CAPÍTULO 11 — El Camino al Norte
Localizar al guardia que había hablado de más fue la parte sencilla; lo verdaderamente difícil fue averiguar quién le había pagado.
Aurora lo interrogó personalmente, sin magia esta vez —no quería arriesgar otro desmayo por algo tan mundano como confirmar un soborno—, y el hombre, atemorizado ante la posibilidad de perder su puesto o algo peor, no tardó en ceder.
—Fue un sirviente del ala de Su Alteza el Príncipe Dorian —confesó, la voz temblorosa—. Me ofreció el doble de mi salario mensual por mencionar, como quien no quiere la cosa, lo que había visto en el balcón. A cualquiera que preguntara.
Aurora sintió que el nombre de su hermano le caía en el pecho como una piedra.
Encontró a Dorian en la biblioteca privada de la familia real, rodeado de los mismos pergaminos meticulosamente ordenados con los que solía rodearse siempre, el cabello, como de costumbre, sin un solo mechón fuera de lugar pese a la hora tardía.
—Fuiste tú —dijo Aurora, sin preámbulos, cerrando la puerta tras de sí—. El rumor del balcón. Pagaste a un guardia para que hablara.
Dorian no negó nada, ni siquiera fingió sorpresa. Simplemente dejó el pergamino que sostenía sobre la mesa con un cuidado casi ceremonial. Aquella franqueza absoluta la descolocó por completo.
—Sí —admitió él sin inmutarse—. Fui yo.
—¿Por qué? —preguntó, la voz cargada de una traición que no esperaba sentir tan profundamente—. ¿Para hacerme daño? ¿Para complicarle la vida a Corvin frente a su corte?
—Para forzar tu mano —dijo Dorian, con una calma que no lograba del todo ocultar algo más incómodo debajo—.
Aurora, llevas años escondiéndote detrás del título de consejera, tan concentrada en sobrevivir dentro de las reglas de padre que ni siquiera has empezado a jugar el juego real.
Un rumor así te obliga a elegir un bando en público.
A ti. Al enviado. A toda la corte que finge no darse cuenta de hacia dónde se inclina el poder.
—¿Y por qué te importaría eso a ti? —preguntó Aurora, genuinamente desconcertada—. Cassian y tú compiten por el trono. Yo no soy parte de ese juego, según las reglas de padre.
Algo cruzó el rostro de Dorian entonces, rápido, casi imperceptible, pero Aurora, que llevaba toda la vida aprendiendo a leer los silencios de su familia, lo reconoció de inmediato: no era desprecio. Era, extrañamente, algo parecido al cálculo protector.
—Porque las reglas de padre son una mentira que a ti te ha costado más que a ninguno de nosotros —dijo Dorian, con una honestidad que Aurora no le había escuchado nunca antes—.
Y porque, hermana, si esta corte va a arder tarde o temprano —y va a arder, no soy ciego—, prefiero que ardas tú en el trono a que ardan Cassian o Lysander en tu lugar sin merecerlo.
Aurora se quedó sin palabras un largo momento, la traición inicial transformándose lentamente en algo mucho más complicado de nombrar.
—Tienes una forma muy retorcida de mostrar apoyo, Dorian.
—Es la única forma que esta familia me enseñó —respondió él, con una sonrisa breve, casi triste—. No esperes que cambie de un día para otro.
No fue una reconciliación completa —Aurora todavía sentía el escozor de la traición, y sospechaba que tardaría en desaparecer del todo—, pero fue, al menos, una claridad nueva entre ambos que no había existido antes: Dorian no era su enemigo.
Era, a su manera calculadora y opaca, alguien que jugaba sus propias cartas hacia un tablero mucho más complicado del que Aurora había asumido hasta entonces.
Se lo contó a Corvin esa misma noche, mientras examinaban de nuevo los documentos sobre la frontera con Sylvaneth que cubrían el escritorio.
—Interesante —dijo Corvin, tras escuchar el relato completo—. Su hermano juega un juego mucho más largo del que la corte le atribuye.
—Eso parece —concedió Aurora—. Aunque sigo sin saber si confiar en él o vigilarlo con más cuidado que antes.
—Ambas cosas, probablemente —dijo Corvin, con una media sonrisa—. No son mutuamente excluyentes en esta familia, por lo que he visto.
Aurora rió, un sonido breve y genuino que se sintió extraño después de la tensión del día, y volvió la atención al mapa entre ambos.
—El envío de fondos que encontramos apuntaba a este puesto fronterizo —dijo, señalando un punto marcado en tinta descolorida—. Abandonado hace décadas, según los registros oficiales. Pero si Ivor movió dinero hacia esa zona hace once años, dudo que siga tan abandonado como dicen los archivos.
—Entonces tenemos que verlo con nuestros propios ojos —dijo Corvin—. Los registros mienten. El terreno no.
—¿Está sugiriendo que viajemos hasta allá?
—Sugiero —dijo Corvin, sosteniéndole la mirada con una seriedad que no dejaba lugar a dudas— que si queremos pruebas reales de lo que Ivor ha estado construyendo, no las vamos a encontrar en ningún archivo de este palacio. Vamos a tener que ir a buscarlas nosotros mismos.
