Capítulo 10 – La reina que murió dos veces
Kael no apareció al día siguiente, ni al otro.
Elara contó las horas por las visitas de Brisa, que traía el pan oscuro por la mañana, la sopa de corteza a mediodía y un té amargo por la noche, y que cada vez miraba con más disimulo la puerta nueva, de roble y hierro forjado, que los carpinteros habían montado en una sola tarde.
Doce guardias custodiaban la escalera. Ella los oía cambiar de turno cuando la luz del pasillo viraba del gris al verde, un rumor de botas y de voces bajas que nunca acababa de entender.
El corte de la mejilla cerró en tres días y dejó una línea rosada, fina como un hilo. La marca de la muñeca, en cambio, no cerró nada. Había crecido otra vez, apenas un dedo, y los tallos diminutos que le subían por el antebrazo se habían oscurecido hasta casi confundirse con las venas.
Y el hilo rojo había cambiado.
Lo notó la segunda noche, sentada junto al fuego con el libro cerrado y una taza de té frío entre las manos.
Fue una sensación sin forma, al principio, un peso en el pecho que no coincidía con nada de lo que ella pensaba.
Estaba tranquila, o eso creía. Había pasado la tarde releyendo páginas del libro que hablaban de linajes y de pactos, sin que ninguna mencionara a la reina que murió dos veces.
Y sin embargo le había subido por la garganta, de repente, una oleada de vergüenza tan intensa que se le encendieron las orejas.
—No es mía —dijo en voz alta.
Pimienta no estaba allí para mirarla con reproche, y la ausencia le dolió un segundo.
La vergüenza se fue como había llegado. En su lugar vino un cansancio hondo, de huesos, y después una nostalgia afilada que olía a jazmín. Elara dejó la taza en el suelo. Se llevó los dedos a la muñeca y notó el latido, fuerte, regular, ajeno.
Él estaba despierto. En algún lugar de la fortaleza, a esa hora, Kael estaba despierto, con una pena que no era la suya y que ella estaba sintiendo entera.
—Maldito seas —murmuró—. Maldito seas, Kael Thorne.
Se levantó, se puso las botas y abrió la puerta.
Los guardias la miraron con espanto. El más joven, un muchacho de mandíbula huesuda que no tendría más de veinte años aparentes, dio un paso para cortarle el paso y se detuvo cuando ella levantó la muñeca marcada.
—Quiero ver a lord Thorne.
—Mi señora, tenemos orden de que…
—De que no salga, lo sé. —Elara mantuvo la voz firme, aunque le temblaban las rodillas—. Pero también sabéis lo que soy. Y sabéis que él ha pasado tres días sin pisar esta torre. Si la heredera de las Espinas muere de aburrimiento por culpa de vuestras órdenes, alguien tendrá que explicarlo.
El guardia se miró con el de al lado. Algo se transmitió entre ellos, un acuerdo callado.
—Yo la acompaño —dijo el joven.
—Gracias.
—Es mi deber, señora. No es un favor.
Lo siguió por pasillos que no había pisado nunca.
La fortaleza, de noche, era otro animal: más ancha, más callada, con corrientes de aire que movían las llamas de las antorchas y las hacían proyectar sombras sobre los tapices.
Pasaron junto a una sala de armas, un patio cubierto de nieve negra, una galería llena de retratos cuyos rostros habían sido rascados con un cuchillo.
Elara se detuvo ante uno. Debajo de las cuencas arañadas había una placa de bronce apenas legible, y una sola palabra: Sevrain.
—¿Quién era?
—No se nombra, señora —dijo el guardia, sin volverse.
Subieron una escalera de caracol más corta que la de la torre y llegaron a una puerta de madera negra, sin adornos, custodiada por nadie. El muchacho se detuvo a dos pasos.
—Hasta aquí llego.
—¿No hay guardias?
—Él los despide. Siempre. —El joven bajó la voz—. Dicen que no soporta que lo vean cuando el dolor le puede.
Elara asintió. Esperó a que el eco de los pasos del guardia se perdiera en la escalera y llamó con los nudillos, dos veces, suave.
—Vete —dijo Kael, desde dentro.
—Soy yo.
—Ya lo sé. Vete.
—Siento lo que sientes. —Apoyó la frente contra la madera—. Desde hace dos días. No sé cómo apagarlo. Así que o me dejas entrar o me quedo aquí hasta que se me quite, y tengo la impresión de que va a tardar.
Silencio. Luego, el chasquido de un cerrojo que se descorría.
Era una habitación austera. Una cama sin dosel, un escritorio cubierto de papeles, una chimenea con las brasas casi apagadas y un ventanal alto, sin cristal, por el que entraba un viento helado que olía a nieve.
Kael estaba de pie junto a la ventana, descalzo, con una camisa negra desabrochada hasta la mitad del pecho.
Tenía el brazo izquierdo vendado desde la muñeca hasta el codo, y por encima del vendaje asomaban filamentos oscuros que se movían muy despacio, como algas.
