La Corona de Espinas y Sombras Capítulo 6 – La mesa de los cuchillos
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Capítulo 6 – La mesa de los cuchillos

Brisa le trajo el vestido a media tarde, y Elara lo miró como se mira a un animal que no se sabe si muerde.

Era de terciopelo negro, con un corte sobrio y las mangas largas, ajustadas hasta el puño.

Alguien había bordado en el escote y en los bordes una hilera de zarzas diminutas con hilo de plata, tan finas que solo se advertían cuando la luz les daba de lado.

Las mangas, comprobó, cubrían la marca por completo.

—No es casualidad —dijo Elara.

—El señor Kael lo ha pedido así —susurró Brisa, que sostenía una cinta con dedos inquietos—. Dijo que nadie debe ver su muñeca. Ni la suya ni la de usted.

—¿Su muñeca?

La criada se mordió el labio, comprendiendo demasiado tarde que había hablado de más.

—Perdone. No he dicho nada.

—Brisa. —Elara se volvió hacia ella con la voz más suave que pudo encontrar—. Llevo tres días encerrada con un libro que me escribe cartas y un hombre que me trata como a un inventario. Si alguien por aquí me va a decir algo útil, que sea alguien que no me tenga miedo.

La mujer alzó los ojos por primera vez. Eran de un castaño apagado, cansados, con un fondo de ternura que no había tenido ocasión de gastar.

—No le tengo miedo a usted —dijo—. Le tengo miedo a lo que viene detrás.

No añadió nada más. Se puso a trenzarle el pelo con una destreza silenciosa, y Elara se dejó hacer, mirando la llama azul del fuego mientras repasaba las instrucciones de la mañana.

Kael las había dado desde el umbral, sin entrar, con los brazos cruzados y la mirada fija en un punto situado a unos centímetros de su oreja.

Esta noche cenarás en el Gran Salón. Hay que presentarte a la corte. Te sentarás a mi izquierda, no hablarás salvo que te pregunten, y cuando te pregunten responderás con la menor cantidad de palabras posible. Eres mi protegida. Nada más.

¿Y si me preguntan qué soy?

Una huérfana humana con talento para la restauración de libros antiguos. Es verdad a medias, y las mentiras más duraderas son las que tienen cimientos.

No habían vuelto a mencionar la noche anterior.

Ni el arco, ni la oscuridad, ni el tirón en el pecho.

Kael se había comportado con ella con una cortesía glacial que dolía más que los gritos, y cada vez que sus ojos coincidían, apartaba los suyos como si hubiera tocado un hierro caliente.

Elara, por su parte, se descubría contando los pasos que lo separaban de ella. Cuatro. Tres. Dos.

Tenía el hilo rojo de la muñeca todavía bajo la tela. No lo había mencionado. Él tampoco.

—Ya está —dijo Brisa, dando un paso atrás.

Elara se miró en el espejo de metal pulido que colgaba junto a la cama. La mujer que le devolvía la mirada tenía el cuello descubierto, la trenza recogida en una corona sobre la nuca y los ojos más grandes que de costumbre. Parecía alguien a quien no conocía y a quien, quizá, convendría temer.

—Esto es un disfraz —murmuró.

—Todo aquí lo es, señora —respondió Brisa—. Lo importante es saber cuándo quitárselo.

El Gran Salón ocupaba casi todo el piso más ancho de la fortaleza.

Elara lo supo por el eco antes de verlo: un rumor de voces, de cubiertos, de risas contenidas, que subía por la escalera de piedra y se le enroscaba a los tobillos.

Kael la esperaba al pie de los últimos peldaños, de negro riguroso, con una capa corta sobre el hombro y el anillo de hierro brillando en su mano derecha.

No llevaba corona. Pero había en la manera de plantarse algo que hacía innecesaria cualquier joya.

Al verla, sus ojos se detuvieron un instante demasiado largo en el escote bordado. Después subieron a su cara. Después se fueron a la pared.

—Te queda bien —dijo, como si le costara una muela.

—Es un vestido.

—Es un escudo. Úsalo como tal.

Le ofreció el brazo. Elara lo miró, miró el brazo, volvió a mirarlo a él.

—No sé caminar de esa manera.

—Pon la mano encima. Camina a mi paso. Sonríe poco. —Una pausa—. No me pises.

—¿Y si lo hago?

—Entonces será un detalle humano muy convincente.

Las puertas se abrieron.

El salón era una caverna de columnas negras que sostenían una bóveda cubierta de constelaciones pintadas, con estrellas que no correspondían a ningún cielo conocido.

Lámparas de cristal colgaban de cadenas invisibles, derramando una luz fría, blanquecina.

Al fondo, sobre un estrado de nueve peldaños, se alzaba un sitial de piedra oscura, vacío.

A los lados se extendían mesas largas cubiertas de manteles de seda gris, y en ellas, sentados o de pie, había cientos de personas.

Eran hermosas. Esa fue la primera impresión de Elara, y la segunda fue que aquella belleza le producía náuseas.

Todos tenían la piel demasiado pálida, los ojos demasiado grandes, los movimientos demasiado precisos.

Hombres de pelo plateado con ropas de brocado.

Mujeres de cuello largo y manos adornadas con anillos de obsidiana.

Una niña, o algo con aspecto de niña, que levantó la vista de su plato para mirarla con unos ojos completamente negros, sin blanco.

