PARTE VIII
El Eclipse de las Verdades Ocultas❖CAPÍTULO XX: EL PESO DEL CRONISTAEl silencio, a veces, es más letal que una espada de plata.
Seo Min-Jin, un nuevo personaje aparece, un erudito del gabinete quien era manipulado y engañado por los mismos, paralizado por la visión del rostro espectral de Chae-yoon, no corrió.
La figura en el pabellón giró lentamente, sus ojos carmesí perforando la oscuridad hasta encontrar el escondite del erudito.
Chae-yoon no atacó; ella simplemente se desvaneció, reapareciendo a milímetros de Min-Jin.
—¿Buscas la historia, cronista, o buscas tu propia muerte? —preguntó ella, con una voz que era con una profundidad gélida que vibraba en los huesos del joven.
Min-Jin cayó de rodillas, sus manos temblando mientras intentaba cubrir sus ojos.
Chae-yoon le levantó el mentón con dedos pálidos y fríos como el mármol.
Al ver el miedo puro, pero también la chispa de intelecto en los ojos del joven, recordó a su amado pueblo como la veían como un Ángel,. Ella decidió que no sería su verdugo.
—Tú eres la guardiana —susurró Min-Jin, venciendo el terror—. Eres la Reina , y eres quien mantiene a flote este barco que se hunde. El gabinete quería destruirte, ¿no es así?
—El gabinete quería destruir el alma de este pueblo para alimentar su avaricia — respondió ella—. Yo solo soy la sombra del Rey, mi amado me eligió para proteger el reino cuando él no pudo hacerlo, ahora aunque gobernamos los dos, el poder absoluto y las desiciones las tomo yo.
A partir de esa noche, el cronista se convirtió en un cómplice involuntario.
Él sabía la verdad y ella necesitaba a alguien que pudiera documentar la era de Joseon sin que la historia olvidara el sacrificio del Rey Yi Jin.
Y su renacimiento solo lo podía saber el.
Un pacto de silencio fue forjado bajo el alero del pabellón, sellado no con sangre, sino con la promesa de la verdad histórica.Mientras tanto, en la bahía de Hwanghae, los barcos del Conde Le Vane habían anclado bajo una bruma antinatural.
Los aldeanos decían que las gaviotas no volaban sobre sus mástiles y que el agua alrededor de los cascos se tornaba negra.
El Conde Le Vane no era un diplomático común.
Al bajar a tierra, su porte aristocrático y su elegancia decadente ocultaban una naturaleza depredadora que competía con la de Chae-yoon.
Venían acompañados de guardias que no portaban mosquetes, sino bastones de caoba con cabezas de plata y cristales oscuros.
—Informad al trono —exigió Le Vane al emisario coreano que intentaba contener el desembarco—.
Decidle a vuestros Reyes que no hemos venido a pedir tratados de comercio.
Hemos venido a reclamar lo que es nuestro por derecho de sangre antigua.
El aroma de una de nuestra especie en el trono de este reino ermitaño es un desafío que no podemos ignorar.
La noticia del desembarco llegó al palacio.
Chae-yoon, oculta tras las sedas del trono, sintió una vibración inquietante en el aire.
El pacto de sangre que compartía con Yi-Jin permitía sentir las intenciones de los otros inmortales.
Le Vane no solo buscaba establecerse; buscaba derrocarla y convertir a Joseon en su propio coto de caza.
El gabinete sobreviviente, aquellos que habían logrado evitar la purga de la Reina, comenzó a murmurar en los pasadizos.
Veían en el Conde una oportunidad para recuperar el poder absoluto, creyendo, en su ignorancia, que podrían manipular a un inmortal extranjero como lo hicieron con los monarcas mortales.
—Majestad —dijo el eunuco Hong, su voz apenas un murmullo—, el extranjero exige una audiencia privada al caer la luna.Chae-yoon ajustó el anillo de jade de Jin en su pulgar.
—Que entre —ordenó ella —. Si quiere el trono de Joseon, primero deberá ver si su sangre es lo suficientemente fría para sobrevivir a la justicia de la Reina.
125 127CAPÍTULO XXI: EL DUELO DE LAS MÁSCARASTodos unidos por un mismo fin.
La audiencia se llevó a cabo en el Salón de las Audiencias.
La atmósfera estaba cargada de una electricidad estática.
Le Vane entró con un caminar pausado, sus ojos escaneando las sombras tras el trono.
—Una actuación fascinante —dijo el Conde, inclinándose con una burla apenas contenida—.
El rey “mortal”, habla y gobierna. Pero el perfume de la muerte no puede ocultarse para siempre, mi querido Altezas Reales.
La Reina se levantó. Las sedas se deslizaron, revelando una silueta que emanaba un poder que hizo retroceder a los guardias reales.
—Tú no estás en tu tierra, Conde —respondió ella, con eco resonando en el salón —.
Aquí, las leyes de la noche son dictadas por aquellos que protegen el trono, no por los invasores que vienen a saquearlo.
Le Vane sonrió, mostrando colmillos tan afilados como dagas de obsidiana. La tensión en el salón era insoportable. Un solo movimiento y la paz de tres años se rompería en una carnicería.
Chae-yoon sabía que no podía ganar solo con Jin, si el gabinete se aliaba con Le Vane.
Necesitaba aliados. Recordó las leyendas de los Mudangs de las montañas, aquellos que antes eran sus enemigos, pero que ahora, ante la amenaza de una invasión inmortal extranjera, podrían ver en ella a su única salvación.
Envió a MinJin en una misión secreta a las montañas.
El joven cronista, ahora cargando con el peso del secreto imperial, debía convencer a los chamanes de que la Reina no era una abominación, sino el último baluarte que impedía que Joseon fuera devorado por los demonios de Occidente.
Mientras Min-Jin ascendía las montañas, el palacio se transformaba.
Chae-yoon ordenó que se reforzaran las defensas con talismanes taoístas, no solo en el jardín, sino en todo el perímetro del palacio.
La ciudad de Hanyang vivía bajo un estado de sitio invisible.El Conde Le Vane, por su parte, comenzó a infiltrar a sus seguidores en los mercados de la capital, comprando lealtades con plata robada y promesas de una vida eterna para los aristócratas que lo apoyaran.
El Gabinete comenzó a conspirar abiertamente, preparando un golpe de estado que coincidiría con la próxima visita del Conde al trono.