Parecía haber perdido peso. Tenía los pómulos más marcados, los ojos más hundidos. Pero se mantenía erguido, con las manos a la espalda, y la miraba como quien espera el veredicto de un tribunal.
—No debías venir —dijo.
—Tampoco debía vivir en tu cabeza.
—No vives en mi cabeza.
—Siento tu vergüenza. Tu cansancio. Tu… —Se mordió el labio—. Hace diez minutos sentí que querías cerrar la ventana y no podías porque el viento era lo único que te mantenía despierto.
Kael apartó la mirada hacia el ventanal.
—El vínculo se está asentando. Es más rápido de lo que debería.
—¿Por qué?
—Porque yo lo estoy alimentando. —Dijo la frase con una amargura seca—. Cuando uso la sombra, la marca bebe de mí y también de ti. No lo sabía.
—¿Y ahora lo sabes?
—Lo he sabido durante tres días.
—Pues podrías habérmelo dicho.
—No encontraba el modo.
Elara cruzó la habitación. Se detuvo a un par de metros, lo bastante cerca para notar el frío que desprendía el aire alrededor de él. Había aprendido a respetar esa distancia sin que nadie se la explicara. Esa noche decidió que no iba a respetarla mucho más.
—El libro me dijo algo —empezó.
—El libro dice muchas cosas.
—Me dijo que te preguntara por la reina que murió dos veces. —Hizo una pausa—. Y que lo hiciera mirándote las manos.
Kael se quedó inmóvil. Luego, muy despacio, giró las palmas hacia delante, como quien se rinde, y las dejó a la vista.
Eran largas, de dedos fuertes, con nudillos cortados por años de empuñar una espada.
La derecha temblaba apenas. La izquierda, la vendada, mantenía los dedos curvados con una rigidez extraña.
—¿Qué ves? —preguntó.
—Que no puedes abrirlas del todo.
—Hace trescientos años que no puedo.
—¿Por qué?
Él cerró los ojos.
—Siéntate —dijo—. Si vas a oírlo, que sea sentada.
Elara se acomodó en el borde de la cama. Kael no se movió del ventanal. Habló con la cara vuelta hacia el viento, como si confesara algo a la noche y no a ella.
—Mi madre se llamaba Seren. No era noble. Era una curandera de la frontera norte, de esas que cobran en pan y en favores, y se enamoró de un hombre de la Corte de las Sombras que tenía más honor que sentido común. Yo nací de eso. Lyra, dos años después.
—Tu hermana.
—Mi hermana. —Torció la boca—. Nos criamos entre los dos mundos.
Mi madre curaba a quien la necesitara, sin preguntar a qué corte pertenecía.
Un día, hace trescientos veinte años, llegó a su casa una mujer herida.
No dijo cómo se llamaba. Mi madre la curó durante tres semanas, la alimentó, le dio su cama.
Cuando la mujer se levantó, tenía la marca en el brazo.
Elara notó que se le cerraba la garganta.
—Era la reina.
—Sí. Disfrazada. Había escapado de una emboscada de la Corte de las Llamas y necesitaba un sitio donde esconderse mientras recuperaba fuerzas. Mi madre no lo supo hasta el final. —Hizo una pausa—. La reina era generosa, a su manera. Prometió pagar la deuda. Y la pagó mal.
—¿Cómo?
—Con un pacto. Mi madre le había salvado la vida; la reina quiso devolvérsela, y para eso ató su vida a la de su corte.
Mi madre se convirtió en un hilo del tejido de las Espinas, sin saberlo, sin consentirlo.
—La voz se le endureció—. Cuando la guerra llegó, las otras cortes empezaron a cortar los hilos uno a uno para debilitar el trono. Mi madre fue el primero que cayó.
—Kael…
—Yo estaba en la puerta de la casa. Tenía diecinueve años. Vi cómo se le apagaba el color de la cara mientras se agarraba el pecho. No sangraba. No tenía una herida. Se murió sin más, mirándome, preguntando qué le estaba pasando.
Elara se levantó sin darse cuenta.
—Yo no quise… —dijo, y se detuvo, porque no sabía qué había querido—. Lo siento.
—Tú no tienes que sentir nada. Tú no la conociste. —Por fin la miró—. Pero entenderás que cuando la sangre de esa mujer apareció en mi puerta, hace tres semanas, con una librería y una gata y una sonrisa de disculpa, tuve ganas de matar a alguien. Quizá a ti. Quizá a mí.
—Por eso en la visión…
—Por eso en la visión me mirabas con odio. —Corrigió él, y se detuvo al darse cuenta del error—. Te miraba. Con odio. Sí. Eso era.
Se quedaron un momento callados. El viento entró con un silbido largo y le levantó el pelo a Kael, que no pareció notarlo.
—¿Y la reina? —preguntó Elara—. ¿La que murió dos veces?
