Capítulo 9 – Lo que cuesta la sombra
La Corte de la Luz no llegó por la puerta.
Elara lo entendió después, cuando intentó reconstruir la secuencia y comprobó que le faltaban piezas.
Había pasado cuatro días encerrada en la torre, casi sin ver a Kael, con Brisa como único contacto y el libro como única compañía.
Él no había vuelto a presentarse a las sesiones de entrenamiento.
Había enviado a un instructor, un hombre calvo y silencioso llamado Doren, que corregía su postura con una vara de madera y sin tocarla nunca, y que no respondía a ninguna pregunta que no tuviera que ver con raíces.
Elara no se lo reprochaba a Kael. Se lo reprochaba a sí misma, y eso era más cansado.
Aquella noche no podía dormir. Se había sentado en el alféizar de piedra de un hueco ciego de la pared, donde Brisa había colocado un cojín, y miraba el fuego azul con el libro cerrado sobre las rodillas.
La marca de la muñeca estaba tranquila. Demasiado.
Desde el baile había notado que el hilo rojo guardaba una especie de silencio expectante, como un animal que se queda quieto cuando huele algo que aún no ve.
Pimienta, pensó de pronto. ¿Quién le estaría dando de comer a Pimienta? Se le llenaron los ojos de lágrimas sin ningún motivo preciso y se las secó con el dorso de la mano, irritada.
El olor llegó primero.
Era dulce, limpio, de una pureza antinatural: ese aroma de sábanas recién lavadas y de flores blancas que se ponen en los funerales. No venía de la chimenea ni de la puerta. Venía de arriba.
Elara alzó la cabeza.
En las vigas negras, a seis metros del suelo, había una grieta de luz.
No era el ámbar del portal de Kael. Era un blanco puro, frío, que se extendía como una fisura en el hielo, y de ella caía una nevada fina de motas brillantes que se deshacían antes de tocar el suelo.
Elara se quedó paralizada. La puerta tenía cerrojo por fuera.
Las paredes estaban blindadas. Kael se lo había dicho: nadie dentro de estos muros puede atravesarla sin mi permiso.
Una figura descendió por la grieta.
Cayó sin ruido, como una pluma pesada, y aterrizó en cuclillas en el centro de la estancia.
Vestía una armadura ligera de tela blanca, con los bordes bordados en oro, y llevaba el rostro cubierto por una máscara lisa, sin facciones, de marfil pulido.
No tenía ojos visibles. En la mano derecha sostenía una daga de cristal, larga y delgada, que emitía un resplandor lechoso.
Se incorporó. Giró la máscara hacia ella.
—Heredera —dijo, con una voz suave, casi musical—. Qué poco has tardado en aprender a esconderte mal.
Elara saltó del alféizar. Agarró lo primero que tuvo a mano, el atizador de la chimenea, y lo sostuvo frente a sí con las dos manos.
—Fuera de aquí.
—No será largo. —El asesino avanzó, con una elegancia sin prisa—. La Luz no desea el dolor. Solo el equilibrio. Tu sangre, derramada en el lugar correcto, devolverá lo que se perdió. Es un honor, si lo piensas.
—No pienso.
—Tampoco hace falta.
Atacó.
Fue más rápido que cualquier cosa que Elara hubiera visto, más que los cazadores del callejón, más que el propio Kael.
El atizador voló de sus manos con un golpe seco que le entumeció los brazos hasta los hombros.
Intentó retroceder y tropezó con el borde de la alfombra.
La daga de cristal pasó rozándole la mejilla y le abrió un corte fino del que brotó un calor húmedo.
Gritó. Gritó el nombre sin decidirlo.
—¡Kael!
El asesino rio, con una risa que parecía una campana pequeña.
—Nadie vendrá. La torre está sellada desde dentro, y quien la selló eres tú, con tu miedo. Ahora, quieta.
Le agarró la muñeca izquierda y la estiró sobre el suelo. El frío de sus dedos le quemó la piel. Alzó la daga, la hoja de cristal temblando sobre la espina negra, y Elara vio su propio reflejo deformado en ella, con los ojos desorbitados. Cerró los ojos.
