La Corona Robada (El Pacto De Las Coronas 1) CAPÍTULO 8 — Lo que el Rey no quiere ver
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CAPÍTULO 8 — Lo que el Rey no quiere ver

Aurora esperó a la audiencia privada de la mañana siguiente para presentarle a su padre la revelación del atacante, midiendo cada frase con el mismo cuidado que aplicaba desde su infancia.

—El nombre que dio fue Ivor Nightmourne —dijo, de pie frente al escritorio real, Corvin un paso detrás de ella—. Coordinando la facción desde adentro de la corte, según sus propias palabras.

Había anticipado varias reacciones por parte del rey —furia, incredulidad, o tal vez una alarma genuina—, pero no el silencio breve que precedió a una negación demasiado rápida.

—Ivor lleva treinta años sirviendo a esta corona —dijo Aldric, con una firmeza que no dejaba espacio para réplica—. Sirvió a mi padre antes que a mí. Es absurdo. Un agente entrenado para resistir interrogatorios diría cualquier nombre con tal de desviar la investigación real.

—Podría ser cierto —concedió Corvin, con una cautela diplomática que Aurora reconoció como estratégica más que genuina—. Pero, con todo respeto, Majestad, ¿no merece al menos una investigación discreta?

—Lo que merece —dijo Aldric, ya de pie, la conversación cerrándose con la misma velocidad con la que se había abierto— es que dejen de perseguir fantasmas y se concentren en la amenaza real: la facción de Avelia que ya intentó una vez y probablemente lo intentará de nuevo.

No quiero que el nombre de Ivor vuelva a mencionarse en este palacio sin pruebas sólidas. ¿Está claro?

No era una pregunta.

Aurora inclinó la cabeza, el gesto de sumisión perfeccionado durante veintisiete años, aunque por dentro algo se revolvía con una certeza incómoda: su padre no había defendido a Ivor por lealtad ciega.

Lo había defendido con el pánico específico de alguien que teme, más que cualquier otra cosa, tener que enfrentar lo que esa investigación podría desenterrar.

Encontró a su madre esa tarde en el jardín de invierno, uno de los pocos espacios de Ashvale donde las flores sobrevivían pese al frío gracias a los hechizos de calor tejidos en los muros de cristal generaciones atrás.

—Escuché lo del consejo —dijo Seraphine, sin apartar la vista de un rosal que ya empezaba a marchitarse pese a la magia que lo protegía—. Y lo de Ivor.

—Padre no quiere escucharlo —dijo Aurora, sentándose junto a ella en el banco de piedra fría—. Se negó incluso a considerar una investigación.

Seraphine guardó silencio un largo momento, las manos entrelazadas sobre el regazo con la quietud practicada de toda una vida de contención.

—Ivor ha estado cerca de esta familia mucho más tiempo del que crees —dijo finalmente, la voz extrañamente cuidadosa—. Más cerca de lo que la mayoría de la corte sabe.

Algo en el tono de su madre hizo que Aurora se girara a mirarla directamente.

—¿Qué estás diciendo?

Seraphine abrió la boca, y por un instante —el mismo instante que Aurora había presenciado un centenar de veces a lo largo de los años, ese segundo exacto antes de una confesión que nunca terminaba de llegar— pareció que finalmente iba a decir algo real, algo que llevaba guardado durante décadas.

—Nada que tenga sentido decir sin pruebas —dijo en cambio, la voz cerrándose de nuevo—. Solo... ten cuidado, Aurora. Con Ivor. Con tu padre. Con quién crees que conoces de verdad en esta corte.

No fue suficiente. Nunca era suficiente. Pero Aurora, esta vez, no dejó que la frustración se instalara del todo. Había algo distinto en la forma en que su madre la miró al despedirse, algo que se parecía, quizás por primera vez, al inicio de un valor que Aurora nunca había visto en ella.

Corvin la esperaba esa noche en el mismo balcón de siempre, y esta vez, cuando Aurora se acercó, no hubo vacilación entre ambos — solo la certeza tranquila de dos personas que ya habían cruzado, días atrás, la línea que los separaba de fingir indiferencia.

—Su padre está protegiendo a Ivor —dijo Aurora, sin preámbulos—. No por lealtad. Por miedo a lo que la verdad podría costarle.

—Lo sé —dijo Corvin—. Lo vi en su rostro con la misma claridad que usted.

—Entonces investigaremos solos —dijo Aurora, con una determinación que sorprendió incluso a ella misma—. Sin la corona. Sin la Corte de Sombras. Solos.

Corvin la miró un largo momento, algo parecido al orgullo cruzando su expresión antes de que la ternura lo reemplazara por completo.

—Solos —confirmó—. Aunque me temo, Consejera, que esa palabra ya no describe del todo lo que somos usted y yo.

Aurora sonrió, la primera sonrisa completamente libre de cálculo que se había permitido en el Salón del Trono o fuera de él en mucho tiempo, y esta vez fue ella quien acortó la distancia entre ambos.

El beso, cuando finalmente llegó, no fue urgente ni desesperado — fue lento, deliberado, cargado del peso de todo lo que ambos habían estado conteniendo desde la primera noche en que se encontraron en aquel mismo balcón.

La runa bajo la clavícula de Aurora se encendió, no con la violencia del peligro, sino con algo más cálido, más parecido a un reconocimiento que a una advertencia.

Cuando se separaron, ninguno de los dos dijo nada durante un largo momento, simplemente permaneciendo así, frente contra frente, mientras la ciudad dormía bajo la escarcha, ignorando por completo que las piezas sobre el tablero acababan de cambiar de bando para siempre.

En algún rincón oculto del palacio, sin embargo, alguien más había estado observando. Y esa misma noche, un mensaje partió hacia Nyxhollow — no de Corvin, sino de alguien que llevaba mucho más tiempo vigilando a Aurora Thornecrest del que la propia Corte de Sombras sospechaba.