La Corona Robada (El Pacto De Las Coronas 1) CAPÍTULO 14 — El Consejero Sonríe
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CAPÍTULO 14 — El Consejero Sonríe

Ivor Nightmourne recibió la noticia de su vigilancia discreta con la misma sonrisa cortés que había empleado durante treinta años para neutralizar cualquier recelo antes de que echara raíces.

—Comprendo la preocupación de Su Majestad —le dijo a Aldric, en la privacidad del estudio real, la voz cargada de una humildad perfectamente calibrada—.

Estos son tiempos peligrosos, y es natural que el rey desee descartar cualquier posibilidad, por remota que sea.

No me ofendo en absoluto. Al contrario: colaboraré con la investigación en todo lo que esté a mi alcance.

Aldric, que había pasado la noche entera debatiéndose entre la lealtad de tres décadas y el peso innegable del mapa que Aurora había traído consigo, sintió que buena parte de su determinación se aflojaba ante la calma absoluta de su consejero.

—Es solo un procedimiento —dijo, casi como una disculpa—. No dudo de tu lealtad, Ivor. Pero el nombre salió de la boca de un prisionero, y no puedo darme el lujo de ignorarlo sin más.

—Por supuesto que no —concedió Ivor, inclinando la cabeza—. Su Majestad haría bien en investigar cada hilo, sin importar cuán improbable parezca. Es, después de todo, lo que yo mismo le enseñé a hacer desde que era apenas un príncipe inseguro de su propio criterio.

La mención sutil de su relación de décadas, del papel formativo que Ivor había jugado en la educación del propio Aldric, logró exactamente lo que estaba calculada para lograr: un destello de culpa cruzó el rostro del rey, y con él, una nueva capa de resistencia a creer que aquel hombre pudiera ser, en efecto, la raíz de todo lo que amenazaba su reino.

—Hay algo más, Majestad —añadió Ivor, con el tono de quien comparte una preocupación genuina—.

Me han llegado rumores de que la Consejera Thornecrest y el enviado Duskryn viajaron recientemente fuera de Ashvale, sin escolta apropiada, hacia la frontera con Sylvaneth.

En tiempos tan inciertos como estos, quizás valdría la pena preguntarse si es prudente que la heredera de nuestra corte se exponga a riesgos innecesarios acompañada únicamente por un extranjero cuya lealtad, hasta hace poco, apuntaba en una dirección muy distinta a la nuestra.

Fue una jugada sutil, casi invisible en su construcción, pero certera: sembrar la duda no directamente sobre sí mismo, sino redirigirla hacia Corvin, el único aliado externo con el que Aurora contaba fuera de los muros de la corte.

Aldric frunció el ceño, la mención logrando exactamente el efecto calculado.

—Lo tendré en consideración —dijo, con una frialdad renovada que no auguraba nada bueno.

Cuando Ivor se retiró del estudio real esa tarde, con la misma sonrisa cortés con la que había entrado, nadie en la corte notó que, apenas cruzó las puertas, esa sonrisa se transformó en algo mucho más frío y calculador.

Encontró a Yselda esa misma noche, en los jardines apartados donde la emisaria de Avelia solía retirarse a redactar sus informes lejos del bullicio de la corte, la pluma moviéndose con rapidez sobre un pergamino que, Ivor sabía sin necesidad de leerlo, contenía cada detalle del mapa recuperado del puesto fronterizo.

—Emisaria Yselda —saludó, con la calidez practicada de siempre—. Trabajando hasta tarde, según veo.

Yselda levantó la vista. Aunque mantuvo la compostura profesional, Ivor no pasó por alto el parpadeo de cautela en su mirada: la desconfianza natural de quien conoce de primera mano la gravedad de las acusaciones.

—Consejero Nightmourne —respondió ella, con una formalidad ligeramente más rígida de lo habitual—. Asuntos de la corte que requieren atención inmediata.

—Imagino que se refiere al informe sobre el puesto fronterizo —dijo Ivor, sin rodeos, sentándose en el banco frente a ella con una tranquilidad que no dejaba entrever ninguna urgencia—.

Un descubrimiento perturbador, sin duda.

Espero que la Consejera Máxima tome las medidas apropiadas cuando reciba la noticia.

—Eso espero yo también —dijo Yselda, con cautela creciente.

—Dígame —continuó Ivor, con un tono casual que no engañaba del todo a la emisaria, cuyos años de entrenamiento diplomático la habían preparado para reconocer precisamente ese tipo de interrogatorio disfrazado de conversación cortés—, ¿su informe menciona ya alguna teoría sobre quién podría estar detrás de semejante operación?

—Todavía no —dijo Yselda, eligiendo sus palabras con evidente precaución—. Preferimos confirmar los hechos antes de especular sobre responsables, Consejero. Es el protocolo habitual en estos casos.

