La Corona Robada (El Pacto De Las Coronas 1) CAPÍTULO 1 — La Consejera
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La Corona Robada (El Pacto De Las Coronas 1)

La Corona Robada (El Pacto De Las Coronas 1)

Por Azucena Ortiz

© inepub.com

CAPÍTULO 1 — La Consejera

El Salón del Trono de Ashvale olía a cera derretida y a poder viejo.

Aurora Thornecrest lo sabía porque llevaba veintisiete años respirando ese mismo aire: el humo dulzón de las velas de cedro que ardían desde el amanecer, el metal frío de las columnas doradas, y algo más profundo, algo que no tenía nombre pero que ella reconocía en la piel cada vez que cruzaba aquellas puertas — el peso de un trono que debería haber sido suyo desde el día en que nació.

Se detuvo tres pasos antes del estrado, exactamente donde el protocolo dictaba que debía detenerse una consejera real.

No una heredera. Una consejera. La diferencia entre ambas palabras cabía en un solo paso de distancia, y Aurora la había medido tantas veces a lo largo de su vida que ya no necesitaba mirar el suelo para saber dónde detenerse.

A su alrededor, la corte de la mañana ocupaba sus posiciones habituales: los nobles de las Casas del Norte agrupados a la izquierda, susurrando entre sí con esa cortesía afilada que Aurora había aprendido a descifrar como un segundo idioma; los oficiales del Consejo de Guerra a la derecha, con sus uniformes cargados de medallas que hablaban más de política que de batallas reales; y, en el centro, bajo el óculo dorado del techo, el trono.

—Los graneros del distrito norte reportan un excedente del doce por ciento respecto al año anterior —dijo, con la voz perfectamente calibrada para llenar el salón sin llegar a sonar como una orden—.

Sugiero destinar ese excedente a las reservas de invierno de Sylvaneth, como gesto de buena fe antes de la renovación del tratado fronterizo.

El Rey Aldric, sentado en el trono con la misma rigidez con la que llevaba sentado los últimos veintisiete años, no la miró de inmediato.

Nunca la miraba de inmediato. Era un hábito que Aurora había aprendido a leer como se lee el clima: unos segundos de silencio significaban que estaba considerando la propuesta.

Silencio prolongado significaba que la aprobaría, pero jamás en voz alta dirigida a ella.

Contó los segundos sin querer. Cuatro. Cinco. En algún momento de su infancia había empezado a hacerlo como un juego privado, una forma de convertir la humillación en un ejercicio de paciencia. A los veintisiete años, ya no era un juego. Era, simplemente, cómo sobrevivía a las mañanas.

—Que se haga —dijo finalmente el rey, y giró el rostro hacia el canciller Voss, como si la orden hubiera nacido de él mismo—. Redacta el gesto de buena fe hacia Sylvaneth.

Aurora no parpadeó. Había dejado de esperar otra cosa hacía mucho tiempo.

A su derecha, en los asientos reservados para la familia real, Cassian observaba la escena con los brazos cruzados y esa media sonrisa fría que usaba como armadura en público —la misma que, según los rumores que llegaban incluso hasta las cocinas del palacio, enloquecía a la mitad de las cortes de los cuatro reinos sin que él moviera un dedo para provocarlo—.

A su lado, Dorian no levantó la vista de un pergamino que fingía leer con demasiado interés, aunque Aurora sabía, por la forma en que sus dedos se habían quedado quietos sobre el papel, que había escuchado cada palabra.

Lysander, el más joven, era el único que la miraba directamente — con algo parecido a la lástima, lo cual, para Aurora, era casi peor que la indiferencia de los otros dos.

Solo su madre, sentada un escalón por debajo del rey, en el lugar que el protocolo también dictaba para una reina que ya no gobernaba nada, sostuvo su mirada un instante de más. Fue apenas un parpadeo. Seraphine jamás se permitía más que eso en público.

—Consejera Thornecrest —dijo el canciller Voss, con ese tono untuoso que usaba siempre que se dirigía a ella—, el Consejo agradece, como siempre, su... diligencia.

Diligencia. Esa era la palabra que usaban cuando no podían decir "derecho".

Aurora inclinó la cabeza exactamente lo necesario para parecer respetuosa sin parecer sumisa, un equilibrio que había perfeccionado desde niña, y dio un paso atrás para ceder el centro del salón al siguiente asunto de la agenda: una disputa de límites entre dos casas menores que, a juzgar por el tono de ambas partes, llevaba generaciones sin resolverse y no se resolvería tampoco esa mañana.

Fue entonces, retirándose hacia el borde de la sala, cuando lo sintió.

Un cosquilleo bajo la piel, justo en la clavícula, donde la runa dorada dormía oculta bajo el cuello alto de su vestido.

No dolía. Nunca dolía. Pero cada vez que ocurría —cada vez menos espaciado en los últimos meses—, Aurora tenía que contener el impulso de llevarse la mano al pecho, como si pudiera calmar algo que ni ella misma entendía del todo.

