Capítulo 15 – Donde se encuentran las raíces #2
Lo hizo. La alzó con un brazo bajo las rodillas y la tendió sobre el lienzo de la losa, y la piedra, bajo la tela, estaba tibia, y las raíces del techo se inclinaron hasta rozarles el pelo.
Kael se arrodilló a su lado. Le recorrió el cuello con los labios, la clavícula, el hueco entre los pechos, la curva del vientre, y cada contacto se multiplicaba en el hilo hasta que Elara no supo si la boca que sentía era la de él sobre ella o la suya propia sobre él.
Se arqueó. Él murmuró su nombre contra su piel, una vez, dos, con una devoción tan quebrada que a ella se le escaparon las lágrimas.
—No pares —pidió.
—No voy a parar.
Se desvistieron del todo entre risas ahogadas y torpezas de dos que han pensado demasiado en esto.
Las botas, el cinturón, los pantalones de cuero que se resistían.
Elara rio con la cara hundida en su hombro, y él también, un sonido grave, medio roto, que ella nunca le había oído.
Fue la primera vez que lo vio reír. La risa le transformó el rostro por completo.
Cuando por fin quedaron piel contra piel, la gruta entera respiró. Las raíces se estremecieron. La luz verdosa subió de intensidad, y los tallos negros que le recorrían el antebrazo a Elara se iluminaron con una plata tenue, y los de Kael, por encima del codo, con un violeta suave que no quemaba.
Kael se incorporó sobre un codo y la miró desde arriba, con la respiración entrecortada y los ojos dorados brillando en la penumbra verde.
—Elara.
—Dime.
—Si en algún momento…
—Lo diré.
—Si te lo recuerdo a ella…
—Entonces me lo dices, y me pones el nombre que quieras, y yo te corrijo. —Le sujetó la cara con ambas manos—. Estoy aquí. No hay nadie más en esta piedra.
Algo se rompió detrás de sus ojos. Bajó la cabeza y le apoyó la frente contra la clavícula, con un estremecimiento que le recorrió la espalda entera, y ella le acarició el pelo hasta que lo sintió soltarse.
Se unieron despacio.
Elara contuvo el aliento. Tuvo la sensación de que algo se abría y se cerraba a la vez, de un reconocimiento más hondo que cualquier otro que hubiera conocido. Kael se detuvo, tembloroso, con la frente apoyada en la suya.
—¿Te duele?
—No. —Rio, sin aire—. Sí. Un poco. Sigue.
Se movió. Primero con un cuidado casi insoportable, después con un ritmo que ella fue marcando con las caderas y con las manos en su espalda, y a medida que los cuerpos se encontraban, el hilo ardió.
Todo se duplicó, se triplicó, se volvió un solo pulso que no distinguía de quién era.
Sentía la tensión de los muslos de él y la suavidad de los suyos, el peso y el vacío, la entrega y la posesión.
Sentía el placer de él multiplicando el suyo, y el suyo rebotando hacia él en una espiral que subía.
Kael se aferró a su cintura con una fuerza que casi dolía.
—Mía —dijo, con una voz que no era del todo suya, y se detuvo en seco, espantado—. Perdona. No quise…
—No pares —susurró ella—. Dilo otra vez.
—Elara…
—Dilo.
—Mía. —Le tembló la voz—. Y yo tuyo. Solo tuyo. Siempre lo fui.
Algo cedió dentro de ella. Se arqueó contra él con un grito sin palabras, y la gruta respondió.
Las raíces ardieron en un resplandor blanco, un perfume dulcísimo llenó el aire, y el hilo rojo se tensó hasta el límite y estalló en luz.
Elara sintió, a través de la muñeca, el momento exacto en que Kael se rendía, un temblor largo, un nombre ahogado, una oleada de alivio tan inmensa que los dos quedaron inmóviles, jadeando, sin saber dónde acababa uno y empezaba el otro.
El silencio que siguió era espeso y tibio. Las raíces se fueron apagando, una a una, hasta quedar en una penumbra verde y tranquila.
Pasó un rato largo antes de que alguno hablara.