El rumor se apagó a su paso, en una ola que fue extendiéndose por el salón a medida que avanzaban.

—Respira —dijo Kael, sin mover los labios.

—Lo hago.

—Con más disimulo.

Cruzaron el pasillo central. Las miradas la recorrían de arriba abajo con una curiosidad sin disimulo, la que se reserva para el ganado que alguien ha traído a una subasta.

Alguien soltó una risita aguda. Alguien murmuró una palabra que Elara entendió perfectamente: humana . Dicha como se dice una enfermedad.

Mantuvo el mentón alto y los ojos al frente, y apretó los dedos sobre la manga de Kael. Bajo la tela notó un músculo tenso como una cuerda.

—Dime que se van a cansar pronto —susurró.

—No se cansan nunca.

—Qué consuelo.

—Te lo había avisado.

Llegaron a una mesa elevada, a la derecha del estrado, donde había tres sillas ocupadas y una cuarta vacía.

Un hombre mayor, de barba blanca recortada y manos nudosas como raíces, se levantó para saludarlos con una inclinación de cabeza.

Se presentó como el canciller Aldric y le besó la mano con una cortesía fría, evaluadora, fijándose en el puño de la manga como si pudiera ver a través de él.

—Es un placer, señorita Voss. Hemos oído hablar mucho de usted.

—Supongo que más de lo que yo he oído de ustedes.

Aldric sonrió con un destello de aprobación involuntaria.

—Eso tiene remedio.

A su lado estaba sentado un joven de aspecto lánguido, con el pelo largo recogido en una coleta y un anillo en cada dedo, que ni siquiera la miró.

Hacía girar una copa entre las manos. Más allá, una mujer de rostro severo y mirada sagaz, envuelta en un manto de piel oscura, la estudió en silencio sin presentarse.

Y la cuarta silla, la que quedaba junto a la de Kael, estaba ocupada por alguien que Elara solo vio cuando él le retiró el asiento para que se sentara.

—Mi hermana —dijo Kael con una neutralidad estudiada—. Lyra.

La mujer inclinó apenas la cabeza.

Era más joven de lo que Elara había supuesto, quizá treinta años en apariencia, aunque ya había aprendido a no fiarse de las apariencias de aquel lugar.

Compartía con Kael la mandíbula afilada y los ojos dorados, pero los suyos tenían un brillo de otra clase, más ligero, más cruel, como el de un gato que ha dejado de jugar con su presa y está decidiendo cuál será la forma más elegante de terminar.

Llevaba el pelo recogido en un moño bajo, con una aguja de plata clavada que parecía más un arma que un adorno.

Vestía de un rojo oscuro, el único color en toda la mesa, y lo vestía con una insolencia deliberada.

—Así que esta es —dijo, sin molestarse en bajar la voz.

—Lyra.

—No he dicho nada, hermano. —Sus labios se curvaron en una sonrisa de dientes pequeños—. Solo comento. Tiene aspecto de que se la va a llevar el viento.

—Elara Voss —dijo Elara, con una calma que no sentía, y le tendió la mano.

Lyra la miró. Después miró la mano. Después, con una lentitud estudiada, tomó su copa de vino y bebió un sorbo sin devolver el saludo.

—Qué educada —comentó—. Qué humana.

Elara retiró la mano despacio y la posó sobre el mantel. Bajo la mesa, Kael apretó los puños, aunque no hizo ni dijo nada. Ella lo registró con un destello de incredulidad. Él no iba a defenderla. No allí. No delante de ellos.

Eres mi protegida. Nada más.

Se sentó con la espalda recta.

La cena fue una larga sucesión de platos que Elara apenas tocó.

Brisa le había advertido de que comiera solo de lo que Kael probara primero, y él cumplió con una discreción tan puntual que casi parecía un ritual: cortaba un trozo de cada plato, lo llevaba a sus labios, esperaba un par de segundos y deslizaba la bandeja hacia ella con un movimiento mínimo.

Nadie en la mesa comentó el gesto. Todos lo vieron.

Las conversaciones fluían a su alrededor como un río con corrientes subterráneas.

Elara no entendía la mitad: nombres de familias, tratados rotos, tributos retrasados, una disputa por un paso de montaña en la frontera norte.

Pero entendía el tono. Cada frase llevaba un doble filo.

Cada sonrisa era una moneda lanzada al aire para ver de qué lado caía.

—Dicen —comentó la mujer del manto de piel, con voz de papel seco— que la Corte de las Llamas se ha movido en las fronteras del sur. Tropas, caballos, estandartes. Una demostración de fuerza muy oportuna, ahora que se rumorea sobre ciertas… llegadas.

—Los rumores son para quien tiene tiempo de escucharlos, Veyra —contestó Kael.

—Y los cazadores muertos en un callejón humano son para quien tiene tiempo de enterrarlos. —Veyra no alzó la voz—. Tres de los nuestros, Thorne. Tres, y volviste con una mujer en brazos.

Un silencio helado cayó sobre la mesa.

—Dos —dijo Kael—. El tercero huyó. Y no eran vuestros. Eran de la Corte de Ceniza, que se ha dado licencia de rastrear en terreno ajeno.

—Con la autorización de la reina.

—La reina no está en esta mesa.

—La reina —intervino Lyra, con voz de seda— tiene muchas formas de estar en las mesas.