CAPÍTULO 5 — Órdenes desde Nyxhollow
El Rey Aldric la mandó llamar a su estudio privado antes del amanecer, lo cual, en sí mismo, ya era una señal de que la noche anterior no había pasado tan desapercibida como Aurora había esperado.
—Un baile —dijo su padre, sin preámbulos, apenas ella cruzó la puerta—. Con el enviado de la Corte de Sombras. Delante de toda la corte.
—Formaba parte del protocolo de cortesía hacia un invitado extranjero —respondió Aurora, obligando a su voz a mantenerse neutral pese a la hora.
—No me insultes fingiendo que no sabes exactamente de qué protocolo hablo —dijo Aldric, y por un instante, brevísimo, algo parecido al miedo cruzó su expresión antes de que la máscara de frialdad volviera a su lugar—.
Ese hombre no está aquí por cortesía, Aurora.
Está aquí para decidir si eres una amenaza para el equilibrio de cuatro reinos.
Y tú bailas con él como si fuera un pretendiente de verano.
Aurora sintió que algo se endurecía en su pecho, una vieja costra de resentimiento que nunca terminaba de cerrar del todo.
—¿Y qué preferirías, padre? ¿Que lo tratara con la misma hostilidad con la que tú tratas todo lo que no puedes controlar? Quizás eso sería lo que realmente lo convencería de que hay algo que ocultar.
Aldric no respondió de inmediato. Aquel silencio no era el cálculo al que estaba acostumbrada en el Salón del Trono; era otra cosa, algo parecido a la inseguridad que Aurora jamás le había visto.
—Ten cuidado —dijo finalmente, con una voz mucho más baja—. No con tu reputación. Con él. Los enviados de la Corte de Sombras no llegan a ningún lugar sin instrucciones muy específicas, y las instrucciones de Avelia rara vez terminan bien para quienes las motivan.
Fue lo más cerca que Aurora había estado, en toda su vida, de escuchar a su padre admitir que le tenía miedo a algo relacionado con ella. No supo, mientras salía del estudio, si eso la hacía sentir mejor o mucho peor.
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Corvin, mientras tanto, no dormía.
En los aposentos que la corona le había asignado —lujosos, pero deliberadamente alejados del ala real, un detalle que no le había pasado desapercibido—, releía por tercera vez el mensaje que había llegado esa madrugada por vía mágica desde Nyxhollow, la letra afilada de la Consejera Máxima de la Corte de Sombras trazada en tinta que brillaba tenue incluso a la luz del día.
*Enviado Duskryn: han pasado nueve días desde su llegada a Ashvale.
La auditoría de cortesía no requiere tanto tiempo.
Recuerde el propósito real de su misión.
Si la heredera despojada representa el riesgo que la Oráculo profetizó, actúe en consecuencia.
El Consejo no tolerará vacilación, y hay quienes dentro de nuestra propia corte comienzan a impacientarse ante su silencio. *
Corvin dejó el pergamino sobre la mesa y se pasó una mano por el rostro, cansado de una forma que no tenía nada que ver con la falta de sueño.
*Actúe en consecuencia.* Sabía exactamente lo que esa frase significaba, envuelta en el lenguaje diplomático que la Corte de Sombras usaba incluso para las órdenes más brutales.
Había recibido órdenes similares antes, en otras cortes, para otras amenazas.
Nunca antes había dudado tanto tiempo en cumplirlas.
*Hay quienes dentro de nuestra propia corte comienzan a impacientarse.* Eso era nuevo. Y mucho más inquietante que cualquier plazo formal: significaba que alguien, en algún rincón de Nyxhollow, ya no estaba dispuesto a esperar su decisión.
Quemó el mensaje sobre la vela sin responder, viendo la tinta plateada consumirse en la llama, y por primera vez en su larga vida como enviado de la Corte de Sombras, no supo con certeza qué iba a hacer.
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La encontró esa tarde en el invernadero abandonado del ala oeste — no por casualidad, sino porque llevaba dos días siguiendo, con la discreción que su entrenamiento le permitía, los patrones de movimiento de Aurora por el palacio, y ese rincón olvidado se repetía con una regularidad que no podía ser coincidencia.
