La Corona de Espinas y Sombras Capítulo 17 – La noche en que cayó la fortaleza
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Capítulo 17 – La noche en que cayó la fortaleza

El primer cuerno sonó cuando Elara todavía tenía el libro ardiendo entre las manos.

Fue un sonido largo, grave, de metal viejo, que subió desde el patio y rebotó contra los muros de la habitación oculta hasta hacerle vibrar los dientes.

Después llegó otro. Y otro. Ella conocía el cambio de guardia, el aviso de visitas, el toque que anunciaba la comida.

Aquel no pertenecía a ninguno. Era un grito.

Guardó el libro en el jubón y abrió la puerta con el hombro.

El pasillo estaba lleno de humo.

No olía a leña. Olía a flores blancas y a sábanas limpias, el mismo perfume de funeral que había precedido al asesino, solo que ahora lo cargaba el aire entero, espeso como una niebla.

Al fondo, un resplandor lechoso se derramaba por las escaleras, y con él un rumor de voces, de acero, de cosas que se rompían.

Una criada pasó corriendo con un niño en brazos, sin mirarla.

Detrás, un guardia se arrastraba por la pared con una mano apretada contra el costado y los dedos negros de sangre.

—¡Señora! —jadeó—. Han cruzado el velo. Están dentro. Están por todas partes.

—¿Dónde está lord Thorne?

—En el Gran Salón. Defendiendo el estrado. —Tosió—. Dijo que la guardáramos a usted. Dijo… que no dejáramos que bajara.

Elara ya había echado a correr.

Bajó escaleras que no conocía, empujada por el hilo.

Estaba mudo desde la habitación pequeña.

Ni una gota de calor, ni un temblor, ni un humor que descifrar.

Pero ahora, a medida que se acercaba al corazón de la fortaleza, volvió a sentirlo de golpe, brutal, como cuando se saca una mano de agua helada y la sangre vuelve a pinchar.

Rabia. Dolor. Un miedo seco, concentrado, que no era por sí mismo.

Era por ella.

—Idiota —murmuró, con la garganta apretada—. Idiota, idiota.

Cruzó un patio interior donde la nieve negra se había teñido de rojo y de blanco.

Había cuerpos. Algunos con armadura de la Sombra, otros con túnicas claras bordadas en oro, con las máscaras de marfil agrietadas.

Un soldado luchaba contra tres figuras que se movían como bailarines, sin ruido, con dagas de cristal que cortaban la piedra igual que el aire.

Elara se pegó a un arco, contuvo el aliento, y vio cómo las figuras blancas lo rodeaban y lo derribaban con una sincronía de coreografía.

No gritó. Se mordió el puño hasta que le dolió.

En el Gran Salón, las puertas colgaban de sus goznes.

Las lámparas de cristal habían caído y yacían hechas añicos sobre el mármol, cada fragmento reflejando el resplandor lechoso de una grieta enorme abierta en la bóveda, entre las estrellas pintadas.

De ella descendían los de la Luz, decenas, en una nevada sin fin.

Los defensores formaban un anillo alrededor del estrado, con los escudos en alto y la sombra reptando por el suelo en olas oscuras que devoraban todo lo que tocaban.

En el centro de ese anillo, sobre el primer peldaño del sitial de piedra, estaba Kael.

Peleaba con la espada corta en la derecha y un látigo de oscuridad en la izquierda, y cada vez que el látigo cortaba el aire, algo blanco se deshacía en ceniza.

No tenía abrigo. La camisa, desgarrada, mostraba una enredadera negra que le subía por el hombro, el cuello, la mandíbula, y que brillaba con un fulgor violeta tan violento que a Elara le dolieron los ojos.

Sangraba por un corte en la sien. Aun así avanzaba, paso a paso, sin ceder terreno.

Lyra peleaba a su lado, con la aguja de plata convertida en estilete y el vestido rojo hecho jirones. Se movía con una ferocidad que Elara nunca le había visto, y cuando un invasor se le acercó demasiado por la espalda, Kael giró sin mirar y lo atravesó.

Hermanos. Hasta el último aliento, hermanos.

—¡Kael! —gritó Elara.

Él alzó la cabeza.

La vio. Elara lo supo por el hilo, que se abrió de golpe como una compuerta y le inundó el pecho con una oleada de espanto tan absoluto que se tambaleó. Los ojos dorados la encontraron entre el humo, en el umbral, pequeña, descubierta, con el jubón mal atado y el pelo suelto.

—¡Vete! —rugió—. ¡Elara, vete de aquí!

—¡No!

—¡Lyra!

La hermana se volvió, vio el umbral y maldijo en una lengua que Elara no conocía. Dio un paso hacia ella. No llegó.

Algo blanco cayó del techo.

No era un soldado. Era más alto, más ancho, con una armadura completa de placas pálidas que despedían un resplandor frío.

Llevaba un yelmo cerrado, de rostro liso, y en la mano un espadón de luz condensada, largo como un hombre.