La puerta de la torre estalló.
No se abrió. Estalló. Hierro y madera saltaron hacia dentro en una lluvia de astillas, y una presión terrible, enorme, llenó la estancia como si alguien hubiera vaciado un océano en ella.
Las llamas azules de la chimenea se apagaron de golpe.
Las velas se aplastaron contra sus mechas.
Un frío distinto, hondo, lo cubrió todo.
Elara abrió los ojos.
Kael estaba en el umbral.
No lo habría reconocido. Tenía la camisa rota, el pelo suelto sobre la cara, y las venas del cuello y de los brazos ennegrecidas, marcadas bajo la piel como raíces.
Los ojos no eran dorados. Eran negros por completo, de borde a borde, sin pupila ni iris, y de ellos goteaba una oscuridad que se arrastraba por las paredes.
La espina de su muñeca ardía con un fulgor violeta tan intenso que dolía mirarla.
—Suéltala —dijo.
La voz no era suya. Eran muchas voces superpuestas, graves, antiguas, y la piedra de la torre vibró al oírla.
El asesino se volvió con la daga en alto. Dudó. Fue un segundo apenas, pero Elara lo vio: la primera grieta en aquella calma perfecta.
—Thorne —dijo—. No deberías…
Kael levantó una mano.
No lo tocó. No hizo falta. Un tentáculo de oscuridad salió disparado de su palma, cruzó la habitación y se enroscó en torno al asesino con un chasquido de huesos.
La máscara de marfil se agrietó. La daga cayó al suelo y se hizo trizas.
El cuerpo se alzó en el aire, y Elara oyó el grito, fino y agudo, de algo que no estaba hecho para gritar.
—Kael —dijo, intentando incorporarse—. Ya está. Kael, basta.
No la oyó.
La oscuridad se fue cerrando sobre la figura blanca con una lentitud deliberada, y Elara comprendió con un escalofrío que no iba a limitarse a matarlo.
Lo estaba deshaciendo. El cuerpo del asesino perdía el color, la forma, la sustancia, convirtiéndose en una mancha pálida que la sombra devoraba a bocados.
La estancia se llenó de un sonido bajo, como un lamento de muchas gargantas.
—¡Kael! —Se arrastró hacia él, resbalando en la sangre de su propia mejilla—. ¡Mírame! ¡Kael!
Él seguía de pie, con el brazo extendido y la cabeza echada hacia atrás.
De la nariz le caía un hilo de sangre negra.
Las rodillas le temblaban. Cada vez que la sombra se tensaba, un espasmo le recorría el cuerpo entero, y Elara vio cómo la espina de su muñeca se abría paso hacia el codo, hacia el hombro, hacia el cuello, mordiéndole la piel con un trazo violeta.
Lo estaba matando. Fuera lo que fuese, lo estaba matando a él.
Se puso de pie, tambaleándose. Cruzó el espacio que los separaba y se plantó delante, entre el brazo extendido y lo que quedaba del asesino, y le sujetó la cara con las dos manos.
—Para —dijo—. Mírame. Estoy aquí. Estoy viva.
Los ojos negros se clavaron en los suyos. Durante un instante eterno no hubo en ellos nada humano. Era un pozo sin fondo, y Elara sintió que si seguía mirándolo se caería dentro.
—Kael —susurró—. Vuelve.
La marca de su muñeca se encendió. El hilo rojo, aquel que nunca había mencionado, se tensó entre ellos con un zumbido casi audible.
Elara sintió cómo la sangre se le calentaba, cómo una fuerza desconocida le subía por el brazo y salía por los dedos, hacia la piel de él.
Un olor a rosas y a tierra húmeda llenó el aire, y de las grietas del suelo, entre las piedras, empezaron a brotar tallos finos que se enroscaban a los pies de Kael.
La oscuridad dudó.
—Vuelve —repitió ella—. Por favor.
El pozo negro de sus ojos tembló. Un destello de oro apareció en el centro, una chispa diminuta, y fue creciendo, empujando la sombra hacia los bordes.
