La Corona de Espinas y Sombras Capítulo 7 – Lo que crece en la oscuridad
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Capítulo 7 – Lo que crece en la oscuridad

—Otra vez.

Elara soltó el aire por la nariz y se sacudió las manos, que le hormigueaban hasta los codos.

Llevaba tres horas de pie sobre la hierba negra del jardín, con las botas hundidas en un barro que olía a raíz y a metal, y la única flor que había conseguido hacer brotar era un tallo raquítico que se había doblado sobre sí mismo y marchitado antes de abrir.

—Lo he hecho otra vez —dijo.

—Lo has hecho mal otra vez.

—Es lo mismo.

—No lo es. —Kael, de pie a dos pasos, con los brazos cruzados y la capa sujeta por una fíbula de hierro, miró el tallo muerto con una paciencia que se le estaba agotando—. Estás empujando. La magia de las Espinas no se empuja. Se invita.

—Me lo has dicho catorce veces.

—Y piensas hacerlo una quince.

—No sé cómo se invita a algo que no sé que tengo.

Llevaban nueve días así. Las mañanas empezaban con Brisa y su bandeja, y cuando el cielo sin sol viraba a un gris más claro, Kael la conducía por pasillos y escaleras hasta una puerta oculta tras un arco de piedra, y de allí a los jardines.

Los llamaban «oscuros» y eran lo contrario de lo que su nombre prometía: un laberinto de setos negros, árboles de ramas retorcidas y estanques de agua quieta, todo cubierto de flores pálidas que se abrían de noche y se cerraban cuando alguien las miraba demasiado.

Kael decía que habían pertenecido a la Corte de las Espinas. Que seguían esperando.

Elara había aprendido tres cosas en nueve días.

Que su sangre respondía mejor al atardecer.

Que la marca ardía cuando mentía, aunque fuera en voz baja, aunque fuera a sí misma.

Y que Kael, cuando corregía su postura, tenía la costumbre de ponerle las manos en los hombros, o en la cintura, o en los dedos, siempre con una brusquedad impersonal de maestro, siempre con la mirada fija en algún punto lejano, como si el contacto no fuera con ella sino con un maniquí.

Eso último era lo que más la irritaba. Y lo que más le costaba olvidar por las noches.

—Cierra los ojos —dijo él.

—Ya los he cerrado cuarenta veces.

—Cuarenta y una. Ciérralos.

Obedeció. La oscuridad detrás de los párpados era cálida, rojiza. Oyó que Kael se acercaba, el crujido de sus botas sobre el barro, y después lo sintió a su espalda, a una distancia que no llegaba a tocarla pero que se notaba en la nuca como una corriente.

—Extiende la mano.

La extendió. Los dedos de él se cerraron sobre su muñeca izquierda, por encima de la manga, y su otra mano le sujetó el antebrazo, guiándolo hasta que la palma quedó abierta sobre la tierra.

—No pienses en la flor. Piensa en lo que hay debajo.

—¿Debajo de qué?

—De ti. —La voz le llegó muy cerca del oído—. Hay una raíz. La tienes desde que naciste. No la fuerzas a subir. Escúchala.

Elara respiró. Intentó vaciar la cabeza y lo que apareció fue la tienda, el olor a papel y a cera, la risa de su tía, la cara de Quill sacudiéndose el paraguas.

Pimienta enroscada sobre el baúl. Todo lo que había perdido.

Algo se le apretó en la garganta y de ese apretón surgió, sin que lo buscara, un hilo de calor que le bajó por el brazo hasta la mano.

La tierra se movió.

—Eso —murmuró Kael—. No lo pierdas.

Algo le cosquilleó en la palma. Lo sintió subir, un tallo fino y vivo que se desenroscaba entre sus dedos, y después una resistencia suave, un pequeño estallido, y cuando abrió los ojos había una rosa negra entre sus manos, con los pétalos húmedos de rocío y las espinas brillando como agujas de cristal.

—Lo he hecho —susurró.

—Sí.

—¡Lo he hecho!

Se giró con la rosa en alto, riendo, y chocó de pleno con su pecho.

Kael no la había soltado. Tenía una mano en su muñeca y la otra, en algún momento, se le había deslizado hasta la cintura.

Los ojos de oro estaban a un palmo de los suyos, muy abiertos, sin máscara.

La risa de Elara se le apagó en la boca.

Ninguno de los dos se movió.

Ella notó el latido de él contra el suyo, el del hilo rojo tirando entre ambas muñecas, un calor que no venía del cielo ni del jardín. Vio cómo la mirada de Kael bajaba a sus labios, un segundo apenas, y volvía a subir con un esfuerzo visible. Le temblaba un músculo de la mandíbula.

—Bien —dijo él con voz ronca—. Ya está. Otra vez.

—¿Otra vez?

—Tienes que repetirlo hasta que no dependa de mí.

La soltó. Dio un paso atrás, luego otro, y se ocupó de ajustarse la fíbula de la capa con una atención desproporcionada. Elara se quedó con la rosa en la mano y las mejillas ardiendo. Bajó la vista a la flor. Una espina le había abierto una gota roja en el pulgar, y no lo había notado.

Esa tarde el aire cambió.

Elara lo sintió antes que Kael, o eso le pareció: una presión baja, pesada, en los oídos, y un olor a ozono que le recordó la tienda las noches de tormenta.

Los pétalos pálidos de los setos se cerraron todos a la vez con un murmullo seco.

Un pájaro enorme, de plumas oscuras, cruzó el cielo graznando y se perdió entre los árboles.

