La Corona de Espinas y Sombras Capítulo 7 – Lo que crece en la oscuridad #2
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Capítulo 7 – Lo que crece en la oscuridad #2

—Es una manta. Es grande.

—No.

—No te estoy proponiendo nada. Es una cuestión de supervivencia.

Kael la miró por fin. Ella le sostuvo la mirada, con las mejillas ardiendo y la sensación de haber dicho algo que no tenía vuelta atrás. Pasó un largo momento. Fuera, el trueno retumbó sobre el tejado.

Con un suspiro lento, de rendición, Kael se quitó la capa mojada, la dejó sobre una silla y se sentó junto a ella, a una distancia deliberada de un palmo. Elara le echó un extremo de la manta por los hombros. Él lo aceptó sin decir nada.

Se quedaron mirando el fuego.

Pasaron minutos. La respiración de él fue calmándose junto a la suya, y poco a poco el calor de la lumbre y el de la lana les fue devolviendo el color.

En la quietud, Elara fue demasiado consciente de todo: del roce de su hombro contra el de él cada vez que inspiraba, del olor a cuero y humo y a ese jazmín leve que seguía sin poder explicarse, de la mano de Kael apoyada sobre la rodilla, a diez centímetros de la suya.

—¿Por qué huele a jazmín? —preguntó, sin pensarlo.

Él se tensó.

—¿Qué?

—Tú. Siempre hueles a jazmín. Un poco. Desde el primer día. Y el hombre del trono, en la visión, también. Y el pétalo que encontré en la calle.

—No sé de qué hablas.

—La marca arde cuando se miente.

Elara no la miró. No hacía falta. Notaba la espina latir, fría, bajo la manga mojada. Kael tampoco bajó la vista. Tenía la mandíbula tan apretada que se le marcaba el hueso.

—Era la flor favorita de alguien —dijo por fin, muy bajo—. Hace mucho tiempo.

—¿De quién?

—No te lo voy a decir.

—¿Por qué?

—Porque no me corresponde. —Se frotó el puente de la nariz con los dedos—. Y porque, si lo digo, tendría que explicar muchas más cosas.

—Quizá debas.

—Quizá. —Giró la cabeza y la miró de frente, y en esa luz azul sus ojos eran un oro casi líquido—. Pero no esta noche.

Elara asintió, despacio. No insistió.

Pasó otra hora, o dos. El fuego fue menguando.

Fuera, la tormenta seguía rugiendo, con ráfagas que hacían crujir las vigas y relámpagos que se colaban por las rendijas y teñían la estancia de un blanco violeta.

Cada trueno acercaba un poco más a uno de los dos al otro, sin que se dieran cuenta, hasta que sus hombros quedaron del todo pegados.

—Deberías dormir —dijo Kael.

—¿Y tú?

—Yo vigilaré.

—No puedes vigilar toda la noche.

—Puedo.

—Kael.

—Elara.

Ella respiró hondo, se puso de pie y fue hacia la cama. Se detuvo junto al borde, con la manta apretada contra el pecho, y se volvió para mirarlo.

—Ven.

—No.

—Es una cama. No va a pasar nada.

—Sé perfectamente lo que va a pasar.

La frase quedó suspendida en el aire. Elara sintió que el calor le subía hasta la raíz del pelo. Kael, por su parte, apartó la vista de golpe, como si se le hubiera escapado algo que no pensaba decir, y apretó el borde de la silla hasta que la madera crujió.

—Quise decir —empezó, y se detuvo—. Quise decir que no dormiré.

—No tienes que dormir. Solo tumbarte.

—No es buena idea.

—Probablemente no. —Elara se acostó de lado, de cara a la pared, dejando todo el espacio posible—. Pero aquí estamos.

Oyó que él se levantaba despacio. Oyó sus pasos, el chasquido de las botas al quitárselas, el roce de la tela.

El colchón se hundió bajo su peso con un crujido leve.

Elara se quedó rígida, con los ojos abiertos fijos en la pared, y notó cómo él se tendía de espaldas, al borde, en una posición tan estricta que parecía de cadáver.

Entre los dos quedaba un hueco de una mano.

Era el hueco más ancho y más pequeño que Elara había sentido jamás.

Escuchó su respiración. Una inhalación lenta, controlada, una pausa, una exhalación temblorosa.

Le llegaba el calor de su cuerpo a través del aire, y el hilo rojo de su muñeca, apretado contra el pecho, latía con una insistencia que le impedía pensar.

Cerró los ojos. Los abrió. Contó los relámpagos. Uno. Dos. Tres.

—No duermes —dijo él en la oscuridad.

—Tú tampoco.

—Te lo dije.

—Podrías hablarme.

—¿De qué?

—No sé. De algo que no sea la sangre ni la corte ni los cazadores.

Hubo un silencio. El viento aulló en la ventana cegada.

—Cuando era niño —dijo Kael, con una voz tan baja que Elara contuvo el aliento para oírla— me escondía en una biblioteca.

Había una sala al fondo que nadie visitaba, llena de volúmenes sin catalogar.

Pasaba las tardes allí, leyendo lo que fuera.

Una vez me dormí entre dos estanterías y me encontraron al día siguiente. Me castigaron. Pero volví al otro día.

Elara sonrió en la oscuridad.

—Yo me escondía en los pasillos de viajes. En la tienda de mi tía. Con una linterna.

—Entonces tuvimos la misma infancia.

—Casi.

—Casi.

Se hizo otro silencio, más suave. Ella notó cómo el cuerpo de Kael se relajaba una fracción, un grado, un centímetro. La respiración se le fue alargando. Y en algún momento, sin que ninguno de los dos supiera cuándo, el hueco de una mano entre ellos se estrechó, y después desapareció.

No se tocaron. No exactamente. Pero el dorso de la mano de ella quedó rozando el de él sobre la manta, y ninguno se apartó.

Elara tardó mucho en dormirse. Se quedó escuchando cómo la tormenta amainaba por fin, y el murmullo de la lluvia plateada se convertía en una cadencia suave, casi tierna.

Cuando por fin cerró los ojos, el último pensamiento que tuvo fue que el hilo de su muñeca ya no tiraba.

Estaba tranquilo. Quieto. Como si hubiera encontrado el lugar donde debía descansar.

Mucho después, ya de madrugada, creyó oír una voz que susurraba su nombre. Una sola vez, apenas un soplo, con una ternura tan dolorida que se le encogió el pecho incluso dormida.

Cuando abrió los ojos, el amanecer pálido se filtraba por las rendijas y Kael seguía a su lado, despierto, con la mirada fija en el techo y la mano todavía contra la suya.

—Buenos días —dijo él, sin volverse.

—Buenos días.

—Ha pasado la tormenta.

—Sí.

Ninguno de los dos se levantó.