La Corona Robada (El Pacto De Las Coronas 1) CAPÍTULO 2 — La Corte de Sombras
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CAPÍTULO 2 — La Corte de Sombras

La noticia llegó al Salón del Trono antes que la comitiva misma: una delegación de la Corte de Sombras de Avelia solicitaba audiencia formal, invocando una cláusula del Pacto de las Cumbres que nadie en la corte de Ashvale había visto invocada en toda una generación.

Aurora lo supo por el canciller Voss, que entró al despacho de asuntos internos —el cuarto sin ventanas donde Aurora pasaba la mayor parte de sus mañanas revisando informes que nadie más quería leer— con el rostro pálido y la voz más aguda de lo habitual.

—Las Hadas de Sombras piden audiencia —dijo, como si la sola frase le costara pronunciarla—. Formal. Con derecho de observación vinculante.

Aurora dejó la pluma sobre el escritorio, despacio, aunque por dentro algo se había tensado de golpe.

—¿Observación de qué?

—Eso —dijo Voss— es exactamente lo que nadie ha querido decirme.

La comitiva entró en Ashvale al mediodía, y para cuando llegó al Salón del Trono, medio palacio se había reunido, con la excusa más o menos disimulada de "asuntos pendientes", solo para verlos pasar.

Aurora los observó desde su posición habitual, tres pasos detrás de donde debería haber estado si el mundo fuera justo.

Eran cinco: dos guardias de la Corte de Sombras vestidos en un negro que parecía absorber la luz de las velas en lugar de reflejarla, una emisaria de rostro severo que Aurora reconoció de retratos antiguos como parte del consejo de Nyxhollow, y, al frente de todos, caminando con la tranquilidad de alguien que nunca ha necesitado apurar el paso para que el mundo lo espere, un hombre que hizo que el murmullo de la sala bajara de volumen sin que él pareciera notarlo siquiera.

Cabello blanco, casi plateado bajo la luz de los candelabros.

Rasgos afilados, elegantes, de una belleza que no debería haber sido posible combinar con la sensación —inmediata, física, casi animal— de que aquel hombre podía partir en dos a cualquiera en la sala sin que su expresión cambiara un ápice.

Y sin embargo sonreía. Una sonrisa cálida, casi despreocupada, que recorrió el salón como si estuviera genuinamente encantado de estar ahí.

Aurora sintió que algo en su pecho se erizaba —no miedo, no exactamente, sino una especie de alerta antigua, el mismo instinto que le advertía cuando pisaba hielo demasiado fino sin saber aún dónde estaban las grietas.

—Corvin Duskryn —anunció la emisaria de rostro severo, con la voz seca de quien ha repetido presentaciones protocolares diez mil veces—, enviado de la Corte de Sombras de Avelia, en nombre del equilibrio del Pacto de las Cumbres.

El Rey Aldric, sentado en el trono con una rigidez distinta a la habitual —más contenida, más deliberada, como si cada músculo de su rostro estuviera trabajando activamente para no delatar nada—, inclinó la cabeza con la cortesía mínima que el protocolo exigía y ni una fracción más.

—Sean bienvenidos a Ashvale —dijo—. ¿A qué debemos el honor de una visita tan... inesperada?

Corvin dio un paso al frente, y Aurora notó, con una precisión que la sorprendió de sí misma, que sus ojos —de un gris casi plateado, a juego con el cabello— habían recorrido ya toda la sala antes de detenerse en el trono.

No de forma obvia. De forma exacta, como quien cataloga salidas, amenazas, ángulos, sin que el gesto interrumpiera ni por un segundo la sonrisa.

—El honor es enteramente nuestro, Majestad —dijo, con una voz suave que llevaba dentro algo filoso, como seda tensada sobre un borde de metal—.

La Corte de Sombras ha percibido... una perturbación reciente en el tejido del Pacto.

Nada alarmante, por supuesto. Pero el protocolo nos obliga a confirmarlo en persona.

—¿Una perturbación? —repitió Aldric, y por primera vez en años, Aurora escuchó algo en la voz de su padre que no había escuchado jamás dirigido a nadie más: una tensión contenida a duras penas, casi imperceptible para cualquiera que no llevara toda una vida aprendiendo a leerlo.

—Nada que no podamos aclarar con una simple auditoría de cortesía —dijo Corvin, y su mirada, por primera vez, se movió más allá del trono.

Se posó sobre Aurora.

No fue una mirada larga. Duró, quizás, dos segundos.

