CAPÍTULO 15 — La Trampa que Tendemos
Seraphine cumplió su promesa tres días después de la conversación en el jardín de invierno, aunque no de la forma que Aurora había imaginado.
La hizo llamar a sus aposentos bien pasada la medianoche, con los pasillos desiertos de guardias.
Al llegar, Aurora encontró a su madre sentada junto a la ventana, iluminada únicamente por una vela, el rostro marcado por una tensión que no le había visto nunca, ni siquiera en los peores días de la corte.
—No puedo decirte todo —dijo Seraphine, antes de que Aurora pudiera siquiera sentarse—.
Todavía no. Hay verdades que, al pronunciarlas en voz alta, pondrían en peligro a demasiados inocentes.
Pero debes saber esto: Ivor nunca ha sido lo que aparenta.
Y tu padre lo sabe, en algún rincón de sí mismo que ha decidido no examinar demasiado de cerca.
—¿Qué es, entonces? —preguntó Aurora, sentándose finalmente frente a ella, el corazón latiendo con una mezcla de esperanza y frustración por la información parcial.
—Algo mucho más antiguo de lo que su apariencia sugiere —dijo Seraphine, eligiendo cada palabra con el cuidado de quien camina sobre hielo quebradizo—.
Algo que no pertenece del todo a este mundo, ni completamente a ningún otro.
Sirvió a esta corona desde antes de que tu abuelo se sentara en ese trono, Aurora.
Y en todo ese tiempo, nunca ha envejecido de la forma en que debería.
Un escalofrío recorrió a Aurora al considerar la implicación completa de esas palabras.
—Como Maela —dijo, la comprensión asentándose lentamente—. Ella tampoco envejece como debería.
—Similar, pero no igual —dijo Seraphine—. Maela eligió proteger a alguien inocente a costa de su propio exilio. Lo que sea que Ivor eligió proteger, o buscar, o vengar... no creo que tenga nada de inocente en ello.
—¿Por qué no se lo dices a padre? —preguntó Aurora—. Directamente. Sin rodeos.
El silencio que siguió fue largo, cargado de un dolor que Aurora reconoció, con una punzada incómoda, como muy similar al que ella misma llevaba cargando toda su vida.
—Porque la última vez que intenté advertirle sobre Ivor, hace muchos años, casi me cuesta todo lo que tenía —dijo Seraphine finalmente, la voz apenas un susurro—.
No voy a cometer el mismo error dos veces sin estar segura de que esta vez tendré pruebas suficientes para que me crea, en lugar de solo palabras que él prefiere no escuchar.
No fue, todavía, la confesión completa. Pero fue suficiente para que Aurora saliera de aquellos aposentos con una certeza nueva y perturbadora: fuera lo que fuera Ivor Nightmourne, la amenaza que representaba iba mucho más allá de la simple ambición política que habían estado investigando hasta entonces.
Se lo contó a Corvin al amanecer, ambos reunidos en el despacho de asuntos internos con la puerta cerrada y las cortinas corridas, una precaución que ya se había vuelto rutina desde el ataque contra Yselda.
—Algo no humano —repitió Corvin, procesando la información con una seriedad que no dejaba lugar a dudas sobre la gravedad con la que la tomaba—.
Eso encaja, de hecho, con ciertos patrones que noté en su forma de moverse durante la audiencia.
Hay una quietud en él, una ausencia de los pequeños gestos involuntarios que incluso los cortesanos mejor entrenados no logran eliminar del todo. Debí notarlo antes.
—¿Sabe qué podría ser? —preguntó Aurora.
—Sospecho —dijo Corvin, con cautela— que podría ser Fae.
Exiliado, probablemente, dado que ningún miembro activo de ninguna de nuestras cortes pasaría desapercibido durante tanto tiempo sin que Nyxhollow o Lumaethil lo supieran.
Un exiliado lo bastante hábil como para ocultar su naturaleza durante generaciones enteras sería...
extraordinariamente peligroso, Aurora. Y extraordinariamente paciente.
—¿Cómo lo confirmamos?
Corvin consideró la pregunta un largo momento, la mirada perdida en el mapa recuperado del puesto fronterizo, todavía extendido sobre la mesa entre ellos.
—No podemos confirmarlo sin exponerlo directamente —dijo finalmente—. Y exponerlo directamente, sin pruebas irrefutables, solo nos daría tiempo para que él se defienda o desaparezca antes de que podamos actuar. Necesitamos algo más sutil.
—Una trampa —dijo Aurora, la idea formándose con una claridad que la sorprendió a ella misma.
—Una trampa —confirmó Corvin—. Si conseguimos que actúe basándose en información falsa, algo que solo tendría sentido investigar si de verdad está detrás de todo esto, podríamos obtener la prueba irrefutable que su padre necesita para finalmente actuar.
Reunieron a Cassian y Dorian esa misma tarde, en la biblioteca privada donde Aurora había confrontado a su hermano semanas atrás, la ironía de la elección del lugar no perdida en ninguno de los presentes.
