La Corona Robada (El Pacto De Las Coronas 1) CAPÍTULO 3 — Auditoria
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CAPÍTULO 3 — Auditoria

A la mañana siguiente, Aurora encontró a Corvin ya esperando frente al despacho de asuntos internos, apoyado contra el marco de la puerta con una taza de té humeante en la mano —cortesía, sin duda, de algún sirviente demasiado nervioso para negarle nada a un enviado de la Corte de Sombras—.

—Buenos días, Consejera —dijo, con esa misma calidez que Aurora empezaba a sospechar que era, en parte, un arma tan afilada como cualquier espada—. Espero no haberla hecho esperar.

—Es usted quien me esperaba a mí —respondió Aurora, abriendo la puerta del despacho con más firmeza de la necesaria.

—Cierto —concedió él, sin el menor rastro de vergüenza, siguiéndola adentro—. Soy muy puntual cuando algo me interesa de verdad.

Aurora decidió, en ese instante, que la mejor estrategia frente a Corvin Duskryn sería tratarlo exactamente como trataba a cualquier otro asunto administrativo incómodo: con eficiencia absoluta y el menor espacio posible para desviaciones personales.

—La auditoría del Pacto requiere acceso a los registros del tesoro real, los archivos de comercio fronterizo y los reportes de la guardia de fronteras de los últimos cinco años —dijo, sentándose tras el escritorio y extendiendo hacia él una pila de carpetas que llevaba preparadas desde el amanecer—.

Todo está aquí. Puede revisarlo en la sala contigua.

Corvin miró la pila de carpetas con una expresión de genuina diversión.

—Qué eficiente —dijo—. Casi como si esperara que intentara evitar pasar tiempo a solas conmigo.

—Porque lo espero —respondió Aurora, sin levantar la vista de sus propios papeles.

Él rió —una risa breve, real, que la sorprendió por lo poco que se parecía a la cortesía calculada del salón del trono el día anterior— y tomó las carpetas de todos modos, sentándose en la silla frente al escritorio en lugar de retirarse a la sala contigua como ella había sugerido.

—Prefiero trabajar aquí, si no le molesta —dijo—. Los archivos administrativos son mucho más interesantes cuando puedo hacer preguntas sobre la marcha.

Aurora suspiró, pero no discutió. Discutir, sospechaba, era exactamente lo que él estaba buscando.

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Trabajaron en un silencio relativo durante casi una hora —Corvin revisando registros con una atención que contradecía por completo la imagen despreocupada que proyectaba en público, deteniéndose de vez en cuando para hacer preguntas puntuales y sorprendentemente precisas sobre rutas comerciales o movimientos de tropas que Aurora respondía con la misma precisión, decidida a no darle ninguna razón para sospechar que ocultaba algo más allá de lo evidente.

—Es usted muy buena en esto —dijo él, en un momento, sin levantar la vista de un registro de impuestos—. Mejor que cualquier consejero que haya visto en las tres últimas cortes que hemos auditado.

—Llevo diez años haciéndolo —respondió Aurora—. Es lo único que me han permitido hacer bien.

Lo dijo sin pensar, con más honestidad de la que había planeado compartir con un extraño —y mucho menos con un extraño enviado específicamente a evaluarla—, y se arrepintió en el instante mismo en que las palabras salieron de su boca.

Corvin sí levantó la vista entonces.

—¿Eso le molesta? —preguntó, y por primera vez desde su llegada, la pregunta no sonó como parte de un interrogatorio disfrazado de cortesía, sino como una pregunta real.

—No especialmente —mintió Aurora—. Es simplemente un hecho.

—Los hechos también pueden molestar —dijo Corvin, con suavidad—. No tiene que fingir que no le importa, Consejera. Al menos no conmigo. No voy a reportar a nadie que usted esté cansada de que su familia la trate como un mueble útil.

Aurora dejó la pluma sobre la mesa, más bruscamente de lo que pretendía.

—¿Y a qué sí va a reportar? —preguntó, directa, cansada de fingir que ambos no sabían exactamente por qué él estaba realmente ahí.

La sonrisa de Corvin no desapareció, pero algo detrás de sus ojos se volvió más serio, más contenido.

