La Corona de Espinas y Sombras Capítulo 8 – El vals de las espinas
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Capítulo 8 – El vals de las espinas

El vestido de esa noche no tenía mangas largas.

Elara lo descubrió cuando Brisa lo extendió sobre la cama, y se quedó mirándolo con la misma desconfianza de la primera vez.

Era de seda gris oscura, de un tono entre el humo y la ceniza, con la espalda abierta hasta la cintura y unas mangas de gasa que le llegaban a las muñecas, transparentes, bordadas con zarcillos de plata.

Bajo esa tela fina la espina se vería. El hilo rojo, también.

—Debe de haber un error —dijo.

—No lo hay, señora. —Brisa evitaba su mirada—. El señor Kael lo ha elegido esta mañana.

—Dijo que nadie debía ver mi muñeca.

—Dijo que esta noche sí.

Elara se sentó en el borde de la cama. Las dos semanas que llevaba en la torre le habían enseñado a distinguir las órdenes de Kael de sus miedos, y aquella contradicción olía a miedo.

—¿Para qué?

Brisa dudó mientras le desataba la trenza.

—En el Baile de la Luna Partida se presentan las herederas —murmuró—. Las que lo son de verdad, quiero decir. Se les enseña la marca delante de todos para que ninguna corte pueda decir después que no lo sabía. Es una protección. —Hizo una pausa—. Y una condena.

—Siempre es ambas cosas, ¿verdad?

—Aquí casi todo, señora.

Se vistió en silencio. Cuando la criada le recogió el pelo en un moño bajo, dejando la nuca al aire, Elara sintió el frío de la habitación recorrerle la espalda desnuda y pensó, con una claridad algo absurda, que debía de ser la primera vez en su vida que alguien la preparaba para ser mirada.

Kael la esperaba al pie de la escalera, igual que la vez anterior. Pero esta noche no miró la pared.

Llevaba una chaqueta negra de cuello alto con botones de plata y una cadena fina de hierro cruzada sobre el pecho.

Tenía el pelo peinado hacia atrás, sin un mechón fuera de sitio, lo que le afilaba todavía más el rostro.

Elara lo vio detenerse a medio gesto al verla bajar.

Vio cómo se le movía la garganta al tragar.

Vio los ojos dorados recorrerla despacio, de los hombros desnudos a la gasa de las mangas, de la gasa a la muñeca, y quedarse allí.

—Es un riesgo —dijo ella, adelantándose—. Mostrar la marca.

—Lo es.

—¿Y aun así lo haces?

—Si la escondemos, pensarán que tenemos algo que ocultar. Y lo tenemos.

—Qué tranquilizador.

Él no sonrió. Le tendió la mano, no el brazo, y Elara la tomó. Los dedos de Kael estaban fríos, y se cerraron sobre los suyos con más fuerza de la necesaria.

—Esta noche bailarás conmigo —dijo—. Es obligatorio.

—No sé bailar vuestros bailes.

—Yo te llevo.

—No me gusta que me lleven.

—Lo sé. —Se inclinó un poco, lo justo para que sus palabras le rozaran la sien—. Tolérame solo hasta que acabe la música.

El Gran Salón había cambiado.

Las mesas habían desaparecido y en su lugar se extendía un suelo de mármol negro bruñido, tan pulido que reflejaba las lámparas como un lago congelado.

Miles de velas flotaban en el aire a distintas alturas, sin cadenas ni soporte, y su luz dorada convertía el aire en una niebla cálida.

En el estrado, tras el sitial de piedra, una orquesta de instrumentos que Elara no supo nombrar tejía una melodía lenta y grave, con un fondo de cuerdas que parecía respirar.

Había más gente que en la cena. Muchos más.

Y cuando Kael y ella cruzaron el umbral, las conversaciones no se apagaron: se transformaron.

Los murmullos se volvieron agudos, nerviosos.

Elara notó cómo las cabezas giraban hacia su muñeca, cómo las miradas se detenían en la sombra negra que asomaba bajo la gasa, y cómo, de pronto, nadie se atrevía a mirarla a los ojos.

—Ya está —murmuró Kael—. Ahora lo saben.

—¿Y qué hacen con eso?

—Calcular.

Los condujo hasta el centro del salón. La multitud se abrió en un círculo amplio a su alrededor, dejando un espacio vacío en el que ellos dos quedaron expuestos, como figuras en un tablero.

