La Corona Robada (El Pacto De Las Coronas 1) CAPÍTULO 6 — La Trampa
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CAPÍTULO 6 — La Trampa

El mensaje llegó a media mañana, sellado con el emblema de la Corte de Sombras: la emisaria severa de la comitiva solicitaba a la Consejera Thornecrest su presencia en los archivos privados del ala oeste, para revisar unos documentos que, según la nota, requerían "verificación urgente antes del cierre formal de la auditoría".

Era un mensaje común, de los que recibía a diario. Pero algo en el tono —demasiado formal, inusualmente urgido— le erizó la piel al instante.

Fue a buscar a Corvin de todas formas, más por instinto que por certeza, y lo encontró en el patio de entrenamiento, observando con expresión ilegible a un grupo de guardias reales practicando esgrima.

—Recibí un mensaje de su emisaria —dijo, mostrándole el pergamino—. Quiere verme en los archivos del ala oeste.

Corvin leyó el mensaje dos veces, y Aurora notó el instante exacto en que algo en su postura cambió — los hombros más rectos, la mano derecha rozando, casi sin pensarlo, la empuñadura de la daga que llevaba siempre al cinto.

—Yselda no solicita reuniones urgentes —dijo, con una voz que ya no tenía nada de la ligereza habitual—. Ni escribe con esta letra. Alguien más redactó esto.

Aurora sintió que el estómago se le encogía.

—¿Está diciendo que es una trampa?

—Estoy diciendo —respondió Corvin, ya caminando hacia el ala oeste con una velocidad que Aurora tuvo que apresurarse para igualar— que vamos a averiguarlo juntos, y que usted no va a entrar sola a ese archivo bajo ninguna circunstancia.

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Los archivos privados del ala oeste, a diferencia de los archivos administrativos donde Aurora y Corvin habían pasado la mayor parte de las últimas dos semanas, eran un laberinto de estanterías altas y pasillos estrechos, poco iluminados, reservados para documentos que la corona prefería mantener lejos de ojos curiosos.

La puerta estaba entreabierta cuando llegaron. Dentro, silencio.

—Quédese detrás de mí —murmuró Corvin, la daga ya desenvainada, su expresión despojada por completo de la calidez habitual, reemplazada por algo frío y absolutamente concentrado que Aurora no le había visto todavía, ni siquiera en el Salón del Trono.

Avanzaron entre las estanterías, el único sonido el crujido leve de las tablas de madera bajo sus pies, hasta que, al doblar hacia el pasillo central, lo vieron: dos figuras vestidas de negro, con el mismo corte de tela que la comitiva de Avelia, agazapadas junto a una de las estanterías más altas.

No eran guardias de la comitiva oficial. Aurora lo supo antes incluso de que Corvin lo confirmara, por la forma en que ambas figuras se giraron hacia ellos con una velocidad que ningún guardia protocolar debería tener, los rostros cubiertos por capuchas oscuras.

—Duskryn —dijo una de las figuras, con una voz que destilaba desprecio—. Deberías haber actuado hace días. Ahora tenemos que limpiar tu indecisión nosotros mismos.

—Retírense —dijo Corvin, con una calma gélida que no dejaba lugar a negociación—. Esto no es lo que su facción cree que es.

—Es exactamente lo que creemos que es —respondió la otra figura, avanzando un paso—. Una amenaza a la que se le ha dado demasiado tiempo de más.

Todo ocurrió después con una rapidez que Aurora apenas logró procesar: la figura más cercana se lanzó hacia ella con una daga curva reluciendo bajo la escasa luz del archivo, y Corvin se movió para interceptarla con una velocidad que confirmó, de una vez por todas, que la elegancia despreocupada que proyectaba en la corte no era más que una máscara sobre algo mucho más letal.

El metal chocó contra el metal en el pasillo estrecho. Aurora retrocedió hasta chocar contra un estante y sintió cómo el calor de la runa estallaba bajo su clavícula, negándose a seguir dormida.

