La Corona Robada (El Pacto De Las Coronas 1) CAPÍTULO 11 — El Camino al Norte #2
29%

CAPÍTULO 11 — El Camino al Norte #2

—Eso espero —dijo Maela, con una sonrisa breve, casi triste—. Porque el mundo, niña, ya no tiene mucha paciencia para esperar a que tú termines de descubrir quién eres.

Partieron al alba, ataviados con ropas sencillas que despojaban a Corvin de su estatus de enviado y a Aurora del peso invisible del título que la había atado a la corte durante años.

Los caballos, elegidos por Corvin la noche anterior entre los establos reales con el pretexto de "seguridad adicional para la inspección fronteriza", eran resistentes pero discretos, sin ningún emblema de la corona que pudiera delatar el origen de sus jinetes.

Fue extraño, pensó Aurora, cabalgando junto a él por el camino que se alejaba de las murallas de Ashvale, sentir por primera vez en años que nadie a su alrededor sabía quién era en realidad.

Ningún protocolo que seguir. Ninguna mirada calculando su próximo movimiento.

Solo el camino abierto, el aire frío del norte, y la presencia constante de Corvin a su lado.

—Se ve distinta —comentó él, después de un largo tramo de silencio cómodo—. Fuera de esos muros.

—¿Distinta cómo?

—Más ligera —dijo Corvin—. Como si algo que llevaba cargando durante mucho tiempo se hubiera aflojado, aunque sea solo un poco.

Aurora consideró la observación, sorprendida de encontrarla precisa.

—Nunca había salido de Ashvale —admitió—. No realmente. Mis hermanos viajaron, cuando eran más jóvenes, entrenamiento, alianzas, pruebas de todo tipo. A mí siempre me mantuvieron cerca. Segura, supongo que dirían ellos. Contenida, diría yo.

—Su familia tiene un modo peculiar de demostrar afecto —comentó Corvin, con una suavidad que quitaba el filo de la crítica implícita.

—Mi familia tiene un modo peculiar de hacer casi todo —corrigió Aurora, y ambos rieron, un sonido que se sintió, en medio del camino vacío, sorprendentemente sencillo.

Cabalgaron el resto de la mañana entre bosques cada vez más densos, el camino real dando paso, poco a poco, a senderos menos transitados que serpenteaban entre colinas cubiertas de una vegetación que Aurora no reconocía del todo — árboles de corteza plateada que, según le explicó Corvin, solo crecían en las tierras fronterizas con Sylvaneth, alimentados por restos de magia élfica antigua que se filtraba, generación tras generación, hacia el suelo humano.

—¿Ha estado en Sylvaneth? —preguntó Aurora, genuinamente curiosa.

—Varias veces —dijo Corvin—. Mi corte mantiene relaciones... cordiales, digamos, con la corte élfica. Ambos pueblos compartimos cierta desconfianza histórica hacia la ambición humana, aunque por razones distintas.

—¿Y qué opina usted? —preguntó Aurora—. De la ambición humana.

Corvin guardó silencio un momento, sopesando la pregunta con más seriedad de la que Aurora esperaba.

—Opino que la ambición, en sí misma, no es el problema —dijo finalmente—.

El problema es lo que la gente está dispuesta a sacrificar para satisfacerla.

Su padre sacrificó a su propia hija. Ivor, sea lo que sea que esté construyendo, está dispuesto a sacrificar reinos enteros.

Pero usted, Aurora... usted quiere el trono para reparar algo, no para destruirlo.

Esa diferencia importa más de lo que la mayoría de la gente en el poder está dispuesta a admitir.

Aurora sintió que las palabras se le asentaban en el pecho con un peso cálido, distinto a cualquier cumplido protocolar que hubiera recibido jamás en la corte.

—Gracias —dijo, simplemente, sin saber qué más añadir.

Acamparon esa noche en un claro apartado del camino principal, el fuego pequeño y bien resguardado para no atraer atención innecesaria, y fue ahí, bajo un cielo cuajado de estrellas que Aurora rara vez tenía oportunidad de contemplar sin la interferencia de las luces de la corte, que Corvin le habló, por primera vez, de su propia vida antes de Ashvale.

—Nyxhollow no es un lugar cálido —dijo, la mirada perdida en las llamas—. Se nos enseña, desde niños, que la debilidad emocional es la primera grieta que un enemigo explota. Aprendí a sonreír antes de aprender a sentir nada detrás de la sonrisa.

—¿Cómo era? —preguntó Aurora, en voz baja—. Crecer así.

—Solitario —dijo Corvin, tras un momento—.

Rodeado de gente entrenada exactamente igual que yo, lo cual, paradójicamente, hace que sea imposible confiar en nadie.

Todos sonríen. Todos calculan. Nadie muestra jamás lo que hay debajo, porque mostrarlo es entregarle a cualquier otro exactamente el arma que necesita para usarlo en tu contra.

—¿Y usted lo hizo? —preguntó Aurora—. ¿Mostrar lo que hay debajo?

—Nunca —admitió él, con una honestidad cruda que contrastaba con la ligereza habitual de su tono—. Hasta ahora.

—¿Y ahora? —preguntó Aurora, en voz baja.

Corvin la miró entonces, el fuego reflejándose en sus ojos grises con una calidez que contradecía por completo la frialdad de la que acababa de hablar.

—Ahora ya no recuerdo cómo sonreír sin sentir nada detrás —dijo—. Y es, para alguien entrenado toda su vida a evitar exactamente eso, una experiencia bastante desconcertante.

Aurora se acercó, cerrando la distancia entre ambos frente al fuego, y por un largo momento ninguno de los dos dijo nada más, simplemente compartiendo el calor de las llamas y la certeza silenciosa de que, fuera lo que fuera lo que encontraran en la frontera, ya no lo enfrentarían solos.

—Puedo preguntarle algo —dijo Aurora, después de un rato— ¿Por qué yo? De todas las cortes que ha visitado, de todas las amenazas que ha evaluado... ¿por qué esta vez fue distinto?

Corvin consideró la pregunta con la misma seriedad que había considerado la anterior sobre la ambición humana.

—Porque usted nunca me pidió que la perdonara por lo que es —dijo finalmente—. Solo me pidió tiempo para demostrar que no era lo que mi corte temía. Eso, Aurora, es más honestidad de la que he recibido en toda mi vida en Nyxhollow.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue, más bien, el tipo de silencio que solo existe entre dos personas que ya no necesitan llenar cada espacio con palabras.

Fue el aullido distante de algo que no sonaba del todo a lobo lo que rompió el momento, un sonido bajo y prolongado que hizo que Corvin se pusiera de pie de inmediato, la mano ya en la empuñadura de su daga.

—Nos estamos acercando —dijo, escaneando la oscuridad más allá del alcance del fuego—. Eso no es fauna común de esta zona.

Aurora sintió cómo la runa bajo su clavícula comenzaba a latir, respondiendo al peligro invisible que se cernía sobre ellos.