La Corona Robada (El Pacto De Las Coronas 1) CAPÍTULO 12 — Lo que Acecha en la Frontera
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CAPÍTULO 12 — Lo que Acecha en la Frontera

El segundo aullido llegó más cerca que el primero.

Corvin apagó el fuego de una patada certera, sumiendo el claro en una oscuridad interrumpida solo por la luz de la luna filtrándose entre las copas de los árboles, y tiró del brazo de Aurora para colocarla detrás de él con un instinto tan rápido que ella no tuvo tiempo de protestar por el gesto protector.

—Eso no es un lobo —murmuró, la voz reducida a un susurro tenso—. Los lobos no aúllan así de sincronizado. Eso es una jauría entrenada.

—¿Entrenada por quién? —preguntó Aurora, en el mismo susurro, sintiendo que el corazón le martilleaba contra las costillas.

—Esa —dijo Corvin, desenvainando la daga con un movimiento fluido— es la pregunta que estoy a punto de hacerles personalmente.

No tuvieron que esperar mucho para obtener una respuesta parcial.

De entre los árboles emergieron, silenciosas al principio y luego no tanto, tres formas oscuras que se movían con una coordinación demasiado precisa para ser fauna salvaje: sombras alargadas, de ojos que brillaban con un tono rojizo antinatural, el pelaje —si es que aquello podía llamarse pelaje— tejido de la misma sustancia oscura que Aurora había visto solo una vez antes, en los recuerdos borrosos de las lecciones de Maela sobre criaturas invocadas mediante magia corrupta.

—Espectros de sombra —dijo Corvin, la voz tensa reconociendo la amenaza—. Alguien los convocó. Esto no es casualidad, Aurora. Alguien sabía que vendríamos por este camino.

—¿Cómo se combate algo así? —preguntó Aurora, retrocediendo un paso cuando la criatura más cercana ladeó la cabeza hacia ella con un interés que no tenía nada de animal.

—Con cuidado —dijo Corvin—. Y con suerte.

La primera criatura se lanzó hacia ellos con una velocidad que desmentía por completo su apariencia espectral, y Corvin la interceptó con un movimiento entrenado, la daga cortando a través de lo que debería haber sido carne y encontrando, en cambio, una resistencia extraña, como cortar humo denso que se resistía a dispersarse del todo.

—No puedo matarlas de la forma convencional —gruñó, retrocediendo un paso mientras la criatura se recomponía tras el golpe—. Están tejidas con magia oscura. Necesitan algo que deshaga el hechizo, no solo el cuerpo.

Las otras dos criaturas comenzaron a rodearlos, moviéndose con una inteligencia coordinada que no dejaba dudas sobre la mano que las había convocado: alguien había diseñado aquellas sombras específicamente para cazar, no para deambular sin rumbo por el bosque como haría cualquier bestia invocada de forma descuidada.

Aurora sintió la runa bajo su clavícula arder con una intensidad que no había sentido desde el archivo, semanas atrás, y esta vez no dudó ni un instante: extendió la mano hacia la criatura más cercana a Corvin, buscando dentro de sí ese mismo instinto que la había salvado una vez ya, la certeza de que su magia no solo revelaba mentiras humanas, sino que también podía deshacer las mentiras que la propia realidad había sido forzada a sostener.

La luz dorada brotó de su palma, más controlada esta vez que en el archivo, más deliberada, y golpeó a la criatura de sombra directamente en el centro de su forma difusa.

El espectro se sacudió con un chillido agudo que no sonaba a dolor animal sino a algo mucho más antiguo desgarrándose, y se deshizo en jirones de humo negro que se disolvieron en el aire nocturno.

—Eso —dijo Corvin, sin apartar la vista de las dos criaturas restantes, pero con un asomo de asombro genuino en la voz— es exactamente el tipo de cosa que Nyxhollow lleva generaciones temiendo que usted pudiera llegar a hacer.

—Hablamos de eso después —dijo Aurora, ya extendiendo la mano hacia la segunda criatura, el agotamiento empezando a hacerse notar en el temblor de sus dedos—. Ahora mismo, prefiero sobrevivir a la conversación.

La segunda criatura, sin embargo, pareció anticipar el ataque de una forma que la primera no había logrado, esquivando el estallido inicial de luz con un movimiento demasiado preciso para ser instinto animal.

Se lanzó hacia Aurora en el instante exacto en que su magia se disipaba, sin nada más que reunir, y solo la intervención de Corvin —interponiéndose entre ambas con la daga en alto, absorbiendo el impacto de las garras espectrales sobre su propio brazo— evitó que las fauces de la criatura llegaran hasta ella.

—¡Corvin! —gritó Aurora, viendo la sangre oscura brotar de un corte profundo en su antebrazo.

—Estoy bien —dijo él, aunque el rictus de dolor en su rostro decía lo contrario—. Termine esto, Aurora. Ahora.

Aurora respiró hondo, recordando el ejercicio que Maela le había enseñado apenas la noche anterior —no para contener el poder esta vez, sino para reunirlo con la precisión suficiente de no desperdiciar ni una gota más de lo necesario—, y extendió ambas manos hacia la criatura herida que se preparaba para un segundo ataque.

