La Corona de Espinas y Sombras Capítulo 13 – La corona bajo la ceniza
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Capítulo 13 – La corona bajo la ceniza

Las ruinas de la Antigua Corona no se parecían a ninguna ruina que Elara hubiera visto en los libros de arte de la tienda.

Los muros no se habían derrumbado: se habían abierto, como una flor de piedra que alguien hubiera dejado secar al sol.

Columnas truncadas, gruesas como robles, se alzaban en círculos concéntricos alrededor de una explanada central, y de sus bases brotaban raíces negras que se hundían en el suelo y volvían a salir, enredadas, formando arcos que ya no sostenían nada.

Había ceniza por todas partes. Una ceniza fina, gris perla, que se levantaba bajo las botas en nubecillas silenciosas y que se les pegaba a las pestañas.

Y olía a jazmín. En toda la ciudad, en cada piedra, en cada hueco entre las raíces. Un jazmín antiguo, empapado de lluvia, que Elara respiró hasta el fondo de los pulmones sin poder evitarlo.

—Aquí —dijo Kael.

Era la primera palabra que pronunciaba desde el amanecer.

Había desmontado a la entrada de la explanada, y se había quedado quieto con las riendas colgando, mirando un punto en el centro del círculo: una plataforma baja de piedra negra, cuarteada, con nueve peldaños.

Los mismos nueve peldaños. En lo alto, donde debía haber un trono, solo quedaba un pedestal vacío con restos de espinas de metal retorcido.

Elara notó cómo se le helaban las manos.

—Es el salón de mi visión.

—Lo era. —Kael ató el caballo a una raíz—. Antes de que todo ardiera.

—¿Aquí murió ella?

—Aquí murió la primera vez.

No dijo más. Se echó la capa sobre el hombro y echó a andar hacia la plataforma sin esperarla.

Elara lo siguió con una opresión creciente.

A su alrededor, las columnas parecían inclinarse hacia ellos.

El viento traía un rumor que no era viento, un murmullo de voces que se fundían con la ceniza y con el jazmín: cientos de voces hablando a la vez en la lengua de las espinas, sin que ninguna se alzara sobre las demás.

Ha vuelto. Ha vuelto. Ha vuelto.

—Las oigo —dijo.

—Es la piedra. Recuerda. —Kael no se volvió—. No le contestes.

En el pie de la escalinata los esperaban tres figuras envueltas en túnicas pardas, con las capuchas echadas sobre la cara.

Eran los guardianes del santuario, explicó Kael en voz baja: custodios sin nombre que habían sobrevivido a la caída de la corte por haber renunciado a todo lo demás.

La más alta, una mujer de manos nudosas, se adelantó y se inclinó ante Elara con una reverencia que a ella le provocó un escalofrío.

—Bienvenida a casa, Majestad.

—No soy…

—Aún no —concedió la guardiana—. Pero lo serás.

La condujeron hasta el centro de la plataforma, donde un círculo de runas talladas en la piedra brillaba con un resplandor tenue, verde pálido.

Kael se quedó al pie de la escalinata, con el brazo vendado cruzado sobre el pecho, y Elara comprendió que él también tenía un papel en aquello, uno que no le habían contado.

—¿Qué tengo que hacer?

—Arrodillarte —dijo la guardiana—. Extender la muñeca. Dejar que la sangre recuerde.

—¿Recordar qué?

—Lo que es.

Elara miró a Kael. Él evitó su mirada. A través del hilo le llegaba una oleada de tensión tan densa que casi no podía respirar, y cuando pensó en preguntarle si estaba bien, comprendió que no hacía falta. No lo estaba.

Se arrodilló. La piedra estaba fría a través de los pantalones. Extendió el brazo izquierdo, con la palma hacia arriba, y la guardiana le subió la manga con delicadeza y trazó sobre la espina un círculo con una ramita de ceniza húmeda. El contacto le quemó.

—Kael Thorne —dijo la mujer—. Tu lugar.

