La Corona de Espinas y Sombras Capítulo 19 – Cuatro anillos y un canal
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Capítulo 19 – Cuatro anillos y un canal

La luna de los tres cuernos subió despacio sobre el Palacio Blanco, y Kael la maldijo por cada palmo que tardó en alcanzar el cenit.

Llevaba dos horas tumbado sobre una losa mojada, en el fondo de una zanja de desagüe, con el agua helada hasta las costillas y el abrigo pegado al cuerpo como una segunda piel.

Había dejado atrás a los treinta. Eso había sido lo primero que decidió al cruzar el tercer anillo: que ninguno de ellos iba a morir por una decisión que ya era solo suya.

Les había ordenado esperar en la frontera del segundo muro, con instrucciones de retirarse al alba si no volvía.

Lyra le había sostenido la mirada y no había discutido.

Eso lo inquietó más que cualquier insulto.

Encima de su cabeza, los centinelas de la Luz hablaban en voz baja. Sus pasos cruzaban el puente de cristal con un chasquido regular. Kael contó cuarenta y dos antes de que los hombres se alejaran y el canal quedara en silencio.

El agua empezó a moverse.

Fue un cambio mínimo, un temblor en la superficie negra que se convirtió en corriente, y después en una boca de piedra que se abría bajo el puente, justo donde los planos decían que estaría.

El paso. Se dejó arrastrar por él con la espada pegada al pecho, conteniendo la respiración, mientras el túnel se cerraba a su alrededor y la corriente lo escupía, tosiendo, en una galería de mármol blanco con un reguero de agua tras de sí.

Se quedó un momento a cuatro patas, expulsando agua por la nariz.

—Qué elegante —murmuró, y se puso de pie.

La sombra le subió por las piernas, dócil, hambrienta.

La enredadera del brazo le latía a un ritmo que ya no podía ignorar.

Cada vez que la invocaba, avanzaba un dedo.

Había hecho cuentas esa tarde, sentado en el suelo de la torre con el libro sobre las rodillas.

Le quedaban tres usos grandes. Quizá cuatro, si no se descuidaba.

Decidió no descuidarse. Y decidió, con la misma calma, que ese cálculo no iba a detenerlo.

La galería terminaba en un pasillo de columnas, y el pasillo en una puerta custodiada por dos guardias de armadura pálida.

Kael estudió la situación desde detrás de un pilar.

No había tiempo para sutilezas. La sombra se desprendió de sus manos y se deslizó por el suelo como una marea baja, y cuando llegó a los tobillos de los guardias, subió.

No gritaron. Los cascos cayeron al mármol con un sonido hueco, y los cuerpos los siguieron.

Después vinieron los demás.

El Palacio Blanco se despertó con un cuerno largo y desafinado, y de las paredes surgieron soldados como si el edificio los hubiera estado conteniendo.

Kael avanzó entre ellos sin detenerse, con la espada corta en la derecha y el látigo de sombra en la izquierda, y cada golpe que daba era una frase que llevaba cuatro días escribiéndose por dentro.

Me dijo que no. Me dijo que confiara. Un guardia le abrió un tajo en el hombro y él le partió el yelmo con el pomo.

Otro le clavó una lanza de luz en el muslo, y la sombra se la arrancó de las manos antes de que terminara de empujar.

Y yo la miré con odio. Y ella me miró a mí, y no hizo nada.

Subió una escalera de caracol de mármol con tres hombres en la espalda.

Subió otra. Perdió la cuenta de los pisos.

A mitad del quinto, una oleada de luz le estalló en la cara y lo lanzó contra la pared, y por un instante el mundo fue un zumbido blanco.

Se arrastró de rodillas. Escupió sangre.

La enredadera trepó hasta el codo y le pareció que se reía de él.

Elara.

Tocó el hilo con el pensamiento. No esperaba nada. Llevaba cuatro días llamando a una puerta cerrada, sin respuesta, hasta aprender a hacerlo sin esperanza.

Esta vez algo contestó.

