La Corona Robada (El Pacto De Las Coronas 1) CAPÍTULO 16 — Lo que Queda de la Confianza
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CAPÍTULO 16 — Lo que Queda de la Confianza

El Rey Aldric recibió la noticia de la huida de Ivor en un silencio tan prolongado que Aurora llegó a dudar de que su padre hubiera procesado la revelación.

—Treinta años —dijo finalmente, la voz extrañamente hueca, desprovista de la frialdad calculada que Aurora había conocido toda su vida—. Treinta años confiando en ese hombre. Enseñándole a mis hijos. Sentado a mi lado en cada decisión que he tomado desde que era apenas un príncipe inseguro.

—No fue culpa suya no verlo, padre —dijo Aurora, sorprendida de encontrar, en medio de todo el resentimiento acumulado durante años, un rastro genuino de compasión por el hombre frente a ella—.

Ocultó su naturaleza durante generaciones enteras.

Ni siquiera Corvin, entrenado toda su vida para detectar precisamente ese tipo de engaño, lo sospechó hasta hace apenas unos días.

Aldric la miró entonces, y por un instante, algo se quebró en su expresión habitualmente impenetrable — no del todo lágrimas, pero sí el eco cercano de ellas, una vulnerabilidad que Aurora no recordaba haber visto jamás en su padre, ni siquiera en los momentos más privados de su infancia.

—Debí escucharte antes —dijo, la admisión pareciendo costarle un esfuerzo físico—. A ti. A tu madre. Los dos intentaron advertirme, de formas distintas, durante años, y yo elegí la comodidad de no ver lo que ambos ya sospechaban.

No fue una disculpa completa — Aurora sospechaba que su padre necesitaría mucho más tiempo, y probablemente mucho más que una sola conversación, para llegar siquiera cerca de reconocer la magnitud completa de lo que le había hecho a ella durante toda su vida—.

Pero fue, por primera vez, un reconocimiento genuino, y Aurora decidió, en ese momento, permitirse recibirlo como lo que era, sin exigir todavía la disculpa mayor que sabía que aún faltaba.

—Hay algo más que debe preocuparle, Majestad —dijo Corvin, con el tacto cuidadoso de quien sabe que está a punto de añadir peso a una carga ya considerable—.

Antes de desaparecer, Ivor mencionó que lo que construyó en la frontera "ya tiene vida propia".

Eso sugiere una organización con su propia estructura de mando, capaz de operar sin necesidad de que él siga dirigiéndola directamente.

Aldric se pasó una mano por el rostro, el peso de todas las revelaciones de las últimas semanas visiblemente cobrándose su precio en cada línea de su expresión envejecida.

—¿Qué tan grande creen que se ha vuelto esa organización? —preguntó, dirigiéndose tanto a Corvin como a Cassian, que había permanecido en silencio junto a la puerta durante la mayor parte de la conversación.

—Basándonos en el mapa que recuperamos, con rutas de suministro que abarcan varias regiones fronterizas y comunicaciones militares en élfico antiguo de alto nivel —dijo Cassian, avanzando finalmente hacia el escritorio—, sospecho que hablamos de algo mucho más organizado que una simple banda de mercenarios descontentos.

Esto tiene la estructura de un ejército, padre.

Uno que lleva más de una década preparándose en silencio.

El silencio que siguió a esa afirmación se sintió más pesado que cualquier otro momento de la conversación hasta entonces, la magnitud completa de la amenaza finalmente asentándose sobre los presentes con toda su fuerza.

—Entonces no hay tiempo que perder —dijo Aldric finalmente, poniéndose de pie con una determinación que Aurora no le había visto en años—. Convoquen al consejo de guerra completo para esta misma tarde. Toda la familia. Necesitamos un plan, y lo necesitamos ahora.

El consejo de guerra convocado esa misma tarde reunió, por primera vez desde que Aurora podía recordar, a toda la familia real junta con un propósito común, sin las rivalidades habituales enturbiando cada palabra pronunciada.

—Debemos reforzar la frontera con Sylvaneth de inmediato —intervino Cassian, inclinándose sobre el mapa extendido en la mesa con su habitual pragmatismo militar—.

Si Ivor ha estado construyendo un ejército ahí durante más de una década, no podemos permitirnos esperar a ver qué tan grande se ha vuelto antes de reaccionar.

—Estoy de acuerdo —dijo Dorian, para sorpresa de varios de los presentes, que probablemente esperaban de él una objeción calculada solo para mantener el equilibrio de poder entre los hermanos—.

Aunque también sugiero que enviemos emisarios formales a Sylvaneth.

Si ese ejército recluta exiliados de su territorio sin su conocimiento, la corte élfica podría convertirse en una aliada valiosa contra una amenaza que también les afecta a ellos.

—Es una sugerencia sensata —concedió Aldric, y Aurora notó, con una punzada de esperanza cautelosa, que su padre parecía escuchar genuinamente a sus hijos por primera vez en mucho tiempo, en lugar de simplemente tolerar sus opiniones antes de imponer la propia.

