CAPÍTULO 18 — La Emisaria de Sylvaneth
La respuesta de Sylvaneth llegó apenas tres días después de que los mensajeros de Cassian partieran hacia el bosque ancestral, una velocidad que sorprendió a toda la corte y que Corvin interpretó, con razón, como una señal de que la amenaza que Ivor había puesto en marcha preocupaba al Reino Élfico casi tanto como a Lyrengard.
La comitiva élfica llegó encabezada por una mujer de edad indeterminable y cabello plateado trenzado con precisión militar. Sus ojos evaluaron cada rincón del Salón del Trono con la misma cautela calculadora que Aurora conocía de sobra.
—Consejera Élfica Nirwen Sylvaneth —anunció el heraldo, con la formalidad reservada para las visitas de mayor importancia—, enviada directa del Consejo de los Árboles Ancestrales.
Nirwen se inclinó ante el trono con una cortesía medida, ni excesiva ni insuficiente, el tipo de gesto calculado que solo alguien con décadas de experiencia diplomática podía ejecutar con tanta naturalidad.
—Majestad —dijo, la voz clara y firme—. Sylvaneth ha escuchado con preocupación los informes sobre el ataque a Cuervonegro.
Y hemos confirmado, por nuestra propia cuenta, que la fuerza responsable recluta activamente entre nuestros propios exiliados fronterizos, sin nuestro conocimiento ni consentimiento.
—Entonces compartimos una amenaza común —dijo Aldric, con una diplomacia que Aurora no recordaba haberle visto ejercer en mucho tiempo, más acostumbrada como estaba a verlo imponer decisiones que a negociarlas—.
Lyrengard propone una alianza formal contra esta fuerza, cualquiera que sea su origen final.
Nirwen consideró la propuesta con una expresión que no revelaba nada de sus verdaderas intenciones, hasta que finalmente asintió, aunque con una condición evidente en su siguiente frase.
—El Consejo de los Árboles está dispuesto a considerarlo —dijo—.
Pero antes, necesitamos entender completamente la naturaleza de esta amenaza.
Nuestros informantes hablan de un comandante que dirige tropas con magia de vínculos, capaz de forjar lealtades y romperlas con la misma facilidad.
Eso, Majestad, no es una magia común entre exiliados descontentos.
Es algo mucho más específico, y mucho más antiguo.
Aurora sintió que el corazón se le aceleraba ante la descripción, el recuerdo del retrato de Lyra resurgiendo con una claridad renovada.
—¿Tienen algún nombre? —preguntó, adelantándose sin pensarlo del todo, ganándose una mirada de sorpresa del resto de la corte ante la interrupción directa—. ¿Alguna pista sobre quién podría poseer ese tipo de magia?
Nirwen la observó con atención renovada, como si evaluara por primera vez a la Consejera de la que sin duda había escuchado rumores desde el otro lado de la frontera.
—Ninguno confirmado —dijo, con cautela—.
Aunque existen leyendas antiguas, en los rincones más apartados de Sylvaneth, sobre un niño nacido de una unión prohibida entre nuestra guardia de élite y la corona humana, hace más de dos décadas.
Una guerrera que desapareció sin dejar rastro, y un hijo del que nunca más se supo nada con certeza.
El silencio que cayó sobre el Salón del Trono en ese momento fue tan absoluto que Aurora pudo escuchar su propio pulso martilleando contra sus oídos.
Se atrevió a mirar a su padre, y lo que vio en su rostro —una palidez repentina, un temblor apenas contenido en las manos que sostenían los brazos del trono— confirmó, sin necesidad de una sola palabra más, que aquella leyenda no era ninguna leyenda en absoluto.
Nirwen, con la sutileza propia de siglos de entrenamiento diplomático, pareció notar la reacción del rey sin comentarla directamente, aunque su mirada se demoró en él un instante más de lo estrictamente necesario antes de continuar.
—Comprendo que son noticias inquietantes, Majestad —dijo, con un tacto cuidadosamente calibrado—.
Sylvaneth no pretende insinuar ninguna acusación con esta información.
Solo compartimos lo que sabemos, con la esperanza de que ayude a esclarecer la naturaleza de la amenaza que ambos reinos enfrentamos.
—Le agradezco su franqueza, Consejera —respondió Aldric, obligándose a recomponer la máscara de autoridad que llevaba décadas perfeccionando—. Mis consejeros revisarán cada detalle de su informe con la atención que merece.
—Hay algo más que debo mencionar —añadió Nirwen, antes de que la audiencia pudiera darse por concluida—.
Nuestros exploradores reportan que el comandante en cuestión ha comenzado a fortificar posiciones mucho más cerca de lo que cualquier estratega esperaría de un simple grupo rebelde.
Se mueve con la confianza de alguien que ya no teme ser descubierto, Majestad.
