Capítulo 15 – Donde se encuentran las raíces
Kael no volvió a llamar a su puerta, pero la sombra de sus botas tardó una hora entera en desaparecer de la rendija. Elara la vio quedarse, moverse, quedarse otra vez. Cuando por fin se fue, el hilo le devolvió un silencio tan completo que prefirió el dolor de antes.
Pasó la noche sentada en el suelo, con el trozo de papel doblado dentro del puño. A la mañana tenía la palma marcada por el borde y la certeza de que no iba a seguir esperando a que otros le explicaran su vida.
Aldric llegó con la primera luz gris, acompañado por dos guardias y un rostro de funeral. Traía una túnica ceremonial doblada sobre el brazo y los labios apretados por una urgencia que no se molestó en disimular.
—El segundo ritual no admite demora, señorita Voss. La luna nueva cae esta noche. Si la dejamos pasar, la sangre fijada en las ruinas empezará a diluirse y tendremos que repetirlo todo desde el principio.
—¿Qué ritual?
—El de las Raíces. Se celebra bajo la fortaleza, en la cámara más antigua. —Evitó mirarle la muñeca—. Lord Thorne ya está informado.
—Seguro que sí.
—Necesita la presencia de los dos. No hay sustituto.
Elara se puso de pie. Tenía las piernas rígidas y la voz más serena de lo que esperaba.
—Entonces voy. Pero antes tengo que hablar con él. A solas.
—Señorita…
—A solas, canciller. Ni testigos ni sellos. Una conversación.
Aldric tardó unos segundos en contestar. Parecía estar sopesando a la mujer que tenía delante contra la que había visto entrar en el Gran Salón con el vestido de terciopelo y los ojos bajos.
—Lo encontrará en el patio de armas —dijo—. Entrena desde antes del amanecer.
Kael estaba solo en mitad del patio, con una espada de entrenamiento en cada mano y el torso desnudo bajo una nieve fina que se le deshacía en los hombros.
Había dibujado un círculo en el suelo con la punta del acero, y dentro del círculo no quedaba nada que golpear.
Se movía de todos modos. Giraba, paraba, cortaba aire con una violencia contenida, hasta que sintió su presencia y se detuvo con las hojas cruzadas ante el pecho.
No se volvió.
—Aldric te ha avisado.
—Sí.
—Esta noche.
—Sí.
Dejó las espadas clavadas en la tierra helada y recogió una camisa del borde de un barril.
Se la puso sin prisa. Elara notó que tenía el vendaje del brazo manchado de violeta y que los tallos negros le asomaban por encima del codo, más largos que la última vez que los vio.
No dijo nada. El hilo le trajo un cansancio que no era del cuerpo.
—He estado en la sala del consejo —empezó.
—Lo sé.
—He visto el mapa.
—Lo sé.
—Entonces no pierdas tiempo. —Sacó el papel del bolsillo, lo desdobló y lo sostuvo frente a ella—. «La heredera debe llegar viva al paso». Tu firma. Y esta otra línea no es tuya. Quiero que me digas qué significa cada una, y quiero que lo hagas mirándome.
Él la miró. Después, con una lentitud que parecía costarle algo, abrió las dos manos y las dejó caer a los costados, con las palmas hacia delante. Elara las vio temblar. Las vio abrirse del todo, rectas, desnudas, por primera vez desde que lo conocía.
—El paso —dijo Kael— es el de Harrowgate, en la frontera norte.
Un desfiladero que domina la ruta de peregrinaje a las ruinas.
Lo escribí hace dos meses, cuando Aldric planeó el itinerario.
Te necesitaba viva al cruzarlo porque allí es donde la Luz suele tender emboscadas. No hablaba de ningún portal.
—¿Y el mapa?
—Lo conozco. Lo trazó un cartógrafo que murió el año pasado.
Sé que hay un punto sobre tu ciudad. —Respiró—.
Fue una de las razones por las que fui a buscarte esa noche.
Llevábamos semanas viendo la grieta crecer.
Si la Luz o las Llamas se hacían con tu sangre antes que nosotros, la usarían para abrirla.
Prefería que la tuviera la Corte que menos necesita invadir tu mundo.
—¿Menos?
—Más honesto no puedo ser. —Una sombra le cruzó el rostro—. No he dicho que sea inocente. He dicho que no te mentí en lo esencial.
El hilo, entre los dos, permaneció tibio. No tembló ni se agrió. Elara lo escuchó con todo el cuerpo, igual que había aprendido a escuchar el crujido de un libro que tal vez estuviera por romperse, y no encontró la grieta que buscaba.
—La otra línea —insistió.
—No la he visto en mi vida.
—Es una letra elegante. Fina.
—Entonces no es mía. —Dio un paso—. Y quien la escribió sabía que ibas a encontrarla. Alguien quería que dudaras de mí.
—Alguien lo ha conseguido.
—Lo sé. —La voz se le quebró—. Y no te culpo.
Se quedaron mirándose bajo la nieve. A lo lejos un cuerno sonó dos veces, el cambio de guardia, y el eco rodó por las murallas. Elara dobló el papel y volvió a guardarlo, despacio.
—No te creo del todo —dijo.
—Es razonable.
—Pero tampoco creo lo contrario.
Kael tardó en contestar.