Fue un temblor mínimo, tibio, que le subió desde la muñeca hasta el pecho. No palabras, ni imágenes. Una dirección. Una presión leve, como una mano que le empujara la espalda hacia la izquierda, hacia lo alto. Kael abrió los ojos de golpe.

—Estás viva —dijo en voz alta, con una voz que no reconoció.

Y se levantó.

Elara lo oyó llegar antes de verlo.

Llevaba toda la noche despierta, sentada en el borde de la cama con la mirada fija en el muro de niebla.

Había sentido el golpe de calor al caer la tarde, y después una sucesión de sacudidas, de dolores que no eran suyos pero la atravesaban: un tajo en el hombro, una quemadura en el muslo, un ardor sordo en el brazo.

Había apretado la mandíbula y se había quedado quieta. Había aprendido a hacerlo.

Pero cuando oyó el estruendo en el piso inferior, y el rumor de cuerpos cayendo, y el eco de un cuerno que no dejaba de sonar, se levantó.

—Ya viene —dijo a la celda vacía.

Las cadenas tiraron de ella. Se quedó en medio de la estancia, descalza sobre el cristal, con la túnica marfil arrugada y el cabello suelto sobre los hombros.

Cerró los ojos y escuchó. A través del hilo le llegó algo que no sabía nombrar: una furia desnuda, una determinación tan ciega que le puso la piel de gallina, y debajo de todo, empapándolo, un miedo atroz a no llegar a tiempo.

La pared de niebla se rompió.

No se abrió. Estalló hacia dentro, en jirones de blanco que se disolvieron en el aire, y por el hueco entró Kael.

Se detuvo en el umbral.

Tenía el aspecto de un hombre al que han arrastrado por el infierno y devuelto sin permiso.

La camisa era un andrajo, empapada de sangre y de agua negra.

Le goteaba el pelo sobre la frente, y en la mejilla izquierda un corte limpio abría la piel desde el pómulo hasta la comisura de la boca.

La enredadera de su brazo llegaba ya hasta el hombro, y asomaba sobre el cuello en un dibujo violeta que parecía una mano agarrándole la garganta.

Respiraba como si hubiera corrido toda la noche.

Sus ojos dorados la encontraron al instante.

Ninguno de los dos habló.

El hilo cantaba. Elara lo sintió vibrar entre los dos como una cuerda recién pulsada, intenso, doloroso, exactamente igual que el primer día. Quiso correr hacia él. Quiso gritarle. Notó que le temblaban las manos y que las cadenas, con una sacudida de luz, la mantenían en su sitio.

—Elara —dijo Kael.

Era la voz de la gruta, la de la habitación pequeña, la de todas las noches en que había dicho su nombre contra su piel. Una voz que se rompía en las vocales.

Ella tragó saliva.

—Llegas tarde.

—Lo sé.

—Cuatro días.

—Lo sé. —Dio un paso. Después otro—. Perdóname.

—No.

—Elara…

—No te perdono. —Se le quebró la voz—. No hasta que me expliques por qué me miraste así.

Kael se detuvo a un metro.

—Porque creí que me habías traicionado.

—Lo sé. Lo sentí.

—Creí que todo había sido… —Cerró los ojos un instante—. Una trampa. La gruta. El vínculo. Que me habías usado.

—¿De verdad pensaste eso?

—Durante unos minutos. Los peores de mi vida. —Abrió los ojos, y las lágrimas se le acumularon en el borde sin llegar a caer—. Y desde entonces, cada hora de cada día, me he dicho que me había equivocado. Que tenía que haberme equivocado. Porque la otra posibilidad era perderte dos veces.

—Me soltaste.

—Lo sé.

—Yo te tendí la mano. Y tú te quedaste en el suelo mirándome como si fuera ella.

—Lo sé. —Su voz era un hilo—. No tengo excusa. No la pido. Solo he venido a decirte que lo sé.

Elara sintió que la rabia se le hacía pedazos. No desapareció. Se fragmentó en mil trozos pequeños, afilados, que le atravesaron la garganta. Alzó las manos encadenadas.

—Te odio —dijo, y era mentira, y los dos lo supieron.

—Lo sé.