La segunda figura se giró hacia ella, dejando a Corvin ocupado con la primera, y levantó una mano en un gesto que Aurora reconoció, con un escalofrío, como el inicio de un hechizo.

No pensó. Actuó.

Extendió la mano hacia adelante con un instinto que no sabía que poseía, y la luz dorada estalló desde su palma como algo vivo, algo que llevaba veintisiete años esperando exactamente ese instante para despertar del todo.

No fue un ataque, no exactamente — fue una **revelación**: el hechizo a medio formar de la figura encapuchada se deshizo en el aire, la ilusión que ocultaba su verdadero rostro se rasgó como tela vieja, dejando al descubierto, por una fracción de segundo, las facciones de un Hada joven, aterrorizado, mucho más asustado de lo que Aurora misma estaba.

—Imposible —susurró la figura, retrocediendo—. Ella no debería...

No terminó la frase. Corvin, habiendo desarmado ya a su oponente con un movimiento brutal y preciso, cruzó la distancia entre ellos en dos zancadas y sometió a la segunda figura contra el suelo antes de que pudiera reaccionar.

El silencio que siguió, roto solo por la respiración agitada de los cuatro presentes, se sintió más pesado que cualquier palabra.

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—¿Quién los envió? —exigió Corvin, la rodilla clavada en la espalda del atacante caído, la voz cargada de una furia que Aurora no le había escuchado nunca.

El Hada joven no respondió, el rostro pálido de terror, los ojos fijos en Aurora con una mezcla de miedo y algo parecido al asombro reverente que la hizo sentir, por un instante, más monstruo que víctima.

—No lo va a decir —dijo Aurora, con la voz todavía temblorosa por la descarga de poder que acababa de atravesarla, el brazo derecho pesado y débil de una forma que jamás había experimentado—. Mírelo. Prefiere morir a hablar.

Corvin la miró entonces, y algo en su expresión —el terror contenido de haber estado a punto de perderla, quizás, o la conmoción genuina de haberla visto usar un poder que hasta ese momento solo había sido rumor y profecía— hizo que Aurora sintiera, pese al miedo, algo parecido al calor.

—Está herida —dijo él, notando por primera vez cómo Aurora se sostenía el brazo derecho contra el cuerpo.

—Estoy bien —mintió ella, aunque las piernas apenas la sostenían.

Corvin se puso de pie, dejando al atacante reducido en el suelo bajo la custodia de dos guardias reales que habían llegado alertados por el ruido, y cruzó el espacio entre ellos sin dudar, sosteniéndola justo cuando las rodillas finalmente cedieron.

—La tengo —murmuró, con una ternura que contrastaba brutalmente con la violencia de los minutos anteriores—. La tengo, Aurora.

Fue la primera vez que decía su nombre sin el título. Y en medio del agotamiento, del miedo, del eco todavía ardiente de la runa bajo su piel, Aurora se permitió, por un instante, apoyar la cabeza contra su pecho y no fingir que todo estaba bien.

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Más tarde, ya en la seguridad de sus habitaciones, con Maela examinando su brazo con manos expertas y un ungüento de olor amargo, Corvin permaneció junto a la puerta, negándose a marcharse pese a las miradas de advertencia que Maela le lanzaba cada pocos minutos.

—Esto viene de Nyxhollow —dijo finalmente, rompiendo el silencio—. De la facción que me presiona desde que llegué. Ya no van a esperar mi decisión.

—Entonces tenemos que decidir nosotros primero —dijo Aurora, sorprendida de su propia firmeza pese al agotamiento.

Corvin la miró, algo se asentó en su expresión, una determinación que Aurora no le había visto todavía.

—Sí —dijo—. Creo que sí tenemos que hacerlo.

Fuera, en los pasillos oscuros del palacio, el peligro ya no era una advertencia lejana. Había traspasado las puertas.

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