—Es más de lo que merezco.
—No lo hago por ti. Lo hago porque esta noche tengo que meterme bajo tierra contigo y necesito saber en qué lado estás.
—En el tuyo.
La frase le salió desnuda, sin solemnidad. El hilo vibró una sola vez, con nitidez, y Elara tuvo que apartar la vista antes de que se le notara lo que le había hecho.
La Cámara de las Raíces se abría al final de una escalera que bajaba y bajaba, más allá de las mazmorras, más allá de las cisternas, hasta una profundidad en la que el aire se volvía espeso y dulce.
Aldric los dejó en el último peldaño. Tenía instrucciones de no entrar, y por la forma en que se retiró, Elara adivinó que no quería hacerlo.
Era una gruta de bóveda baja, tapizada de raíces blancas que colgaban del techo como cabellos y se hundían en un suelo de tierra negra, húmeda y tibia.
No había antorchas. La luz nacía de las propias raíces, un fulgor pálido, verdoso, que latía despacio.
En el centro, sobre una losa de piedra lisa, alguien había extendido un lienzo de lino blanco.
A los lados, dos cuencos de plata y una daga de hueso.
Olía a jazmín, a tierra mojada y a algo más antiguo.
—¿Qué hay que hacer? —preguntó Elara.
Kael tardó en responder. Había cruzado la gruta hasta quedarse junto a la losa, de espaldas, con una mano sobre la piedra.
—Aldric no te lo ha dicho.
—Dijo que era un ritual de raíces.
—Lo es. —Se volvió—. Y exige que las dos sangres se reconozcan. No solo en la marca. En el cuerpo.
Elara tardó unos segundos en entender.
—¿Quieres decir…?
—Quiero decir que lo único que lo completa es lo que dos personas hacen cuando se aceptan del todo.
No existe otra manera de anclar un vínculo así.
Lo intentaron con rezos, con ofrendas, con hierbas.
Siempre se rompió. —Habló rápido, como quien arranca una venda—.
Si quieres marcharte, hay otra vía. Se tarda un año y se paga con otras cosas. Yo la prefiero.
—¿Por qué?
—Porque no debería pedírtelo.
—No me lo pides.
—La magia sí.
Elara recorrió el espacio entre los dos. Las raíces le rozaban los hombros, tibias, vivas, y a cada paso las sentía inclinarse hacia ella.
—¿La magia puede obligarme?
—No. Puede amplificar lo que ya existe. —Tragó saliva—. No sabremos qué parte es nuestra y cuál del lugar. Te juro que lo sabría si pudiera.
—Eso no lo sabremos nunca.
—No.
—Entonces tendremos que decidir sin saberlo. —Se detuvo a un palmo de él—. Hace una semana me dijiste que no sabías qué querías. Hoy te pregunto qué quieres.
Kael cerró los ojos.
—A ti. —Los abrió—. Desde la librería. Desde antes. Y eso es lo que más me asusta, porque no sé si te quiero a ti o a quien te precede.
—Pues mírame y averígualo.
La orden le salió con un temblor. Él alzó una mano y le sostuvo la mejilla, con una ternura tan cuidadosa que Elara casi cerró los ojos para no verla. Los dedos le recorrieron la línea de la mandíbula, el contorno de los labios, la cicatriz fina del pómulo.
—Veo unos ojos que no son los suyos —murmuró—. Un modo de fruncir el ceño. Una manera de mirar los libros. Veo a una mujer que me clavó un dedo en el pecho y me dijo que era un secuestrador.
—Lo eras.
—Lo era.
—¿Y ahora?
—Ahora soy lo que tú decidas.
Elara se puso de puntillas y lo besó.
Fue un beso lento, de principio a fin. Sin rabia, sin guerra, sin la urgencia de la cueva.
Kael tardó un instante en responder, un temblor en la boca, y luego se rindió con un sonido que le nació del pecho y que ella sintió en su propia garganta.
Las manos de él le subieron por la espalda hasta enredarse en el pelo.
Las de ella se cerraron sobre su camisa, y esta vez no hubo prisa en los botones.
Se los fue desabrochando uno a uno. Él la dejó.
Cuando la tela cayó al suelo de tierra, Elara apoyó las yemas de los dedos en su pecho y recorrió las cicatrices finas, la clavícula, la línea de vello que bajaba hasta el cinturón.
Kael contuvo el aire. A través del hilo le llegó una sensación doble: la de su propia mano deslizándose y la de esa misma caricia recibida, intensa, casi insoportable.
—Siento lo que sientes —susurró ella.
—Yo también.
—Es raro.
—Es peor que raro. —Una sonrisa temblorosa—. No podré ocultarte nada.
—No quiero que lo hagas.
Él le desató el cordón del jubón con una lentitud torturada, y después la camisa, y cuando la tela se abrió, Elara sintió el aire tibio de la gruta sobre la piel y el peso de su mirada, que se detenía en cada centímetro como quien lee una página que ha buscado durante siglos.
Notó que se le encendía el cuello. Notó que se le encendía a él, al otro lado del hilo, una admiración tan franca que le cortó la respiración.
—Eres hermosa —dijo Kael, sin florituras, como quien constata un dato.
—Calla.
—Es verdad.
—Calla y bésame.