La luz que brotó esta vez fue más intensa, más certera, y el espectro se deshizo con un aullido final que resonó entre los árboles antes de desvanecerse por completo.

Cuando la última criatura se disolvió en el aire, Aurora sintió que las piernas finalmente cedían, el cuerpo entero temblando por el esfuerzo, y esta vez fue Corvin —pese a la herida en su propio brazo— quien la sostuvo antes de que tocara el suelo, exactamente como había hecho en el archivo, semanas atrás.

—La tengo —murmuró, la misma frase, la misma ternura fiera debajo de la tensión del combate recién terminado—. Respire. Ya pasó.

Curaron la herida de Corvin lo mejor que pudieron con los suministros limitados que llevaban, Aurora insistiendo en intentar algo de su propia magia curativa pese al agotamiento evidente que todavía la recorría.

—No tiene que hacerlo —dijo Corvin, observándola con preocupación mientras ella se arrodillaba junto a él, las manos ya extendidas hacia el corte—. Ya ha usado suficiente magia por una noche.

—Insisto —dijo Aurora, con una terquedad que no admitía discusión—. Usted se interpuso por mí. Lo mínimo que puedo hacer es intentar que esa herida no le cueste más de lo que ya le costó.

El proceso fue lento, mucho más difícil que la simple curación de heridas menores que había practicado alguna vez con Maela — la herida era profunda, y Aurora sintió, mientras trabajaba, que su magia se resistía, agotada por el combate reciente, como una cuerda tensada al límite de su elasticidad.

Pero perseveró, y poco a poco, el corte comenzó a cerrarse, dejando tras de sí solo una línea rosada allí donde antes había sangre oscura.

—Gracias —dijo Corvin, con una sinceridad desprovista de toda la ironía habitual, examinando su propio brazo con genuina sorpresa—. Eso fue... más de lo que esperaba, incluso sabiendo lo que usted puede hacer.

—Todavía estoy aprendiendo los límites —admitió Aurora, dejándose caer sentada junto a él, el agotamiento absoluto instalándose finalmente en cada músculo de su cuerpo—. Cada vez que creo haber entendido hasta dónde llega, encuentro que hay más.

No durmieron el resto de la noche. Corvin insistió en mantener guardia mientras Aurora, envuelta en una manta junto a las brasas moribundas del fuego que habían tenido que reencender, procesaba lentamente lo que acababa de ocurrir.

—Alguien sabía que veníamos —dijo finalmente, rompiendo el silencio—. Usted lo dijo. No fue casualidad.

—No —confirmó Corvin, sentado frente a ella con la daga todavía desenvainada sobre las rodillas, los ojos escaneando constantemente la oscuridad más allá del claro—.

Y eso significa que alguien en Ashvale, o alguien vigilando Ashvale, conoce nuestros movimientos con una precisión que debería ser imposible para un viaje que decidimos hace apenas dos días.

Aurora sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la noche.

—¿Ivor?

—O alguien que le reporta directamente —dijo Corvin—. Lo cual reduce la lista de sospechosos a alguien con acceso cercano a la corona. Alguien que sabía de nuestro viaje antes de que la mayoría de la corte lo supiera.

—Dorian lo sabía —dijo Aurora, la idea formándose incómodamente en su mente—. Se lo dije yo misma, la noche que descubrí lo del rumor. Y me interceptó antes de partir, para desearme suerte. Ofreciéndose a ayudar si lo necesitaba.

—¿Confía en él?

Aurora dudó, el recuerdo de la conversación en la biblioteca todavía fresco, la extraña lealtad retorcida que su hermano le había confesado, y ahora también el gesto inesperado en el corredor, la advertencia genuina que no había sabido cómo interpretar del todo.

—No lo sé —admitió finalmente—. Quiero hacerlo. Pero ya no sé si eso es suficiente base para confiar en nadie de mi familia.

Corvin no respondió de inmediato, simplemente extendió una mano y la colocó sobre la de ella, un gesto simple que, en medio de todo lo que acababa de ocurrir, se sintió como el ancla más sólida que Aurora había tenido en mucho tiempo.

—Entonces no confíe todavía —dijo—. Confíe en lo que podemos comprobar. Y sigamos adelante desde ahí.

Llegaron al puesto fronterizo abandonado al atardecer del día siguiente, después de una jornada de viaje tensa en la que ambos permanecieron alerta a cada sombra, cada crujido de rama, cada indicio de que los espectros de la noche anterior pudieran haber sido solo el primer aviso.

El puesto, según los registros oficiales, llevaba décadas sin uso — una estructura de piedra desgastada por el clima, medio devorada por la vegetación del bosque circundante, con el emblema desvaído de la corona de Lyrengard todavía visible sobre lo que quedaba del arco de entrada.

Aurora se detuvo un momento frente a esa entrada, sintiendo el peso extraño de estar a punto de descubrir, con sus propios ojos, la magnitud real de lo que llevaban semanas investigando en la seguridad relativa de los archivos de Ashvale.