Kael seguía sobre ella, con el rostro hundido en su cuello y el aliento errático.
Cuando por fin se incorporó, lo hizo con una lentitud cuidadosa, como si temiera romper algo.
Se tendió a su lado, de espaldas, y ella se acomodó contra su costado, con la mejilla sobre su pecho.
Oyó el latido desacompasado volver poco a poco a su ritmo.
Notó que la mano de él le acariciaba el hombro sin darse cuenta.
No hablaron de lo que había pasado. No hacía falta, el hilo lo decía todo, y lo que decía era demasiado grande para ponerle palabras.
Pero en algún momento, a medida que la euforia se disipaba, empezó a colarse otra cosa. Elara lo percibió primero como una nota grave, un pliegue en la calma. Una inquietud que subía desde el pecho de él, lenta, ineludible. Lo sintió tensarse. Lo sintió mirar el techo de raíces sin verlo.
—Estás pensando en ella —dijo, sin levantar la cabeza.
—No.
—Kael.
—No exactamente. —Una pausa larga—. Pienso en que cuando te vi en el santuario, con el cielo blanco y las guardianas cantando, vi su cara. Y ahora, aquí, por un momento… no estuve seguro. No de a quién tenía delante. Y me odié por dudar.
Elara no se apartó. Le costó, pero no se apartó.
—¿Y ahora?
—Ahora te veo a ti. —Giró el rostro hacia ella—. Pero llevo trescientos años viendo a otra, y no sé cuánto tardaré en dejar de mirarla.
—No te lo he pedido.
—Lo sé.
—Solo te pido que no me mientas cuando lo hagas.
—Nunca más —dijo él, y por una vez el hilo le mostró cuánta verdad cabía en esas dos palabras—. Se llamaba Sevrain. Me preguntaste su nombre. Se llamaba Sevrain.
El nombre cayó en la gruta con un peso extraño.
Elara sintió que la marca de su muñeca se estremecía, brevemente, como respondiendo a una llamada que no había escuchado en siglos.
Se incorporó sobre un codo. Kael la miraba con una desnudez que ya no pretendía esconder nada, y ella comprendió que eso le daba más miedo que la espada, que la sombra, que cualquier cazador.
—Y tú —preguntó él en voz baja— ¿qué sientes ahora?
Elara pensó en mentir. Pensó en decirle que estaba bien, que había sido hermoso, que todo se arreglaría con el tiempo. Pero el hilo no admitía esas cosas.
—Confusa —dijo—. Más que antes. Me acabo de entregar a un hombre que me quiere, que me odió, y que a veces me mira y ve a otra. Me siento a salvo y a la vez más expuesta que nunca. Y creo… —Se detuvo, con la voz rota—. Creo que podría quererte de una manera que me va a destrozar.
Kael cerró los ojos. Le tomó la mano y se la llevó a los labios, muy despacio.
—Entonces somos dos.
Se quedaron así un rato más, en la penumbra, sin soltarse. Hasta que, de pronto, a través del hilo, Elara sintió que los músculos de él se endurecían. Un pinchazo de alerta, seco, que le erizó la nuca.
—¿Qué ocurre?
—Hay alguien en la escalera.
Se incorporaron a la vez. Kael alcanzó la daga de hueso del borde de la losa y se plantó delante de ella, desnudo, con los hombros tensos y la oscuridad deslizándose ya por sus tobillos. Elara tiró del lienzo y se cubrió el cuerpo. Escuchó.
No había pasos. Solo, muy lejos, en lo alto de la escalera, un roce de seda contra piedra, y el tintineo breve, inconfundible, de una aguja de plata al chocar con la pared.
Después, nada.
Kael bajó la daga despacio. El oro de sus ojos se había vuelto frío, y a través del hilo Elara recibió un único pensamiento, tan nítido que podría haber sido suyo:
Lo ha visto todo.
En la muñeca de ella, la espina plateada latió una vez. Y en las raíces blancas que colgaban sobre la losa, una a una, empezaron a florecer pequeñas flores de jazmín.