Él subió los nueve peldaños, uno a uno, con una lentitud que parecía costarle el alma. Se detuvo detrás de ella. Elara sintió su sombra caerle sobre los hombros. Sintió también su respiración, contenida, y el temblor mínimo de la mano que él posó sobre su hombro, sin apretar.

—Cuando empiece —murmuró él—, no te sueltes del hilo.

—¿Cómo?

—Aférrate a mí. Es lo único que te devolverá.

Las guardianas entonaron un canto grave, de tres voces, sin palabras.

Las runas del suelo ardieron con una luz verde intensa que le subió por las rodillas.

La espina de su muñeca se abrió, desplegándose como una planta que recibe la lluvia, y los tallos negros avanzaron por el antebrazo hasta el codo, el hombro, el cuello, con un dolor dulce y espantoso a la vez.

Cerró los ojos.

El salón estaba intacto.

Columnas altas, humo anaranjado, suelo de piedra negra y húmeda bajo los pies descalzos.

El trono de espinas se alzaba al fondo, enorme, brillando con un fulgor oscuro.

Pero esta vez nadie ocupaba el asiento. Una mujer estaba de pie frente a él, de espaldas, con una capa gris que se arrastraba por los escalones.

Elara reconoció la capa. Reconoció el pelo oscuro con mechas de plata.

No, pensó.

La mujer se volvió. Tenía los ojos verdes casi negros, y en su rostro había una belleza ajada, agotada, de quien ha cargado siglos de culpa. Era la misma que había visto en el recuerdo de Kael. Era la misma que había visto en los espejos, de refilón, a lo largo de su vida.

Era ella.

—Elara —dijo la reina, con una voz que sonaba exactamente como la suya—. Te he esperado tanto.

—No eres yo.

—Soy lo que fuiste. Lo que volverás a ser. —Descendió un peldaño—. Un alma que deja un hilo no se rompe del todo, niña. Se queda atada a su linaje, esperando. Yo me quedé esperando trescientos años. Y esperé a que él viniera.

—¿Quién?

—Kael.

El nombre cayó entre las columnas con una vibración sorda. Elara sintió que algo se agrietaba dentro de ella.

—Tú mataste a su madre.

—Sí.

—Dime que no es verdad.

—Es verdad. —La reina inclinó la cabeza—. Y me quedé con su cuerpo en brazos hasta que se enfrió. Y él me miró desde la puerta, y supe lo que había hecho. Y supe también que no podía repararlo. —Una sonrisa amarga—. Por eso me dejé matar la primera vez. Por eso volví.

—¿Volviste?

—En ti.

El suelo tembló. Elara se tambaleó, y de pronto tenía otra vez los pies en la plataforma de las ruinas, de rodillas, con los ojos abiertos y la mirada fija en un cielo que había dejado de ser gris.

Era blanco, cegador, atravesado de filamentos de luz verde.

Las runas ardían. Las guardianas cantaban sin cesar.

Y detrás de ella, la mano de Kael sobre su hombro se había vuelto un hierro.

—Kael —dijo, y su voz salió rota—. Kael, yo…

—Lo he visto.

Lo dijo con una voz que no reconoció. No era áspera ni fría. Era un vacío.

—No lo sabía —suplicó ella—. Te lo juro. Yo no…

—Lo he visto, Elara. —La mano se apartó de su hombro como si ardiera—. Lo hemos visto los dos.

Se giró sobre las rodillas. Lo miró, y la visión del hombre del trono, la de la primera noche, le golpeó con una claridad insoportable.

Era el mismo rostro. La misma expresión.

Ahora entendía lo que había interpretado mal desde el principio: no era el odio que se siente por una desconocida.

Era el que se guarda para alguien a quien se ha amado.

Los ojos de oro estaban secos, y detrás de ellos, a través del hilo, le llegó una avalancha tan brutal que se llevó las manos a la cabeza y gritó.

Traición. Una traición vieja, pegada a la piel como una quemadura, que había estado dormida durante trescientos años y se había despertado entera. Y debajo, la rabia. Y debajo de la rabia, la herida que no se cerraba: la de haber sentido, aunque fuera una vez, un amor que no debía sentir.

