La Corona de Espinas y Sombras Capítulo 18 – Dos orillas
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Capítulo 18 – Dos orillas

El frío tenía sabor a plata.

Elara lo notó antes de abrir los ojos: un regusto metálico y limpio en la lengua, como el de una moneda mordida, y debajo, el zumbido de algo que cantaba sin voz.

Yacía sobre una superficie lisa y helada.

Las muñecas le pesaban. Al intentar moverlas, oyó el tintineo de cadenas finas, de eslabones tan delicados que parecían joyas, y que sin embargo no cedían un milímetro.

Abrió los ojos.

Blanco. Techo blanco, arcos blancos, columnas de mármol claro veteado de oro, y una luz que no venía de ninguna parte y bañaba todo por igual, sin sombras.

Estaba en una celda circular sin puertas visibles, con un suelo de cristal esmerilado y un lecho de lino impoluto al que alguien la había trasladado.

La habían lavado. Le habían quitado la sangre de Kael de las manos, del cuello, de la ropa.

Llevaba una túnica larga de seda marfil, sin mangas, que le dejaba la espina plateada de la muñeca a la vista, entre los eslabones de las cadenas.

Se incorporó. La cabeza le dio vueltas.

Faltaba algo. Lo supo con la misma certeza con que se nota un diente que falta: la lengua vuelve una y otra vez al hueco.

Intentó recordar la risa de su tía Ottoline, el sonido exacto, el modo en que se le quebraba al final, y no encontró nada.

Había un nombre y una cara, pero el sonido se había ido. Se tapó la boca con la mano.

Qué has pagado.

—Es un precio pequeño —dijo una voz—. Para lo que compraste.

Elara se volvió.

Sentado en un banco de cristal junto a la pared, con las manos entrelazadas sobre las rodillas, había un hombre.

Era joven en apariencia, o de una edad que se negaba a declararse.

Piel clara, pelo rubio casi blanco cortado a la altura de la mandíbula, rasgos tan armoniosos que parecían el resultado de un cálculo.

Vestía de blanco, con un cuello alto que le cubría la garganta.

Sus ojos, de un azul transparente, la observaban con una amabilidad que le dio más miedo que cualquier amenaza.

—Mi hermana tiene un sentido teatral excesivo —continuó—. Habría preferido recibirte yo mismo en el Gran Salón. Lo siento. Dicen que fue desagradable.

—¿Quién eres?

—Aurelian. —Inclinó la cabeza—. Rey de la Corte de la Luz. Y tú eres Elara. Te llevo esperando mucho más tiempo del que imaginas.

—¿Tu hermana?

—La reina Ysolde, la que ocupó el trono de tu amigo. Gobernamos a medias, según el día. —Sonrió con una modestia calculada—. Es una larga historia. Te la contaré toda. No tengo motivos para ocultarte nada.

Elara tiró de las cadenas. Un hilo de luz le recorrió los brazos, un dolor limpio y breve que la hizo gemir.

—Yo no lo haría —dijo Aurelian—. Están forjadas con la misma magia que el arco de la fortaleza. Reconocen la sangre de las Espinas y la castigan. Es incómodo.

—Suéltame.

—Después. —Se levantó con una gracia casi líquida—. Primero, ven a ver algo.

Hizo un gesto. Una sección de la pared se desvaneció como niebla. Más allá, un balcón de mármol se abría sobre un vacío colosal. Las cadenas se aflojaron lo justo para que Elara pudiera caminar hasta el borde, arrastrada por una fuerza invisible, y mirar.

Abajo se extendía una ciudad.

Blanca. Inmensa. De torres afiladas y cúpulas de nácar, de avenidas rectas y plazas circulares, de canales de luz que corrían como venas.

Bajo ella, el paisaje se sumía en una niebla dorada, y más allá, a una distancia imposible de medir, se divisaban otros resplandores: uno rojizo, como brasas lejanas, el de las Llamas.

Uno negro, que la vista apenas distinguía, el de las Sombras.

Y entre ellos, una franja gris, desolada, donde alguna vez había crecido algo.

