La Corona de Espinas y Sombras Capítulo 12 – El camino de ceniza
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Capítulo 12 – El camino de ceniza

Salieron de la fortaleza antes del amanecer, cuando el cielo sin sol todavía no había decidido su gris.

Elara no había dormido. Brisa la había despertado con una bandeja que nadie había pedido, un hatillo de ropa de viaje y una expresión tan abatida que habría podido pasar por un entierro.

Pantalones de cuero, camisa de lino grueso, un jubón forrado de piel de oveja, guantes, una capa oscura con capucha.

En el fondo del hatillo, envuelto en un paño, había un frasco pequeño de ungüento que olía a resina.

—Para las rozaduras —susurró Brisa—. Las sillas de montar no perdonan a quien no está hecha a ellas.

—Gracias.

—Cuídese. —La criada le apretó las manos con una fuerza inesperada—. Y cuídelo a él, aunque no lo merezca.

Elara no contestó. Llevaba seis días sin hablar con Kael más allá de lo imprescindible, siempre con Aldric de testigo, siempre a través de frases cortas que cortaban como cristales.

El ritual de la Antigua Corona, había dicho el canciller, no podía esperar.

La Luz había movido ficha y la Corte de las Llamas estaba tomando posiciones en el sur.

Había que fijar la sangre antes de que alguien lo hiciera por ellos.

Así que partían. Los dos. Con una escolta de seis jinetes que los seguiría a media jornada de distancia, a petición expresa de Kael, para que el rastro de la marca no atrajera a media Corte hasta el santuario.

En el patio, entre vaharadas de aliento y el golpeteo de cascos sobre los adoquines negros, la esperaba un caballo.

Uno solo.

—Hay un error —dijo Elara.

Kael, que comprobaba las correas de una silla enorme, no se volvió.

—No lo hay.

—Hay una montura.

—Hay una montura. —Tensó una cincha con más fuerza de la necesaria—. El otro caballo se ha despeado esta madrugada. Un tendón. No puedo esperar a que cuaje uno nuevo, y los de la escolta cabalgan lo justo para llegar.

—¿Se ha despeado?

—Eso he dicho.

—Qué oportuno.

—No pienso discutirlo.

Ella lo miró. Estaba más delgado que la última vez, con la mandíbula cubierta de una sombra de barba de tres días y el brazo izquierdo vendado bajo el guante.

A través del hilo le llegaba una turbulencia que él se esforzaba en mantener bajo llave: irritación, sí, pero también un nerviosismo punzante, casi adolescente, que habría sido cómico en otras circunstancias.

—Mientes —dijo.

—No miento.

—El hilo no engaña. Estás nervioso.

—Estoy cansado. —Subió a la silla con un movimiento fluido y le tendió la mano—. Sube, Elara. Cuanto antes salgamos, antes acabará.

Ella dudó un instante. Después aceptó la mano, y la fuerza de él la levantó como si no pesara nada.

Cayó sentada delante de él, con la espalda contra su pecho, entre sus brazos, que se cerraron sobre las riendas sin tocarla.

Aun así notaba el calor, la respiración en la sien, el cuero de la chaqueta rozándole la nuca.

—Si te caes —dijo Kael, muy cerca de su oído—, no pienso volver a buscarte.

—Mentiroso.

—Cállate y agárrate.

El caballo echó a andar.

El primer día fue de carretera ancha y de silencio.

Atravesaron una llanura de hierba grisácea que se movía sin viento, como la superficie de un mar lento, y subieron luego por un camino empedrado que serpenteaba entre colinas peladas.

No se cruzaron con nadie. Algunas aves negras los seguían a distancia, posándose en los postes torcidos que marcaban el borde del sendero.

Elara contó treinta y siete antes de dejar de contar.

Habló poco. Él, menos. El caballo respiraba con un ritmo regular, y cada vez que el terreno obligaba a inclinarse, el cuerpo de Kael se pegaba un poco más al suyo, y ella notaba cómo se le tensaban los muslos, la cintura, los brazos, en un esfuerzo por mantener una distancia imposible.

—¿Siempre cabalgas así? —preguntó al cabo de unas horas.

—¿Cómo?

—Como si tuvieras miedo de romperte.

—Cabalgo como se cabalga.

—Con la espalda tiesa y los codos pegados. Parece que llevas un cuchillo en cada axila.

Hubo una pausa corta.

—Prefiero no incomodarte.

—Me incomodas más con esa postura que con cualquier otra.

Un silencio. Luego, un suspiro largo, a regañadientes, y el cuerpo de Kael se aflojó medio palmo. El pecho se le apoyó, apenas, contra su espalda. Elara cerró los ojos y se obligó a mirar el camino.

Acamparon al caer la tarde, en un hueco entre rocas, junto a un arroyo de aguas heladas.