Pero en esos dos segundos Aurora sintió algo que no había sentido nunca en toda su vida en aquel salón: la sensación absoluta de ser vista .

No evaluada como una pieza de protocolo, no descartada como "la consejera", sino observada con una atención completa, quirúrgica, que parecía leer algo directamente bajo su piel.

La runa en su clavícula se calentó, de golpe, con más fuerza que nunca antes en público.

Aurora mantuvo el rostro perfectamente quieto. Años de práctica no se desperdiciaban en un instante.

Corvin apartó la mirada con la misma naturalidad con la que la había posado sobre ella, como si no hubiera sido nada, como si no acabara de encontrar exactamente lo que había ido a buscar.

—Estaremos encantados de hospedar a su comitiva durante el tiempo que la auditoría requiera —dijo Aldric, con una frialdad que no lograba del todo disimular la urgencia debajo—. El canciller Voss se encargará de los detalles.

—Se lo agradezco, Majestad —dijo Corvin, inclinándose apenas—. Aunque, si se me permite la sugerencia... preferiría que fuera la Consejera Thornecrest quien nos oriente durante nuestra estadía. Tengo entendido que administra buena parte de los asuntos internos del reino. Sería mucho más eficiente.

El silencio que siguió fue el más largo que Aurora había presenciado jamás en aquel salón.

Aldric no pudo negarse sin levantar sospechas —negarse habría sido, de hecho, la señal más clara posible de que había algo que ocultar—, así que la orden llegó esa misma tarde, entregada por Voss con el mismo tono con el que se anuncia una sentencia: Aurora sería la enlace oficial de la Corte de Sombras durante su estadía en Ashvale.

—No sé qué está buscando —dijo Voss, en voz baja, en el corredor vacío frente al despacho—, pero le sugiero, Consejera, la máxima cautela.

—Siempre la tengo —respondió Aurora, aunque por dentro sentía algo muy distinto a la cautela: una mezcla incómoda de alerta y una curiosidad que no debería haber sentido, no ante un hombre que muy probablemente había llegado a Ashvale con instrucciones de decidir si ella representaba una amenaza que había que eliminar.

Lo encontró esa misma noche en los jardines del ala oeste, exactamente donde Voss le había indicado que se hospedaría la comitiva, apoyado contra la balaustrada de piedra con la misma tranquilidad despreocupada con la que había cruzado el Salón del Trono horas antes, como si los jardines de un reino ajeno fueran, para él, un lugar tan cómodo como cualquier otro.

—Consejera Thornecrest —dijo, sin girarse, antes de que Aurora hubiera hecho ruido alguno—. Puntual.

—Es parte del trabajo —respondió ella, deteniéndose a una distancia que consideró prudente—. Entiendo que necesita orientación durante su estadía.

—Entre otras cosas —dijo Corvin, y finalmente se giró para mirarla de frente.

De cerca, la sensación era todavía más intensa: esa combinación imposible de calidez genuina en la expresión y algo debajo, más antiguo, más peligroso, que Aurora no lograba nombrar del todo pero que reconocía en el cuerpo como se reconoce el borde de un precipicio en la oscuridad.

—Dígame, Consejera —continuó él, con la misma sonrisa cálida, la voz ligera como si estuvieran hablando del clima—, ¿hace cuánto tiempo sabe lo que lleva bajo la clavícula?

Aurora sintió que el aire se le quedaba atrapado en el pecho.

No respondió de inmediato. Sabía, con la misma certeza instintiva con la que había sabido leer los silencios de su padre durante veintisiete años, que la primera respuesta que diera en ese instante definiría todo lo que viniera después.

—No sé de qué me habla —dijo finalmente, con la voz perfectamente serena, la misma que usaba en el Salón del Trono.

Corvin ladeó la cabeza, y por un instante brevísimo, algo cruzó su expresión angelical que no tenía nada de cálido.

—Claro que no —dijo, con suavidad—. Por supuesto que no.

No lo dijo como una acusación. Lo dijo como quien confirma algo que ya sospechaba, archivándolo con calma para más tarde.

—Buenas noches, Consejera —añadió, inclinando la cabeza con una cortesía que, de pronto, se sentía mucho más peligrosa que cualquier amenaza directa—. Estoy seguro de que nos veremos pronto.

Se alejó por el sendero de los jardines sin prisa, dejando a Aurora sola bajo la luna, con la mano —sin darse cuenta de cuándo la había llevado ahí— apretada contra la clavícula, donde la runa ardía, por primera vez en su vida, completamente despierta.