—Prudente —concedió Ivor, con una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos—. Aunque a veces, emisaria, la prudencia excesiva puede costar tiempo valioso que no siempre tenemos.

Se despidió poco después, dejando a Yselda con una inquietud que no lograba nombrar del todo, y para cuando la emisaria terminó de redactar su informe esa noche, había decidido, sin saber exactamente por qué, enviarlo mediante un mensajero de confianza personal en lugar de los canales oficiales de comunicación de la comitiva — una decisión que, aunque ella no podía saberlo todavía, le salvaría la vida.

Aurora y Corvin, ajenos por completo a la conversación en los jardines, pasaron esa misma tarde revisando una vez más el mapa y el retrato recuperados del puesto fronterizo, buscando cualquier detalle que hubieran podido pasar por alto en el examen inicial.

—Hay algo que no encaja —dijo Aurora, sosteniendo el retrato bajo la luz de la ventana—.

Si esta mujer murió hace tanto tiempo como sugiere el desgaste del papel, ¿por qué alguien seguiría usando ese puesto fronterizo activamente, hoy, para operaciones militares?

Son dos hilos que deberían estar separados, y sin embargo aparecieron juntos, en el mismo lugar.

—A menos que no lo estén —dijo Corvin, la mente evidentemente trabajando en la misma dirección—.

A menos que la persona que dirige esas operaciones militares sea la misma persona que guarda ese retrato con tanto cuidado.

Alguien que perdió a esa mujer, y que ahora, por la razón que sea, ha decidido convertir esa pérdida en algo mucho más grande y peligroso.

Aurora sintió un escalofrío recorrerle la espalda, la misma sensación inquietante que había experimentado en el puesto fronterizo, el eco distante de una furia que no le pertenecía.

—Eso significaría que no estamos enfrentando solo a Ivor —dijo, la voz baja—. Estamos enfrentando también a quien sea que él esté manipulando o financiando ahí afuera. Alguien con motivos propios, más allá de cualquier agenda de Ivor.

—Es una posibilidad que debemos tomar en serio —concedió Corvin—. Aunque, por ahora, carecemos de nombre, de rostro, de cualquier cosa concreta a la cual atarla. Solo tenemos un retrato desgastado y una corazonada.

Guardaron ambos objetos con el mismo cuidado con el que los habían recuperado, conscientes de que, cualquiera que fuera la verdad completa detrás de ellos, todavía estaba fuera de su alcance.

El ataque llegó dos noches después, silencioso y preciso, exactamente como Ivor había planeado que fuera.

Aurora se enteró por los gritos que resonaron desde el ala oeste poco después de la medianoche, y para cuando ella y Corvin llegaron corriendo a los aposentos de la comitiva de Avelia, encontraron el lugar sumido en el caos: dos guardias heridos en el corredor, y en el interior de la habitación de Yselda, la propia emisaria de pie con una daga ensangrentada en la mano y el cuerpo de un atacante encapuchado a sus pies.

—Está viva —dijo Corvin, con evidente alivio, revisando rápidamente a la emisaria en busca de heridas—. ¿Está herida, Yselda?

—Solo un corte superficial —dijo ella, aunque las manos le temblaban visiblemente mientras dejaba caer la daga—. Me atacaron mientras dormía. Si no hubiera despertado a tiempo...

No terminó la frase, pero no hacía falta. Aurora se acercó al cuerpo del atacante caído, y con un instinto que ya empezaba a sentirse natural en lugar de forzado, extendió la mano hacia el rostro cubierto por la capucha.

La luz dorada, más controlada cada vez que la invocaba, deshizo el hechizo de ocultación que cubría las facciones del atacante, revelando el rostro de un hombre de mediana edad, rasgos comunes, nada que sugiriera pertenencia a ninguna facción en particular a simple vista.

—No lo reconozco —dijo Corvin, examinando el cuerpo con atención profesional—.

Pero esto —añadió, señalando una pequeña marca tatuada en la muñeca del atacante, apenas visible— sí la reconozco.

Es la marca de un gremio de mercenarios que opera fuera de los canales oficiales de cualquier corte.

Se les puede contratar sin dejar rastro alguno de quién los envió, siempre que se pague lo suficiente.

—Ivor —dijo Aurora, la certeza asentándose en su pecho con un peso helado—. Tiene que ser él. Nadie más tenía motivo para silenciar específicamente a Yselda.

—No podemos probarlo —dijo Corvin, con una frustración evidente—. Un mercenario sin rastro documentado es exactamente el tipo de arma que un hombre como Ivor usaría precisamente porque no deja pruebas que lo incriminen.

Yselda, recuperando parcialmente la compostura, se acercó a ambos con una determinación nueva reemplazando el temblor inicial.

—Entonces cambiemos la estrategia —dijo—. Ya envié mi informe por un canal privado antes de este ataque. Si Ivor cree que todavía puede detenernos silenciándome, está a punto de descubrir que llega tarde.