Kael levantó una tienda pequeña con la habilidad de quien lo ha hecho cien veces, encendió un fuego con un chasquido de dedos y desenrolló dos mantas junto a las llamas, a una distancia calculada.

Elara se sentó con las rodillas contra el pecho, comiendo pan duro y queso, mientras él afilaba la espada con una piedra, sin mirarla.

—Duerme tú dentro —dijo—. Yo vigilo.

—¿Toda la noche?

—No necesito dormir mucho.

—Eso lo dijiste en el pabellón.

—Y funcionó.

—Dormiste dos horas. Lo noté por el hilo.

Él hizo un gesto que podía ser una sonrisa o una mueca.

—Me tienes demasiado vigilado.

—Tú a mí también.

La piedra siguió rasgando el filo. Elara se acostó en la tienda con la capa por encima y se quedó escuchando aquel sonido, regular y casi tranquilizador, hasta que se durmió.

Los peligros llegaron al tercer día.

Primero fue un puente de cuerdas sobre un barranco, sin barandilla, tendido sobre un vacío de neblina.

Kael desmontó, ató los ojos del caballo con un pañuelo y la hizo cruzar delante de él, con una mano en su cintura y la otra tanteando el aire, mientras bajo ellos algo enorme se movía entre las nubes con un roce de escamas.

Elara no miró hacia abajo. Contó tablas. Cuarenta y una. Cuarenta y dos.

Después fueron los lobos.

Eran grises, flacos, de ojos amarillos y andares demasiado erguidos, y aparecieron al amanecer rodeando el campamento con un jadeo de burla.

Kael los esperó de pie con la espada en la mano y la sombra reptándole por los tobillos.

Elara, sin saber cómo, plantó los pies en la tierra y sintió que el suelo respondía: de la hierba seca brotaron zarzas con espinas largas como dagas, que se enroscaron en las patas de los animales y los inmovilizaron uno a uno.

No fue elegante. Tuvo que cerrar los ojos para no ver cómo se retorcían.

Pero cuando los abrió, Kael la miraba con una expresión que le cortó la respiración, una mezcla de orgullo y espanto.

—Lo has hecho sola —dijo.

—Con tu ayuda.

—No te he ayudado. No he tocado nada.

—Entonces…

—Entonces ya no me necesitas para eso. —Su voz era plana, pero el hilo le trajo otra cosa, una punzada de pérdida que él enterró enseguida—. Bien. Era lo que quería.

—¿De verdad?

Kael no contestó. Envainó la espada, recogió las mantas y no volvió a hablar en toda la mañana.

Esa noche llovió.

Llovía desde el mediodía, una lluvia fina y gélida que se colaba por el cuello y entre las costuras.

El camino se convirtió en barro, y el caballo, cansado, patinaba en cada cuesta.

Al caer la tarde Kael encontró una cueva poco profunda, un refugio de roca que olía a humedad y a zorro, y decidió pernoctar allí aunque estaban a medio día de la siguiente posada.

No había leña seca. Encendió el fuego con su magia, un pequeño corazón azul que lamía una piedra plana, y los dos se acomodaron frente a las llamas, empapados, con las capas colgadas de una rama para que se escurrieran.

La tormenta rugía a la entrada de la cueva.

Elara se frotó las manos, se mordió la lengua para que los dientes no le castañetearan, y miró de reojo a Kael, que miraba el fuego con los hombros caídos.

Hacía tres días que no se tocaban. Tres días de un roce accidental contra la silla, de un hombro, de una mano que ayudaba a bajar de la montura y se retiraba como si quemara.

Tres días de fingir que el hilo no pulsaba, que las noches no eran largas, que la memoria de aquel beso en la torre no seguía allí, entre los dos, ocupando todo el espacio.

—¿Cuánto falta? —preguntó ella.

—Dos días.

—¿Y después?

—Después el ritual.

—¿Y después del ritual?

—Después ya no tendrás que soportarme.

Elara soltó una carcajada seca.

—Qué generoso eres.

—No me burlo.

—Ya lo sé. Es lo que lo hace peor. —Se volvió hacia él, con la voz más aguda de lo que quería—.

¿Sabes lo que más me enfurece? Que me tratas como si fuera yo la que te va a hacer daño.

Como si el peligro fuera mío. Y llevas un mes cargando conmigo, guardándome, dándome tu sangre sin que te la pida, y cada vez que me acerco me alejas como si fuera veneno.

—Elara.

—No he terminado.

—Elara, para.

—¡No! —Se puso de pie, con la lluvia detrás y la rabia delante—.

Estoy harta de que decidas por mí lo que me conviene.

Estoy harta de tus reglas y de tus silencios y de tu forma de mirarme cuando crees que no me doy cuenta.

Dime que no sientes nada. Dímelo a la cara.

Y que el hilo no te delate, porque si mientes lo voy a notar.

Kael se levantó despacio. Estaban a un metro, a medio, a nada. La luz del fuego le recortaba la cara en planos duros, y los ojos eran dos chispas de oro bajo las cejas fruncidas.