Otra vez no , pensó, cerrando el puño dentro de la manga del vestido. Aquí no.

La sensación se desvaneció tan rápido como había llegado, dejando solo un eco de calor bajo la piel. Aurora respiró, contó hasta tres, como le había enseñado su nodriza hacía tantos años, y volvió a colocar el rostro que la corte esperaba ver: sereno, útil, invisible.

La sesión se extendió otra hora más de lo habitual, entre disputas de tierras y un informe tedioso sobre las rutas comerciales hacia el sur.

Cuando el rey finalmente levantó la sesión, Aurora sintió el mismo alivio de siempre — el de quien ha sostenido, una vez más, el peso exacto de no ser nada en un salón lleno de personas que dependían de sus decisiones sin saberlo.

Cruzó el corredor lateral hacia sus habitaciones cuando Cassian la interceptó, apoyado contra una columna con la despreocupación calculada que usaba incluso cuando no había nadie mirando.

—Buena jugada, lo del grano —dijo, sin preámbulos—. Aunque dudo que padre recuerde de quién fue la idea la próxima vez que alguien se lo pregunte.

—No lo hace nunca —respondió Aurora, sin detenerse del todo—. No sé por qué habría de sorprenderme ahora.

Cassian caminó a su lado un tramo del corredor, las manos entrelazadas a la espalda, con ese porte que hacía que hasta los guardias enderezaran la postura a su paso.

—Vrenna llega en dos semanas para las conversaciones formales —dijo, cambiando de tema con la brusquedad de quien prefiere no detenerse demasiado en lo anterior—. MorGath quiere ver avances antes del invierno.

—¿Y tú qué quieres? —preguntó Aurora, genuinamente curiosa, aunque sabía que la pregunta probablemente no obtendría una respuesta honesta.

Cassian nunca respondía preguntas honestas con honestidad; era, quizás, el hermano que más se parecía a su padre en ese sentido, aunque ninguno de los dos lo habría admitido jamás.

—Quiero que la frontera deje de sangrar soldados cada primavera —dijo él, y por un instante, brevísimo, algo real cruzó su expresión antes de que la máscara volviera a su lugar—. Lo demás es protocolo.

Se separaron en la bifurcación hacia el ala de los hermanos, y Aurora continuó sola hacia el ala más pequeña, más alejada, donde vivían quienes el palacio consideraba útiles pero no esenciales. Un detalle en la arquitectura que nunca había sido casualidad.

Encontró a su madre esperándola en el corredor de los tapices, el único lugar del palacio donde los guardias sabían, sin que nadie lo hubiera dicho jamás en voz alta, que debían mantener distancia.

—El excedente de grano fue una buena propuesta —dijo Seraphine, con las manos entrelazadas frente a ella, como siempre.

—Fue una propuesta que mi padre firmó como si se le hubiera ocurrido a él —respondió Aurora, sin acritud, solo constatando un hecho tan viejo como ella misma.

Su madre no lo negó. Nunca lo negaba, y eso, extrañamente, era lo que Aurora más apreciaba de ella: Seraphine no fingía que el mundo era distinto de lo que era.

Solo se movía dentro de él con el silencio de alguien que ha decidido, hace mucho tiempo, que la supervivencia y la resistencia pueden parecerse demasiado.

—¿Ha vuelto a pasar? —preguntó Seraphine, bajando la voz un tono, con los ojos fijos en la clavícula de su hija, donde la runa dormía.

Aurora dudó un instante antes de asentir.

No tenía sentido mentirle, no en esto. Su madre era, después de todo, la única persona en Ashvale que sabía lo que esa marca significaba realmente — y la única, junto con la vieja nodriza que la había entrenado en secreto durante años, que parecía tan inquieta como ella por lo que pudiera significar que ocurriera cada vez con más frecuencia.

—Tres veces esta semana —admitió Aurora—. Cada vez dura un poco más.

Algo cruzó el rostro de Seraphine, rápido, casi imperceptible para cualquiera que no llevara veintisiete años aprendiendo a leerla. Miedo, tal vez. O culpa. En su madre, Aurora ya no sabía distinguir del todo dónde terminaba una y empezaba la otra.

—Ten cuidado —dijo finalmente Seraphine—. No aquí. No donde puedan verte.

—Nunca lo hago —respondió Aurora, y era cierto, aunque las dos sabían que esa certeza se sostenía cada vez con más esfuerzo.

Su madre asintió, y por un segundo pareció que iba a decir algo más — Aurora reconoció esa expresión, la había visto un centenar de veces a lo largo de los años, el instante justo antes de que Seraphine estuviera a punto de confesar algo y luego decidiera, una vez más, no hacerlo.