Eso, en mi experiencia, suele significar que se prepara para un movimiento decisivo, no para una escaramuza más.
La advertencia quedó flotando en el aire del Salón del Trono como una sentencia, y Aurora sintió que el peso de todo lo que estaba por venir se acumulaba sobre sus hombros con una urgencia que no admitía más demoras.
Aldric levantó la audiencia abruptamente después de eso, alegando la necesidad de consultar los detalles logísticos de la alianza propuesta en privado, y Aurora, observando a su padre retirarse con una rigidez que no tenía nada que ver con el protocolo, sintió la certeza creciente de que algo fundamental estaba a punto de quebrarse dentro de aquella familia.
Encontró a Corvin esperándola en el corredor lateral, la expresión tan seria como la de ella misma.
—Escuchó lo mismo que yo —dijo Corvin, sin necesidad de preámbulos.
—Un hijo nacido de una unión prohibida —repitió Aurora, la voz apenas un susurro—. Hace más de dos décadas. Corvin, eso encaja perfectamente con la edad del niño del retrato. Con la mujer élfica. Con todo lo que hemos ido descubriendo pieza por pieza sin lograr armar la imagen completa.
—Si es cierto —dijo Corvin, con una gravedad que Aurora rara vez le había visto—, entonces enfrentamos no solo a un ejército, sino a alguien con un vínculo de sangre directo con la propia corona de Lyrengard.
Alguien que, por razones que apenas empezamos a vislumbrar, tiene motivos personales mucho más profundos que la simple ambición política para querer ver este reino arder.
Aurora sintió un escalofrío recorrerle la espalda, la pieza final de un rompecabezas que llevaba semanas ensamblando sin atreverse a nombrar del todo la imagen que empezaba a formarse.
—Necesito hablar con mi padre —dijo, con una determinación que no admitía demora—. Directamente. Sin rodeos, sin protocolo. Ya es hora de que esta familia deje de construir su historia sobre secretos a medias.
—La acompaño —dijo Corvin, sin necesidad de que ella se lo pidiera—. No para intervenir. Solo para que sepa que no tiene que enfrentar esto sola, sea lo que sea que descubra ahí dentro.
Aurora sintió una gratitud silenciosa ante el ofrecimiento, aunque negó suavemente con la cabeza.
—Esto necesito hacerlo sola, Corvin —dijo—. Es mi familia. Mis secretos, aunque no los conociera hasta hoy. Pero gracias. Por estar dispuesto a acompañarme de todas formas.
Encontró a Aldric en su estudio privado, la puerta entreabierta lo suficiente para que Aurora escuchara, antes de anunciar su presencia, la voz quebrada de su padre dirigida a Seraphine, que permanecía de pie junto a la ventana con los brazos cruzados sobre el pecho en un gesto de contención que Aurora reconocía demasiado bien.
—Tenía que ser ella —decía Aldric, la voz cargada de una angustia que Aurora nunca había escuchado en él—. Lyra. Tuvo que sobrevivir de alguna forma, o el niño... el niño tuvo que sobrevivir sin que yo lo supiera nunca.
—Aldric —dijo Seraphine, con una calma que a Aurora le costó reconciliar con la mujer que apenas semanas atrás había estado a punto de confesar sus propios secretos frente a toda la corte—, tienes que contárselo a Aurora.
A todos ellos. Ya no podemos seguir protegiendo un pasado que está a punto de destruir el futuro de nuestros hijos.
Aurora empujó la puerta antes de que su padre pudiera responder, incapaz de seguir escuchando desde las sombras un secreto que, evidentemente, la afectaba tan directamente como a cualquier otro miembro de aquella familia rota.
—Contarme qué, exactamente —dijo, la voz firme pese al torbellino de emociones que amenazaba con desbordarla por dentro.
Aldric se giró hacia ella, y por primera vez en toda su vida, Aurora vio a su padre completamente despojado de cualquier máscara de control, el rostro marcado por una culpa que parecía haber estado esperando, durante más de dos décadas, exactamente este momento de confrontación inevitable.
—Antes de casarme con tu madre —comenzó, la voz temblorosa—, amé a alguien más.
Una guerrera élfica llamada Lyra Vaelwood.
La amé de una forma que nunca he vuelto a sentir por nadie más, ni siquiera por tu madre, que Dios me perdone por admitirlo frente a ella misma.
Y cuando el consejo me obligó a casarme por conveniencia política, no logré dejarla ir del todo, no en mi corazón, ni siquiera después de la boda.
Aurora sintió que el suelo se tambaleaba bajo sus pies, la certeza de hacia dónde se dirigía aquella confesión asentándose con un peso que apenas lograba sostener.
—Tuvimos un hijo —continuó Aldric, la voz apenas un susurro—.
En secreto. Nadie en la corte lo supo jamás, ni siquiera el consejo.