—Te odio por haber venido. Por haber arriesgado todo, por haber matado a quien fuera para llegar aquí. Por tener ese brazo. Por ese corte en la cara. Te odio por no haber dudado ni un segundo de si valía la pena.

—Dudé cuatro días.

—Y yo te necesito —soltó ella, y se le escapó un sollozo—. Te necesito, Kael. Más de lo que debería. Y no sé si eso es mío o del hilo o de la reina, y me da igual, porque no he dejado de esperarte desde que me llevaron.

Kael cruzó el espacio que los separaba en dos zancadas.

Le sujetó la cara con las dos manos, manchándole las mejillas de sangre, y la besó.

No fue lento. No fue tierno. Fue un beso desesperado, de dientes, de aliento robado, con el sabor del hierro y de la sal, el beso de dos personas que se han dado por muertas y descubren que no.

Elara le agarró la camisa rota con los puños, tiró de él con las cadenas tintineando, y lo sintió temblar, y supo que era una sola cosa lo que temblaba entre los dos.

Él le recorrió la espalda con las palmas abiertas, la nuca, el pelo, como si tuviera que comprobar cada centímetro.

—Estás viva —murmuró contra su boca—. Estás viva.

—Tú también.

—No por mucho.

—Cállate.

—Es verdad.

—Cállate y rómpeme esto.

Se apartó lo justo para mirar las cadenas.

Un resplandor violeta le cruzó los ojos.

Posó los dedos sobre uno de los eslabones y la sombra se deslizó a su alrededor, con una delicadeza sorprendente, hasta que el hilo de luz se apagó y se partió con un chasquido seco.

Después el otro. Elara se frotó las muñecas enrojecidas, ahora libres, con un alivio que casi le dobló las rodillas.

—Cuánto tardas —dijo, sin aliento.

—He tenido que subir cinco pisos.

—Seis.

—Seis, entonces. —Sonrió, con un gesto roto, casi triste—. Te encuentro delgada.

—Me han quitado una risa.

La sonrisa de Kael se congeló.

—¿Qué?

—La de mi tía. —Se tocó la sien con dos dedos—. No recuerdo cómo sonaba. Fue el precio. Cuando te curé.

Él se quedó muy quieto. A través del hilo, ella sintió el golpe de culpa llegarle como una ola helada. Le puso la mano sobre la boca antes de que dijera nada.

—No. No lo digas. No me pidas perdón otra vez. Lo haría de nuevo.

—Elara…

—Lo haría. —Le sostuvo la mirada—. Y tú lo sabes.

Kael cerró los ojos, apoyó la frente contra la suya, y respiró despacio.

—Tenemos que irnos —dijo por fin.

—Sí.

—¿Puedes caminar?

—Puedo correr.

Salieron por donde habían entrado, o lo intentaron.

El palacio hervía. Los pasillos que Kael había despejado se habían llenado otra vez de armaduras pálidas, y los gritos de alarma resonaban de piso en piso.

Corrieron por una galería de espejos, pasaron junto a una sala llena de columnas, saltaron un balcón.

Kael iba delante, abriéndose paso con la sombra, y Elara detrás, con una daga de cristal arrebatada a un caído y las rosas negras brotando a su paso entre las grietas del mármol, enredándose en tobillos y lanzas.

Descubrió que ya no tenía miedo. Descubrió también que, sin la risa de su tía, sin esa cuerda atada a un pasado que ya no recordaba del todo, se movía más ligera, más afilada, más hija de lo que había sido la reina. La idea debería haberla asustado. Solo le dio un hambre fría y limpia.

—¡A la izquierda! —gritó él.

—¡Ya lo sé!

—¡Por esa puerta!

Atravesaron una puerta doble que daba a una plataforma abierta, sobre un abismo.

Por debajo, a trescientos metros de caída, brillaba el canal de luz que cruzaba la ciudad.

Del otro lado, a lo lejos, entre la bruma, se distinguía una cresta de rocas negras y, sobre ella, la silueta de unos pocos jinetes inmóviles.

—Ahí —dijo Kael—. Los míos.

—¿Cómo llegamos?

—Saltando.

—¿Qué?