El tentáculo que sujetaba al asesino se aflojó.
Lo que quedaba de la figura blanca cayó al suelo con un golpe húmedo, convertida en un montón de ceniza y trapos.
Kael exhaló un sonido roto.
Las piernas le fallaron. Elara intentó sostenerlo y él cayó de rodillas arrastrándola consigo, hasta que los dos quedaron en el suelo, ella con los brazos alrededor de su cabeza y él con la frente hundida en su hombro.
Temblaba entero. Un temblor de fiebre, de animal herido, que le sacudía los hombros y los dientes.
—Ya está —dijo Elara, con la voz hecha trizas—. Ya pasó.
—No… —Tenía la voz ronca, deshilachada—. No debía… Me dije que nunca más…
—Shh.
—Podría haberte… —Se atragantó—. Podría haberte hecho daño a ti.
—No lo hiciste.
—Casi.
—Pero no.
Lo sostuvo mientras la sombra se replegaba a las esquinas, y la oscuridad de las paredes se iba deshaciendo como tinta en el agua.
Las velas volvieron a prenderse una a una, trémulas.
Los tallos que habían brotado del suelo se marchitaron despacio, dejando un reguero de pétalos negros.
Kael se aferraba a ella con una fuerza ciega, con los dedos hundidos en la tela de su camisola, y Elara notó que le goteaba algo caliente por el cuello: la sangre de su nariz, o lágrimas, o ambas.
Pasaron minutos. Ninguno se movió.
Cuando por fin Kael levantó la cabeza, tenía el rostro gris, hundido, con las venas ennegrecidas aún visibles bajo la piel.
Parecía diez años más viejo, o cien. Los ojos habían recuperado su color dorado, pero estaban vacíos, empañados de agotamiento.
Alzó una mano temblorosa y, con el pulgar, le limpió la sangre del corte de la mejilla.
—Te he hecho esto —dijo.
—Lo hizo él.
—Llegué tarde.
—Llegaste. —Elara se quedó mirándolo—. Rompiste una puerta de hierro.
—No podía abrirla.
—Ya lo vi.
Una sombra de risa le cruzó la boca, y se desvaneció en un gemido. Se llevó la mano al pecho y encorvó la espalda, con una mueca de dolor tan honda que Elara lo sujetó por los hombros.
—¿Qué te pasa? ¿Qué te duele?
—No es nada.
—Kael.
—Es el precio. —Respiró con un esfuerzo visible—. Cada vez que uso eso, algo se lleva su parte. Antes eran unos días de fiebre. Ahora…
No terminó. Se miró la muñeca, y Elara siguió su mirada.
La espina había avanzado hasta la mitad del antebrazo, un tallo ennegrecido con hojas diminutas, cada una de ellas un surco de piel quemada.
Lo que ella había visto el día de los jardines, en la forma de una espina pequeña y nítida, se había convertido en una enredadera que se lo estaba comiendo vivo.
—Se extiende —murmuró.
—Sí.
—¿Hasta dónde?
—Hasta el corazón. —Lo dijo con una calma terrible—. Es lo que ocurre con la magia de la sombra cuando la usas sin aliado. Cuando la usas como yo. Te consume por dentro.
—¿Y por qué lo haces?
Kael la miró. Y en esa mirada Elara vio algo que nunca había visto: no la máscara, ni el control, ni siquiera el dolor viejo. Vio a un hombre desnudo de defensas, demasiado cansado para fingir.
—Porque no sé hacer otra cosa —dijo— cuando se trata de ti.
El silencio se espesó entre los dos. En algún lugar de la fortaleza empezaron a sonar gritos, pasos apresurados, el choque de armas.
Habían llegado los guardias, tarde, como siempre.
Elara los oyó y no se movió. Tenía las manos todavía alrededor de la cara de Kael, y no recordaba haberlas dejado allí.
—Deberías haberme dicho que esto te costaba tanto —susurró.
—¿Para qué?
—Para no pedirte nunca nada.
—Yo no me quejo.
—Ya lo veo. —Tragó saliva—. Eres idiota.