Cassian llegó poco después, alertado por el ruido, y su expresión al evaluar la escena —los guardias heridos, el cadáver del mercenario, el rostro pálido de Yselda— fue la de alguien calculando, con la velocidad práctica que lo caracterizaba, cada implicación política del ataque.

—Esto ya no puede ocultarse ni minimizarse —dijo, tras escuchar el resumen apresurado que Aurora le ofreció—.

Un ataque contra un miembro oficial de la comitiva de Avelia, dentro de nuestros muros, es una crisis diplomática por sí sola, sin importar quién esté detrás.

Voy a hablar con padre yo mismo, esta misma noche.

—¿Confías en que te escuche? —preguntó Aurora, con más esperanza de la que esperaba sentir.

—No —dijo Cassian, con su habitual franqueza cortante—. Pero al menos, hermana, esta vez no vas a tener que suplicar sola por su atención.

Fue, Aurora pensó mientras observaba a su hermano alejarse hacia el ala real, la primera vez en mucho tiempo que sintió, viniendo de Cassian, algo parecido a un verdadero acto de solidaridad.

La noticia del ataque llegó a oídos del Rey Aldric antes del amanecer, y esta vez, ni siquiera la elocuencia practicada de Ivor logró contener por completo la ola de sospecha que finalmente comenzaba a formarse entre los presentes en la audiencia de emergencia convocada esa misma mañana.

—Un ataque contra un miembro de la comitiva de Avelia, dentro de mis propios muros, por segunda vez en menos de un mes —dijo Aldric, la voz cargada de una furia que ya no distinguía del todo entre la dirigida hacia el atacante desconocido y la dirigida hacia su propia negación persistente—.

Esto termina ahora. Ivor, quiero una investigación completa de cada gremio de mercenarios con actividad conocida en el reino, empezando por el que llevaba esa marca.

—Por supuesto, Majestad —dijo Ivor, inclinando la cabeza con una obediencia perfecta que no delataba absolutamente nada de la tormenta que, Aurora sospechaba, debía estar gestándose tras aquella fachada serena—. Pondré a mis mejores hombres en ello de inmediato.

Aurora sintió que un escalofrío le recorría la espalda ante la ironía cruel de la situación: el propio Ivor, encargado de investigarse a sí mismo, con toda la autoridad y los recursos necesarios para asegurarse de que la investigación no llegara jamás a ninguna parte.

Cruzó una mirada con Corvin, y en sus ojos grises encontró la misma certeza incómoda que ella misma sentía: ya no bastaba con reunir pruebas y presentarlas ante un rey demasiado atado a treinta años de lealtad ciega para actuar con la rapidez que la situación exigía.

Y ambos supieron, sin necesidad de verbalizarlo, que desenmascararlo exigiría cruzar una línea de la que ya no habría retorno.

Encontró a su madre esa misma tarde, en el jardín de invierno, la noticia del ataque evidentemente ya recorriendo cada rincón de la corte con la velocidad habitual de los rumores más alarmantes.

—Escuché lo que pasó —dijo Seraphine, sin apartar la vista de un rosal que, pese a los hechizos de calor, mostraba signos de marchitarse antes de tiempo—. ¿Estás bien?

—Yo no fui la atacada —dijo Aurora, sentándose junto a ella—. Pero no, madre, no estoy bien. Cada día que pasa se vuelve más difícil fingir que esto no es una guerra que ya empezó, aunque nadie quiera llamarla por su nombre todavía.

Seraphine guardó silencio un largo momento, las manos entrelazadas sobre el regazo con esa quietud practicada que Aurora conocía tan bien.

—Tu padre no puede ver a Ivor con claridad —dijo finalmente, la voz cuidadosamente medida—.

Y no es solo por lealtad, ni siquiera solo por miedo, aunque ambas cosas pesan.

Es porque Ivor conoce secretos de esta familia que ni siquiera tú conoces todavía, Aurora.

Secretos que tu padre preferiría enterrar antes que arriesgarse a que salgan a la luz en medio de una investigación pública.

Algo en el tono de su madre —esa cautela extrema, esa forma de hablar rodeando la verdad sin llegar jamás a tocarla del todo— hizo que Aurora se girara a mirarla con una intensidad nueva.

—¿Qué secretos, madre?

Seraphine cerró los ojos un instante, y cuando volvió a abrirlos, algo en su expresión se había endurecido con una determinación que Aurora no le había visto nunca.

—Todavía no —dijo—. No hasta que tenga pruebas de que decírtelo no te pondrá en más peligro del que ya corres. Pero te prometo, Aurora, que ya no pienso quedarme callada para siempre. Solo... dame un poco más de tiempo.

No fue la confesión completa que Aurora llevaba meses esperando, pero fue, por primera vez, una promesa concreta en lugar de un silencio indefinido, y eso, en sí mismo, se sintió como el comienzo de algo que ninguna de las dos se había atrevido a nombrar todavía.