—¿Lista? —preguntó Corvin, notando su vacilación.

—No —admitió Aurora, con una sonrisa breve, casi nerviosa—. Pero entremos de todas formas.

En cuanto cruzaron ese arco, Aurora supo que los registros mentían.

El interior, lejos de estar abandonado, mostraba signos claros de actividad reciente: pisadas frescas en el polvo del suelo, restos de fogatas que no podían tener más de unos días, provisiones almacenadas con un orden militar que contrastaba brutalmente con el deterioro exterior de la estructura, y, en lo que debía haber sido la sala de mando del puesto, un mapa extendido sobre una mesa improvisada, marcado con anotaciones en una escritura que Aurora no reconoció pero que Corvin, tras examinarla un momento, identificó con el rostro pálido.

—Élfico antiguo —dijo—. La variante que solo se usa en comunicaciones militares de alto secreto en Sylvaneth. Alguien ha estado coordinando movimientos de tropas desde este puesto, Aurora. Movimientos recientes. Movimientos serios.

Aurora se acercó al mapa, el corazón acelerándose al reconocer, entre las anotaciones, símbolos que se repetían con una frecuencia inquietante alrededor de ciertas rutas fronterizas — rutas que, comprendió con un escalofrío, coincidían casi exactamente con las que Cassian había mencionado semanas atrás, durante la conversación en el corredor, como puntos débiles de la defensa fronteriza de Lyrengard.

—Esto no es solo financiamiento a un grupo disidente —dijo, la voz apenas un susurro—. Esto es la planificación activa de algo mucho más grande. Una invasión. O algo peor.

—Sea lo que sea —dijo Corvin, enrollando cuidadosamente el mapa para llevárselo como evidencia—, ya no es una sospecha, Aurora. Es una prueba. Y con esto, ni siquiera su padre podrá seguir mirando hacia otro lado.

Mientras Corvin aseguraba el mapa, Aurora recorrió el resto de la sala, y fue en un rincón apartado, medio oculto tras un estante caído, donde encontró algo que le heló la sangre mucho más que cualquier mapa militar: un pequeño retrato, desgastado por el tiempo, de una mujer de rasgos élficos y expresión serena, sosteniendo en brazos a un niño de cabello oscuro.

—Corvin —dijo, la voz temblorosa—. Mire esto.

Corvin se acercó, y Aurora notó el instante exacto en que su expresión cambió, la sorpresa dando paso a algo mucho más calculador.

—No sé quién es ella —dijo, examinando el retrato con atención—.

Pero quienquiera que sea, alguien la valoraba lo suficiente como para conservar su imagen incluso en un puesto de guerra abandonado.

Eso no es el comportamiento de un simple mercenario, Aurora.

Eso es alguien con una historia. Con una herida.

Aurora sintió, sin saber bien por qué, que aquel retrato guardaba un peso que ninguno de los dos comprendía todavía del todo, una pieza de un rompecabezas mucho más grande que la simple traición de un consejero ambicioso.

Fue entonces, mientras Corvin terminaba de asegurar el mapa entre sus pertenencias y Aurora todavía sostenía el retrato entre sus manos, que sintió algo que no había sentido nunca antes: una presencia, lejana pero innegable, como si algo —o alguien— hubiera notado, en ese preciso instante, que su secreto acababa de ser descubierto.

La runa bajo su clavícula, sin previo aviso, se encendió con una intensidad dolorosa, y por una fracción de segundo, Aurora habría jurado que sintió, en algún rincón de su mente que no debería haber podido alcanzar tan lejos, el eco distante de una furia que no era la suya — una furia antigua, profunda, mezclada con algo que se parecía, inquietantemente, a un dolor de pérdida que llevaba mucho tiempo sin sanar.

—¿Aurora? —preguntó Corvin, notando de inmediato el cambio en su expresión—. ¿Qué pasa?

—No lo sé —dijo ella, la mano presionada contra el pecho, el retrato todavía sostenido con fuerza en la otra—.

Pero creo que alguien, en algún lugar, acaba de darse cuenta de que estamos aquí.

Y creo, Corvin, que sea quien sea esa persona, siente algo por esta mujer del retrato que va mucho más allá de lo que cualquier mapa militar podría explicar.

Corvin miró el retrato una vez más, y por primera vez desde que Aurora lo conocía, algo parecido a la genuina inquietud —no el miedo calculado de un estratega, sino algo más humano, más incierto— cruzó su expresión.

—Entonces salgamos de aquí antes de averiguar quién es esa persona por las malas —dijo, guardando el retrato junto al mapa—. Tenemos suficiente evidencia. Es hora de volver a Ashvale.

Salieron del puesto fronterizo justo cuando las primeras sombras del atardecer comenzaban a alargarse entre los árboles, ninguno de los dos sabiendo todavía que el retrato que llevaban consigo pertenecía a una mujer muerta hacía casi dos décadas, ni que el nombre que ella había llevado en vida —Lyra— sería, tarde o temprano, la clave que terminaría de desenredar todo lo que estaban a punto de descubrir.