CAPÍTULO 22 — El Precio de la Verdad #2
—Usted logró algo hoy que ningún ejército ni ninguna estrategia militar habría podido lograr —dijo—.
Le mostró a un hombre roto que todavía existe la posibilidad de ser visto, de ser reconocido como algo más que un arma o una amenaza.
Eso, Aurora, no es un logro pequeño, sin importar cómo termine finalmente esta guerra.
Aurora se recostó contra su hombro, permitiéndose por un momento la rara sensación de descanso genuino en medio de tanta incertidumbre.
—A veces me pregunto qué habría pasado si alguien hubiera hecho lo mismo por mí, antes —dijo, en voz baja—. Si alguien me hubiera mostrado, cuando era niña, que existía la posibilidad de ser vista como algo más que una consejera útil o una amenaza a contener.
—Alguien lo hizo —dijo Corvin, con una suavidad que le erizó la piel—. Maela. Su madre, a su manera limitada pero real. Y ahora, espero, yo también cuento entre esas personas.
—Cuenta —confirmó Aurora, con una calidez que no había sentido nunca antes al dirigirse a él—. Cuenta más de lo que puedo expresar, Corvin.
Algo cambió en la expresión de Corvin ante aquella confirmación, una calidez genuina reemplazando cualquier rastro de la distancia protocolaria que ambos habían mantenido al inicio de su relación, meses atrás.
—Me alegra escuchar eso —dijo, con una sonrisa que Aurora rara vez le veía mostrar tan abiertamente—. Aunque debo admitir que también disfruto la formalidad entre nosotros. Hay algo en ella que hace que cada pequeño gesto de cercanía se sienta como una victoria conquistada centímetro a centímetro.
—Entonces conservemos ambas cosas —dijo Aurora, con una ligereza que contrastaba refrescantemente con el peso del resto del día—. La cercanía, y, cuando la ocasión lo amerite, esa formalidad que tanto disfruta usted mismo provocar.
—Un trato justo —concedió Corvin, y esta vez fue él quien acortó la distancia entre ambos, el beso que siguió cargado de una ternura que llevaba consigo, además del peso de todo lo vivido, la promesa silenciosa de un futuro que ninguno de los dos se atrevía a nombrar del todo, pero que ambos, en el fondo, ya empezaban a construir juntos sin necesidad de palabras.
Se quedaron así un largo rato, disfrutando la rara sensación de paz en medio de una tormenta que apenas comenzaba a formarse en el horizonte, hasta que la luz del atardecer finalmente cedió paso a las primeras sombras de la noche, recordándoles que, tarde o temprano, tendrían que regresar a la realidad de una guerra todavía sin resolver.
—Entonces cuente también conmigo, para siempre —dijo Corvin finalmente, con una seriedad que reemplazó gradualmente la ligereza del momento—, sin importar qué forma tome el resto de esta guerra.
Fue esa misma noche, mucho después de que Corvin se hubiera retirado a sus propios aposentos y Ashvale entera durmiera bajo la protección aparente de sus murallas fortificadas, que Aurora sintió, por primera vez con una claridad innegable, que algo la observaba desde las sombras de su propia habitación.
No fue un sonido, ni un movimiento visible. Fue, más bien, una presión sutil contra la runa bajo su clavícula, un peso frío y calculado que no se parecía en nada a la calidez familiar que había sentido al encontrarse con Kaelen apenas días atrás.
—¿Quién anda ahí? —preguntó, incorporándose en la cama con el corazón acelerado, la mano ya extendida en un gesto instintivo de defensa.
La única respuesta fue una risa baja y fría que pareció surgir de todas las sombras de la habitación al mismo tiempo, y Aurora, con un terror que le heló la sangre mucho más eficazmente que cualquier amenaza física directa, comprendió con absoluta certeza que Ivor Nightmourne, de alguna forma que todavía no lograba entender del todo, había encontrado la manera de llegar hasta ella incluso dentro de los muros mejor protegidos de todo el reino.
—No está aquí físicamente —dijo una voz que parecía surgir de todas partes y de ninguna en particular, cargada de una calma helada que resultaba mucho más aterradora que cualquier grito—.
Considérelo, más bien, una cortesía de despedida antes de que las cosas entre nosotros se pongan considerablemente más serias, Consejera.
—¿Qué quiere? —preguntó Aurora, forzando su voz a mantenerse firme pese al terror que le recorría cada nervio del cuerpo.
—Quiero que sepa que la he visto crecer, en cierto sentido, durante toda su vida —dijo la voz de Ivor, la proyección mágica lo bastante poderosa como para transmitir cada matiz de su desprecio calculado—.
Desde el día en que nació con ese brillo dorado que aterrorizó tan profundamente a su padre.
He observado, he esperado, he calculado el momento exacto en que su poder representaría la mayor amenaza posible para todo lo que he construido durante tres siglos.
Y ahora, gracias a su encantador encuentro con mi antiguo protegido, ese momento se acerca mucho más rápido de lo que había planeado.
—Entonces por qué no me elimina de una vez, si tanto me teme —dijo Aurora, con un valor que no sentía del todo pero que se negaba a dejarle ver a aquel ser—. En lugar de jugar con proyecciones mágicas en la oscuridad de mi propia habitación.
La risa que siguió fue mucho más fría que la primera, cargada de un desprecio que se sentía casi ancestral en su profundidad.
—Porque eliminarla precipitadamente, sin la preparación adecuada, podría desatar exactamente el despertar que intento prevenir —dijo Ivor—.
Su poder, Consejera, no es como el de cualquier otra amenaza que haya enfrentado en mis tres siglos de existencia.
Requiere paciencia. Precisión. Y, sobre todo, requiere que usted misma cometa el error de invocarlo sin control, en un momento que yo pueda aprovechar completamente a mi favor.
—No voy a darle esa satisfacción —dijo Aurora, aunque una parte de ella, la que llevaba semanas sintiendo su propio poder crecer sin comprenderlo del todo, no estaba tan segura de poder cumplir esa promesa.
—Todos dicen eso —respondió la voz de Ivor, con un tono casi condescendiente—.
Hasta que la desesperación, o el amor, o el miedo por alguien que valoran más que su propio control, los empuja precisamente hacia el borde que juraron nunca cruzar.
Descanse bien esta noche, Consejera. Va a necesitar cada gramo de fuerza que pueda reunir para lo que se avecina.
La presencia se desvaneció tan abruptamente como había aparecido, dejando a Aurora sola en la oscuridad de su habitación, el corazón todavía martilleando contra sus costillas, la certeza aterradora de que Ivor Nightmourne, sea cual fuera su plan final, ya había puesto en marcha algo que ninguna fortificación ni ningún ejército podría detener del todo.
No durmió el resto de la noche. En cambio, permaneció sentada junto a la ventana, observando las luces distantes de Ashvale con la misma vigilancia que Corvin solía mostrar durante sus noches de campamento, comprendiendo con una claridad renovada que la guerra que se avecinaba ya no era solo una cuestión de ejércitos y fronteras, sino también, y quizás sobre todo, una batalla que tendría que librar consigo misma, contra el miedo de convertirse exactamente en lo que Ivor esperaba que se convirtiera.