La Corona de Espinas y Sombras Capítulo 11 – La tinta que sintió por nosotros
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Capítulo 11 – La tinta que sintió por nosotros

El libro había dejado de escribir.

Elara lo comprobó durante tres noches seguidas, abriéndolo al azar, pasando las hojas con la yema de los dedos, buscando la tinta roja o la plateada o el trazo parduzco de las primeras veces.

Encontraba solo páginas limpias, un papel grueso y amarillento que olía a cuero viejo y, muy al fondo, a jazmín.

Era como hablar con alguien que de pronto ha decidido callar, y ese silencio le resultaba más elocuente que cualquier frase.

No había vuelto a ver a Kael. Los guardias de la escalera seguían cambiando de turno cuando el pasillo viraba al verde, y Brisa seguía trayendo el pan, la sopa y el té amargo, pero él se había convertido en una presencia que solo existía a través de la muñeca: un peso, una temperatura, un humor.

Aquella tarde, por ejemplo, Elara lo había sentido cansado desde el mediodía, y hacia las seis una calma vacía, de hombre que se ha rendido a una cosa sin haberla resuelto.

Había aprendido, o eso creía, a cerrar una rendija del lado propio. Imaginaba una puerta de madera con un cerrojo de hierro, la cerraba y se quedaba sola con sus latidos. Duraba unos minutos. Después él pensaba en ella, o ella en él, y el cerrojo cedía.

Esa noche no logró cerrarlo ni un segundo.

Estaba sentada en el suelo, junto al fuego, con el libro abierto sobre las rodillas, cuando notó que el hilo ardía.

No con dolor. Con una insistencia cálida, casi impaciente, que le subió hasta el hombro y le tiñó las mejillas.

Y detrás del calor, un nombre sin palabras: el suyo, dicho desde muy cerca.

—Otra vez no —murmuró.

Pasó la mano por la página en blanco, y en el centro, donde un instante antes no había nada, empezó a formarse una línea. Una sola, de tinta negra, afilada como una pluma recién cortada.

Esto fue lo que quise que sintieran. Lo que contenía el primer día.

Elara se quedó mirando la frase. Pasó un minuto largo antes de que comprendiera lo que decía.

—Tú —susurró—. Eras tú. Mi tía no te compró. Tú me llamaste. Tú me pusiste esto en la muñeca.

La tinta se estremeció. Debajo, con una letra más lenta, apareció otra frase:

Un puente necesita dos orillas y alguien que tienda la cuerda. Yo solo fui la cuerda.

Elara cerró el libro de golpe. La visión del trono, la tibieza del cuero, el ardor en la muñeca la primera noche, todo encajaba ahora con una nitidez que le dio vértigo.

Algo había querido que ella y Kael se encontraran, y lo había orquestado desde un estante vacío, con paciencia de siglos, usando su curiosidad como anzuelo.

Se sintió usada. Se sintió también, y eso era lo que más la inquietaba, extrañamente agradecida.

Alguien llamó a la puerta.

No fueron los nudillos de Brisa. No fue el golpe metódico de los guardias. Fue un toque seco, indeciso, de quien ha llegado hasta allí sin haberlo decidido.

Elara se puso de pie. El corazón se le disparó con una violencia que no era del todo suya.

—¿Quién es?

—Abre.

La voz de Kael le sonó áspera, quebrada, a medio camino entre una orden y un ruego. Abrió. Él estaba en el umbral sin abrigo, con la camisa pegada al torso por el sudor y el pelo revuelto. Los ojos dorados brillaban con una fiebre rara. Detrás, en el pasillo, no había ningún guardia.

—Los he despedido —dijo, antes de que ella preguntara—. No me preguntes cómo he conseguido que obedecieran.

—No iba a preguntarlo.

—Esta noche no consigo apagarlo.

—Lo sé. Yo tampoco.

Entró. Cerró la puerta a su espalda sin mirarla.

Se quedó de pie en medio de la estancia con los puños apretados, y Elara notó, con una claridad que la dejó sin aire, que lo que le llegaba a través del hilo no era dolor ni culpa ni miedo.

Era hambre. Una necesidad cruda, físicamente dolorosa, que él había intentado someter durante días y que esa noche había roto las cadenas.

—No debería estar aquí —dijo.

—Pero estás.

—Sí.

—¿Por qué?

Kael levantó la cabeza. La miró con una franqueza que ya no tenía defensas.

—Porque ya no sé cómo no estarlo.

Elara no recordó haber caminado hacia él. Solo supo que de pronto estaba a un paso, luego a medio, y que él la sujetaba por los antebrazos con unas manos que temblaban y la miraba la boca como quien contempla agua después de un desierto.

