CAPÍTULO 13 — El Camino de Regreso
Apenas se habían alejado del puesto fronterizo cuando comprendieron que los vigilaban. Corvin fue el primero en notar el compás demasiado regular entre los árboles de la izquierda, un patrón ajeno a cualquier animal salvaje.
—Nos siguen —dijo, sin alterar el ritmo de su caballo, la voz baja pese a la distancia—. Al menos dos jinetes. Tal vez tres.
—¿La misma facción de anoche? —preguntó Aurora, resistiendo el impulso de girarse a mirar directamente.
—O algo peor —dijo Corvin—. Vamos a tomar el desvío hacia el arroyo. Si nos siguen hasta ahí, sabremos con certeza que no es coincidencia.
El desvío resultó revelador: los jinetes, fueran quienes fueran, ajustaron su trayectoria apenas un instante después de que Aurora y Corvin lo hicieran, confirmando sin lugar a dudas que la persecución era deliberada.
Corvin maldijo en voz baja, algo en élfico antiguo que Aurora no comprendió pero cuyo tono no dejaba dudas sobre su significado.
—No podemos superarlos en velocidad con el mapa y el retrato de más peso —dijo—. Necesitamos otra estrategia.
Aurora sintió la runa bajo su clavícula responder al peligro con un cosquilleo familiar, y por primera vez desde que había comenzado a comprender su propio poder, se permitió considerar activamente cómo usarlo no como último recurso, sino como herramienta deliberada.
—Puedo intentar una ilusión —dijo, sorprendiéndose de la idea apenas formada en su mente—. Si mi magia puede deshacer ilusiones ajenas, tal vez también pueda crear una propia. Desviar su atención.
—Es arriesgado —dijo Corvin, aunque su tono sugería que no tenía una alternativa mejor—. Nunca lo ha intentado.
—Entonces será la primera vez —dijo Aurora, ya reduciendo la velocidad de su caballo hacia un pequeño claro apartado del sendero principal—. Deme un momento.
Cerró los ojos, buscando en su interior una sutileza distinta: la voluntad de curvar por un instante la percepción de sus perseguidores.
Sintió el esfuerzo de inmediato, mucho más agotador que cualquier cosa que hubiera intentado hasta entonces, como si estuviera empujando contra una puerta pesada que se resistía a abrirse en esa dirección.
Pero, poco a poco, sintió también que algo cedía: un eco de su propia presencia, tenue pero perceptible, proyectado unos metros más adelante en el sendero, como una falsa pista para cualquiera que los rastreara por instinto mágico.
—Ahora —dijo, con la voz tensa por el esfuerzo—. Vamos.
Se desviaron del sendero principal en silencio, guiando a los caballos entre la vegetación densa con el cuidado de no dejar un rastro demasiado obvio, mientras a la distancia, los jinetes que los perseguían continuaban en la dirección de la falsa presencia que Aurora había proyectado, alejándose progresivamente de su posición real.
Cuando finalmente se detuvieron, muchas millas después, con la certeza razonable de haber perdido a sus perseguidores, Aurora se dejó caer del caballo más que desmontar, el agotamiento de la ilusión sumándose al de la noche anterior con una fuerza que la hizo tambalear.
—Eso —dijo Corvin, sosteniéndola antes de que las piernas le fallaran del todo— fue extraordinario, Aurora. Y también la razón exacta por la que necesita descansar antes de que su cuerpo decida hacerlo por usted, sin previo aviso.
—Estoy bien —murmuró ella, aunque la protesta perdió fuerza incluso mientras la pronunciaba.
Acamparon ahí mismo, mucho antes de lo planeado, y Corvin insistió en que Aurora durmiera primero mientras él mantenía guardia, una insistencia que ella, por primera vez en el viaje, no tuvo energía para discutir.
Durmió profundamente, sin sueños que recordara, y despertó ya avanzada la tarde siguiente con el sol filtrándose entre las ramas y el aroma de algo cocinándose sobre un fuego pequeño y bien resguardado.
—Conseguí algo de caza mientras dormía —dijo Corvin, sin levantar la vista de lo que fuera que preparaba—. Va a necesitar reponer fuerzas antes de que sigamos.
Aurora se incorporó, todavía sintiendo el eco del agotamiento en cada músculo, pero notablemente mejor que la noche anterior.
—¿Los perdimos? —preguntó.
—Por ahora —dijo Corvin—. Aunque dudo que hayan sido los únicos ojos vigilando ese puesto fronterizo. Sea quien sea el dueño del retrato, Aurora, tiene recursos considerables, y probablemente descubrirá muy pronto que su escondite fue descubierto.
Aurora se acercó al fuego, aceptando el plato sencillo que Corvin le ofreció, y por un momento ambos comieron en silencio, el peso de todo lo descubierto instalándose lentamente entre ellos con más claridad de la que la adrenalina del viaje les había permitido procesar hasta entonces.
—¿Quién cree que es ella? —preguntó finalmente Aurora—. La mujer del retrato.
Corvin guardó silencio un largo momento, la mirada perdida en las llamas.
—No lo sé con certeza —admitió—. Pero hay algo en sus rasgos que me resulta... familiar, de una forma que no logro ubicar del todo. Rasgos élficos, ciertamente. Y algo en la forma en que sostiene al niño en el retrato sugiere una ternura genuina, no la pose formal de un retrato de encargo.
—Alguien la amó —dijo Aurora, con una certeza que sorprendió incluso a ella misma—. Y alguien, probablemente el niño de ese retrato, ya crecido, todavía la ama lo suficiente como para conservar su imagen en medio de una base militar secreta.
