CAPÍTULO 17 — El Hermano que Nadie Ve
Las semanas que siguieron a la huida de Ivor transformaron Ashvale en una ciudad distinta: los patios de entrenamiento, antes reservados a ejercicios protocolares para impresionar a visitantes extranjeros, se llenaron del ruido constante de soldados preparándose en serio para un conflicto que ya nadie se atrevía a llamar hipotético; los mercados, normalmente bulliciosos con el comercio habitual, comenzaron a mostrar los primeros signos de la ansiedad colectiva que precede a toda guerra, con provisiones acumulándose en las despensas de quienes podían permitírselo.
Aurora, en medio de todo ese frenesí, cumplió finalmente la promesa que se había hecho a sí misma durante el consejo de guerra, encontrando a Lysander una tarde apacible en la torre de observación menos frecuentada del palacio, un lugar que su hermano menor parecía haber adoptado como refugio personal desde hacía años sin que nadie más lo notara realmente.
—No esperaba compañía aquí arriba —dijo Lysander, sin sobresaltarse cuando Aurora emergió de la escalera de caracol, aunque el libro que sostenía se cerró con una rapidez que sugería más nerviosismo del que su tono relajado intentaba proyectar.
—Quería hablar contigo —dijo Aurora, sentándose en el borde del muro almenado junto a él, con cuidado de mantener una distancia que no se sintiera invasiva—. A solas. Sin el resto de la familia observando cada palabra que decimos.
Lysander la miró entonces con una cautela que a Aurora le dolió reconocer, el mismo tipo de vigilancia constante que ella misma había aprendido a ejercer durante toda una vida de escrutinio familiar.
—¿Sobre qué? —preguntó, aunque algo en su voz sugería que ya sospechaba la respuesta.
—Sobre las marcas que he visto en tu piel, Lysander —dijo Aurora, con la mayor suavidad posible—. Las he notado varias veces ya. En el banquete. En el consejo de guerra. No necesitas seguir fingiendo que no existen, al menos no conmigo.
El silencio se estiró lo suficiente como para que Aurora temiera haber roto algo irreparable.
Al fin, con un suspiro que acumulaba años de secreto, Lysander se remangó la manga izquierda, revelando lo que Aurora ya había intuido: líneas oscuras, como venas de sombra, serpenteando bajo su piel pálida con un patrón que parecía, inquietantemente, extenderse un poco más cada vez que Aurora tenía la oportunidad de verlas.
—Empezó hace algunos años —dijo Lysander, la voz baja, casi avergonzada—.
Durante uno de los... entrenamientos especiales que padre organizó para nosotros.
Ivor supervisó personalmente esa fase de mi educación.
Dijo que mi magia tenía un potencial excepcional, que solo necesitaba las técnicas correctas para desbloquearlo del todo.
Aurora sintió que el estómago se le revolvía ante la implicación completa de esas palabras.
—¿Qué tipo de técnicas? —preguntó, aunque temía la respuesta.
—Rituales —dijo Lysander, con una amargura que Aurora no le había escuchado nunca—.
Antiguos, según decía Ivor. Diseñados para acelerar el despertar de un poder que, de otra forma, habría tardado años, quizás décadas, en manifestarse de forma natural.
No entendí entonces lo que realmente estaba haciendo.
Ahora creo comprenderlo perfectamente, y esa comprensión no ayuda en absoluto a controlar lo que ya despertó.
—¿Puedes controlarlo? —preguntó Aurora, con genuina preocupación—. ¿Cuando se manifiesta?
—La mayoría de las veces —dijo Lysander, aunque la vacilación en su voz sugería que "la mayoría" ocultaba excepciones que prefería no detallar—.
Pero cada vez cuesta un poco más. Y cada vez que se manifiesta, siento algo...
hambriento, Aurora. Algo que quiere consumir mucho más de lo que yo estoy dispuesto a darle.
Aurora extendió una mano, colocándola sobre el brazo marcado de su hermano con un gesto que esperaba transmitiera algo del apoyo incondicional que él tan claramente necesitaba y tan raramente había recibido de nadie en aquella familia.
—No tienes que enfrentar esto solo —dijo, haciendo eco, sin saberlo del todo, de las mismas palabras que Corvin le había ofrecido a ella semanas atrás—. Yo tampoco entiendo del todo mi propia magia, Lysander. Tal vez podamos aprender juntos, en lugar de cada uno escondiéndose por separado.
Algo en la expresión de su hermano se suavizó entonces, una vulnerabilidad genuina reemplazando, aunque fuera solo por un momento, la máscara de control cuidadoso que Aurora creía que llevaba usando desde hacía mucho más tiempo del que cualquiera en la familia había notado.
—Me gustaría eso —dijo, simplemente—. Más de lo que puedo expresar, en realidad.
Permanecieron un largo rato en silencio, contemplando juntos el paisaje que se extendía más allá de las murallas de Ashvale, hasta que Lysander, con una vacilación que Aurora reconoció como el preludio de una confesión más profunda, volvió a hablar.