Prefiero que me odies.

La frase del baile le volvió entera. Lo había dicho por esto.

Lo sabía desde antes. Lo había sabido desde el primer día, desde la librería, desde que la vio con la bolsa de tela y los ojos asustados.

Había visto el rostro de la mujer que le arrebató a su madre en el rostro de la que tenía que proteger.

—¿Lo sabías? —preguntó, con un hilo de voz—. ¿Desde el principio?

—Lo sospechaba.

—Y no me lo dijiste.

—¿Cómo se dice algo así?

—¡Con palabras!

Las runas pulsaron, como respondiendo a su grito.

La magia del santuario amplificó la emoción, y el vínculo se desbocó.

Elara sintió la ira de Kael como un oleaje que la ahogaba, y la suya propia rebotando contra ella, y el terror, y el deseo que ni siquiera ahora se apagaba.

Todo a la vez, en una tormenta de sensaciones sin fronteras.

Se le doblaron los brazos. Cayó sobre las palmas, jadeando.

—Para —gimió—. Haz que pare.

—No puedo. —Kael se agarraba el pecho, de pie, con los ojos desorbitados—. Es el lugar. Amplifica. Nos está…

—¡Hazlo parar!

—¡No sé cómo!

Una guardiana alzó la voz sobre el canto.

—¡Mantened el vínculo! ¡Si lo cortáis ahora, perderéis la sangre!

—¡Me da igual! —gritó Elara.

—A mí no —dijo Kael, y la miró—. Resiste. Te lo pido.

Era la primera vez que le pedía algo así.

Elara lo miró, con la cara bañada en lágrimas que no sabía de quién eran, y se aferró al hilo con las dos manos del alma.

Pensó en la cocina de piedra. Pensó en una mujer que sonreía.

Pensó en Pimienta y en Ottoline y en el olor de la tienda.

Y en algún momento, en medio del torbellino, sintió que el hilo cedía su tensión y los dos respiraban a un tiempo, con un jadeo roto y compartido.

Las runas se apagaron. El cielo recuperó su gris. Los tallos negros retrocedieron desde su hombro, desde el cuello, hasta replegarse en la muñeca, donde la espina quedó asentada, nítida, con un brillo de plata en los bordes.

Silencio.

Las guardianas bajaron los brazos. La más alta se acercó a Elara, le colocó una mano en la cabeza con una ternura extraña y murmuró:

—Está hecho, Majestad.

—No me llames así —dijo Elara.

La mujer se inclinó y se retiró.

Elara se incorporó con esfuerzo. Kael estaba de pie, a tres pasos, con la espalda recta y la mirada perdida en el horizonte.

Tenía la cara de piedra. Pero el hilo, que ya no podía ocultarle nada, le mostró lo que había debajo: un hombre que acababa de ver cómo se derrumbaba, por segunda vez en su vida, aquello que se había atrevido a sostener.

—Kael —dijo.

—No.

—Por favor…

—No me hables. —No gritó. Lo dijo bajo, sin mirarla—. No hoy.

Bajó los nueve peldaños, uno tras otro, y no se detuvo al pie. Siguió caminando hasta el caballo, lo desató y se quedó junto a él con la frente apoyada en el cuello del animal.

Cabalgaron de vuelta a la escolta sin decir una palabra. Elara iba delante, con el cuerpo rígido, tratando de no tocarlo. Él trataba de no tocarla. El hilo tensaba entre los dos una cuerda helada que dolía más que cualquier grito.

Al caer la noche, mientras Kael se alejaba del fuego con una excusa sobre la guardia, Elara abrió el libro. Estaba tibio otra vez. En la primera hoja había una frase de tinta plateada, escrita con una caligrafía antigua y terriblemente suya:

Perdónalo por no haber podido perdonarme.

Elara cerró los ojos, y el hilo le devolvió, a lo lejos, entre las rocas, el sonido sin voz de un hombre llorando.