La Corona Robada (El Pacto De Las Coronas 1) CAPÍTULO 9 — El Precio de un Beso
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CAPÍTULO 9 — El Precio de un Beso

Para cuando Aurora bajó a desayunar, la corte entera ya sabía.

No con el anuncio formal de un compromiso o una traición —nadie había presenciado el beso, de eso estaba segura—, sino con la discreción letal que caracterizaba a la corte de Ashvale: un cambio en el tono de las conversaciones que se detenían un segundo de más cuando ella entraba a una sala, una sonrisa demasiado cómplice en el rostro de una dama de compañía, un silencio incómodo entre los guardias apostados cerca de sus habitaciones.

Cassian la interceptó antes de que llegara al comedor privado, el rostro más serio de lo habitual incluso para sus estándares.

—Corren rumores —dijo, sin rodeos, como siempre—. Sobre ti y el enviado.

—¿Basados en qué clase de rumores? —preguntó Aurora, conteniendo la respiración.

—En que un guardia los vio anoche en el balcón oeste —dijo Cassian—. Y en que ese mismo guardia, por alguna razón, no puede dejar de hablar del tema con cualquiera que le pregunte, lo cual me hace sospechar que alguien lo pagó específicamente para asegurarse de que el rumor se propagara.

Aurora sintió que el estómago se le encogía.

No había considerado esa posibilidad — que el testigo del balcón no hubiera sido un espía silencioso reportando a Nyxhollow, sino algo mucho más cercano, mucho más deliberado: alguien dentro de la propia corte de Ashvale, interesado en que la relación se hiciera pública.

—¿Quién se beneficiaría de que se supiera? —preguntó, más para sí misma que para Cassian.

—Esa —dijo su hermano, con una mirada que por primera vez en mucho tiempo no llevaba ni frialdad ni desprecio, solo una especie de cansancio genuino— es exactamente la pregunta que deberías estar haciéndote, hermana. Porque en esta familia, nada se filtra por accidente.

Encontró a Corvin en el despacho de asuntos internos, ya con los mapas de Ivor y sus movimientos de los últimos años extendidos sobre la mesa —un trabajo que habían comenzado juntos la noche anterior, antes del balcón, antes del beso, cuando la investigación todavía parecía la única cosa entre ellos que importaba de verdad.

—Ya lo sabe media corte —dijo Aurora, cerrando la puerta tras de sí.

—Lo sé —respondió Corvin, sin levantar la vista del mapa—. Recibí un mensaje de Nyxhollow hace una hora. Corto. Directo. Me exigen mi regreso inmediato para "reevaluar mi idoneidad" para continuar la misión.

Aurora sintió que el aire se le atoraba en el pecho.

—¿Va a ir?

Corvin levantó finalmente la vista, y en sus ojos grises Aurora encontró una determinación que no dejaba lugar a dudas.

—No —dijo Corvin con absoluta sencillez—. Ya tomé una decisión, Aurora. No voy a dar marcha atrás porque a mi corte le incomoden las consecuencias.

—Eso podría costarle todo —dijo ella, con una preocupación que no intentó disimular—. Su posición. Su lugar en Avelia. Tal vez algo peor.

—Podría —concedió Corvin—. Pero hay cosas que valen ese costo. He tardado mucho más de lo que me enorgullece en darme cuenta de que usted es una de ellas.

Aurora cruzó el despacho y se sentó frente a él, el peso de la conversación con Cassian todavía instalado en el pecho.

—Alguien filtró lo del balcón a propósito —dijo—. Cassian cree que fue deliberado. Que alguien quiere que la relación se sepa.

Corvin frunció el ceño, la mente evidentemente ya trabajando en las implicaciones.

—Si alguien quería sabotearnos, el silencio habría sido más efectivo —dijo, pensativo—. Un rumor público, en cambio, presiona a mi corte a actuar más rápido de lo que habría actuado en privado. Nos obliga a movernos con menos tiempo de reacción.

—¿Ivor? —preguntó Aurora.

—Es posible —dijo Corvin—. O alguien que trabaja para él sin que ni siquiera su propia gente lo sepa del todo. Ivor Nightmourne, según todo lo que hemos reunido hasta ahora, no es de los que actúan con las manos visibles.

Esa tarde, mientras revisaban juntos los archivos de comercio que Ivor había supervisado personalmente durante las últimas dos décadas —buscando cualquier patrón, cualquier desvío de recursos que pudiera sugerir una agenda oculta bajo la fachada del consejero leal—, Aurora se detuvo en un registro que no encajaba con el resto.

—Esto es extraño —dijo, deslizando el pergamino hacia Corvin—. Un envío de fondos hacia la frontera con Sylvaneth, hace once años, autorizado por Ivor pero sin destinatario oficial registrado. El monto es considerable.

Corvin examinó el documento con atención, y Aurora notó cómo su expresión se ensombrecía progresivamente.

—Once años —repitió—. Eso ubica el envío justo en el periodo en que, según los rumores que corren en Sylvaneth, comenzó a formarse un grupo armado en las tierras fronterizas. Exiliados. Descontentos de las tres razas.

Un escalofrío recorrió a Aurora, aunque no supo todavía nombrar del todo por qué.

—¿Cree que Ivor financió a ese grupo?

—Creo —dijo Corvin, con una voz cada vez más grave— que acabamos de encontrar la primera prueba real de que la ambición de Ivor Nightmourne va mucho más allá de esta corte, Aurora. Y que sea lo que sea que esté construyendo ahí afuera, lleva más de una década gestándose bajo nuestras narices.

A cientos de kilómetros de Ashvale, en las tierras fronterizas de Sylvaneth, un estratega de ojos ambarinos y sangre dividida ya convocaba a sus generales. El primer golpe de una guerra que la corona ignoraba por completo estaba a punto de desatarse.