—Kael.

—Lo he notado.

Él había dejado de hablar. Miraba el horizonte, donde las nubes grises se estaban amontonando en una masa violácea y cargada, cruzada de venas de luz. Elara nunca había visto un cielo así. Giraba sobre sí mismo, lento, como un remolino.

—¿Qué es?

—Una tormenta de velo. —Se dio la vuelta, ya en movimiento—. Suelen venir tras un uso fuerte de magia en terreno antiguo. No las provoca nadie. Simplemente ocurren. Hay que resguardarse.

—¿La torre?

—Está demasiado lejos. —Echó una ojeada a las nubes, y la preocupación le endureció el gesto—. Con esto encima no llegamos. Hay un pabellón al norte.

Echaron a correr.

Los primeros goterones cayeron cuando aún atravesaban el laberinto.

No eran de agua. Eran frías y espesas, con un brillo plateado, y donde tocaban la piedra siseaban y dejaban marcas negras.

Kael la agarró de la mano sin preguntar y tiró de ella por pasillos de setos que se cerraban a su paso, y ella lo siguió sin protestar, con el corazón en la garganta, sintiendo cómo el hilo de su muñeca se tensaba con cada zancada.

Un rayo cayó en algún lugar cercano, y el suelo tembló. Un seto entero estalló en llamas verdes. Elara gritó y Kael la atrajo contra sí, cubriéndola con la capa mientras una lluvia de chispas les caía encima.

—¡Sigue! ¡Ya casi!

El pabellón apareció al final de una avenida de cipreses.

Era una construcción pequeña, de piedra clara, con columnas torcidas y un tejado de pizarra cubierto de musgo.

Kael abrió la puerta de una patada, la hizo pasar y la cerró tras ellos con un golpe que apagó el rugido del exterior hasta convertirlo en un zumbido sordo.

Se quedaron jadeando en la penumbra.

Elara se apoyó en la pared, con el pelo pegado a la cara y la ropa empapada de esa lluvia extraña que ya empezaba a evaporarse. Kael deslizó una mano por el marco de la puerta y murmuró algo en la lengua de las sombras. Una película de oscuridad se extendió por la madera y selló las rendijas.

—¿Estamos a salvo? —preguntó ella.

—Mientras dure el sello.

—¿Cuánto es eso?

—Hasta que pase la tormenta.

—¿Y cuánto tarda en pasar?

Kael tardó en responder. Se había girado hacia el interior, y desde donde estaba Elara solo veía su espalda ancha y la línea tensa de su cuello.

—Una noche entera —dijo—. Quizá más.

El silencio que siguió tenía peso.

El pabellón constaba de una sola estancia circular.

Había una chimenea apagada, un par de cofres cubiertos de telarañas, una mesa con dos sillas de respaldo bajo, un candil colgado de un gancho.

Kael lo encendió con un chasquido de dedos, y la luz amarillenta reveló lo que ninguno de los dos había querido ver desde el primer momento.

En el rincón del fondo, bajo una ventana cegada, había una cama.

Una. De madera oscura, con un colchón de lana y una manta doblada a los pies. Estrecha.

Elara la miró. Kael la miró. Ninguno dijo nada.

—Puedo dormir en el suelo —dijo él al fin.

—Hace frío.

—He dormido en sitios peores.

—No lo dudo, pero no hace falta que te mueras de una pulmonía para demostrar que eres un caballero.

—No soy un caballero.

—Lo sé. —Elara cruzó los brazos—. Por eso lo digo.

Él giró la cabeza y la miró por encima del hombro, con una ceja arqueada. Durante un instante pareció a punto de sonreír. Se contuvo.

—Enciende el fuego —dijo—. Yo busco leña.

Había leña en un cofre, seca, intacta bajo las telarañas.

Kael prendió la chimenea con una chispa de su magia y la llama azul se alzó, tibia, y llenó la estancia de una luz que le suavizó los rasgos.

Elara se arrodilló delante, extendiendo las manos para calentárselas, y se dio cuenta de que le castañeteaban los dientes.

La ropa mojada se le pegaba a la piel con un frío que ya le calaba hasta los huesos.

—Quítate eso —dijo Kael a su espalda.

Elara se volvió despacio.

—¿Perdona?

—La túnica. Está empapada y te vas a enfermar. —Hablaba con una rigidez de piedra, sin mirarla—. Hay una manta en la cama. Envuélvete en ella. Yo me daré la vuelta.

—Qué considerado.

—No tientes tu suerte.

Se dio la vuelta, en efecto, con los brazos cruzados y la vista clavada en el muro opuesto.

Elara tardó un momento en moverse. Se quitó la túnica, el cinturón, las botas, y se quedó con la camisola interior de lino, que la humedad hacía transparente en algunas zonas.

Cogió la manta, gruesa y áspera, y se la echó sobre los hombros, hasta los pies.

—Ya está.

Él giró la cabeza lo justo para comprobarlo. Sus ojos recorrieron el contorno de la manta, el pelo mojado, los pies descalzos sobre la piedra. Los apartó.

—Siéntate junto al fuego.

—Tú también estás mojado.

—Me secaré.

—Kael.

—Estoy bien.

Pero no lo estaba. Elara lo vio en la forma en que el agua le goteaba del pelo y le resbalaba por la nuca, en la camisa pegada a los hombros, en un escalofrío que le recorrió la espalda y que él reprimió con un esfuerzo visible.

Cogió el borde de la manta, la levantó un palmo y señaló el espacio a su lado.

—Hay sitio.

—No.