Elara vio a Lyra entre los espectadores, con su vestido rojo y la aguja de plata en el pelo, observándolos con los labios entreabiertos.

A su lado, la anciana Veyra, con el manto de piel.

Más allá, el canciller Aldric inclinó la cabeza con una gravedad casi ceremoniosa.

La música cambió. Un compás de tres tiempos, lento, solemne.

Kael le soltó la mano. Con la derecha le rodeó la cintura, y la palma abierta se posó sobre la piel desnuda de su espalda, caliente, firme, sin ninguna delicadeza.

Elara contuvo un jadeo. Con la izquierda, él tomó la suya y la alzó a la altura del hombro, de modo que sus dos muñecas marcadas quedaron una junto a la otra, las espinas negras casi tocándose.

—Mírame —dijo.

—Te miro.

—A los ojos.

Lo hizo. Fue peor.

Empezaron a moverse.

Él guiaba con una precisión que no admitía discusión.

Cada paso lo marcaba con una presión leve de la mano en su espalda, un giro del hombro, una inclinación mínima, y Elara se descubrió siguiéndolo sin pensarlo, con el cuerpo obediente y la mente rebelde.

No sabía el baile. No hacía falta. Él la llevaba como se lleva una barca en un río que conoce, y ella iba, con los pies ligeros, con la falda de seda susurrando contra sus piernas.

—Tienes la mano temblando —dijo.

—No es mía.

—Es la tuya.

—Entonces es tuya, que aprieto demasiado.

Era verdad. Le apretaba tanto que le dolían los dedos. Pero no lo soltaba, y Elara tampoco se lo pidió.

Dieron la primera vuelta. Las velas flotantes se corrieron a su paso, desplazadas por el aire que ellos removían.

Dieron la segunda. El salón se fue desdibujando, las caras se mezclaron en una cinta de colores borrosos, y lo único nítido era él: la línea de la mandíbula, la cicatriz del labio, el oro de los ojos que no se apartaban de los suyos.

—Todos nos miran —dijo ella.

—Que miren.

—Me estás exhibiendo.

—Te estoy reclamando. —La mano de su espalda se tensó—. Aquí es lo mismo.

—No soy tuya.

—Lo saben. —Una pausa breve, ronca—. Pero deben creer que sí.

Había algo en la forma en que lo dijo, algo posesivo y a la vez desesperado, que le hizo hervir la sangre. Le dolió porque tenía sentido. Le dolió porque una parte de ella, la parte que se había apoyado en su costado durante una tormenta entera, no quería desmentirlo.

Giraron. La espalda de ella quedó un instante contra su pecho, la barbilla de él rozándole el pelo, la mano abierta sobre su vientre.

Elara sintió su respiración en la nuca. Un hormigueo le recorrió la columna.

Y entonces la música los devolvió de frente, y ella lo miró, y vio que él había cerrado los ojos un segundo, como quien traga un trago amargo.

Algo se rompió dentro de Elara. No sabría decir qué. Una compuerta pequeña, quizá, la que había mantenido cerrada durante dos semanas de cortesías gélidas y manos de maestro y noches enteras de contar pasos.

Se alzó de puntillas. Acercó los labios a su oído, tan cerca que la piel de él le rozó la boca.

—Eres un cobarde —susurró.

Kael no se detuvo. Sus pies siguieron marcando el compás, y su mano siguió firme sobre su cintura, pero Elara sintió cómo el cuerpo entero se le quedaba rígido.

—Te escondes detrás de las reglas porque no soportas lo que sientes —continuó, sin apartarse—. Detrás de la corte, de la espada, de los cerrojos. Crees que si me mantienes a un paso de distancia no va a doler. Pero ya duele. Y tú lo sabes. Solo eres demasiado cobarde para admitirlo.

El silencio que siguió duró tres compases.

Luego Kael giró la cabeza, y su boca quedó a un dedo de la de ella. Cuando habló, lo hizo muy bajo, con una calma tan terrible que Elara deseó no haber dicho nada.

—Ya amé una vez sin reglas —dijo.

Ella no respiró.

—Dejé de lado cada barrera. Me expuse. Me entregué entero, con una fe que no he vuelto a tener, y la persona a quien se lo di me miró a los ojos y me dijo que me odiaba.