Aterrizó a espaldas de Kael con un estampido que partió el mármol, y antes de que nadie pudiera gritar, descargó el golpe.

La hoja atravesó a Kael desde el hombro hasta la cadera.

El mundo se quedó sin sonido.

Elara vio cómo la espada salía, limpia, y cómo la sombra del látigo se deshacía en jirones.

Vio a Kael quedarse quieto un segundo, de pie, con la espada corta todavía en la mano y una expresión de sorpresa casi infantil.

Después se plegó hacia delante y cayó de rodillas, y luego de costado, sobre las baldosas rotas.

Y a través del hilo, el dolor le llegó entero.

Gritó. Se oyó gritar como si fuera otra, un alarido que le arrancó la garganta, y el mundo regresó de golpe, con su estruendo y su humo.

Echó a correr. Esquivó a un hombre de gris, saltó sobre un cadáver, resbaló en la sangre, se levantó.

El guerrero de la Luz alzaba otra vez el espadón.

Lyra se lanzó contra él con un chillido y le clavó la aguja en la juntura del yelmo, y la armadura entera estalló en esquirlas blancas que la lanzaron contra una columna.

Elara cayó de rodillas junto a Kael.

—No, no, no. Mírame. Kael, mírame.

Tenía los ojos abiertos, dorados, desenfocados. La sangre le salía por la boca, negra, y por la herida del costado, un tajo tan hondo que le dejaba ver algo que ningún cuerpo debía mostrar. La enredadera de su brazo, ahora, ya no brillaba. Se estaba apagando.

—Elara —dijo, con un hilo de voz—. Te dije… que no bajaras.

—Cállate.

—Vete. Ahora. Mientras…

—Cállate, cállate. —Le sujetó la cara con las dos manos, y las manos se le llenaron de sangre—. No te vas a morir. ¿Me oyes? No te lo permito.

—No… hay… forma.

—Sí la hay.

No lo sabía. Lo supo en cuanto lo dijo, con una certeza que le subió desde las costillas, desde la muñeca, desde un lugar más profundo que cualquier ritual.

El libro le ardía contra el pecho. La espina plateada latía a un ritmo que no era el suyo.

Y en el fondo de su cabeza, muy suave, como una cuerda tendida entre dos orillas, una voz de mujer murmuró: Sabes cómo. Siempre lo supiste.

—Elara, no —susurró Kael, que lo había sentido por el hilo—. Lo que vas a hacer… lo que estás pensando… está prohibido. Mató a las que lo intentaron.

—No me importa.

—A mí sí.

—Pues te aguantas.

Le puso las dos manos sobre la herida.

Cerró los ojos y dejó de empujar. Pensó en lo que él le había enseñado en el jardín: no se empuja, se invita. Pensó en la raíz. Buscó hacia abajo, hacia dentro, hacia un sitio que no tenía nombre, y lo que encontró fue un pozo antiguo, tibio, que olía a jazmín. Se dejó caer en él.

Algo respondió.

La sangre de sus venas se volvió fuego. La espina plateada se abrió en la muñeca como una boca, y los tallos negros recorrieron su cuerpo en una carrera ciega, anudándose en el pecho, en las costillas, en el corazón.

Sintió que algo le arrancaba una parte de sí misma, un trozo de recuerdo, el sonido de la risa de su tía, la forma de un lomo de libro en la mano, y se lo daba a otro.

Sintió el cuerpo de Kael bebiendo de ella, desesperado, y la herida cerrándose bajo sus palmas con un siseo húmedo.

Cuando abrió los ojos, estaban rodeados de flores.

Rosas negras, centenares, brotando de las grietas del mármol, de los charcos de sangre, de la armadura rota del guerrero caído. Sus pétalos goteaban luz. Los soldados de la Luz retrocedían con los rostros descompuestos. Los de la Sombra bajaron las armas, mudos.

Y Kael, entre sus brazos, abrió los ojos. Respiraba.

—Lo has hecho —dijo, con un horror tan hondo que se le quebró la voz—. Lo has hecho, Elara.

—Estás vivo.

—¿Qué has pagado?

—Nada.

—El hilo no miente.

Era cierto. Lo sentía en la forma en que él la miraba: una pérdida enorme, invisible, acababa de abrirse en su interior, y ni ella sabía qué faltaba. Algo le pesaba menos y le dolía más. Una pieza menos en un rompecabezas que no recordaba haber armado.

—No importa —murmuró—. Estás aquí.

—Sí.

—Eso importa.

Intentó sonreír. No llegó.

Entonces el aire se tensó.

Elara lo notó en la nuca antes que cualquier otra cosa: una vibración baja, afinada, que no venía del hilo ni de la grieta. Giró la cabeza.

En lo alto del estrado, en el sitial vacío de piedra negra, había una mujer sentada.

No la había visto llegar. Nadie la había visto.

Vestía de blanco sobre blanco, un traje sin costuras que parecía hecho de nieve apelmazada, y llevaba el pelo recogido en una trenza larga, de un rubio casi plateado.

