CAPÍTULO 4 — El Banquete
El rey Aldric ordenó un banquete de bienvenida para la comitiva de Avelia esa misma semana. No por generosidad; negarse a las formas habría sido una confesión. Su padre llevaba toda la vida perfeccionando el arte de esconder la verdad tras el protocolo.
Aurora se vistió esa noche con más cuidado del que solía dedicarle a los eventos de corte, y se odió un poco a sí misma por la razón real detrás de ese cuidado.
Eligió un vestido color esmeralda oscuro, de cuello alto —siempre de cuello alto, siempre cubriendo la clavícula—, y dejó que su doncella le recogiera el cabello en un peinado que, por una vez, no la hacía sentir invisible.
*Es solo protocolo*, se dijo, mirándose al espejo. *No tiene nada que ver con él.*
No se creyó del todo su propia mentira.
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El Gran Salón de Ashvale, reservado para las ocasiones que la corona quería exhibir ante el mundo, brillaba esa noche con más luz de la habitual: candelabros de cristal, mesas cargadas de la vajilla de plata que solo salía de las bóvedas para visitas de la más alta importancia, y música de cuerdas que llenaba los espacios entre conversaciones que, Aurora sabía, escondían tanta tensión como cortesía.
Cassian ya estaba ahí cuando ella llegó, rodeado de un grupo de nobles jóvenes que competían abiertamente por su atención, con esa media sonrisa fría que hacía que la mitad de la sala olvidara respirar correctamente.
Dorian conversaba en un rincón con la emisaria de la comitiva, su cabello impecable capturando la luz mientras formulaba —Aurora lo sabía— preguntas que solo parecían casuales.
Y Lysander, apartado casi por completo del centro de la sala, observaba todo desde las sombras de una columna, con una copa de vino que no había tocado en toda la noche.
Aurora se acercó a él, más por instinto que por decisión consciente. De sus tres hermanos, Lysander era, quizás, el único con quien todavía sentía algo parecido a la ternura sin reservas.
—No te gustan estas cosas —dijo, colocándose a su lado, la espalda contra la misma columna.
—No me gusta que todos finjan que no estamos todos aquí actuando —respondió Lysander, con una sonrisa breve, casi triste—. Tú incluida, hermana. Aunque debo admitir que esta noche actúas distinto.
Aurora sintió que el calor le subía a las mejillas.
—No sé de qué hablas.
—Claro que no —dijo Lysander, y por un instante el parecido con la ironía suave de Corvin fue tan inquietante que Aurora se preguntó, brevemente, si toda la corte se había puesto de acuerdo para verla con más claridad de la que ella misma se permitía.
Antes de que pudiera responder, Lysander desvió la mirada hacia su propia mano, donde, bajo la manga del elegante atuendo de corte, algo pareció temblar un instante — una sombra fugaz bajo su piel pálida, apenas visible, que él cubrió de inmediato ajustándose el puño de la camisa con un gesto tan rápido que Aurora casi dudó de haberlo visto.
—¿Estás bien? —preguntó, bajando la voz.
—Perfectamente —dijo Lysander, con una calma demasiado practicada—. Solo cansado. Ve, hermana. Disfruta tu noche. Alguien en esta familia debería.
Aurora no insistió, aunque el gesto se le quedó grabado, una pequeña grieta en la fachada de su hermano menor que no supo, todavía, cómo interpretar del todo.
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Corvin apareció casi una hora después que el resto de su comitiva, y su entrada, aunque discreta en apariencia, logró exactamente el mismo efecto que había logrado en el Salón del Trono: una pausa colectiva, apenas perceptible, en las conversaciones cercanas a la puerta.
Vestía de negro, como siempre, pero el corte de la tela esa noche era más formal, entretejido con hilos plateados que reflejaban las llamas de los candelabros. Su cabello blanco, suelto sobre los hombros, contrastaba con la oscuridad de su ropa de un modo que Aurora intentó ignorar sin éxito.