Pero el momento pasó, como siempre pasaba, y su madre solo le tocó brevemente la mejilla antes de retirarse por el corredor, dejando tras de sí el aroma tenue a lavanda que Aurora asociaba, desde niña, con la única forma de ternura que su familia sabía ofrecerle.

Esa tarde, como cada semana desde hacía más años de los que podía contar, Aurora bajó por la escalera de servicio hasta el invernadero abandonado del ala oeste — el único rincón de Ashvale donde nadie iba a buscarla, precisamente porque a nadie le interesaba lo suficiente saber dónde pasaba las horas que el protocolo no le exigía.

Maela ya la esperaba entre las plantas marchitas, sentada sobre un cajón de madera con la paciencia de quien lleva esperando lo mismo durante dos décadas.

La antigua nodriza había envejecido de una forma extraña, casi imperceptible, como si el tiempo la tocara distinto a como tocaba a los mortales — un recordatorio silencioso, cada vez que Aurora la miraba, de que su sangre no era del todo humana tampoco.

—Llegas tarde —dijo Maela, sin levantar la vista del pequeño brasero que mantenía encendido en las tardes frías.

—El Consejo se alargó. Como siempre.

—Como siempre —repitió Maela, con un asomo de ironía—. Muéstrame la mano.

Aurora se sentó frente a ella y extendió la palma. Maela colocó sobre ella una brizna de hierba seca, quebradiza, del color pardo de todo lo que ha dejado de vivir.

—Otra vez —dijo la anciana—. Sin forzarlo. Solo... pídelo.

Aurora cerró los ojos. Había hecho este ejercicio cientos de veces a lo largo de los años, y cientos de veces había fallado exactamente de la misma manera: sentía el calor subir desde el centro del pecho, recorrer el brazo, llegar hasta la palma de la mano — y luego, justo en el último instante, algo se cerraba, como una puerta que se niega a abrirse del todo.

La brizna de hierba tembló levemente entre sus dedos. Nada más.

—Lo siento —murmuró Aurora, abriendo los ojos.

—No lo sientas —dijo Maela, y por primera vez en toda la tarde había algo distinto en su voz, algo más cercano a la inquietud que a la paciencia—. Sea lo que sea lo que estás conteniendo, niña, no va a quedarse dormido para siempre. Lo he visto en tu piel. Lo veo crecer cada semana.

—¿Y si no quiero que despierte? —preguntó Aurora, en voz baja, una pregunta que llevaba meses sin atreverse a formular en voz alta ni siquiera para sí misma—.

Todos parecen tenerle miedo a lo que sea que soy.

Mi padre. La Oráculo que me maldijo al nacer.

Tú misma, a veces, cuando crees que no te veo.

Maela guardó silencio un largo instante, el fuego del brasero reflejándose en sus ojos antiguos.

—No te tengo miedo a ti —dijo finalmente—. Le tengo miedo al mundo que no está preparado para lo que puedes llegar a ser. Son cosas distintas, Aurora. Aunque a veces, lo admito, se sientan igual desde donde tú estás parada.

No fue un consuelo, no realmente. Pero fue, como tantas otras cosas entre ellas, la verdad más honesta que alguien se había atrevido a ofrecerle en mucho tiempo.

Esa noche, sola en sus habitaciones —las habitaciones de una consejera, más pequeñas y más alejadas del ala real que las de sus hermanos, un detalle que nunca había sido casualidad—, Aurora se quitó el vestido de corte y se paró frente al espejo con la luz de una sola vela.

La runa brillaba, tenue, un dorado apenas visible contra su piel, como una brasa que se resiste a apagarse del todo.

Nadie en el reino sabía lo que Aurora sabía sobre sí misma.

Que había nacido con un don que su padre temía más de lo que jamás había temido a un ejército enemigo.

Que la habían entrenado para ser útil, no para ser reina, precisamente porque útil era seguro y reina no lo era.

Que en algún lugar de una profecía que nunca había escuchado completa —solo fragmentos, robados de conversaciones que no debía oír, de silencios que decían más que las palabras— estaba escrito algo sobre ella que ni siquiera la Oráculo que la pronunció se había atrevido a explicar del todo.

Aurora cerró los dedos alrededor de la runa, sintiendo el calor bajo la yema de los dedos, y por primera vez en mucho tiempo no intentó apagarlo.

—Algún día —murmuró, a nadie, a la vela, a la corte dormida al otro lado de su puerta— vas a tener que decirme qué eres.

La runa no respondió. Pero el calor, por un instante, se sintió casi como si estuviera escuchando.

Fuera, en algún punto de los jardines de Ashvale, un heraldo real cabalgaba ya hacia las puertas de la ciudad con noticias que aún no habían llegado al Salón del Trono: una comitiva de la Corte de Sombras de Avelia solicitaba audiencia con la corona, alegando asuntos relacionados con el equilibrio del Pacto de las Cumbres.

Aurora, todavía frente al espejo, no tenía forma de saberlo.

Pero la runa, esa noche, no volvió a apagarse del todo.