CAPÍTULO 22 — El Precio de la Verdad
Regresaron a Ashvale tres días después, el viaje de vuelta marcado por un silencio contemplativo muy distinto a la tensión que había dominado el trayecto de ida, cada uno procesando a su manera la magnitud de lo que habían presenciado en aquel claro fronterizo.
El consejo de guerra completo los esperaba, convocado apenas Cassian recibió el mensaje adelantado que Corvin había enviado por vía mágica confirmando que ambos regresaban con vida y con información crucial.
Aurora relató el encuentro completo ante su familia reunida —la confirmación innegable del parentesco, la reacción de las magias entrelazándose, la revelación sobre la manipulación de Ivor, la petición de tiempo que Kaelen había formulado antes de dejarlos partir— con una honestidad que no omitió ni siquiera los momentos de mayor vulnerabilidad emocional que había presenciado en aquel hombre roto que ahora sabía, sin lugar a dudas, que era su hermano.
—Entonces no tenemos garantía alguna de que la tregua se sostenga —dijo Cassian, una vez que Aurora terminó su relato, la mente evidentemente ya calculando las implicaciones militares de una situación que se negaba a resolverse con la claridad que cualquier estratega hubiera preferido—.
Podríamos estar reforzando fronteras contra un hombre que, en cualquier momento, podría decidir que su furia pesa más que cualquier verdad recién descubierta.
—O podríamos estar a las puertas de terminar esta guerra antes de que se cobre muchas más vidas de las que ya perdimos en Cuervonegro —contraatacó Aurora, sin ceder terreno ante el pragmatismo frío de su hermano—.
No podemos calcular cada decisión basándonos únicamente en el peor escenario posible, Cassian.
A veces hay que confiar en que la gente, incluso la más herida, todavía es capaz de elegir algo mejor que la venganza.
Aldric, que había permanecido inusualmente callado durante buena parte de la discusión, finalmente intervino, la voz cargada de un peso que Aurora reconocía como genuino en lugar de la autoridad calculada que solía proyectar en cualquier consejo formal.
—Mantendremos las fortificaciones, pero no avanzaremos ninguna ofensiva hacia su territorio —decidió—. Le daremos el tiempo que pidió. Es lo mínimo que le debemos, después de todo lo que esta familia le arrebató sin siquiera saberlo.
Fue, Aurora pensó mientras observaba a su padre asumir aquella decisión con una humildad que jamás le había conocido, la primera vez en toda su vida que lo veía priorizar genuinamente la justicia por encima de la conveniencia estratégica inmediata.
Dorian, que había escuchado el relato completo con la atención calculadora de siempre, planteó entonces una pregunta que Aurora no había considerado del todo durante el viaje de regreso.
—¿Y si Ivor descubre que el encuentro ocurrió antes de que Kaelen tenga tiempo de procesar todo lo que le revelamos?
—preguntó—. Si Ivor actúa primero, si logra reforzar su control sobre él antes de que la duda tenga oportunidad de asentarse del todo, podríamos haber desperdiciado nuestra única oportunidad real.
—Es un riesgo que ya asumimos al hacer el viaje —dijo Corvin—.
Pero también confío en que Kaelen, pese a toda una vida de manipulación, no es un hombre fácil de controlar del todo.
Lo vi en sus ojos, en la forma en que sostuvo aquel retrato.
Alguien que ha sobrevivido tanto tiempo cargando esa clase de dolor no cede su voluntad completa a nadie, ni siquiera a quien considera su mentor más cercano.
—Eso esperamos todos —dijo Seraphine, hablando por primera vez desde que Aurora había comenzado su relato, la voz cargada de una esperanza cautelosa que Aurora reconoció como reflejo de la suya propia—.
Y mientras esperamos, quizás sea momento de que esta familia empiece a prepararse, de verdad, para la posibilidad de que algún día tengamos que recibirlo.
No como enemigo, ni siquiera como aliado incierto, sino como lo que realmente es: parte de nosotros.
Lysander, que había permanecido callado en un rincón del consejo, asintió lentamente, sus propios ojos brillando con una comprensión que solo alguien que también cargaba una herida impuesta por Ivor podía ofrecer con tanta autenticidad.
—Cuando llegue el momento —dijo—, si llega, me gustaría ser quien le explique lo que sé sobre la magia oscura de Ivor. Quizás eso ayude a que confíe en que al menos uno de nosotros entiende, de primera mano, lo que significa ser moldeado por sus manipulaciones.
Aurora sintió una calidez inesperada ante el ofrecimiento de su hermano menor, un recordatorio silencioso de cuánto había cambiado aquella familia rota en las últimas semanas, incluso en medio de la crisis que amenazaba con consumirlos a todos.
Lo que ninguno de los presentes en aquel consejo de guerra podía saber era que, apenas dos días antes, en las profundidades de una cueva olvidada a varias leguas de la frontera, Ivor Nightmourne había recibido, a través de una de sus escasas fuentes de información todavía leales dentro del campamento de Kaelen, la noticia de la visita de Aurora y Corvin.