—El Reino Oculto —dijo Aurelian—. Tal como lo ven los que lo gobiernan. Tres cortes, tres ruinas. Una cuarta, muerta, de la que solo queda un recuerdo con tus ojos.

—No soy ella.

—Eres la llave. —Se colocó a su lado, sin mirarla—. Tu sangre no fue hecha para gobernar, Elara. Fue hecha para equilibrar. La reina de las Espinas era el contrapeso. Sin ella, el mundo se tambalea. Las cortes se devoran. Las guerras se alargan. La gente sufre, humana y fae por igual.

—Y tú quieres arreglarlo.

—Quiero terminarlo.

Se volvió hacia ella. La amabilidad había desaparecido. En su lugar, un fulgor azul, frío, de fanático.

—Tu sangre fijada y mezclada con la del vínculo de las Sombras, y bañada en la luz que mi corte ha acumulado durante milenios, puede disolver el equilibrio.

No desplazarlo. Disolverlo. Las cuatro cortes dejarían de existir.

La magia, concentrada en un solo recipiente, podría reconfigurar ambos mundos.

Uno solo. Ordenado. Sin guerras ni fronteras.

—Y tú gobernarías ese mundo.

—Alguien tiene que hacerlo. —Alzó las manos con una sonrisa casi tímida—. Prefiero a quien sepa lo que está haciendo.

—Es una dictadura.

—Es paz.

—Es la misma cosa con otro nombre.

Aurelian no se ofendió. La miró un largo momento, con una expresión de tristeza genuina.

—Eso mismo dijo ella —murmuró—. La reina.

Cuando le propuse algo parecido, hace tres siglos.

Se negó. Me dijo que el equilibrio era una forma de libertad.

Y yo le dije que la libertad era una forma de sufrimiento.

—Se encogió de hombros—. Tuvimos que buscar otro camino.

Su muerte, aunque lamentable, nos ofreció una oportunidad.

Elara notó que se le helaba la sangre.

—Tú la dejaste morir.

—No. Hice algo mejor. —Sonrió—. Le susurré a cierto joven de la frontera norte dónde encontrar el Vado de los Callados. Y le dije que el precio de un poder así valía la pena.

Elara dio un paso atrás. Las cadenas tintinearon.

—Tú lo empujaste.

—Le di una puerta. Él decidió atravesarla. —Alzó una ceja—. Fue una venganza muy limpia. Mató a la reina, cargó con la deuda, y se quedó con un contador encima de la cabeza, esperando el día en que le cobrasen. Un instrumento perfecto. Predecible. Solitario. Y, sobre todo, esperando a una librera.

—¿Qué quieres decir?

—Que cuando el libro te encontró, yo lo sabía. —Rio con suavidad—. Tu tía Ottoline lo escondió durante veintisiete años. La pobre mujer pensó que bastaba una balda vacía. Pero los libros recuerdan. Y yo tengo a alguien, dentro de la fortaleza, que me avisa de cuando uno despierta.

—Alguien…

—Alguien que no sabe lo que sabe, y por eso es tan útil. —Aurelian le tocó la barbilla con un dedo helado—. El papel del mapa, por ejemplo. Una línea elegante. Una duda sembrada. Un hombre de corazón tan frágil que bastó una letra para romperlo.

—Tú lo escribiste.

—Yo lo dicté. Lo que se escribe en el mundo de los hombres no necesita mano propia.

Elara le apartó la cara con un golpe seco. Las cadenas le quemaron las muñecas, pero no le importó. Aurelian la contempló con una paciencia fría y, tras un instante, retrocedió con las manos en alto.

—Entiendo que estés enfadada. Tienes derecho. —Sonrió con compasión—. Piénsalo, Elara. Tu madre, y la madre de tu madre, y todas las que la precedieron vivieron escondidas porque el equilibrio exigía su sacrificio. Cada una murió sin saber por qué. Yo te ofrezco algo distinto. Una elección.

—¿Cuál?

—Entregarte voluntaria. Cuando la sangre se ofrece, no duele. Y cuando duele, el proceso es… menos exacto.

—¿Y si no?

—Entonces será menos exacto. —Su sonrisa no vaciló—. Tienes tres días. Después, la luna se alinea con el eje del mundo y el momento pasa. Preferiría no desperdiciar a una heredera.