Tenía las manos descansando sobre los reposabrazos y las piernas cruzadas, con la serenidad de quien lleva siglos en una sala de espera.

Una corona de rayos solares le ceñía la frente.

—Qué conmovedor —dijo.

La voz era dulce, casi musical, y atravesó el salón como un cuchillo en agua. Los de la Sombra se encogieron. Lyra, desde el suelo, entre cascotes, se incorporó con la mirada desencajada.

—La reina de la Luz —susurró—. No puede estar aquí. No puede cruzar…

—Siempre se puede cruzar, querida. Solo hay que saber quién abre la puerta. —La sonrisa de la mujer se ensanchó. Sus ojos, de un azul tan pálido que parecían blancos, buscaron los de Elara con un interés casi cariñoso—. Mi querida heredera. Qué trabajo me has ahorrado.

—No sé de qué…

—La sangre. El vínculo. El uso prohibido de la magia de las Espinas en suelo de la Sombra. —Alzó una mano, con los dedos extendidos—. Es precisamente lo que necesitaba. Y gracias a ti, ahora tengo derecho a reclamarte.

—No te la llevarás —dijo Kael, intentando incorporarse. Las rodillas le fallaron—. Primero me mataré…

—Ya lo estás haciendo. —La reina no dejó de sonreír—. Pero tranquilo, pequeño. No necesito tu muerte. Necesito su cooperación.

Chasqueó los dedos.

El suelo se movió. De las grietas del mármol brotaron cadenas de luz que se enroscaron en torno a las muñecas de Elara, a su cintura, a su cuello, con una fuerza que le cortó el aliento.

Kael rugió y se lanzó hacia delante, pero un muro de luz lo derribó de espaldas, y la sombra que intentó levantar se deshizo como humo contra una ventana.

—¡Elara!

—¡Kael!

Se miraron. A un metro, a un mundo. Ella tendió una mano. Él la tendió también, con los dedos abiertos, los ojos desorbitados.

Y entonces, a través del hilo, le llegó algo que le heló la sangre.

No era miedo. Era la certeza de él, repentina y completa, de que algo no encajaba. Un pensamiento claro, con el que ella había soñado semanas atrás, una desconfianza que se despertaba como un animal que lleva demasiado tiempo dormido:

Lyra dijo que tú ibas a abrir la puerta.

—No —gritó ella—. Kael, no, no es…

—El papel —dijo él, con una voz que ya no era suya—. La letra elegante. Que Lyra no sepa que la llave ya está en nuestras manos. Eras tú. Con ellos.

—¡No! ¡Lo encontré en el mapa, te lo juré!

—Lo guardaste.

—Para enseñártelo.

—Para ganar tiempo.

Elara sintió que algo se rompía en el pecho. La reina de la Luz soltó una risa suave, apenas audible, y ladeó la cabeza como una niña que contempla un juguete.

—Qué fácil es, la desconfianza —murmuró—. Y qué barata.

Las cadenas tiraron de Elara hacia atrás.

Sus botas resbalaron sobre el mármol manchado.

La grieta de la bóveda se abrió más, y un haz de luz blanca bajó desde ella como una escalera.

Elara se aferró con las uñas a las baldosas.

Miró a Kael con todas sus fuerzas, con todo lo que el hilo podía transmitir, con el amor que no había llegado a decirle y que ahora le ardía en la lengua.

—¡Confía en mí! —gritó—. ¡Por favor!

Kael no se movió. Seguía en el suelo, con una mano extendida y la otra apretada contra la herida cerrada. Los ojos dorados la miraban sin verla, y en ellos, por segunda vez desde que lo conocía, se encendió el odio. Un odio antiguo, concentrado, el del hombre del trono.

—Lyra —dijo, sin apartar la vista—. Sácala de aquí. No la dejes ir.

—Kael…

—No la dejes ir. —Se le quebró la voz—. Que no se la lleven. Que me lo explique viva.

Pero Lyra no se movió. Tenía la boca abierta, la mirada fija en la figura del trono, y en su rostro, por un instante, Elara vio algo que no esperaba: no triunfo, ni sorpresa. Terror.

—Hermano —dijo con una voz extraña—. Yo no… yo no escribí eso.

Nadie la escuchó.

La luz cegadora se cerró sobre Elara. Sintió que el suelo desaparecía, que el frío le mordía los huesos, que las cadenas la alzaban hacia un cielo de nieve y de oro.

El hilo, aquel hilo que había aprendido a leer, a esconder y a querer, se tensó hasta el límite, vibró con un gemido largo, y de pronto se quedó sin nada al otro lado.

Silencio.

Lo último que vio fue la mano de Kael, todavía extendida, caer sobre los cascotes sin que nadie la sujetara.

Lo último que sintió, un instante antes de que la oscuridad blanca la tragara, fue una frase que no era suya y que sin embargo la atravesó entera, enviada desde el otro lado del mundo con todo el rencor y toda la desesperación de un corazón recién roto:

Me dejaste.

Y ella, desde la nada, con la garganta rota y sin que nadie la oyera, respondió:

Tú me soltaste.