—Necesitamos hacerle creer a Ivor que sabemos más de lo que realmente sabemos —explicó Aurora, una vez que ambos hermanos estuvieron al tanto de la revelación de Seraphine—.
Si filtramos información falsa sobre una supuesta prueba definitiva en nuestro poder, algo que amenace exponerlo directamente, se verá obligado a actuar para recuperarla o destruirla.
Y en ese movimiento, cometerá un error que podamos usar en su contra.
—¿Qué clase de prueba falsa? —preguntó Dorian, ya inclinado hacia adelante con el interés calculador que Aurora reconocía como su forma natural de comprometerse con cualquier plan.
—Un documento —sugirió Corvin—. Algo que sugiera un testimonio directo vinculando a Ivor con el financiamiento del puesto fronterizo, supuestamente guardado en un lugar específico dentro del palacio. Lo suficientemente creíble para que no pueda darse el lujo de ignorarlo.
—Yo puedo redactarlo —se ofreció Dorian, con una facilidad que hablaba de habilidades que Aurora sospechaba había cultivado durante mucho más tiempo del que jamás había admitido abiertamente—.
Y puedo asegurarme de que llegue a los oídos correctos sin que se sospeche de dónde viene realmente.
Es, después de todo, un juego que ya conozco bien.
Cassian, que había permanecido en silencio observando el intercambio, finalmente intervino.
—Voy a necesitar posicionar guardias de mi absoluta confianza cerca del lugar donde supuestamente esté ese documento —dijo —. Hombres que respondan a mí directamente, no a la cadena de mando habitual que Ivor podría haber comprometido en algún punto durante estos treinta años.
—¿Puedes conseguir eso sin que se note? —preguntó Aurora.
—Hermana —dijo Cassian, con la primera sonrisa genuina que Aurora recordaba haberle visto en mucho tiempo—, llevo toda mi vida entrenando exactamente para este tipo de situación. Confía en mí.
Dorian, sin embargo, levantó una mano antes de que la conversación avanzara más.
—Hay un riesgo que nadie ha mencionado todavía —dijo—.
Si Ivor es lo que sospecha nuestra madre, algo antiguo y poderoso disfrazado de consejero mortal, entonces subestimar su capacidad de reacción podría costarnos mucho más que el fracaso del plan.
Podría costarnos la vida de quien esté presente cuando decida que ya no vale la pena seguir fingiendo.
—Lo sé —dijo Aurora, con una calma que no sentía del todo por dentro—.
Por eso seré yo quien esté presente cuando eso ocurra.
Junto a Corvin. Mi magia ya ha demostrado que puede enfrentarse a algo que no es del todo humano, y necesitamos a alguien capaz de revelar la verdad completa en el momento exacto en que Ivor decida actuar.
—Eso es exactamente lo que me preocupa —dijo Dorian, con una honestidad que sorprendió a Aurora viniendo de él—. Que seas tú quien se exponga, otra vez, mientras el resto de nosotros observamos desde una distancia segura.
—No estará sola —dijo Corvin, con una firmeza que zanjó cualquier objeción adicional—. Y si algo sale mal, cuento con recursos que ni Ivor ni nadie en esta corte conoce todavía.
Cassian observó el intercambio con atención, y por primera vez desde que Aurora podía recordar, su hermano mayor pareció genuinamente incapaz de encontrar un argumento frío y calculador que oponer a la determinación compartida entre Aurora y Corvin.
—Entonces que así sea —dijo finalmente—.
Yo me encargaré de que los guardias correctos estén posicionados a una distancia que les permita intervenir rápido, sin alertar a Ivor de su presencia hasta que sea necesario.
Dorian, tú te encargas del documento y de que la información llegue de forma creíble.
Aurora... —hizo una pausa, algo parecido a la genuina preocupación fraternal cruzando su expresión habitualmente impasible—.
Ten cuidado. No hemos pasado toda una vida compitiendo entre nosotros para perderte justo cuando empezábamos, quizás, a encontrar una razón para dejar de hacerlo.
Fue, pensó Aurora mientras los cuatro terminaban de perfilar los detalles del plan hasta bien entrada la noche, la primera vez en toda su vida que sintió a sus tres hermanos —incluso a la distancia calculadora de Dorian, incluso a la frialdad práctica de Cassian— trabajando genuinamente unidos hacia un mismo objetivo.
No sabía cuánto tiempo duraría esa unidad, ni qué quedaría de ella una vez que la corona misma volviera a estar en juego entre ellos.
Pero por esa noche, al menos, se permitió sentir algo parecido a la esperanza.
El documento falso, cuidadosamente redactado por Dorian con una precisión que imitaba a la perfección el estilo burocrático de los archivos reales, fue "descubierto accidentalmente" por un escribano de confianza de Cassian dos días después, y la noticia de su existencia —un supuesto testimonio firmado por un antiguo oficial de la guardia, vinculando directamente a Ivor con pagos irregulares hacia la frontera— corrió por los canales más discretos de la corte con la velocidad calculada que Dorian había garantizado.