—Dime que me vaya —susurró.

—No.

—Elara.

—No te voy a decir que te vayas.

Lo besó ella.

Fue un beso torpe al principio, de dientes y de aliento contenido, y después dejó de serlo.

Kael soltó un sonido ronco, entre un gemido y un nombre, y la atrajo contra sí con una fuerza que la levantó de puntillas.

Las manos le recorrieron la espalda, la cintura, se hundieron en su pelo.

Tenía la boca ardiente, con el sabor amargo de la menta y algo más profundo, como el de la lluvia sobre una piedra caliente.

Elara le agarró la camisa con los dos puños y tiró de él hasta que sus cuerpos quedaron pegados de arriba abajo.

A través del hilo todo se duplicaba. Sentía el beso en su boca y también en la de él; sentía las manos de Kael en su espalda y la suavidad de su espalda bajo las manos de él.

Cada sensación llegaba doble, rebotando entre los dos, creciendo con cada rebote.

Se le doblaron las rodillas. Él la sostuvo sin dejar de besarla, la hizo retroceder dos pasos, tres, hasta que las corvas de ella chocaron con el borde de la cama.

—Dime que pare —dijo contra su cuello, con la voz hecha trizas.

—No.

—Dímelo.

—Que no.

Le recorrió la clavícula con los labios.

Elara arqueó la espalda y le desabrochó la camisa con dedos torpes, botón a botón, hasta descubrir el pecho cruzado de cicatrices finas, la piel caliente, el latido furioso del corazón.

Apoyó la palma justo encima. La espina negra del antebrazo de él, bajo el vendaje, se estremeció con un fulgor violeta suave, y la de ella respondió.

La luz les subió a los dos por los brazos al mismo tiempo.

—Espera —jadeó Kael—. Algo…

No terminó. El mundo se rompió.

Elara no cayó. Estaba de pie, o creía estarlo, en un lugar que olía a humo de leña y a hierbas secas.

Una casa de piedra, con las vigas bajas y el suelo de tierra apisonada, y una mesa de madera cubierta de frascos de cristal.

Fuera, a través de una ventana pequeña, se veía un cielo de invierno y una nieve sucia, pisada por botas.

Pero no era ella quien miraba. Sentía los ojos ajenos, una estatura distinta, un peso de brazos y hombros que no le pertenecía. Un cuerpo de diecinueve años, flaco y nervudo, con las manos manchadas de tierra.

Kael.

Estaba dentro de él. Dentro de su recuerdo.

Una mujer de pelo castaño, atado en una trenza gruesa, machacaba raíces en un mortero junto al fuego. Se volvió y sonrió, y esa sonrisa le atravesó el pecho con una ternura tan nítida que Elara tuvo que ahogar un grito que no salió de su garganta.

—Llegas tarde, mi niño. Se ha enfriado la sopa.

La voz de Kael respondió sin que ella lo quisiera, más joven, más clara:

—Había que arreglar la valla, madre.

—Siempre hay una valla.

La mujer se limpió las manos en el delantal, se acercó y le revolvió el pelo con un gesto que él fingió soportar.

Olía a hierba machacada y a pan. Olía a hogar.

Y detrás de esa escena, en el borde, Elara percibió la sombra que la vigilaba todo el tiempo: la certeza de que el recuerdo no iba a terminar bien.

La puerta se abrió.

Entró una mujer envuelta en una capa gris, con la capucha echada hacia delante y un paso cansado de convaleciente.

Alzó la cara. Tenía unos ojos de un verde profundo, casi negros, y un rostro de una belleza inquietante, enmarcado por cabello oscuro con mechas plateadas.

Una sonrisa tranquila, la de quien sabe más de lo que dice.

Elara reconoció esos ojos. Los había visto en el espejo, de refilón, en el cristal de la tienda, en la superficie del té.

—Seren —dijo la recién llegada, y su voz le erizó la piel—. Ha llegado la hora de devolver mi deuda.

El recuerdo se agitó. La escena se aceleró, como un sueño que se desliza hacia la pesadilla: la mujer de la capa tomando las manos de la curandera, un resplandor verde alrededor de los cuatro dedos entrelazados, el rostro de Seren extrañado, luego asustado.

El joven Kael, parado en el umbral con un haz de leña, preguntando qué ocurría.

Su madre mirándolo por encima del hombro de la reina, con una mueca que no era miedo todavía, solo extrañeza.

—Mi niño —dijo.

Después, nada. Después, la caída, el cuerpo que se pliega, el grito que no sale.

La reina de rodillas junto a la mujer muerta, con la capucha caída, llorando con una pena que no era fingida.

