CAPÍTULO 7 — La Línea Cruzada
El rey Aldric convocó un consejo de emergencia antes del alba. Por primera vez en su vida, el nombre de Aurora figuraba entre los asistentes obligatorios y no entre los consejeros que podían ser omitidos.
El Salón del Trono, vacío de la pompa habitual, se sentía distinto a esa hora: más frío, más real, sin la multitud que normalmente absorbía parte de la tensión que ahora se concentraba entera entre las pocas personas presentes.
—Un ataque dentro de mis propios muros —dijo Aldric, la voz baja pero cargada de una furia que Aurora reconoció, con cierta sorpresa, como genuina—.
Contra mi hija. Ejecutado por agentes que llevan el emblema de una corte con la que estamos legalmente vinculados por tratado.
Esto, enviado Duskryn, es un acto de guerra.
—Es un acto de una facción radical dentro de mi corte, Majestad, no de la Corte de Sombras en su totalidad —respondió Corvin, de pie junto a Aurora con una rigidez que no tenía nada que ver con el protocolo—. Y le aseguro que pienso reportarlo con la misma severidad con la que usted lo condena.
—¿Reportarlo? —repitió Cassian, que hasta ese momento había permanecido en silencio junto a la pared, los brazos cruzados, la expresión gélida—. Su gente intentó matar a mi hermana en nuestros propios archivos, ¿y su respuesta es un reporte?
—Mi respuesta —dijo Corvin, girándose hacia Cassian con una calma que no lograba del todo ocultar el filo debajo— es que ya tomé una decisión que mi propia corte no va a recibir con agrado, Príncipe. Protegeré a la Consejera Thornecrest, sea cual sea el costo político que eso implique para mí.
El silencio que siguió fue absoluto. Aurora sintió el peso de todas las miradas —la de su padre, calculadora; la de Cassian, evaluándolo con una desconfianza intacta; la de Dorian, en el rincón, observando con la atención de quien archiva cada palabra para usarla después— pero fue la mirada de su madre, silenciosa desde su lugar de siempre, la que más pesó sobre ella.
Seraphine no dijo nada. No necesitaba hacerlo.
El alivio en sus ojos era suficientemente elocuente.
El atacante capturado —el Hada joven cuyo rostro Aurora había desenmascarado sin querer— pasó la noche en las mazmorras reales, y para cuando Aurora y Corvin bajaron a interrogarlo esa mañana, ya había sido examinado por los sanadores de la corte y declarado, sin sorpresa, ileso pero completamente mudo.
—No va a hablar —dijo Corvin, deteniéndose frente a la celda—. Está entrenado para resistir cualquier interrogatorio convencional. Todos los agentes de esa facción lo están.
—Entonces no lo intentemos de forma convencional —dijo Aurora, sorprendiéndose a sí misma con la firmeza de sus propias palabras.
Corvin la miró, algo parecido a la cautela cruzando su expresión.
—¿Qué está sugiriendo?
—Mi magia revela verdades —dijo Aurora, acercándose a los barrotes—. No sé hasta dónde llega. No lo he probado nunca en algo así. Pero si funciona...
—Es peligroso —la interrumpió Corvin—. No sabemos qué le costaría a usted intentarlo, ni cómo reaccionaría alguien entrenado para resistir precisamente ese tipo de magia.
—Lo sé —dijo Aurora, sosteniéndole la mirada—. Y aun así, voy a intentarlo.
No esperó su aprobación. Extendió la mano hacia los barrotes y cerró los ojos, buscando en su interior el calor del archivo. Cuesta más sin el filo de la adrenalina, pero el poder seguía allí, latiendo.
El Hada joven, al otro lado de los barrotes, se retorció en su asiento como si algo invisible tirara de él desde dentro. Su rostro se contrajo en una mueca de dolor genuino, y palabras —fragmentadas, involuntarias— comenzaron a escapar de sus labios pese a él mismo.
—Ivor... —murmuró, la voz quebrada—. Ivor Nightmourne dio la orden... a través de la facción... él coordina desde adentro...
Aurora abrió los ojos de golpe, el nombre resonando en su mente sin contexto ni significado —solo el consejero de su padre, un rostro familiar entre tantos otros en la corte, sin ninguna razón evidente para que aquel nombre saliera de la boca de un asesino de Avelia—, pero antes de que pudiera insistir, sintió que las piernas le fallaban, el agotamiento golpeándola de golpe como una ola.
Corvin la sostuvo antes de que cayera, la voz tensa de preocupación.
—Suficiente —dijo, con una firmeza que no admitía discusión—. Ya tenemos algo. No vale la pena que se desmaye por más.
Aquella noche, ya recuperada lo suficiente para sostenerse en pie sin ayuda, Aurora encontró a Corvin en el mismo balcón donde se habían encontrado la primera noche de su llegada, la mirada perdida en las luces distantes de Ashvale.
—¿Ivor Nightmourne? —preguntó ella, sin preámbulos, colocándose junto a él en la balaustrada—. Es el consejero de mi padre. Ha estado en esta corte más tiempo del que yo llevo viva.
—Lo sé —dijo Corvin, con una tensión nueva en la voz—. Y eso es exactamente lo que me preocupa, Aurora. Si un nombre así sale de la boca de un agente entrenado para no revelar nada, no es una acusación menor. Es una raíz mucho más profunda de lo que ninguno de los dos imaginaba.
Aurora sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la noche.
—¿Cree que mi padre lo sabe?
—No lo sé —admitió Corvin—. Pero creo que, a partir de ahora, ninguno de los dos puede permitirse confiar plenamente en nadie de esta corte. Excepto, quizás...
Se detuvo, y Aurora, girándose hacia él, encontró su mirada fija en ella con una intensidad que borró, por un instante, cualquier otro pensamiento sobre consejeros traidores o facciones ocultas.
—Excepto en usted —completó Corvin, con una voz mucho más suave—. Lo cual es, para alguien entrenado toda su vida a no confiar en nadie, una situación bastante inconveniente.
Aurora sintió que una sonrisa, pequeña y genuina, se abría paso pese al peso de todo lo demás.
—¿Inconveniente? —repitió.
—Terriblemente inconveniente —confirmó Corvin, y esta vez fue él quien cerró la distancia entre ambos, lo suficiente para que Aurora sintiera el calor de su presencia, el mismo que la runa bajo su clavícula reconocía como si llevara toda la vida esperándolo—.
Rompí con mi propia corte por usted, Consejera.
Empiezo a sospechar que ya es demasiado tarde para fingir que esto es solo protocolo.
—Siempre fue demasiado tarde para eso —murmuró Aurora, y esta vez no se apartó cuando él, con una lentitud deliberada, inclinó el rostro hacia el suyo.
No se besaron esa noche —no todavía—, pero la distancia entre ambos, cuando finalmente se separaron para volver cada uno a sus habitaciones, se sintió mucho más pequeña de lo que había sido nunca antes.