—Lo que siento —dijo, con la voz grave y baja— es que llevo un mes conteniéndome para no hacer exactamente lo que estás pidiendo.

—¿Y qué te lo impide?

—Que te quiero lejos de esto. Lejos de mí.

—Tarde.

—Lo sé.

—Entonces deja de…

No terminó la frase. Él la agarró por la nuca y la besó.

No tenía nada que ver con el beso de la torre.

Aquel había sido un naufragio; este era una guerra.

Un beso furioso, hambriento, con dientes y rabia, con un mes de silencios metido dentro.

Elara respondió con la misma violencia, le agarró la camisa mojada y lo empujó contra la pared de roca, y él gruñó dentro de su boca y la giró, apresándola entre la piedra fría y su cuerpo caliente, con una mano en su cintura y la otra clavada en la pared junto a su cabeza.

Se mordieron. Se buscaron. A través del hilo, cada sensación les llegaba amplificada y de vuelta, un eco de fuego que subía por los brazos y se instalaba en el pecho.

Elara le tiró del pelo mojado y lo oyó soltar un jadeo que la recorrió entera.

Él le recorrió el cuello con los labios, le mordió la clavícula, le arrancó un gemido que rebotó en las paredes de la cueva.

—Esto es una locura —murmuró contra su piel.

—Cállate.

—Te voy a…

—Cállate, Kael.

Lo besó otra vez. Estaba temblando, o temblaban los dos. La lluvia tronaba a pocos pasos, y el viento les arrojaba gotas heladas que no lograban enfriar nada. Le metió las manos bajo la camisa, sobre la piel ardiente de la espalda, y él arqueó el cuerpo contra el suyo con un sonido ahogado.

Y entonces, a través del vínculo, llegó algo distinto.

No era miedo esta vez. Era vergüenza, una oleada amarga y espesa que le heló la sangre.

La vergüenza de él, y debajo, más honda, la suya propia: el recuerdo de la mujer sonriendo en la cocina de piedra, de las promesas hechas junto a un cadáver, de la tarde en que alguien con sus mismos ojos verdes le había quitado lo único que tenía.

Kael se separó. Despacio, esta vez. Con las manos todavía en su cintura, la frente apoyada en la suya, los ojos cerrados.

—No —dijo, sin fuerza—. No así.

—Así, ¿cómo?

—Enfadados. Con la rabia hablando por nosotros. —Respiró hondo, y el aire le salió quebrado—. No quiero que sea una pelea, Elara. No contigo.

—Entonces, ¿qué quieres?

—No lo sé.

Era la verdad. Ella lo sintió, y le dolió más que cualquier negativa. Lo empujó con las palmas planas en el pecho, lo justo para recuperar un palmo de aire, y se pasó el dorso de la mano por los labios hinchados. Tenía las mejillas encendidas y la garganta cerrada.

—Y yo tampoco —admitió—. Eso es lo peor.

Se quedaron mirándose, sin tocarse, con los pechos subiendo y bajando al unísono. A través del hilo, el arrepentimiento de él y el suyo se fundieron en una sola nota amarga que ninguno de los dos supo apagar.

—No ha debido pasar —dijo Kael.

—No.

—Y no volverá a pasar.

—No.

—Bien.

—Bien.

Pero ninguno de los dos se movió. Fuera, la tormenta aflojaba, y el repiqueteo de la lluvia se convertía en un goteo irregular. Kael bajó la vista hacia las manos, que seguían abiertas, rígidas, a ambos lados, y se frotó el pulgar contra la palma, como quien intenta borrar algo.

—Duerme —dijo por fin—. Yo vigilo.

—No quiero…

—Elara.

La manera en que dijo su nombre, suave, agotada, casi suplicante, la hizo callar. Se envolvió en una manta junto al fuego, de espaldas a él, con los ojos abiertos fijos en la pared de la cueva. Él se sentó a la entrada, con la espada sobre las rodillas y la cabeza gacha.

Pasaron las horas. En el fondo de su pecho, el hilo seguía tirando, tenso, vibrante, imposible de ignorar.

Y cada vez que Elara cerraba los ojos, veía unos ojos verdes llenos de súplica, y una sonrisa de mujer que se apagaba, y una voz que repetía su nombre desde una distancia que ya no sabía medir.

Poco antes del amanecer notó que algo caía sobre sus hombros. Un peso tibio, un aroma a cuero y a humo y a jazmín. La capa de Kael, aún húmeda en los bordes.

No dijo nada. Él tampoco.

Pero cuando por fin salió el día, gris y lavado, y la lluvia se retiró del camino dejando un barro oscuro y brillante, Elara vio a lo lejos, sobre la cresta de la última colina, las columnas rotas de una ciudad que había sido una corte.

Y notó, a través de la muñeca, cómo el corazón de Kael se encogía al verlas.