Y él, el niño de diecinueve años, mirándola desde la puerta con una promesa naciendo detrás de los ojos, una que Elara conoció por dentro como si fuera propia: yo te destruiré. Aunque me cueste todo lo que soy.

Elara quiso apartarse y no pudo. Estaba atrapada en el recuerdo y en el dolor de él. Sintió la rabia, el duelo, la vergüenza de no haber hecho nada, y también, muy al fondo, una cosa que no esperaba encontrar: la mirada de la reina al levantarse, clavada en él, con una expresión que no era de odio.

Era de súplica.

Perdóname, decían aquellos labios sin voz.

Y entonces, más lejos, desde una distancia imposible, otra voz, la de una mujer adulta que no pertenecía a esa escena, murmuró: Elara.

Volvió de golpe, con un jadeo.

Estaba en el suelo. No recordaba haber caído.

Tenía la espalda contra el borde de la cama, la camisa de él arrugada entre los dedos y la cara empapada de lágrimas que no eran todas suyas.

Kael estaba arrodillado a medio metro, con la cabeza gacha, los hombros temblando y una mano apretada contra la boca.

Respiraba como un hombre al que han sacado de debajo del agua.

—Lo has visto —dijo con un hilo de voz.

—Sí.

—Todo.

—Casi.

El silencio fue brutal. La chimenea chisporroteó. Fuera, una campana muda hizo vibrar el aire.

Kael se incorporó despacio. Cerró la camisa con los dedos torpes, abrochando un botón mal y luego otro, y Elara entendió que se estaba poniendo la armadura pieza por pieza.

Cuando levantó la mirada, tenía los ojos secos y duros.

La grieta que ella había visto en el baile, en el momento de la caída, se había sellado de nuevo.

—Esto no puede repetirse —dijo.

—Kael…

—El libro lo provocó. Es un catalizador. Aviva lo que ya existe, y lo exagera hasta que no se distingue lo propio de lo ajeno. —Hablaba rápido, sin mirarla—. Lo que ha ocurrido esta noche no es lo que sientes tú. Es lo que sentimos los dos juntos con ayuda de una magia que no controlamos.

—No me hables como si fuera una niña.

—Te hablo como a alguien que merece una explicación.

—Pues no es la explicación. —Elara se puso de pie, con las piernas todavía débiles—. El libro me llamó a la tienda, sí. Me mostró lo que me mostró, vale. Pero el beso fue mío. Lo di yo. Lo que sentí cuando te toqué no vino de ninguna página.

Él cerró los ojos un segundo.

—No puedo darte lo que quieres.

—¿Y qué crees que quiero?

—Lo que cualquiera querría. —Se ajustó el cuello, alzó la barbilla—. Y yo no tengo eso para dar. Te lo he dicho. Te lo mostré hace un momento.

—Lo que vi fue a un chico que perdió a su madre.

—Lo que viste fue al que prometió destruir a tu linaje.

—Pues cumple tu promesa —dijo ella, con una voz que le tembló—. Ahora. Delante de mí. A ver si eres capaz.

Kael la miró. Fue una mirada tan larga y tan herida que Elara casi retrocedió. A través del hilo, el pánico volvió a golpearle, helado, más hondo que nunca. Y debajo del pánico, en el fondo de un pozo, la cosa que él se negaba a nombrar.

—Mañana pondré doble guardia en la torre —dijo él, con una calma helada—. No saldrás sin escolta. No hablarás conmigo salvo en presencia del canciller. Si el vínculo te molesta, Doren te enseñará a amortiguarlo.

—Eso es una cobardía.

—Es una precaución.

—Es lo mismo.

—Para ti, sí.

Fue hasta la puerta. Se detuvo con la mano en el picaporte, de espaldas.

—Si algún día necesito pedirte perdón —dijo en voz muy baja—, que no sea en esta vida.

Salió. Esta vez no hubo cerrojo. La puerta quedó entornada, y por la rendija entró un soplo de aire frío con un rastro tenue de jazmín.

Elara permaneció en el centro de la estancia.

Le ardía la boca. Le temblaban las manos.

Tenía el cuerpo despierto como nunca lo había estado, vibrando con un deseo que no sabía dónde dejar, y a la vez una pena que no era solo suya, que venía de muy lejos, de una cocina de piedra y de una mujer que sonreía.

Se asustó de lo que quería. Se asustó más de que no se sintiera capaz de dejar de quererlo.

El libro, sobre la cama, se abrió una vez más. Sin prisa, la tinta roja fue dibujando unas líneas en la página:

La reina que murió dos veces no lo hizo por voluntad. Y la segunda muerte todavía no ha ocurrido.

Elara tomó el libro con las dos manos. Esta vez no lo cerró.