Se retiró. El muro de niebla volvió a cerrarse. Elara se quedó sola, con las cadenas, la túnica marfil y un vacío cada vez más hondo en la memoria. Se dejó caer en el borde del lecho y se miró la muñeca.

Entre la espina plateada y los eslabones de luz, el hilo rojo seguía allí. Pálido, casi invisible. Tenso. Sin nadie al otro lado.

Cerró los ojos y buscó, con todas sus fuerzas, un resto de calor.

Nada.

Me dejaste, había dicho él.

—No —susurró ella a la celda vacía—. Tú me soltaste.

Lloró sin ruido, hasta que se le acabaron las lágrimas, y después se quedó mirando el techo blanco y pensó en una sola cosa. No en la libertad, ni en la tienda, ni en su tía. En un hombre de ojos dorados que la había mirado con odio, por segunda vez, desde el suelo de un salón en ruinas.

Y en que a pesar de todo lo había salvado. Y lo volvería a hacer.

El fuego de la sala de mando olía a hierro y a sebo.

Kael llevaba cuatro días sin dormir, y aun así no se sentaba.

Estaba de pie junto a una mesa de roble cubierta de mapas, con el brazo izquierdo ceñido por un vendaje nuevo y la cara hundida en sombras que ya no eran solo de cansancio.

Las heridas de la batalla habían cerrado por obra de Elara, pero lo que ella le había devuelto de más, un exceso de vida o de otra cosa, lo mantenía en pie con una energía febril, antinatural.

Dormía a ratos, a la fuerza. Soñaba con ojos verdes.

Alrededor de la mesa, nueve rostros.

Aldric, con las manos entrelazadas y la barba descuidada.

Veyra, tiesa como una estaca, con su manto de piel.

El joven de las sortijas, cuyo nombre había resultado ser Cassian, con un vendaje en la frente y una sonrisa borrada.

Un puñado de capitanes, un par de exploradores.

Y al fondo, apoyada contra la pared con los brazos cruzados, Lyra.

No había hablado una sola vez desde la noche de la caída.

—Es una locura —dijo Veyra, por tercera vez—. El Palacio Blanco está en el corazón de la Luz. Tiene seis anillos de defensa, cuatro barreras mágicas, y una guardia de dos mil. Nos quedan trescientos hombres, la mitad heridos.

—Sí —dijo Kael.

—Y quieres entrar con cincuenta.

—Con treinta. Los demás nos cubrirán la retirada.

—Es un suicidio.

—Es una probabilidad. —Apoyó una mano sobre el mapa, sobre el dibujo de una torre pálida, rodeada de líneas concéntricas—.

Los anillos externos están diseñados para repeler ejércitos, no sombras.

Hay un paso en el canal subterráneo, en el cuarto anillo, que se abre cuando la luna de los tres cuernos pasa por el cenit.

Dentro de dos noches. Tengo un mapa, un hombre y un plan.

—¿El hombre?

—Yo.

Un silencio incómodo. Aldric carraspeó.

—Mi señor. Con todo respeto. Esa mujer os traicionó. Hay pruebas. El papel, el mapa, la desaparición en el momento justo. Aunque la rescatarais, no podéis fiaros de que…

—Basta.

La voz de Kael no subió. Aldric calló como si le hubieran puesto un cuchillo bajo el mentón.

—No voy a discutirlo —dijo Kael—. Quien quiera quedarse, que se quede. Quien quiera acompañarme, que se prepare. Pero no volveré a oír esa palabra en esta sala.

—No sabéis si es falsa —insistió el canciller, bajando la voz—. Si tenéis dudas…

—Las tengo.

Lo dijo así, sin más, y la sala entera se detuvo.

—Las tengo —repitió, casi para sí—. Todos los días.

A cada hora. Me preguntó si la había visto sonreír con el papel en la mano.

Me pregunto si en la gruta, mientras me tocaba, estaba pensando en entregarme.

Me lo pregunto, y me odio, y vuelvo a preguntármelo.