—Un retrato —repitió Ivor, la voz cargada de un desprecio gélido que hizo que el mensajero encogido frente a él retrocediera instintivamente un paso—. Le entregaron un retrato, y con eso creen que pueden deshacer veinte años de trabajo cuidadosamente construido.
—El comandante no ha tomado ninguna decisión todavía, mi señor —dijo el mensajero, la voz temblorosa—. Pero está... pensativo. Distraído de sus deberes habituales de una forma que preocupa a varios de sus lugartenientes más cercanos.
Ivor consideró la información con una calma que no reflejaba, ni remotamente, la tormenta que se gestaba tras su expresión serena, décadas de planificación meticulosa amenazando con desmoronarse precisamente en el momento en que estaban más cerca de alcanzar su culminación final.
—Necesito acelerar el calendario —murmuró, más para sí mismo que para el mensajero que aguardaba instrucciones—.
Si Kaelen empieza a dudar, si esa niña Thornecrest ha despertado en él algo parecido a la conciencia familiar, entonces el arma que pasé dos décadas forjando podría negarse a dispararse precisamente cuando más la necesito.
—¿Qué órdenes tiene para mí, mi señor?
Ivor guardó silencio un largo momento, la mente evidentemente trabajando a través de contingencias que había preparado, sospechaba Aurora si hubiera podido presenciar aquella conversación, durante mucho más tiempo del que cualquiera imaginaba.
—Regresa al campamento —dijo finalmente—.
Mantente cerca de Kaelen, pero no le des motivos para sospechar que reportas cualquier cosa a nadie más que a él.
Y si la duda sigue creciendo... recuérdale, sutilmente, todo el dolor que esa familia le causó.
No hace falta mentir. Solo hace falta asegurarse de que recuerde la herida con la misma intensidad con la que hoy recuerda el retrato.
El mensajero asintió y se retiró rápidamente, dejando a Ivor solo en la penumbra de la cueva, su expresión finalmente relajándose lo suficiente para revelar, aunque fuera solo a la oscuridad vacía, la furia genuina que llevaba conteniendo desde que recibió la noticia.
—La niña dorada —murmuró, la voz cargada de un odio que trascendía generaciones enteras de resentimiento acumulado—. Siempre supe que serías un problema. Ahora solo queda decidir si te elimino antes de que despiertes del todo, o si dejo que tu propia luz te consuma primero.
Se acercó a un pequeño altar improvisado en el rincón más oscuro de la cueva, donde fragmentos de huesos antiguos y runas talladas en piedra formaban un círculo que llevaba tres siglos perfeccionando, una magia de sangre que ni siquiera sus antiguos hermanos de la Corte de Sombras habrían reconocido del todo en su forma actual.
—Después de tres siglos —murmuró, trazando con un dedo pálido los contornos de una runa central—, no voy a permitir que una niña humana, por muy dorada que sea su sangre, deshaga en unas semanas lo que tanto me costó construir.
El Pacto de las Cumbres caerá. Los cuatro reinos arderán en su propia desconfianza mutua.
Y de esas cenizas, por fin, mi pueblo recuperará lo que aquella alianza cobarde nos arrebató hace generaciones.
La magia que emanaba del altar respondió a sus palabras con un pulso oscuro apenas visible, como si el propio ritual reconociera y celebrara la determinación renovada de su creador.
Ivor permaneció ahí largo rato, perfeccionando en su mente cada contingencia posible, cada movimiento que Aurora y su familia recién unida pudieran intentar, hasta que finalmente, satisfecho con el plan que empezaba a tomar forma completa en su mente milenaria, se dispuso a actuar.
—Es hora —dijo, a la oscuridad vacía de la cueva— de recordarle a esa niña exactamente cuán sola está, incluso rodeada de las murallas más fortificadas que su padre pueda construir.
De vuelta en Ashvale, ajena por completo a la conversación que acababa de sellar, sin saberlo, su destino inmediato, Aurora pasó la tarde con Corvin en el invernadero abandonado, el lugar que se había convertido, con el paso de las semanas, en su refugio compartido preferido dentro de los muros del palacio.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Corvin, sentándose junto a ella entre las plantas que, poco a poco, seguían mostrando signos de una vida que ninguno de los hechizos originales del invernadero podía explicar del todo por sí solos.
—Agotada —admitió Aurora—. Y extrañamente esperanzada, lo cual me parece casi absurdo considerando todo lo que todavía podría salir mal. Pero por primera vez desde que descubrimos la existencia de Kaelen, siento que quizás exista un camino hacia algo que no sea solo destrucción mutua.
Corvin tomó su mano, entrelazando los dedos con los suyos con la naturalidad que había ido desarrollando entre ambos desde hacía semanas.