CAPÍTULO 15 — La Trampa que Tendemos #2
Aurora y Corvin, ocultos cerca del archivo señalado como ubicación del documento falso, esperaron durante horas en un silencio tenso, interrumpido solo por el sonido distante de los guardias de Cassian cambiando turno en los puntos acordados.
—Si tiene razón su madre —dijo Corvin, en voz muy baja, mientras ambos vigilaban desde las sombras de un corredor lateral—, esto podría no salir como lo planeamos. Los seres antiguos rara vez caen en trampas tan directas sin haber anticipado, al menos, la posibilidad de que lo sean.
—Entonces tal vez cuente con eso —dijo Aurora, la mente trabajando rápidamente—. Tal vez espera que sepamos que podría sospechar, y por eso mismo decida investigar de todas formas, para no parecer débil ante una amenaza que podría ser real.
—Es una apuesta peligrosa basarse en la vanidad de un enemigo —dijo Corvin, aunque no sonaba del todo en desacuerdo.
—Es la única apuesta que tenemos —respondió Aurora.
El silencio volvió a instalarse entre ellos, cargado de la tensión de la espera, hasta que Corvin, sin apartar la vista del corredor, extendió una mano y encontró la de Aurora en la oscuridad, entrelazando los dedos con los suyos con una firmeza silenciosa que decía mucho más de lo que cualquier palabra habría logrado en ese momento.
—Pase lo que pase esta noche —dijo, la voz apenas un susurro—, no voy a dejar que le pase nada, Aurora. Eso es una promesa, no una cortesía.
—Lo sé —dijo ella, apretando su mano en respuesta—. Y por eso mismo confío en enfrentar esto con usted, y no de otra forma.
Fue ahí, en la oscuridad expectante de aquel corredor, que ambos vieron aparecer, mucho después de que el resto de la corte se hubiera retirado a dormir, la figura familiar del consejero, moviéndose con una cautela que confirmaba, sin lugar a dudas, que la trampa había funcionado exactamente como esperaban.
—Ahí está —susurró Corvin, la mano ya en la empuñadura de su daga—. Ahora solo necesitamos que dé el siguiente paso.
Ivor se detuvo frente a la puerta del archivo, y por un instante que se sintió eterno, no hizo nada más que observar el pasillo vacío con una atención tan minuciosa que Aurora contuvo la respiración, temiendo que hubiera detectado la vigilancia pese a todas sus precauciones.
Y entonces, con un movimiento que no tenía nada de humano en su fluidez, Ivor extendió una mano hacia la puerta cerrada del archivo, y una luz oscura, casi imperceptible, se deslizó desde sus dedos hacia la cerradura, abriéndola sin necesidad de llave ni de fuerza física alguna.
—Magia —murmuró Aurora, la confirmación asentándose en su pecho con un peso helado—. Real. Antigua. Exactamente como sospechaba su madre.
—Ahora —dijo Corvin, ya moviéndose hacia adelante—. Antes de que descubra que el documento es falso y desaparezca antes de que podamos confrontarlo.
Emergieron de las sombras justo cuando Ivor cruzaba el umbral del archivo, y el consejero se giró hacia ellos con una velocidad que desmentía por completo su apariencia de anciano funcionario, el rostro despojado, por primera vez, de cualquier rastro de la sonrisa cortés que había usado durante treinta años como máscara perfecta.
—Consejera Thornecrest —dijo con un timbre que ya no guardaba rastro de humanidad—. Qué decepción. Creí que me daría más batalla.
—Sabíamos que vendría —dijo Aurora, sorprendida de la firmeza en su propia voz pese al miedo que le atenazaba el pecho—. El documento es falso, Ivor. Nunca existió ningún testimonio. Solo necesitábamos verlo actuar para confirmar lo que ya sospechábamos.
Algo cambió en el rostro de Ivor entonces, la máscara humana resbalando aún más, revelando por debajo unos rasgos más afilados, más antiguos, de una belleza fría que Aurora reconoció, con un escalofrío, como emparentada con la de Corvin — la misma estirpe, quizás, aunque torcida hacia algo mucho más oscuro tras siglos de resentimiento acumulado.