—Se pasó una mano por la cara—. Pero si me equivoco, y ella está sola en esa torre mientras yo me quedo aquí discutiendo sobre su culpa, no me lo perdonaré nunca.

Y si tengo razón, que me lo explique ella. Mirándome. Con las manos abiertas.

Nadie contestó.

Lyra se despegó de la pared. Se acercó a la mesa con paso lento, sin mirar a nadie, y se detuvo junto a su hermano.

—Yo voy —dijo.

—No.

—Voy.

—Lyra.

—No escribí el papel. —Habló bajo, casi sin voz—. Sé que no me crees. Sé lo que dije en la biblioteca, lo que insinué. Pero yo no escribí eso. Juro por nuestra madre que no.

Kael la miró. Vio unos ojos enrojecidos, una boca tensa, una niña de hacía trescientos años que lloraba sin hacer ruido para que nadie en la casa la oyera. Notó que algo se quebraba.

—Entonces, ¿quién?

—No lo sé. Pero alguien con acceso a la sala del consejo, a la letra de la corte, a mi nombre. Alguien que quería que desconfiaras. —Respiró—. Y tengo una sospecha.

—Dímela.

—Cuando acabe esta reunión.

Kael asintió despacio. Veyra suspiró. Cassian, por primera vez en días, alzó la mirada.

—Treinta —dijo Kael—. Nos vamos al amanecer.

Al caer la tarde, subió solo a la torre.

Nadie lo detuvo. Los guardias de la escalera lo dejaron pasar con la mirada baja. La puerta de roble y hierro seguía abierta, sin cerrojo, igual que la había dejado Brisa la última mañana. Entró.

Olía a ella.

A tinta, a lana, a un perfume tenue de jazmín que no era suyo.

Sobre la cama estaba el jubón que se había quitado antes de bajar.

En el suelo, junto a la chimenea apagada, una taza de té frío con restos de manzanilla.

Un libro de pasta oscura, olvidado sobre la mesa, abierto por una página en blanco.

Se sentó en el borde de la cama.

Hacía semanas que no se permitía aquello. Cruzar el umbral, respirar su aire, tocar lo que ella había tocado. Alzó el jubón y se lo llevó a la cara, y durante un largo momento no hubo nada más que el tacto de la tela y el pulso de su propia vergüenza.

Lo guardaste. Para ganar tiempo.

Lo había dicho con toda la crueldad de que era capaz. Y ella lo había mirado con una pena tan limpia que ahora no podía sacársela de dentro. No había habido culpa en aquellos ojos. Solo espanto. Y una súplica: confía en mí.

Kael cerró los puños sobre el jubón.

—Soy un imbécil —dijo en voz baja, a nadie.

El libro, sobre la mesa, crujió.

Se acercó con cautela. La página en blanco se estaba llenando, trazo a trazo, con una tinta tan clara que parecía luz. Las letras eran temblorosas, desiguales, como escritas por una mano que apenas podía sostener la pluma.

Si lees esto, aún no lo has perdido todo.

Más abajo, con un trazo más firme:

El papel lo dictó Aurelian. La letra era de alguien que ama a tu hermana y no sabía lo que firmaba.

Kael se quedó inmóvil. El corazón le dio un vuelco.

—Cassian —murmuró.

Y debajo, en la letra que ya conocía mejor que la suya:

Ella no te ha traicionado. Te está esperando. Ve por ella. Pero ve entero.

El libro se cerró con un golpe seco.

Kael lo recogió y lo apretó contra el pecho, con una mano temblorosa. Lo guardó bajo la camisa, sobre el corazón. Salió de la torre sin mirar atrás, bajó la escalera de dos en dos y cruzó el pasillo con la mandíbula tensa y los ojos dorados ardiendo como brasas.

En la muñeca, bajo el vendaje, la enredadera avanzó un dedo más. Él ni lo notó.

Al otro lado del mundo, en una celda blanca, una mujer con una túnica marfil abrió los ojos de golpe. Había sentido algo. Un golpe de calor, brevísimo, a través del hilo. Un solo latido que no era suyo.

Se llevó la mano a la muñeca y sonrió, llorando.

—Ven —susurró—. Ven, idiota.