—La voz no tembló, y eso lo hacía peor—.

Y después tuvo razón en hacerlo. Porque me ha costado cientos de años comprender que lo único que yo podía ofrecerle era la ruina.

—Kael…

—No me llames cobarde por querer evitar que te ocurra lo mismo. —Sus dedos apretaron los de ella hasta el límite del dolor—. Prefiero que me odies a que acabes mirándome como me miró ella.

El mundo se detuvo un momento a su alrededor, aunque los pies siguieron moviéndose.

Elara sintió que algo le subía por la garganta, y no era rabia, ni compasión, sino una mezcla desordenada de ambas.

Lo miró. Las pupilas de él estaban dilatadas, los labios entreabiertos, y por una grieta mínima, de un segundo, pudo ver lo que había debajo: un hombre al borde de un acantilado, sosteniéndose con las uñas.

—No te odio —dijo ella, con un hilo de voz.

—Lo harás.

—Eso no puedes saberlo.

—Lo sé. —Sonrió con una amargura infinita—. Es la única cosa que he sabido siempre.

Las cuerdas de la orquesta subieron hacia un final suspendido.

Él la inclinó hacia atrás en un último giro, con el brazo sosteniéndola, y su rostro quedó sobre el de ella, tan cerca que Elara vio una sola lágrima, una, contenida en el borde de las pestañas, sin llegar a caer.

Cuando la música cesó, la enderezó con una brusquedad que le hizo daño.

Los aplausos fueron escasos, secos, calculados.

Kael la soltó. Dio un paso atrás y se pasó el dorso de la mano por los ojos con un gesto rápido, casi rabioso, como si apartara un insecto. Elara quedó plantada en medio del círculo, sin aire, con la espalda aún ardiendo donde él la había tocado y la muñeca palpitando bajo la gasa.

—Kael…

—Basta.

—No he querido…

—He dicho basta. —Su voz era un chasquido—. Brisa te acompañará a la torre.

—No necesito que…

—Obedece.

Se dio la vuelta y se abrió paso entre la multitud, que se apartó a su paso como el agua ante una proa. Elara lo vio alejarse con la espalda tensa, los puños cerrados, la cadena de hierro brillando sobre el pecho. No volvió la cabeza. Ni una vez.

—Qué espectáculo —dijo una voz a su lado.

Lyra. Se había acercado sin que Elara la oyera, con la copa en la mano y la sonrisa torcida. Pero en sus ojos dorados no había burla. Había una expresión rara, inquieta, que Elara no supo descifrar, y que se disolvió en cuanto la vio mirarla.

—¿Qué le has dicho? —preguntó Lyra, bajo.

—La verdad.

—Entonces ya sabes que cuesta cara.

Dio media vuelta y se perdió entre los invitados.

Elara se quedó sola un instante en el centro del salón.

Los nobles la rodeaban a distancia, cuchicheando.

Alguien rio. Alguien murmuró un nombre, uno que ella no conocía y que no pudo retener.

Se frotó la muñeca izquierda con la otra mano y notó que el hilo rojo seguía caliente, vibrando, como si al otro lado de la fortaleza alguien tirara de él con las dos manos.

Brisa apareció a su lado y le puso una mano en el codo.

—Vamos, señora.

—¿Quién era ella? —preguntó Elara, sin moverse—. La que le dijo que lo odiaba.

Brisa palideció.

—No me corresponde.

—Brisa.

—Por favor, señora. —La criada miró a su alrededor con ojos de animal acorralado—. No aquí.

Se la llevó casi a rastras por un pasillo lateral.

Elara fue detrás, con las piernas flojas y la cabeza llena de ecos.

Prefiero que me odies. Subió la escalera de la torre sin ver los peldaños, y cuando la puerta se cerró a su espalda y el cerrojo se deslizó fuera, se dejó caer contra la madera y se quedó allí, con las manos en la cara.

En la chimenea, el fuego azul ardía bajo. Sobre la cama, abierto de par en par, el libro la esperaba.

En la hoja visible, la tinta ya estaba escrita. Era una sola palabra, repetida en toda la página, una y otra vez, con una caligrafía que se fue haciendo más temblorosa a cada línea:

Perdóname. Perdóname. Perdóname.

Y no supo, mientras la leía con la garganta cerrada, si el libro hablaba por la mujer que había odiado a Kael, por él, o por ella misma.