—¿Alguna vez te has preguntado —dijo, la mirada fija en el horizonte— si somos, de alguna forma, responsables de lo que nos hicieron? No de lo que ellos eligieron hacernos, sino de lo que permitimos que se convirtiera en nosotros después.
Aurora consideró la pregunta con la seriedad que merecía, reconociendo en ella un eco de sus propias dudas nocturnas, las que la asaltaban en los momentos de mayor silencio, cuando ya no tenía ningún protocolo tras el cual esconderse.
—Creo —dijo finalmente— que lo que nos hicieron nos dio las heridas. Pero lo que hacemos con esas heridas, a partir de ahora, es lo único que realmente nos pertenece. Tú no elegiste esa magia oscura, Lysander. Pero sí puedes elegir qué hacer con ella, y con quién compartir el peso de cargarla.
—Eso suena a algo que Corvin diría —dijo Lysander, con el asomo de una sonrisa genuina que Aurora rara vez le veía.
—Probablemente porque me lo dijo, de una forma u otra, hace no mucho tiempo —admitió Aurora, devolviéndole la sonrisa—. Resulta que a veces la sabiduría ajena vale la pena repetirla, hermano.
Se despidieron poco después, con la promesa tácita de continuar buscando juntos, en la privacidad de aquel refugio compartido, alguna forma de entender y controlar los poderes que ninguno de los dos había pedido, pero que ambos, de una forma u otra, tendrían que aprender a llevar durante el resto de sus vidas.
Encontró a Corvin esa misma tarde en el patio de entrenamiento, supervisando junto a Cassian el avance de las nuevas fortificaciones mágicas que los ingenieros reales, con la ayuda de algunos hechiceros menores prestados temporalmente por Sylvaneth como gesto de la incipiente alianza, comenzaban a levantar alrededor de los puntos más vulnerables identificados en el mapa robado del puesto fronterizo.
—¿Cómo está su hermano? —preguntó Corvin, notando de inmediato la expresión pensativa de Aurora cuando esta se acercó.
—Roto, de una forma que esta familia ha ignorado durante demasiado tiempo —dijo Aurora, con una tristeza que no intentó disimular—.
Ivor lo usó, Corvin. Deliberadamente. Aceleró su magia con rituales que ni siquiera Lysander comprende del todo, dejándolo con algo que ahora amenaza con consumirlo si no aprende a controlarlo pronto.
Corvin frunció el ceño, la información evidentemente encajando con patrones más amplios que ya había empezado a sospechar.
—Eso encaja con lo que hemos ido descubriendo sobre la naturaleza de Ivor —dijo—.
Un ser que se nutre de vínculos rotos, de vidas moldeadas y luego abandonadas a su propia corrupción.
Su hermano no es la única víctima de ese patrón, Aurora.
Sospecho que descubriremos más nombres antes de que todo esto termine.
—Necesito ayudarlo —dijo Aurora, con una determinación que no admitía discusión—. Pero no sé cómo, más allá de estar presente cuando me necesite.
—A veces —dijo Corvin, con una suavidad que contrastaba con la seriedad de la conversación—, estar presente es exactamente lo que una persona rota necesita más, aunque no sea lo único que necesite al final.
Usted lo sabe mejor que nadie, Aurora. Piense en lo que significó para usted que alguien finalmente decidiera verla de verdad, en lugar de simplemente tolerarla.
Aurora consideró sus palabras, encontrando en ellas una verdad que aplacó, aunque fuera solo parcialmente, la ansiedad que llevaba cargando desde la conversación con Lysander.
Se quedó un momento observando a Cassian, unos metros más allá, dando instrucciones precisas a un grupo de ingenieros sobre la disposición de los nuevos hechizos defensivos, y no pudo evitar sentir una punzada de esperanza extraña ante la escena: sus tres hermanos, cada uno a su manera, empezando a mostrar facetas que la corte —y la propia Aurora, debía admitir— nunca les había dado espacio para revelar del todo.
—¿Cree que podemos ganar esto? —preguntó, en voz baja, la pregunta que llevaba días evitando formular en voz alta—. La guerra, quiero decir. Contra lo que sea que Ivor construyó ahí afuera.
Corvin consideró la pregunta con la seriedad que merecía, sin ofrecerle el consuelo fácil de una respuesta automática.
—No lo sé —admitió—. Pero sé que las guerras rara vez se ganan solo con ejércitos, Aurora.
A veces se ganan con la verdad. Con la unión de quienes antes estaban divididos.
Con personas dispuestas a arriesgarlo todo por algo más grande que su propia supervivencia.
Si esta familia, este reino, logra encontrar eso a tiempo, tendremos una oportunidad real. Si no...
No terminó la frase, y Aurora no le pidió que lo hiciera.
Dorian se unió a ellos en ese instante, cruzando el patio desde el ala administrativa con un fajo de pergaminos bajo el brazo y su habitual expresión calculadora, aunque Aurora ya había aprendido a reconocer, bajo esa fachada, la lealtad retorcida pero genuina que su hermano llevaba escondiendo durante años.