Lysander, que había permanecido en silencio la mayor parte de la reunión, finalmente habló, la voz más firme de lo que Aurora recordaba haberle escuchado en meses.

—Yo puedo ayudar a fortificar las defensas mágicas de la frontera —dijo—. Mi... entrenamiento, aunque no siempre fácil de controlar, podría servir para algo más que preocupar a esta familia, por una vez.

Aurora sintió una punzada de preocupación al notar, otra vez, el temblor apenas visible bajo la manga de su hermano menor, pero decidió no comentarlo frente a los demás, guardando la inquietud para una conversación privada más adelante.

Se prometió a sí misma, mientras observaba a Lysander regresar a su silencio habitual, que buscaría un momento a solas con él antes de que terminara la semana — la fragilidad que percibía en él merecía más atención de la que cualquiera en esa familia, incluida ella misma, parecía dispuesta a ofrecerle.

—Se agradece el ofrecimiento —dijo Aldric, con una sinceridad que sorprendió a Aurora tanto como al propio Lysander—. Vamos a necesitar cada recurso disponible en los meses que vienen.

Fue entonces cuando Seraphine, que había permanecido en silencio durante toda la reunión desde su lugar habitual, un escalón por debajo del trono incluso en el contexto informal del consejo, se puso de pie con una determinación que atrajo de inmediato la atención de todos los presentes.

—Hay algo más que esta familia necesita escuchar antes de que avancemos con cualquier plan de guerra —dijo, la voz firme de una forma que Aurora no recordaba haberle escuchado nunca en público—.

Ivor no actuaba solo por ambición personal, Aldric.

Tenía una herida antigua con esta corona, una que se remonta a mucho antes de que tú y yo nos casáramos.

Ninguno se atrevió a replicar de inmediato. Aldric miró a su esposa con una mezcla de sorpresa y algo parecido al temor, como si hubiera esperado, en algún rincón de sí mismo, que ese momento llegara tarde o temprano.

—¿Qué sabes tú de esto? —preguntó, la voz tensa.

—Sé que hace muchos años intenté advertirte sobre la verdadera naturaleza de Ivor, y que la respuesta que recibí fue tan severa que decidí no volver a intentarlo hasta tener pruebas irrefutables —dijo Seraphine, sosteniendo la mirada de su esposo sin titubear—.

Sé que guardas secretos de tu propio pasado, Aldric, que podrían explicar por qué Ivor eligió esta corona específicamente como blanco de su venganza.

Y creo, ya sin ninguna duda, que ha llegado el momento de que esta familia deje de construir sus decisiones sobre secretos a medias.

Aurora sintió que el aire se le atoraba en el pecho, la certeza de que su madre estaba a punto de decir algo que cambiaría todo, pero Aldric, con una expresión que combinaba pánico contenido y un cansancio profundo, levantó una mano para detenerla.

—No aquí —dijo, la voz apenas un susurro—. No frente a todos. Te lo prometo, Seraphine: hablaremos de esto. Pero no aquí.

Seraphine sostuvo su mirada un largo momento, evaluando la sinceridad de la promesa, antes de asentir finalmente y volver a su asiento.

Aurora, observando el intercambio, sintió que algo fundamental acababa de cambiar entre sus padres — no una resolución completa, pero sí el primer paso real hacia una honestidad que llevaba, sospechaba, más de dos décadas postergándose.

Cassian, que había observado todo el intercambio con la atención calculadora que lo caracterizaba, cruzó una mirada breve con Aurora, y ella reconoció en sus ojos la misma pregunta silenciosa que ella misma se hacía: cuánto de lo que su madre acababa de insinuar tendría, tarde o temprano, que ver con ellos también, con el propio lugar de los cuatro hermanos dentro de una historia familiar que parecía tener capas mucho más profundas de lo que ninguno había sospechado hasta ahora.

El resto del consejo continuó con los detalles logísticos de fortificación fronteriza y las posibles alianzas con Sylvaneth, pero Aurora apenas logró concentrarse del todo, la mente todavía procesando la implicación de lo que su madre acababa de insinuar frente a toda la familia.

Encontró a Corvin esa noche en el mismo balcón de siempre, contemplando las luces distantes de Ashvale con una expresión pensativa que Aurora había aprendido a reconocer como el preludio de algo importante.

—Nyxhollow finalmente respondió —dijo, sin apartar la vista del horizonte, extendiéndole un pergamino sellado con el emblema de la Corte de Sombras.

Aurora lo leyó con el corazón acelerado, encontrando, para su sorpresa, no la condena que había temido sino algo mucho más ambiguo: un reconocimiento formal, aunque tibio, de que la amenaza descubierta justificaba la desviación de la misión original de Corvin, junto con una advertencia velada de que su posición en la corte de Sombras permanecería "bajo revisión" hasta que la crisis se resolviera de forma satisfactoria.

—No es una absolución —dijo Aurora, devolviéndole el pergamino—. Pero tampoco es un rechazo total.