitud completa de la amenaza se asentaba sobre el consejo reunido, finalmente habló, la voz cargada de una determinación renovada.
—Necesitamos reforzar las defensas específicamente contra este tipo de intrusión —dijo—.
Y necesitamos, Aurora, que aceleres cualquier entrenamiento que puedas realizar para controlar y fortalecer tu propia magia.
Si Ivor está genuinamente preocupado por lo que puedes llegar a hacer, entonces esa capacidad, controlada adecuadamente, podría convertirse en nuestra mejor defensa contra él.
Fue la primera vez que Aurora escuchaba a su padre referirse a su magia no como una amenaza a contener, sino como un recurso a desarrollar, y la diferencia, pese a todo lo demás que ocurría a su alrededor, se sintió como un pequeño triunfo personal que se permitió atesorar brevemente antes de que la reunión continuara.
—Hay algo más que deberíamos considerar —dijo Cassian, la mente evidentemente ya calculando las implicaciones militares de la nueva información—.
Si Ivor puede proyectar su presencia a través de nuestras defensas mágicas, entonces cualquier reunión estratégica que sostengamos dentro de estos muros podría estar comprometida sin que lo sepamos.
Necesitamos empezar a considerar ubicaciones alternativas para nuestras discusiones más sensibles.
—Una precaución sensata —concedió Aldric—. Aunque me preocupa que cambiar constantemente de ubicación solo nos haga parecer más desesperados de lo que ya estamos, ante cualquier ojo que pueda estar observando.
—Prefiero parecer desesperado y mantener nuestros planes seguros, que parecer sereno mientras Ivor escucha cada palabra que pronunciamos —respondió Cassian, con la pragmática franqueza que lo caracterizaba.
Dorian, que había permanecido en silencio considerando las implicaciones más amplias de la situación, finalmente intervino con una sugerencia que Aurora no había anticipado.
—Deberíamos también advertir a Kaelen —dijo—.
Si Ivor está dispuesto a proyectar su presencia dentro de los muros mejor protegidos de esta corte, no hay razón para asumir que respetará cualquier distancia con su propio campamento.
Si Kaelen todavía está procesando la verdad que le revelamos, merece saber también que Ivor podría estar manipulando su percepción de la misma forma en que intentó manipular la nuestra anoche.
—Es un riesgo enviar otro mensaje tan pronto —dijo Corvin, considerando la propuesta con cuidado—. Podría interpretarse como presión excesiva, precisamente cuando le pedimos tiempo y espacio para decidir por sí mismo.
—O podría interpretarse como una prueba más de que realmente nos importa su bienestar, más allá de cualquier ventaja estratégica que podamos obtener de su decisión final —contraatacó Dorian—. A veces, hermano, el riesgo calculado vale más que la cautela excesiva.
Aldric consideró ambas posturas con una expresión pensativa, finalmente asintiendo hacia Dorian con una confianza renovada en el juicio de su hijo que Aurora no recordaba haber presenciado antes de aquella crisis compartida.
—Envía el mensaje —decidió—. Con la advertencia sobre Ivor, y nada más. Sin presión adicional, sin exigencias. Solo la verdad, una vez más, ofrecida libremente.
Encontró a Maela esa misma tarde en el invernadero, la anciana ya esperándola con una expresión seria que sugería que las noticias de la visita nocturna de Ivor ya habían llegado hasta ella por algún canal propio.
—Sentiste su presencia anoche —dijo Maela, sin preámbulos, mientras Aurora se sentaba frente a ella entre las plantas cada vez más vivas del invernadero—. Y sospecho que también sentiste, aunque no lo hayas nombrado del todo, la tentación de responder con más fuerza de la que has usado hasta ahora.
Aurora consideró la observación, sorprendida de encontrar en ella una verdad incómoda que no se había atrevido a examinar completamente durante las horas de vigilia nocturna.
—Sentí rabia —admitió—. Una rabia que no reconocía del todo como mía, casi como si algo dentro de mí quisiera responder a su amenaza con una fuerza que todavía no sé si puedo controlar.
—Esa es exactamente la trampa que Ivor está tendiendo —dijo Maela, con una gravedad que no admitía dudas—.
Quiere que actúes desde el miedo y la rabia, sin control, porque un poder desatado sin dirección es infinitamente más fácil de manipular que uno ejercido con intención clara.