—Hay un puente de sombra. Lo lancé al entrar. Debería sostenerse unos minutos.

—¿Debería?

—Es una apuesta.

Elara miró el vacío. Miró a Kael. Tenía los hombros hundidos por el agotamiento, la cara gris, la mano izquierda tan tensa que los dedos parecían ramas. A través del hilo le llegó el precio exacto de aquella apuesta, y no le gustó.

—No lo vas a sostener tú —dijo.

—Sí.

—Es el cuarto uso. Lo he contado.

—Elara.

—Tienes menos de lo que me dices.

—Tengo lo justo. —Le tomó la mano—. Te prometo que llegaremos. Confía en mí.

Era la frase que ella había gritado desde el suelo, en el Gran Salón. Se la devolvía con la voz limpia, sin armas, sin murallas. Elara notó que se le llenaban los ojos.

—Eso fue lo que te pedí.

—Y ahora te lo pido yo.

Detrás de ellos, la puerta doble estalló. Una oleada de luz entró silbando, seguida por una docena de figuras pálidas con las espadas desenvainadas. Kael alzó la mano izquierda, y de la palma brotó un puente de sombra, una cinta oscura y temblorosa tendida sobre el abismo.

—¡Ahora!

Corrieron.

La sombra cedía bajo sus botas, una superficie viva, resbaladiza, que parecía respirar.

Elara no miró hacia abajo. Contó pasos, igual que en el puente de cuerdas.

Diez. Veinte. Detrás, los gritos se acercaban.

Delante, la cresta negra crecía, los jinetes se movían, una figura de rojo se adelantó con la mano en alto. Lyra.

A mitad del trayecto, el puente tembló.

Elara sintió el tirón en el hilo. Vio cómo Kael doblaba una rodilla, cómo la enredadera se encendía en el cuello, cómo la oscuridad bajo sus pies empezaba a deshilacharse. La agarró de la cintura sin soltar el puente, sin mirar atrás, con una expresión de dolor sordo, de terquedad total.

—No te sueltes —dijo entre dientes.

—Nunca.

—Más rápido.

—¡Kael!

—¡Corre!

Saltó el último tramo en el instante en que la sombra se disolvía tras ella. Cayó rodando sobre la roca, con el hombro destrozado de nuevo y la daga perdida. Kael cayó a su lado, de bruces, jadeando. Los jinetes los rodearon. Lyra bajó del caballo de un salto y se arrodilló junto a su hermano.

—Estás vivo.

—Eso parece.

—Idiota.

—Lo sé.

Lyra lo abrazó. Fue un abrazo breve, brusco, de los que no se dan casi nunca, y cuando se apartó, tenía la cara tan seria que Elara no se atrevió a mirarla.

Al otro lado del abismo, el Palacio Blanco brillaba como una lámpara. Un cuerno sonó. Otro. La luz se encendía en todas las ventanas.

—Hay que moverse —dijo Lyra.

—Sí.

—Os traigo dos caballos.

Kael se incorporó con esfuerzo. Elara lo ayudó. Cuando se pusieron en pie, uno junto al otro, a medio palmo de distancia, sintió que el hilo hacía algo extraño: no tiró ni vibró. Se asentó, apoyado en ellos, como un peso que por fin había encontrado su lugar.

Y a la vez, muy abajo, en una zona de ella que todavía no sabía mirar, se abrió un hueco. Una grieta del tamaño de una risa perdida.

—¿Estás bien? —preguntó Kael.

—No —dijo ella—. ¿Y tú?

—Tampoco.

—Qué pareja tan sana.

La comisura de su boca se movió. No llegó a ser sonrisa. Le tomó la mano, y esta vez no hubo ceremonia en el gesto, ni vacilación, ni excusa.

Cabalgaron hacia el norte hasta que el palacio fue una chispa a lo lejos, y después ni eso. Ninguno de los dos dijo nada. Entre los dos, en la oscuridad, el hilo seguía cantando, bajo y gastado, con el timbre de algo que ha sobrevivido a más de lo que debía.

Y en el bolsillo del jubón de Kael, junto al corazón, el libro permanecía cerrado, tibio, a la espera.