—Lo cual significa —dijo Corvin, pensativo— que sea quien sea nuestro enemigo real, no es solo un estratega frío persiguiendo poder por poder. Tiene una herida. Y las heridas, Aurora, son a menudo mucho más peligrosas que la ambición pura, porque no negocian con la razón.
Aurora sintió un escalofrío al considerar la implicación completa de esas palabras, aunque no supo todavía nombrar del todo la inquietud que despertaban en ella.
Llegaron a las puertas de Ashvale dos días después, cansados pero enteros, y encontraron a Cassian esperándolos en el patio de entrada con una expresión que oscilaba entre el alivio y la irritación en igual medida.
—Dos días tarde —dijo, sin preámbulos, mientras Aurora desmontaba—. Padre estaba a punto de enviar una guardia de búsqueda.
—Tuvimos complicaciones —dijo Aurora, demasiado agotada para elaborar más en ese momento—. ¿Está Yselda todavía en la corte? Necesitamos hablar con ella.
Cassian frunció el ceño ante la pregunta inesperada.
—Sí, sigue aquí. Aunque parecía bastante desconcertada esta mañana, murmurando algo sobre mensajes que ella nunca envió.
Aurora y Corvin intercambiaron una mirada cargada de significado. Encontraron a la emisaria en los aposentos que la comitiva de Avelia ocupaba, y la mujer, al verlos, se puso de pie con una urgencia que confirmó, antes incluso de que hablara, que sus sospechas eran correctas.
—Enviado Duskryn —dijo, la voz tensa—. Alguien ha estado enviando comunicaciones falsificadas en mi nombre. Descubrí apenas ayer un mensaje que jamás redacté, convocándolo a usted a los archivos privados hace varias semanas.
—Lo sabemos —dijo Corvin, con una gravedad que no dejaba lugar a sorpresas—. Fue una trampa. Casi le cuesta la vida a la Consejera Thornecrest.
El rostro de Yselda palideció considerablemente.
—Entonces hay un traidor dentro de nuestra propia comitiva —dijo—. O alguien con acceso a nuestros sellos y protocolos de comunicación. Ninguna de las dos posibilidades es reconfortante, enviado.
—Tenemos evidencia de que la raíz del problema va mucho más allá de la comitiva —dijo Aurora, extendiendo el mapa que habían recuperado del puesto fronterizo—. Necesitamos que examine esto.
Yselda tomó el mapa con manos que apenas lograban ocultar un temblor, y a medida que sus ojos recorrían las anotaciones en élfico antiguo, su expresión pasó de la cautela profesional a algo mucho más cercano al horror genuino.
—Esto es peor de lo que cualquiera en Nyxhollow imaginaba —murmuró—. Voy a necesitar enviar esto a la Consejera Máxima de inmediato. Con su permiso, enviado Duskryn.
—Con una condición —dijo Corvin—. Que cualquier respuesta pase primero por mí. Ya no confío en que los canales oficiales de comunicación de nuestra corte estén libres de interferencia.
Yselda asintió, la seriedad de la situación evidentemente superando cualquier objeción protocolar que pudiera haber tenido en otras circunstancias.
Fue ya entrada la noche, después de una audiencia tensa con Aldric en la que el mapa finalmente logró quebrar, aunque fuera parcialmente, la negativa obstinada del rey a considerar una investigación formal sobre Ivor, que Aurora encontró un momento de calma junto a Corvin en el mismo balcón donde todo entre ellos había comenzado a cambiar.
—Su padre ordenó vigilancia discreta sobre Ivor —dijo Corvin—. No es todo lo que necesitamos, pero es más de lo que teníamos ayer.
—Es un comienzo —concedió Aurora, aunque la frustración de la audiencia todavía le pesaba en el pecho—. Aunque sigo sin entender por qué se resiste tanto a ver lo evidente.
—Tal vez —dijo Corvin, con cuidado— porque ver la verdad completa sobre Ivor significaría también admitir que ha estado equivocado durante treinta años. Y los hombres como su padre, Aurora, prefieren casi cualquier otra cosa antes que admitir eso.
Aurora consideró la observación, encontrando en ella una verdad incómoda que explicaba, quizás, mucho más de la relación entre su padre y ella misma de lo que jamás había querido admitir.
—¿Y usted? —preguntó, girándose hacia él—. ¿Qué le dirá a Nyxhollow, ahora que Yselda sabe la verdad sobre el mensaje falso?
—La verdad —dijo Corvin, sin dudar—. Que decidí quedarme. Que encontramos pruebas de una amenaza mucho mayor que cualquier evaluación individual que vine a hacer. Y que, pase lo que pase con mi posición en la Corte de Sombras, no pienso abandonar esta lucha a mitad de camino.
Aurora sintió que el corazón se le apretaba con una mezcla de gratitud y temor por lo que ese compromiso podría costarle.
—Podría perderlo todo —dijo, en voz baja—. Por mí. Por esto.
Corvin se giró hacia ella completamente, tomando su rostro entre las manos con una delicadeza que contrastaba con la letalidad que Aurora sabía que también llevaba dentro.
—Entonces que se pierda —dijo—. Hay cosas que valen mucho más que un título en Nyxhollow, Aurora. Usted es una de ellas. Esta lucha, ahora, es otra.
El beso que siguió fue más profundo que el del balcón, días atrás — cargado del peso de todo lo que habían compartido desde entonces, del peligro enfrentado juntos, de las verdades a medias que empezaban, lentamente, a convertirse en certezas compartidas.
Bajo ellos, la ciudad dormía ignorante de que, en las sombras de la corte, las piezas enemigas ya habían empezado a moverse en respuesta al mapa descubierto.