La sombra que cruzó el rostro de él fue tan densa que casi se podía tocar.
—No hoy.
—Kael.
—Te he contado lo que podía. Lo demás me lo guardo. —Una pausa breve—. No es desconfianza. Es que si lo digo en voz alta, tendré que dejar de pensar que fue un sueño.
Elara recorrió el espacio que los separaba. Se detuvo delante de él, tan cerca que tuvo que alzar la cara para sostenerle la mirada. Cogió su mano izquierda, la vendada, entre las dos suyas, con cuidado de no apretar. Los dedos de él se estremecieron y no se retiraron.
Desde la muñeca, a través del hilo, le llegó una marea.
No era una emoción sola. Era una mezcla desordenada, tan vasta que la hizo balancearse: culpa, deseo, miedo, una ternura vieja que se negaba a nombrarse, una fatiga de siglos.
Y debajo de todo, un ansia concreta, física, de que ella no soltara la mano.
—Lo siento —dijo él, con un hilo de voz—. Debes de estar notando…
—Todo.
—Es indecente.
—Es la verdad. —Le acarició con el pulgar el borde del vendaje—. No me importa.
Kael tragó saliva. Alzó la mano libre, despacio, y le apartó un mechón de pelo de la cara, rozándole apenas la sien.
El gesto le recorrió la piel como una corriente.
A través del hilo, ella sintió cómo se le aceleraba el pulso a él, y cómo se le aceleraba a ella en respuesta, hasta que ya no supo cuál latido era el suyo.
Inclinó el rostro. Elara alzó el suyo.
Se miraron a un aliento de distancia. Vio la cicatriz del labio, un hilo blanco en la piel pálida. Vio cómo se le entreabría la boca, cómo se le oscurecían los ojos. Notó su aliento caliente, con un fondo de menta amarga. Cerró los párpados.
Y entonces, a través del vínculo, llegó un pánico helado.
No fue el suyo. Fue el de él, brutal, sin aviso, una puñalada de terror puro que le cortó la respiración. Elara abrió los ojos justo a tiempo de verlo soltarla y retroceder, con los ojos desorbitados y la mano izquierda apretada contra el pecho, como si le hubieran quemado.
—No —dijo.
—Kael…
—No. No puedo.
—Me has…
—Lo sé. —Se pasó la mano por la cara, y le temblaba tanto que se golpeó la frente sin querer—. Lo sé, y no debía. Esto no. Contigo no.
—¿Por qué?
—Porque te destruiría. —Hablaba rápido, atropellado—. Porque cuando se completa un vínculo así, no hay vuelta atrás. Lo vi en mi madre. Lo vi en… en otros. No voy a hacerte lo mismo.
—Eso tendré que decidirlo yo.
—No. —Alzó la voz por primera vez—. No lo decides tú. No hasta que sepas lo que significa.
—Pues cuéntamelo.
—No puedo.
—No puedes, o no quieres.
—Las dos cosas.
Era la misma respuesta que le había dado el primer día.
Elara casi se rio, y le salió un sonido quebrado, sin alegría.
A través del hilo seguía llegándole su terror, mezclado con otra cosa que él intentaba enterrar a toda costa, y no pudo evitar sentir una punzada de furia, pero era una furia dulce, extraña, nacida del deseo de abrazarlo hasta que se le pasara.
—Vete —dijo Kael—. Por favor. Te acompañará el guardia. Y no vengas otra vez.
—¿Y si lo siento de nuevo?
—Entonces aprende a cerrar la puerta de tu lado.
—¿Cómo?
—No lo sé. —La voz se le quebró—. Yo nunca lo conseguí.
Ella lo miró un momento más. Quiso decirle algo, y las palabras no vinieron. Se dio la vuelta, abrió la puerta y salió. El guardia joven, que había esperado en el pasillo con la vista fija en el suelo, se puso en marcha a su lado sin preguntar.
Subieron la escalera en silencio. Al llegar a la torre, Elara entró, cerró la puerta nueva y se dejó resbalar por la madera hasta quedar sentada en el suelo, con las rodillas contra el pecho y la muñeca apretada entre los dedos.
El corazón le golpeaba sin tregua. Le ardían los labios, sin haber sido besados. Y a través del hilo, muy lejos, sintió algo que casi la hizo llorar: un golpe sordo, un puño contra un muro, y después una respiración entrecortada, desesperada, que repetía una sola palabra sin voz.
Su nombre.
Elara apoyó la cabeza contra la puerta. En el fuego, la llama azul se estiró un poco, como escuchando.
—Cierra tu puerta —se dijo, y no supo cómo.
Cuando por fin se levantó, el libro estaba abierto sobre la mesa, con una línea plateada en la hoja visible. La leyó de pie, sin tocarlo.
No es de ti de quien huye. Es de lo que le recuerdas.
Y debajo, con un trazo que ya no era plateado sino rojo vivo:
Pregúntale cómo se llamaba ella.