—Nuestros contactos en las cortes menores reportan movimiento inusual en al menos tres provincias fronterizas —dijo, sin preámbulos, extendiendo los pergaminos hacia Cassian—.
Nada confirmado todavía, pero el patrón sugiere reclutamiento activo, posiblemente forzado, entre poblaciones marginadas de origen mixto: exiliados élficos, hadas sin corte, incluso algunos ogros descontentos con el liderazgo de sus propios clanes.
—Exactamente el perfil que Ivor mencionó como su "vida propia" —dijo Aurora, la inquietud instalándose de nuevo en su pecho.
—Precisamente —confirmó Dorian—. Sea quien sea que dirige esa fuerza ahora, no discrimina por raza a la hora de reclutar resentimiento. Solo necesita gente que sienta que este reino, o el orden que representa, les ha fallado de alguna forma fundamental.
Corvin escuchó el análisis con atención creciente, algo parecido a la comprensión iluminando gradualmente su expresión.
—Eso sugiere un líder con una herida propia lo bastante amplia como para reconocerla en otros —dijo—. No un simple títere de Ivor, actuando bajo órdenes ciegas. Alguien con motivos genuinos, por retorcidos que puedan haberse vuelto con el tiempo.
Aurora sintió, una vez más, el eco de aquella furia y dolor de pérdida que había percibido a través de la runa en el puesto fronterizo, la certeza creciente de que el verdadero enemigo de esta guerra llevaba una historia mucho más compleja que la simple ambición de un consejero traidor.
El mensajero llegó al anochecer, cubierto de polvo del camino y con una expresión que anunciaba malas noticias antes incluso de que abriera la boca para entregarlas.
—Un ataque en el puesto de avanzada de Cuervonegro —dijo, arrodillándose ante Cassian con la respiración todavía entrecortada por la urgencia del viaje—. Anoche. Fuerzas no identificadas, coordinadas y numerosas, atacaron sin previo aviso. Perdimos la posición por completo antes del amanecer.
El patio de entrenamiento, que apenas un momento antes había estado lleno de la actividad ordenada de soldados y hechiceros trabajando en las fortificaciones, se sumió en un silencio tenso mientras la noticia se propagaba entre los presentes con la velocidad de un incendio.
—¿Cuántos sobrevivientes? —preguntó Cassian, la voz ya despojada de cualquier calidez, transformada por completo en la frialdad calculadora que Aurora reconocía como su modo de enfrentar cualquier crisis militar real.
—Pocos, mi señor —dijo el mensajero, la voz quebrándose ligeramente—.
Los que lograron escapar hablan de un comandante encapuchado, dirigiendo a las tropas con una precisión que ningún grupo de mercenarios comunes podría lograr.
Y de... criaturas, mi señor. Sombras que se movían como si tuvieran voluntad propia, deshaciendo a nuestros hombres antes de que pudieran siquiera desenvainar sus espadas.
Aurora sintió que la sangre se le helaba, el eco de los espectros de sombra que ella misma había enfrentado en el camino hacia la frontera resonando con una claridad escalofriante en el relato del mensajero.
—Ya no es una amenaza latente —dijo Corvin, la voz baja pero cargada de una gravedad absoluta—. La guerra que tanto temíamos, Aurora, acaba de empezar de verdad.
Cassian se giró hacia los presentes, la determinación reemplazando cualquier rastro de la conmoción inicial con una rapidez que Aurora no pudo evitar admirar, incluso en medio del terror que la noticia había despertado en ella.
—Convoquen al Rey de inmediato —ordenó—. Y preparen a los mensajeros para Sylvaneth. Si vamos a sobrevivir a lo que sea que se avecina, vamos a necesitar cada aliado que podamos conseguir, y los vamos a necesitar pronto.
Aurora, observando a su hermano tomar el control de la situación con una autoridad que nadie cuestionó ni por un instante, sintió que la runa bajo su clavícula latía con una intensidad nueva, como si también ella percibiera, con una certeza que iba más allá de la simple lógica, que el verdadero clímax de todo lo que habían descubierto hasta ahora todavía estaba por llegar.
Esa noche, mientras Ashvale entera se preparaba con una urgencia renovada para lo que fuera que vendría, Aurora encontró un momento a solas en sus propios aposentos, contemplando la runa dorada en el espejo con una mezcla de temor y determinación que no había sentido nunca antes con tanta claridad.
—Sea lo que sea que estés esperando que haga —murmuró, la voz apenas un susurro dirigido a la marca que llevaba toda su vida sin comprender del todo—, espero estar lista cuando llegue el momento. Porque algo me dice que ya no falta mucho.
La runa guardó silencio. No obstante, el calor bajo sus dedos latió con una urgencia inusitada, como si un poder largamente aletargado empezara a agitarse por fin, listo para devorar la distancia entre el miedo y el destino.