PARTE III
La Conspiración del Gabinete y la Batalla de las Sombras❖CAPÍTULO V: SUSURROS EN EL SANGGUNGLas sospechas se transforman en armas políticas en manos del enemigo.
La salud del Rey Yi Jin comenzó a mostrar signos exteriores de un desgaste inusual.
Aunque sus ojos brillaban con una intensidad sobrehumana.
En el salón de audiencias disminuyeron drásticamente.
Las damas de honor de alto rango, las *Sanggung*, y los eunucos principales del palacio presidencial comenzaron a murmurar en los pasillos sobre el olor a hierro metálico que impregnaba los aposentos del rey.
El Ministro Park Mu-yeol, un hombre cuya astucia política rivalizaba con su crueldad, no tardó en conectar las piezas del rompecabezas.
Sus informantes en las provincias le confirmaron que el rastro de la vampiresa se había perdido precisamente en los muros exteriores de Changdeokgung.
Sabía que el rey era un hombre piadoso, pero la sospecha de que estuviera albergando a una criatura impía superaba sus peores expectativas.
Era la oportunidad perfecta para destruir el linaje real y establecer una regencia controlada por el gabinete.
"Un rey que se alimenta de la noche ya no es el hijo del Cielo; es una abominación que debe ser extirpada antes de que el sol de Joseon se oculte para siempre." — Ministro Park Mu-yeol ante el Consejo Secreto.
El gabinete contrató en secreto a los servicios de los *Mudangs* (chamanes oscuros) de las montañas de Taebaek y a una secta de cazadores nocturnos proscritos.
Fabricaron armas específicas: ballestas con cuerdas de seda trenzada con polvo de plata y amuletos taoístas bañados en sangre de buey negro para anular los poderes de regeneración de la criatura.
El complot estaba listo; no buscarían un juicio formal, sino un asalto sorpresa bajo la excusa de salvar al monarca de un "embrujo demoníaco".
CAPÍTULO VI: LA NOCHE DEL FUEGO SAGRADOUna lluvia de flechas y el rugido de la autoridad absoluta.
La tormenta estalló a medianoche. Las puertas traseras del jardín secreto fueron abiertas desde el interior por eunucos traidores pagados por el gabinete.
Más de un centenar de guerreros de élite, vestidos con armaduras oscuras sin insignias reales, invadieron el recinto.
Las flechas encendidas con fuego alquímico cruzaron el cielo nocturno, impactando contra los aleros de madera de la biblioteca.
Chae-yoon, sintiendo el peligro a través del pacto de sangre, despertó de su letargo y emergió al patio principal.
Los chamanes oscuros comenzaron a recitar mantras de opresión, creando una barrera de energía espiritual que quemaba el aire alrededor de la vampiresa.
Los cazadores dispararon sus redes de plata, logrando inmovilizar temporalmente sus extremidades inferiores.
Cuando el Ministro Park Mu-yeol avanzó con su espada desenvainada para decapitar a la criatura y presentar su cabeza ante el pueblo, la puerta principal del salón del trono se abrió de par en par.
El Rey Yi Jin apareció en el umbral, vistiendo su armadura de combate pesada y empuñando la espada ceremonial de los fundadores de la dinastía.
—¡Detengan esta locura en este mismo instante!
—bramó el rey, su voz resonando con una autoridad divina que paralizó a la mitad de los asaltantes—.
¡Cualquier espada levantada en estos terrenos sin mi sello real es un acto de alta traición, y sus castigos serán la erradicación de sus tres generaciones familiares!
—¡Majestad! —respondió el Ministro Park, sin bajar su arma—. Este demonio os ha nublado el juicio. Estamos aquí para liberar vuestra mente y salvar a la dinastía de la condenación eterna. Apartaos o seréis recordado como el rey que condenó a Joseon.
—Mi juicio está más claro que nunca —replicó Jin.
Con un movimiento rápido, el rey se interpuso físicamente entre los cazadores y Chae-yoon.
Usando su espada, cortó las redes de plata que aprisionaban a la vampiresa.Sufriendo quemaduras menores en sus propias manos en el proceso.
Liberada, Chaeyoon desató su furia inmortal.
Juntos, el rey mortal y la vampiresa mágica lucharon espalda con espalda en una danza sangrienta que diezmó a las fuerzas del gabinete en el patio del palacio, demostrando que el poder soberano respaldado por el amor era una fuerza incontenible.