Él la localizó casi de inmediato entre la multitud —Aurora tuvo la incómoda sensación de que no le había costado ningún esfuerzo— y cruzó el salón hacia ella con la misma tranquilidad despreocupada de siempre.
—Consejera —saludó, con una inclinación de cabeza—. Esmeralda le sienta bien.
—Enviado Duskryn —respondió Aurora, ignorando deliberadamente el cumplido—. Espero que la auditoría avance según lo esperado.
—Avanza —dijo él—, aunque cada vez encuentro más preguntas que respuestas. Suele pasar, en mi experiencia, cuando algo vale realmente la pena investigar.
—Qué afortunada, entonces, la Corte de Sombras, de tener enviados tan dedicados.
Corvin sonrió, genuinamente divertido por el tono seco de la respuesta, y aceptó dos copas de vino de una bandeja que pasaba cerca, ofreciéndole una a Aurora sin preguntar si la quería.
—¿Baila, Consejera?
—Rara vez —dijo Aurora, aunque tomó la copa—. Los consejeros no suelen ser invitados a bailar. Es una de las ventajas del puesto.
—Qué lástima —dijo Corvin—. Aunque, dado que soy un invitado extranjero y usted mi enlace oficial, técnicamente estaría dentro del protocolo que me acompañara al menos una pieza. Sería, de hecho, descortés negarse.
Aurora lo miró con una ceja alzada.
—Está inventando ese protocolo en este instante.
—Por completo —admitió él, sin vergüenza alguna, ofreciéndole la mano—. Pero funciona igual de bien.
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Bailaron una sola pieza, y Aurora pasó la mayor parte de ella intentando —sin demasiado éxito— convencerse de que la cercanía no significaba nada, que la mano de Corvin en su cintura era simplemente parte del protocolo inventado que él mismo había fabricado minutos antes, que el calor bajo su clavícula era, sin duda, solo un efecto del calor de la sala.
—Su hermano el mayor no deja de mirarnos —comentó Corvin, en voz baja, girándola con una elegancia que Aurora no esperaba de alguien entrenado, presumiblemente, para el combate más que para los salones de baile.
—Cassian desconfía de todo lo que no puede predecir —dijo Aurora—. Es parte de lo que lo hace bueno en lo suyo.
—¿Y usted? —preguntó Corvin—. ¿También desconfía de mí?
Aurora dudó, un segundo de más.
—Debería —dijo finalmente—. Vino aquí a decidir si soy una amenaza.
—Vine aquí a averiguar la verdad —corrigió Corvin, con una seriedad repentina que reemplazó, por un instante, toda la ligereza anterior—. Lo que se haga con esa verdad... todavía no lo he decidido.
—Ya me lo dijo una vez.
—Y sigue siendo cierto —dijo él, sosteniéndole la mirada con una intensidad que hizo que Aurora olvidara, por un segundo completo, los pasos del baile—. Aunque cada día que pasa aquí, Consejera, la decisión se me hace más difícil de lo que mis superiores esperarían.
La música terminó antes de que Aurora encontrara una respuesta a eso, y por un instante ninguno de los dos se movió, todavía sosteniendo la postura del baile, más cerca de lo que el protocolo —inventado o real— podría haber justificado.
Fue Dorian quien rompió el momento, apareciendo junto a ellos con una copa en la mano y una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos.
—Hermana. Enviado. Lamento interrumpir, pero padre solicita un momento con el enviado Duskryn. Asuntos de la auditoría, según tengo entendido.
Corvin soltó la mano de Aurora con una lentitud deliberada, como si el gesto en sí fuera una declaración.
—Por supuesto —dijo, inclinándose hacia Aurora una última vez—. Consejera. Gracias por el baile.
Se alejó siguiendo a Dorian hacia el estudio privado del rey, y Aurora se quedó sola en medio del salón, con el eco de su mano todavía marcado en la cintura y una certeza incómoda instalándose en el pecho: por mucho que intentara negarlo, el tablero ya había cambiado para siempre.
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