Se detuvo en la entrada, sin embargo, al ver que no estaba sola.
Una anciana de aspecto extraño —extraño de una forma que Corvin reconoció de inmediato, la misma clase de "extraño" que llevaba su propia sangre— estaba sentada frente a Aurora, sosteniendo entre ambas una brizna de hierba marchita.
—Otra vez —decía la anciana—. No lo fuerces. Solo pídelo.
Corvin retrocedió un paso, silencioso, con la intención de retirarse antes de ser descubierto. Pero la anciana giró la cabeza hacia la entrada del invernadero con una precisión que no daba lugar a dudas: lo había sentido llegar desde mucho antes de que él mismo decidiera acercarse.
—Puede entrar, enviado —dijo la anciana sin alterarse—. Ya nos ha encontrado; fingir lo contrario no tiene sentido.
Aurora se puso de pie de golpe, la brizna de hierba cayendo al suelo, el rostro pálido.
—Corvin...
—No diga nada, Consejera —dijo la anciana, antes de que Aurora pudiera continuar, con una calma que sorprendió a Corvin casi tanto como su propia presencia allí—. Si ha venido hasta aquí buscando pruebas, enviado, ya las tiene. Pregúntese, mejor, qué piensa hacer con ellas.
Corvin observó a la anciana con una atención renovada. Había algo en su rostro, en la forma en que el tiempo parecía tocarla distinto a como tocaba a los mortales, que le resultaba incómodamente familiar.
—Usted no es humana —dijo, no como pregunta.
—No del todo —concedió la anciana—. Como tampoco lo es del todo ella, aunque el reino entero prefiera ignorarlo. Me llamo Maela. Y llevo veintisiete años protegiendo a esta niña de gente como usted, enviado, así que perdóneme si no me tiembla la voz al hablarle con franqueza.
—Maela —dijo Corvin, con una seriedad inusual—, no he venido a hacerle daño.
—Todavía no —corrigió Maela—. Eso es distinto de no venir a hacerlo en absoluto.
El silencio que siguió fue tenso, cargado de algo que Aurora no lograba nombrar del todo, hasta que Corvin, finalmente, apartó la vista de la anciana y la posó en ella.
—¿Puedo hablar con usted a solas, Consejera? —preguntó, con una voz mucho más suave que la que había usado con Maela.
Aurora miró a la anciana, que asintió apenas, recogiendo la brizna marchita del suelo con un gesto que dejaba claro, sin palabras, que se retiraría pero no muy lejos.
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Cuando quedaron solos entre las plantas muertas del invernadero, Corvin no dijo nada durante un largo momento, simplemente observándola con una atención que ya no intentaba disimular como cortesía diplomática.
—Recibí un mensaje esta mañana —dijo finalmente—. De mi corte. Me exigen una decisión.
Aurora sintió que el aire se le quedaba atrapado en el pecho.
—¿Qué clase de decisión?
—La clase que preferiría no tener que tomar —dijo Corvin, con una honestidad que la sorprendió, otra vez, por lo poco que se parecía a la ligereza calculada con la que se movía en la corte—.
Hay quienes en Nyxhollow creen que la única forma segura de manejar lo que usted podría llegar a ser es que usted deje de ser, Consejera.
Y ese mensaje me dice que esas voces se están volviendo más fuertes cada día que yo no actúo.
Aurora sintió que las piernas le flaqueaban ligeramente, aunque no se movió, no le dio a Corvin la satisfacción de verla desmoronarse.
—¿Y qué va a hacer? —preguntó, con la voz más firme de lo que se sentía por dentro.
Corvin dio un paso hacia ella, cerrando parte de la distancia que los separaba, y por primera vez desde su llegada a Ashvale, Aurora no vio en su expresión ni la sonrisa calculada del salón del trono ni la ironía ligera de sus conversaciones anteriores. Solo algo crudo, sin adornos.
—No lo sé —admitió—. Y eso, Consejera, me aterra mucho más de lo que debería.
Se quedaron a un paso de distancia, inmóviles, mientras el sol de la tarde caía sobre Ashvale, ajeno a la decisión que comenzaba a gestarse entre las plantas marchitas.
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