Capítulo 6 – La mesa de los cuchillos #2
Elara sintió que algo se enroscaba en su estómago. No entendía quién era esa reina, ni qué papel jugaba, pero el temblor imperceptible en la mandíbula de Kael le dijo todo lo que necesitaba saber: aquel nombre era una herida abierta, y su hermana acababa de meter el dedo con placer.
—Quizá —dijo ella, y todos los ojos se volvieron— sería más útil que la señorita Voss explicara cómo llegó a manos de nuestro estimado Kael.
Era el joven lánguido de las sortijas. Había dejado de girar la copa. Sonreía con un colmillo asomando.
—Prefiero que no —respondió Elara, antes de poder frenarse.
Las cejas del joven se arquearon.
—Qué respuesta tan breve.
—Me aconsejaron la menor cantidad de palabras posible.
Lyra rio. Fue una risa corta, genuina, que pilló a todos por sorpresa, incluida ella misma. Se llevó dos dedos a los labios y miró a Elara con un nuevo interés, ladeando la cabeza.
—Vaya —dijo—. Tiene dientes.
—Lyra —advirtió Kael.
—Es un cumplido. No sabes aceptarlos. —Lyra se reclinó en la silla, con la copa colgando de dos dedos—. Cuéntame, humana. ¿Te ha explicado mi hermano por qué te sacó de tu pequeña vida? ¿O te ha dado la versión que se da a los niños, la de que eres una princesa perdida y todos te adoramos?
—Me ha dicho que mi sangre altera un equilibrio.
—Qué elegante resumen.
—Y que hay quien me quiere muerta.
—Sí. —Lyra sonrió—. Yo, por ejemplo, aún no he decidido.
El tenedor de Kael se detuvo a medio camino de su plato.
—Basta —dijo, bajo.
—Solo digo que sería más sencillo para todos.
—He dicho basta.
El tono no fue elevado. Fue lo contrario: una voz plana, sin matices, como el filo de un cuchillo apoyado sobre una garganta.
Lyra se quedó mirándolo durante un largo momento, y algo se movió en su rostro, tan rápido que Elara casi lo pierde.
No era desprecio. Era algo más viejo, más cansado, una especie de decepción antigua que se disfrazaba de burla.
—Siempre fuiste el favorito de la sombra —dijo Lyra por fin, y apartó la mirada—. Qué suerte tienes.
Y bebió.
Después de aquello, la cena transcurrió como la calma de un campo donde acaba de caer un rayo.
Aldric retomó el tema de los tributos con una voz monótona que tranquilizó a unos y exasperó a otros.
Veyra se retiró pronto con un gesto seco.
El joven de las sortijas desapareció entre la multitud.
Elara siguió mirando el plato, empujando un trozo de ave por la salsa, mientras el salón entero seguía observándola con una discreción nada discreta.
Fue entonces cuando se fijó en las manos de Kael.
Las tenía sobre el mantel, a ambos lados de la copa que no había tocado.
Las dos cerradas en puños tan apretados que los nudillos se veían blancos.
Pero lo que le llamó la atención fue otra cosa: una de ellas, la izquierda, temblaba.
Apenas. Un temblor fino y continuo, como el de una cuerda que ha sido pulsada hace un rato y aún no ha dejado de vibrar.
Él parecía no darse cuenta. Miraba al frente con una expresión de mármol, escuchaba a Aldric y asentía en los momentos justos, y bajo ese control perfecto el cuerpo entero tiraba hacia otra parte.
Se le ocurrió, de pronto, algo que no había pensado hasta entonces: que Kael no era cruel.
Que la crueldad era una ropa que se ponía todas las mañanas, igual que ella llevaba ahora el vestido, y que debajo había algo roto, sujetado con tanta fuerza que cualquier presión lo haría estallar.
Alguien que había pasado mucho tiempo aguantando sin que nadie lo viera.
No supo qué hacer con esa idea. Le resultaba incómodo mirarla de frente.
Bajo la mesa, sin pensarlo, extendió la mano y apoyó los dedos sobre el borde de su manga. No lo tocó a él. Solo la tela.
Kael se quedó inmóvil.
No giró la cabeza. No dijo nada. Pero el temblor de la mano izquierda cesó, poco a poco, y al cabo de unos segundos largos la pierna que tenía más cerca de ella se movió una fracción, un centímetro, lo suficiente para que el costado de él quedara contra el suyo.
Siguieron así, sin mirarse, mientras el canciller hablaba de aranceles y el salón se llenaba de un zumbido de conversaciones.
En la muñeca de Elara, bajo el terciopelo, el hilo rojo se tensó como una cuerda recién afinada.
Salieron del salón pasada la medianoche. El pasillo que llevaba a la torre estaba desierto, iluminado por antorchas de llama verde que ondulaban sin viento. Kael caminaba un paso por delante, con la capa recogida sobre el brazo y los hombros más rígidos que nunca. Elara lo seguía en silencio.
Cuando llegaron a la puerta, él sacó la llave, la hizo girar y se quedó con la mano apoyada en la madera, de espaldas a ella.
—Lyra no habla en serio —dijo.
—Parecía bastante en serio.
—Lo parece siempre. No te hará daño mientras yo esté aquí.
—¿Y cuando no estés?
Kael apretó los dedos sobre el marco.
—Siempre estaré.
Lo dijo tan bajo que Elara dudó de haberlo oído. Antes de que pudiera contestar, él abrió la puerta y se hizo a un lado, con la vista clavada en el suelo.
—Duerme. Mañana empieza el entrenamiento.
—¿Qué entrenamiento?
—El de la sangre. —La miró por fin, un segundo, y fue una mirada tan abierta que a Elara le faltó el aire—. Gracias por lo de la mesa.
—No hice nada.
—Lo sé. —Una sombra de sonrisa, fugaz, casi imperceptible—. Por eso.
Cerró. El cerrojo se deslizó. Elara se quedó en medio del cuarto con el vestido de terciopelo pesándole sobre los hombros, el fuego azul parpadeando y un nudo en la garganta que no sabía nombrar.
Debería haber estado furiosa. Con él, con Lyra, con la corte entera, con su tía.
Lo había estado durante días, con una energía casi práctica.
Esa noche, en cambio, solo encontraba una confusión mansa, desconcertante, que no se parecía a ninguna emoción conocida.
Odiaba la forma en que Kael la protegía y odiaba más no poder dejar de ver el temblor de su mano.
Odiaba comprender que debajo de aquel hombre tan imposible había alguien a quien se le estaba rompiendo algo, y que a ella le dolía.
Se quitó el vestido. Se lavó la cara con el agua fría de la jofaina. Se tumbó en la cama con la camisola puesta, el libro a su lado, la mirada perdida en las vigas negras.
El libro se abrió solo. Elara no se sobresaltó. Había empezado a esperarlo.
En la hoja que quedó a la vista, la tinta parda se agrupó despacio, letra a letra, como si alguien la escribiera desde dentro:
Mira lo que calla.
Y debajo, en un trazo más pequeño, casi tímido:
Te lo dije.
Elara cerró los ojos. Fuera de la torre, a lo lejos, una campana volvió a sonar sin sonido, y por un momento le pareció que el pulso extraño de su muñeca respondía.