—Vaya, vaya —dijo Ivor, la voz ahora cargada de un desprecio que ya no se molestaba en disimular—. La niña de la profecía, jugando a las trampas de corte con su guardián prohibido. Debo admitir que subestimé cuánto habían crecido ambos en tan poco tiempo. Un error que no pienso repetir.
—¿Quién es usted realmente? —preguntó Corvin, la daga ya desenvainada, colocándose entre Aurora e Ivor con un instinto protector que no necesitaba pensarse—. Ningún Fae exiliado logra ocultar su naturaleza durante tres generaciones sin ayuda de algo mucho más oscuro que la simple paciencia.
Ivor sonrió, una sonrisa que ya no tenía nada de cortés, todos los dientes visibles de una forma que no correspondía del todo a una anatomía humana.
—Duskryn —dijo, saboreando el nombre con un desprecio antiguo—.
Debí suponer que Nyxhollow enviaría a uno de los suyos, tarde o temprano.
Dígame, joven guerrero, ¿le contaron alguna vez por qué exiliaron a quienes se opusieron al Pacto de las Cumbres?
¿O simplemente le enseñaron a obedecer sin preguntar, como a todos los demás?
—Me enseñaron que la ambición sin límites siempre termina destruyendo a quien la persigue —respondió Corvin, sin ceder terreno—. Parece que usted es la prueba viviente de esa lección.
El rostro de Ivor se ensombreció con una furia que, por un instante, pareció a punto de desbordarse en un ataque directo. Pero, con un esfuerzo visible, recompuso la calma, la máscara de cortesía deslizándose de nuevo sobre sus rasgos con una facilidad inquietante.
—No voy a darles el gusto de una confrontación que no puedo ganar en este momento, rodeado y sin refuerzos —dijo, retrocediendo un paso hacia las sombras del archivo—.
Pero disfruten esta pequeña victoria, Consejera.
Va a ser la última que se permitan durante mucho tiempo.
Lo que he construido ahí afuera, en la frontera, ya no depende de que yo permanezca oculto en esta corte.
Ha adquirido, por así decirlo, vida propia.
—¿A qué se refiere? —exigió Aurora, un temor nuevo asentándose en su pecho ante la implicación de esas palabras.
Pero Ivor ya no respondió. Con un movimiento final, la misma luz oscura que había abierto la cerradura se extendió a su alrededor, envolviéndolo en una sombra densa que se disolvió en el aire un instante después, dejando tras de sí solo el eco de una risa fría y el archivo vacío, sin ningún rastro de que el consejero hubiera estado ahí siquiera.
Corvin bajó la daga lentamente, la tensión del combate que nunca llegó a materializarse todavía recorriendo cada músculo de su cuerpo.
—Se escapó —dijo Aurora, la frustración y el alivio mezclándose en igual medida—. Pero al menos ahora sabemos con certeza lo que es. Y él sabe que nosotros lo sabemos.
—Lo cual lo convierte en algo mucho más peligroso que antes —dijo Corvin, envainando finalmente el arma—. Un depredador acorralado, Aurora, es siempre más letal que uno que todavía cree que nadie lo está observando.
Cassian llegó minutos después, alertado por los guardias apostados en el perímetro, y su expresión al escuchar el relato completo de lo ocurrido fue la de alguien procesando, con la velocidad práctica que lo caracterizaba, la magnitud real de la amenaza que acababan de confirmar.
—Voy a informar a padre de inmediato —dijo—. Con esto, ya no podrá seguir fingiendo que se trata de rumores infundados. Ivor mismo acaba de admitir, delante de dos testigos, que está detrás de todo.
—No va a ser suficiente para detenerlo —dijo Aurora, con una certeza sombría que no había sentido hasta ese momento—.
Dijo que lo que construyó en la frontera ya tiene vida propia.
Sea lo que sea que eso signifique, Cassian, creo que la guerra que tanto tememos ya no es una posibilidad lejana. Ya está en marcha.