—Aún no lo he decidido —dijo, con una honestidad que la tomó completamente desprevenida—. Y eso, Consejera, es más de lo que le he dicho a nadie desde que llegué a este reino.

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Al mediodía, mientras cruzaban el patio interior camino al archivo del tesoro, se toparon con Dorian, que caminaba en dirección contraria con la elegancia calculada de siempre, cada mechón de su cabello perfectamente en su lugar pese al viento frío del patio.

—Hermana —saludó Dorian, deteniéndose apenas lo justo para no parecer descortés, aunque su mirada se detuvo en Corvin con un escrutinio que Aurora reconoció de inmediato: era el mismo tipo de mirada que ella misma había aprendido a usar en la corte, la de quien cataloga a alguien antes de decidir si vale la pena preocuparse por él.

—Dorian. El enviado Duskryn está revisando los archivos del tesoro para la auditoría —dijo Aurora, con el tono neutro que reservaba para presentaciones oficiales.

—He oído —dijo Dorian, sin apartar la vista de Corvin—. Toda la corte ha oído, de hecho. Es raro que la Corte de Sombras se moleste en enviar a alguien de su... calibre... por una simple auditoría de cortesía.

Fue dicho con la ligereza suficiente para sonar como un comentario casual, pero Aurora conocía a su hermano lo bastante bien como para reconocer la trampa tendida bajo las palabras.

Corvin sonrió, imperturbable.

—Su Alteza me halaga —dijo—. Aunque me temo que mi calibre, como usted dice, no es más que el resultado de haber llegado primero disponible cuando surgió la necesidad.

—Qué modesto —murmuró Dorian, con una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos—. Espero que encuentre todo en orden, enviado. Sería una lástima que la auditoría se... complicara.

—Espero lo mismo —respondió Corvin, con idéntica cortesía filosa.

Dorian se despidió con una inclinación mínima de cabeza y siguió su camino, pero Aurora notó, por el rabillo del ojo, que su hermano se detenía un instante más adelante en el corredor, solo lo suficiente para mirar atrás una vez, antes de desaparecer tras una columna.

—Su hermano no confía en mí —observó Corvin, retomando la marcha hacia el archivo.

—Mi hermano no confía en nadie —corrigió Aurora—. Es, probablemente, la persona más inteligente de mi familia.

—Interesante —dijo Corvin, con un tono que Aurora no logró del todo descifrar—. Tomaré nota.

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Fue ya avanzada la tarde, mientras revisaban juntos un mapa antiguo de la frontera con Sylvaneth extendido sobre la mesa del archivo, cuando ocurrió.

Aurora se inclinó para señalar un punto en el mapa —un antiguo puesto fronterizo abandonado hacía décadas— y, en el mismo instante, Corvin se inclinó también, lo bastante cerca como para que Aurora sintiera el calor de su presencia junto al brazo, un aroma tenue a algo que no lograba identificar del todo, entre bosque nocturno y ozono después de la tormenta.

La runa en su clavícula, sin previo aviso, se encendió con fuerza.

Aurora se apartó de golpe, llevándose la mano al pecho antes de poder contenerse, y por el rabillo del ojo vio que Corvin la observaba con una atención absoluta, sin sorpresa, como si hubiera estado esperando exactamente eso.

—Interesante —repitió, en voz mucho más baja esta vez, casi para sí mismo.

—No es nada —dijo Aurora, demasiado rápido.

—No he dicho que lo fuera —respondió Corvin, con suavidad, sin apartar la mirada de donde su mano seguía presionada contra la clavícula—. Pero creo, Consejera, que ambos sabemos que eso no es del todo cierto.

Aurora no respondió. No había nada que pudiera decir que no empeorara la situación, y el silencio, al menos, era un terreno que conocía bien.

Corvin, para su sorpresa, no insistió. Simplemente volvió la vista al mapa extendido entre ambos, como si el momento nunca hubiera ocurrido, aunque Aurora podía sentir, incluso sin mirarlo, que algo entre ellos había cambiado — un umbral cruzado sin palabras, sin acuerdo formal, pero cruzado de todas formas.

—Continuemos —dijo él, con la voz otra vez ligera, otra vez despreocupada.

Pero Aurora, esa noche, tardó mucho más de lo habitual en conseguir que la runa volviera a dormir.

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