—Lo sé.
—Y testarudo.
—También.
—Y me has salvado la vida dos veces.
—Tres —corrigió él, con un hilo de voz—. Cuenta la del arco.
—Esa la cuento como una y media. Fue por mi culpa.
Kael cerró los ojos. Algo parecido a una sonrisa le aflojó la boca, apenas, el gesto de alguien que ha recibido una limosna inesperada.
Apoyó la frente contra la de ella, un segundo, sin pensarlo, y Elara dejó que lo hiciera.
El hilo de la muñeca zumbaba, suave, tibio, tan distinto del tirón violento de antes que casi le dolió.
Entonces la puerta, o lo que quedaba de ella, se abrió del todo, y entraron cuatro guardias con las espadas desenvainadas y el canciller Aldric detrás.
Kael se apartó con una brusquedad torpe, la espalda otra vez recta, el rostro otra vez de mármol.
Pero le fallaron las piernas al incorporarse, y Elara tuvo que sujetarlo del brazo para que no cayera.
Ni él se lo agradeció ni ella esperó que lo hiciera.
—Mi señor —dijo Aldric, sin ocultar el espanto—. La torre…
—Sellada por dentro. —Kael habló con voz de cuchilla gastada—. Alguien abrió la grieta desde esta estancia, o con ayuda de alguien que la conocía. Quiero a todos los que hayan tenido acceso a esta ala interrogados antes del amanecer.
—Sí, mi señor.
—Y que nadie toque eso. —Señaló el montón de ceniza blanca—. Es de la Luz. Quiero saber qué pieza ha movido la reina para llegar tan lejos.
Aldric asintió, sin atreverse a mirar a Elara. Los guardias se dispersaron por la torre. Uno de ellos se agachó junto a las cenizas y retrocedió con un respingo.
—Tiene un sello —dijo—. Está grabado en el hueso.
Kael se acercó. Se agachó, despacio, con una mano apoyada en el muslo, y levantó un fragmento de máscara blanca. En el reverso había un símbolo diminuto, tallado a cuchillo: una espina rodeada de rayos de sol.
Elara lo vio palidecer.
—¿Qué es? —preguntó.
—Una firma.
—¿De quién?
Kael tardó en contestar. Dejó caer el fragmento y se limpió los dedos en la camisa, con un gesto casi supersticioso.
—De alguien que debería estar muerta —dijo.
La frase quedó colgando sobre la estancia, entre el olor a ceniza y los pétalos negros. Los guardias callaron. El fuego de la chimenea, que alguien había reavivado, chasqueó con un sonido seco.
Esa noche, mucho después de que los pasos se hubieran apagado y de que la torre quedara custodiada por doce hombres en lugar de uno, Elara se quedó sentada en el borde de la cama con un paño húmedo contra la mejilla.
No había querido que Brisa le curara la herida.
Había querido hacerlo ella, sin testigos.
Kael había salido a su pesar, sostenido por Aldric, con la orden tajante de que alguien lo acompañara a sus aposentos. En el umbral se había vuelto una sola vez. No había dicho nada. Solo la había mirado, con aquella desnudez nueva, y ella había sostenido la mirada hasta que él se fue.
Ya no había odio. Elara lo comprobó con una especie de pasmo, buscándolo por dentro, como quien palpa un bolsillo en busca de una llave y encuentra solo un agujero.
Quedaba la rabia por la tienda, por Ottoline, por los veintisiete años de mentiras.
Pero para él, nada. En su lugar había algo mucho más difícil de nombrar, una ternura incómoda, empapada de miedo, que no sabía dónde colocar.
El libro, sobre la almohada, se abrió con un crujido suave.
Esta vez la tinta no era roja ni parda. Era plateada, finísima, de un brillo casi imperceptible. Elara se inclinó, y la frase fue formándose, trazo a trazo, ante sus ojos:
Él no lo ha dicho todo. Pregúntale por la reina que murió dos veces.
Y debajo, tras una pausa larga, una línea más:
Cuando lo hagas, pregúntaselo mirándole las manos.