Lyra desapareció con el niño poco después de su nacimiento, para protegerlo de lo que sabíamos sería su destino si alguna vez se descubría la verdad.
Y luego, años después, me llegaron noticias de su muerte.
Asumí que el niño había muerto con ella, en las mismas circunstancias inciertas que nunca logré esclarecer del todo.
—Pero no murió —dijo Aurora, la comprensión completa finalmente asentándose sobre ella con la fuerza de un golpe físico—.
Sobrevivió. Creció en algún lugar de Sylvaneth, sin saber jamás quién era su padre, sin saber que tiene hermanos, una hermana, una familia entera que ni siquiera sabía que existía.
Y ahora ha construido un ejército, padre, dirigido por un dolor y una furia que esta familia le causó sin siquiera saberlo.
El silencio que siguió a esa afirmación se sintió como el peso combinado de todos los secretos que aquella familia había cargado durante generaciones enteras, finalmente colapsando bajo su propio peso imposible de sostener por más tiempo.
—¿Por qué nunca lo buscaste? —preguntó Aurora, la pregunta escapándosele con una crudeza que no había planeado—. Si sospechabas siquiera la posibilidad de que hubiera sobrevivido, ¿por qué nunca intentaste encontrarlo?
—Porque tenía miedo —admitió Aldric, la confesión pareciendo costarle un esfuerzo físico enorme—.
Miedo de lo que su existencia significaría para la estabilidad de esta corona.
Miedo de tener que explicar, ante el consejo, ante el reino entero, la verdad de mi propia traición hacia tu madre.
Fue más fácil, Aurora, convencerme a mí mismo de que estaba muerto que enfrentar la posibilidad de que no lo estuviera.
—Más fácil para ti —dijo Aurora, la ira finalmente abriéndose paso a través del shock inicial—.
Mientras tanto, él creció solo, rechazado por dos mundos, sin saber jamás que tenía una familia que, aunque rota, podría haberlo recibido.
Y ahora esa soledad se ha convertido en un ejército que amenaza con destruirnos a todos.
Seraphine se acercó entonces, colocando una mano sobre el hombro de Aurora con una ternura que, por una vez, no vino acompañada de ninguna vacilación ni retirada.
—Tienes razón en estar enfadada —dijo—. Con tu padre.
Conmigo, por guardar este secreto durante tanto tiempo, aunque apenas lo intuía sin pruebas concluyentes hasta hace poco.
Pero ahora que la verdad está sobre la mesa, Aurora, tenemos que decidir qué hacer con ella, juntos, en lugar de seguir el patrón de silencio que ha definido a esta familia durante demasiadas generaciones.
Aurora respiró hondo, intentando encontrar, en medio del torbellino de emociones que la sacudía, algún punto de apoyo desde el cual pensar con claridad sobre lo que aquella revelación significaba realmente.
—Tenemos un hermano —concluyó Aurora, la voz fracturada por primera vez en toda la charla—. Y estamos al borde de una guerra contra nuestra propia sangre.
Nadie en la habitación tuvo una respuesta inmediata para esa afirmación, el peso de su verdad demasiado abrumador para cualquier consuelo fácil.
—Tenemos que decírselo a Cassian, a Dorian y a Lysander —dijo Aurora, después de un largo momento, la determinación reemplazando gradualmente el shock inicial—. No podemos seguir tomando decisiones sobre esta guerra sin que ellos sepan exactamente contra quién luchamos, y por qué.
—Tienes razón —dijo Aldric, con una resignación que Aurora no le había visto nunca, el peso de tres décadas de secretos finalmente cediendo ante la necesidad imperiosa de la verdad—.
Convocaré a la familia esta misma noche.
Ya no hay forma de seguir posponiendo esto sin poner en riesgo mucho más de lo que ya arriesgamos.
Seraphine asintió, y por primera vez desde que Aurora podía recordar, vio en el rostro de su madre algo parecido al alivio genuino, la carga de un secreto compartido durante demasiado tiempo finalmente empezando a aligerarse ahora que la verdad, por dolorosa que fuera, quedaba expuesta a la luz.
—Y luego —añadió Aurora, la mente ya trabajando hacia el siguiente paso inevitable—, tenemos que decidir qué hacer con esa verdad.
Porque si de verdad tenemos un hermano ahí afuera, dirigiendo un ejército contra nosotros por un dolor que nuestra propia familia le causó, entonces esta guerra ya no puede tratarse solo de defendernos.
Tiene que tratarse también de encontrar una forma de llegar hasta él antes de que sea demasiado tarde para que la verdad importe siquiera.
Ninguno de los presentes tuvo una respuesta fácil para esa propuesta, pero Aurora, mirando a sus padres —rotos, culpables, finalmente honestos después de tantos años— sintió, por primera vez desde que había escuchado la revelación de Nirwen, que quizás existiera todavía un camino hacia algo que no fuera solo destrucción mutua.