La Corona Robada (El Pacto De Las Coronas 1) CAPÍTULO 16 — Lo que Queda de la Confianza #2
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CAPÍTULO 16 — Lo que Queda de la Confianza #2

—Es más de lo que esperaba, honestamente —dijo Corvin—. Aunque no puedo evitar preguntarme cuánto durará esa tolerancia si la guerra que se avecina resulta ser tan devastadora como Ivor sugirió antes de escapar.

Aurora se acercó, colocándose junto a él en la balaustrada, sintiendo el peso combinado de todo lo que habían descubierto y todo lo que aún quedaba por enfrentar.

—¿Se arrepiente? —preguntó, en voz baja—. De haber elegido quedarse. De haber roto con su corte por esto.

Corvin se giró hacia ella completamente, y la seriedad absoluta en su expresión no dejó lugar a dudas sobre la sinceridad de su respuesta.

—Ni por un solo instante —dijo—. Aurora, he pasado toda mi vida sirviendo a una corte que valora la utilidad por encima de la verdad, la conveniencia por encima de la justicia.

Lo que encontré aquí, en usted, en esta lucha...

es la primera cosa en mi existencia que se siente genuinamente correcta, sin cálculo ni condición.

—Eso suena peligrosamente parecido a una declaración —dijo Aurora, con una sonrisa pequeña que no lograba ocultar del todo la emoción debajo.

—Quizás porque lo es —dijo Corvin, tomando su rostro entre las manos con la misma delicadeza de siempre—. Aurora Thornecrest, futura reina de Lyrengard o no, sepa esto con absoluta certeza: pienso quedarme a su lado hasta el final de esto, sea cual sea ese final.

El beso que siguió llevaba consigo el peso de todo lo vivido en las últimas semanas — el peligro compartido, las verdades descubiertas, la certeza creciente de que lo que sea que existiera entre ellos ya no era una posibilidad, sino un hecho consumado que ninguno de los dos tenía intención de negar.

Cuando finalmente se separaron, Aurora permaneció un momento con la frente apoyada contra la de él, disfrutando la rara sensación de calma en medio de una tormenta que apenas comenzaba a formarse en el horizonte.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó, en voz baja—. Con la guerra. Con Ivor todavía libre. Con todo lo que queda por descubrir sobre quién dirige realmente ese ejército en la frontera.

—Ahora —dijo Corvin, con una firmeza tranquila que Aurora había aprendido a valorar como una de sus mayores fortalezas—, nos preparamos.

Fortalecemos lo que podemos fortalecer, investigamos lo que podemos investigar, y enfrentamos cada amenaza según se presente, juntos.

No hay ninguna fórmula mágica que resuelva todo esto de una vez, Aurora.

Solo hay el siguiente paso correcto, y el siguiente después de ese.

—Suena agotador —dijo ella, con una sonrisa cansada.

—Lo es —concedió Corvin—. Pero es infinitamente menos agotador cuando no se enfrenta solo.

Fue Maela quien encontró a Aurora esa misma noche, mucho después de que Corvin se hubiera retirado a sus propios aposentos, esperándola en el invernadero con una expresión que mezclaba orgullo y preocupación en partes iguales.

—Escuché lo de Ivor —dijo la anciana, sin preámbulos—. Y lo de la advertencia sobre la frontera.

—Va a ser una guerra, ¿verdad? —preguntó Aurora, sentándose junto a ella entre las plantas que, poco a poco, empezaban a mostrar signos de vida más allá de lo que la magia de los muros del invernadero podía explicar por sí sola.

—Probablemente —concedió Maela—. Aunque las guerras, niña, rara vez son solo lo que parecen al principio. A veces esconden, en su centro, heridas mucho más antiguas y personales de lo que cualquier estratega logra anticipar.

Aurora consideró las palabras de su nodriza, pensando en el retrato encontrado en el puesto fronterizo, en la furia y el dolor de pérdida que había sentido a través de la runa aquella noche.

—Creo que ya empiezo a sospecharlo —dijo, en voz baja.

Maela le tomó la mano entonces, un gesto simple pero cargado de toda una vida de protección silenciosa.

—Sea lo que sea que venga, Aurora, ya no enfrentas nada de esto sola —dijo—.

Tienes a Corvin. Tienes, sorprendentemente, a tus hermanos, aunque tarden en admitirlo abiertamente.

Y me tienes a mí, como siempre. Eso es más de lo que la mayoría de los herederos de este mundo pueden decir cuando la guerra finalmente llama a su puerta.

—¿Cómo supiste que esto llegaría? —preguntó Aurora, después de un momento—. Que Ivor era una amenaza. Que todo esto terminaría en guerra.

Maela guardó silencio un largo instante, la mirada perdida en las plantas que las rodeaban, algunas ya recuperando un verde tímido que no tenía explicación mágica evidente.

—No lo supe con certeza —admitió finalmente—.

Pero he vivido lo suficiente para reconocer los patrones que se repiten, generación tras generación, cuando el poder se construye sobre secretos en lugar de sobre la verdad.

Tu abuelo traicionó un pacto sagrado para conseguir su trono.

Tu padre construyó su reinado sobre el silencio y el miedo.

Cada secreto enterrado, Aurora, es una semilla que germina tarde o temprano, y casi nunca de la forma que uno espera.

—¿Y yo? —preguntó Aurora, la pregunta escapándosele antes de que pudiera contenerla del todo—. ¿Qué semilla soy yo, Maela? ¿La que sana lo que mi familia rompió, o la que termina de destruirlo?

La anciana la miró entonces con una ternura que Aurora rara vez veía atravesar la fachada práctica y protectora que Maela mantenía casi siempre.

—Eso, niña, todavía no está escrito —dijo—.

Ninguna profecía es tan simple como para responder esa pregunta por ti.

Lo único que sé con certeza es que la elección de qué clase de semilla eres, al final, siempre ha sido y siempre será tuya.

Nadie más puede tomarla en tu lugar. Ni tu padre, ni la Oráculo que te maldijo al nacer, ni el hombre que ahora se esconde en algún rincón de la frontera, planeando lo que sea que venga después.

Aurora sintió que las palabras se le asentaban en el pecho con un calor extraño, distinto al miedo que había esperado sentir ante la certeza de un conflicto inminente: algo parecido, quizás por primera vez en toda su vida, a la esperanza genuina de que, pasara lo que pasara, no lo enfrentaría desde la soledad a la que la habían condenado desde la cuna.

Más allá de los cristales, la claridad plateada de la luna bañaba los jardines de Ashvale, testigo impasible del fin de una era de engaños y del umbral de una guerra inevitable.

Aurora permaneció ahí un rato más, sola, después de que Maela se retirara a descansar, dejando que el silencio de la noche asentara todo lo vivido en las últimas semanas antes de que el peso de lo que vendría terminara de instalarse sobre sus hombros para quedarse.