Por eso, niña, es momento de que aceleremos tu entrenamiento, pero no de la forma descontrolada que él espera.
—¿Qué propones? —preguntó Aurora.
—Un ritual de enraizamiento —dijo Maela—.
Antiguo, propio de mi pueblo antes de que la mayoría de nosotros olvidara sus propias tradiciones en el exilio.
Te ayudará a sentir la totalidad de tu poder, incluida la parte que todavía duerme, sin que necesites desatarlo por completo para comprenderlo.
Es arriesgado. Y requiere la presencia de alguien más cuya magia esté, de alguna forma, vinculada a la tuya.
Aurora sintió que el corazón se le aceleraba ante la implicación evidente.
—Lysander —dijo—. O Corvin.
—Ambos, si es posible —dijo Maela—. Cuanto más fuerte sea el círculo de vínculos que te sostenga durante el ritual, menor será el riesgo de que el poder te desborde antes de que aprendas a sostenerlo tú misma.
Realizaron el ritual esa misma noche, en la privacidad absoluta del invernadero, con Corvin y Lysander formando un círculo alrededor de Aurora mientras Maela dirigía cada paso con la precisión de quien ha guiado aquel proceso innumerables veces a lo largo de siglos enteros de existencia.
—Cierra los ojos —instruyó Maela—. Y en lugar de contener el calor que sientes bajo la piel, como has aprendido a hacer durante toda tu vida, déjalo fluir. No hacia afuera, todavía. Hacia adentro. Hacia el centro mismo de lo que eres.
Aurora obedeció, sintiendo el familiar calor de la runa expandirse bajo su clavícula, pero en lugar de la resistencia habitual, esta vez se permitió, con una vulnerabilidad aterradora, dejar que aquella energía la recorriera por completo sin ningún intento de control externo.
Lo que sintió a continuación trascendió cualquier cosa que hubiera experimentado hasta entonces: una expansión de conciencia que pareció abarcar, por un instante imposible de medir en tiempo normal, no solo su propio cuerpo sino también los vínculos que la conectaban con quienes la rodeaban.
Sintió la lealtad fiera de Corvin como una llama constante y cálida.
Sintió el dolor contenido de Lysander como una sombra que luchaba, con una valentía silenciosa, por no consumir la luz que también lo definía.
Y sintió, en algún rincón mucho más lejano de aquella expansión de percepción, un eco tenue pero innegable de Kaelen, todavía indeciso, todavía procesando el peso de una verdad que amenazaba con redefinir toda su existencia.
—Puedo sentirlo —susurró Aurora, la voz cargada de asombro—. A Kaelen. Todavía está ahí, en algún lugar de la frontera, luchando contra sí mismo.
—Los vínculos de sangre nunca se rompen del todo, aunque la distancia y el tiempo intenten enterrarlos —dijo Maela—.
Tu magia, Aurora, no se trata solo de revelar mentiras o curar heridas.
Se trata, en su forma más profunda, de reconocer y sostener lo que realmente conecta a las personas entre sí, incluso cuando ellas mismas han olvidado cómo hacerlo.
La expansión de percepción continuó, y Aurora sintió, con una claridad que la sorprendió, ecos más lejanos todavía: la calidez protectora de Cassian, escondida bajo capas de disciplina militar que llevaba toda una vida perfeccionando; la soledad calculadora de Dorian, un hombre que había aprendido a sobrevivir manteniendo a todos a una distancia segura de su verdadero corazón; incluso, tenue y distante, algo que reconoció con un sobresalto como el eco frío y antiguo de Ivor mismo, una presencia que se sentía menos como una persona y más como una herida abierta que se había negado a sanar durante tres siglos completos.
—¿Puedo sentirlo a él también? —preguntó Aurora, la voz tensa—. ¿A Ivor?
—Los vínculos rotos dejan cicatrices en el tejido mágico del mundo, igual que los vínculos sostenidos dejan calidez —explicó Maela, sin abrir los ojos, su propia concentración evidentemente puesta a prueba por la intensidad del ritual—.
Lo que sientes no es a Ivor directamente, sino el rastro de todo lo que ha roto a su paso durante generaciones enteras.
Es, en cierto sentido, una advertencia útil: cuanto más aprendas a sentir esos rastros, más difícil le resultará acercarse a ti sin que lo percibas venir.