Aurora sintió, mezclada con el peso creciente de todo lo que estaban descubriendo, algo parecido a la emoción — la primera vez, en veintisiete años, que alguien le proponía actuar en lugar de solo observar y aconsejar.
—Entonces vayamos —dijo, sin dudarlo—. Antes de que Ivor descubra cuánto hemos averiguado ya.
Tras los cristales del archivo, la luna bañaba los jardines de Ashvale con una claridad plateada que esta vez no sugería quietud, sino una advertencia.
CAPÍTULO 11 — El Camino al Norte
Convencer a Aldric de que necesitaba ausentarse de la corte por asuntos de "inspección de rutas comerciales fronterizas" resultó, para sorpresa de Aurora, mucho más sencillo de lo que había anticipado — un recordatorio incómodo de lo poco que su padre realmente vigilaba sus movimientos cuando no involucraban directamente el protocolo de la corte.
—Dos semanas —había dicho Aldric, sin levantar apenas la vista de los documentos que revisaba—. Y llévate una escolta apropiada. No quiero otro incidente como el del archivo.
La escolta apropiada resultó ser, en la práctica, solo Corvin — algo que Aurora no corrigió ante su padre, y que Aldric, ocupado como siempre en asuntos que consideraba más urgentes, no se molestó en cuestionar demasiado.
Aurora salió del estudio con la extraña sensación de haber ganado algo que no debería haber sido tan fácil de ganar, y no supo, mientras cerraba la puerta tras de sí, si eso la aliviaba o la inquietaba más.
Dorian, al enterarse por boca de un sirviente de que su hermana partiría de viaje, la interceptó brevemente en el corredor de los tapices, la expresión más seria de lo que Aurora recordaba haberle visto desde la conversación en la biblioteca.
—Ten cuidado —fue todo lo que dijo, sin preguntar hacia dónde iba ni con qué propósito, lo cual, viniendo de él, se sintió más como una advertencia genuina que como simple cortesía—.
Y si necesitas algo mientras estés fuera, envía un mensaje a mi nombre, no al de padre. Yo me encargaré de que llegue a tiempo.
Aurora no supo, en ese momento, si confiar del todo en el ofrecimiento. Pero lo guardó de todas formas, como quien guarda una moneda cuyo valor no ha terminado de comprender.
Convencer a Maela resultó infinitamente más difícil.
—Es una idea temeraria —masculló la anciana mientras le ayudaba a preparar el equipaje, con una desaprobación evidente en cada movimiento—. Vas directo hacia el territorio que Ivor ha estado cultivando durante más de una década, con un solo guardaespaldas, por muy letal que sea.
—Es exactamente por eso que tiene que ser discreto —dijo Aurora—. Una comitiva completa alertaría a cualquiera que esté vigilando esa zona. Corvin y yo, solos, podemos pasar por viajeros comunes.
—Viajeros comunes no llevan runas doradas latiendo bajo la ropa —replicó Maela, sin dejar de doblar con precisión cada prenda que Aurora llevaría—. Ni magia que ninguno de los dos termina de entender del todo.
—Entonces tendré que aprender a controlarla mejor en el camino —dijo Aurora, con más confianza de la que sentía—.
No tengo otra opción, Maela. Si no encontramos pruebas, mi padre seguirá protegiendo a Ivor por miedo a lo que la verdad pueda costarle, y esta corte seguirá pudriéndose desde adentro mientras todos fingimos no verlo.
Maela suspiró, el mismo suspiro cansado que Aurora había escuchado toda su vida cada vez que la anciana se veía obligada a ceder ante algo que no podía impedir.
Se quedó un momento en silencio, las manos quietas sobre la tela que sostenía, antes de hablar de nuevo, la voz más baja, casi confidencial.
—Antes de que partas esta noche, quiero enseñarte algo —dijo—. Un ejercicio de contención. Si tu magia va a despertar del todo en un lugar donde nadie pueda ayudarte a entenderla, al menos quiero que sepas cómo apagarla antes de que te consuma a ti primero.
Cumplió su palabra esa misma noche, en el mismo invernadero de siempre, guiando a Aurora a través de una respiración lenta y deliberada que, según explicó, podía usarse para sofocar el poder cuando este amenazara con desbordarse sin control.
No fue un ejercicio sencillo — Aurora sintió, más de una vez, que la runa se resistía activamente al intento de aplacarla, como si ya hubiera decidido, por su cuenta, que había pasado suficiente tiempo dormida —, pero al final de la noche, agotada y con las manos temblorosas, logró completar el ejercicio sin ayuda.
—Ten esto también —dijo Maela finalmente, sacando de entre sus ropas un pequeño frasco de cristal lleno de un líquido plateado—. Si tu magia falla en el peor momento, esto puede darte un impulso temporal. Úsalo solo si no hay otra opción. El costo, después, es considerable.
Aurora tomó el frasco con más solemnidad de la que la situación probablemente merecía, y por un instante, viendo la preocupación genuina en el rostro de la única persona que la había protegido incondicionalmente durante toda su vida, sintió una punzada de culpa por el riesgo que estaba a punto de asumir.
—Volveré —prometió—. Con pruebas suficientes para que incluso mi padre no pueda seguir mirando hacia otro lado.