Capítulo 5 – El precio de la puerta
Las reglas llegaron con el amanecer, si es que aquel cielo sin sol podía llamarse así.
Elara no supo que había amanecido hasta que el cerrojo se deslizó y la puerta se abrió con un quejido de hierro.
Llevaba horas despierta, sentada en el suelo junto a la chimenea con la manta sobre los hombros y el libro cerrado sobre las rodillas, mirando cómo las llamas azules lamían un tronco que no se consumía nunca.
En el nicho del muro, junto al tapiz de la luna dividida, había dejado el paño de lino vacío, como quien deja un mensaje.
Entró primero una mujer menuda, de rostro anguloso y manos enrojecidas, con un hatillo de ropa y una bandeja.
Se llamaba Brisa, aunque lo dijo con tanta prisa y tan baja la cabeza que Elara tuvo que pedirle que lo repitiera.
Dejó la bandeja en la mesa, el hatillo sobre la cama, y retrocedió hasta la puerta sin levantar los ojos del suelo.
Detrás de ella, ocupando el hueco del umbral, apareció Kael.
Venía con el abrigo de cuero puesto otra vez y la espada al cinto. Tenía la cara de quien no ha dormido y se ha negado a admitirlo. Se detuvo a tres pasos de ella y cruzó las manos a la espalda, como un oficial que va a pasar revista.
—Siete reglas —dijo—. Las diré una vez.
—Qué generoso.
—Primera. No sales de esta torre sin mí.
Segunda. No recibes a nadie que no venga con mi sello.
—Levantó una mano y mostró un anillo de hierro negro con una espina grabada—.
Tercera. No comes ni bebes nada que no haya traído Brisa.
Cuarta. No hablas de tu marca con nadie, ni siquiera con quien parezca amigo.
Quinta. Si sientes que algo te llama desde fuera, te lo callas y me avisas. Sexta. El libro lo guardo yo.
—No.
Kael se detuvo.
—Esa no es una regla —añadió ella, abrazando el volumen—. Es un robo.
—Es una medida de seguridad.
—Es mío.
—Es de tu línea, y está más vivo de lo que te conviene. —Su mirada bajó al cuero, y por un instante algo cruzó su rostro, una cautela casi supersticiosa—. Escribe cosas que no deberías leer a solas.
—Hace eso con o sin ti.
—Precisamente.
—Me lo quedo. —Elara alzó la barbilla—. Si quieres quitármelo, tendrás que echarme otra vez al hombro.
Kael la observó. Brisa, junto a la puerta, había contenido el aliento.
—Quédatelo —dijo al fin, con un cansancio áspero—. Pero lo lees delante de mí o de nadie. Séptima. No intentes marcharte.
—¿Y si lo intento?
—Entonces descubrirás por qué es la séptima.
Se dio la vuelta y salió. Brisa hizo una reverencia nerviosa y lo siguió, y el cerrojo volvió a cerrarse con su golpe definitivo.
Elara se quedó mirando la puerta.
Había una cosa que le había enseñado su tía Ottoline cuando era niña, un día que se perdió en el mercado y lloró hasta el hipo: cuando no puedes ganar una discusión, aprende dónde están las puertas.
Lo había dicho entre risas, con un caramelo de menta en la mano.
Elara llevaba veintisiete años siguiendo ese consejo en sentidos más pequeños, cambiando de acera, saliendo de fiestas por la cocina, encontrando siempre la manera de irse sin que nadie lo notara.
Ahora tenía una torre sin ventanas y una puerta con cerrojo por fuera.
Miró el hatillo de ropa. Dentro había un pantalón de cuero fino, una túnica de lana gris, un cinturón y unas botas de suela blanda que le quedaban un poco grandes.
Se vistió despacio. Comió el pan oscuro con un trozo de queso duro que sabía a nuez, porque le dolía el estómago de puro vacío. Bebió el agua. Esperó.
Pasaron horas. Nadie entró. Hacia lo que debía de ser la tarde, Brisa trajo una sopa espesa con un sabor extraño a corteza, y se fue otra vez sin hablar.
A medida que pasaba el día, el silencio de la torre se fue volviendo más pesado, y con él, las voces.
Primero un murmullo, luego una insistencia.
No eran las de la tienda. Estas eran más suaves y venían de abajo, como si la piedra misma las exhalara.
Ven. Ven. Ya casi.
Elara se tapó los oídos con las palmas. Las voces se colaron igual.
No podía quedarse allí. No sabía si por miedo o por orgullo o por pura necesidad física de moverse, pero sintió una certeza fría de que si esperaba una noche más, ya no se iría nunca. La marca de la muñeca había dejado de doler. Eso era lo que más le inquietaba. Se había asentado, como una raíz.
Esperó a que la luz de las velas bajara a su punto más débil. Entonces fue hasta la puerta.
El cerrojo estaba fuera de su alcance, pero había aprendido algo en la librería.
Las cerraduras antiguas se hinchan con la humedad y ceden a la presión si se les conoce el truco.
No había humedad allí, pero sí una ranura estrecha entre el hierro y la madera.
Elara sacó del cinturón la cuchara de madera que Brisa había olvidado en la bandeja, la deslizó por la rendija y empujó hacia arriba, hacia donde su oído adivinaba el pestillo.
Tardó tanto que se le acalambraron los dedos.
Cuando por fin sonó el clic, se quedó paralizada durante largos segundos, esperando que alguien gritara.
Nadie gritó.
Empujó la puerta. Un pasillo de piedra descendía hacia la oscuridad, apenas iluminado por antorchas de llama verdosa. Elara se echó la bolsa al hombro, con el libro envuelto en el lino, y salió.
La escalera era una espiral interminable.
Bajó pegada a la pared, con el aliento contenido, contando escalones.
Cuarenta. Ochenta. Cada pocos tramos pasaba por una ventana cegada con tablones, y entre las rendijas se colaba un viento que silbaba.
Dos veces oyó pasos en un piso inferior y se pegó a la sombra de un arco, con el corazón en las costillas. Dos veces los pasos se alejaron.
Llegó a un vestíbulo circular donde la espiral se abría a una sala larga, desierta, con una puerta doble al fondo. Allí el aire olía a lluvia y a hierba. Era el olor de afuera.
Corrió.
Empujó una de las hojas con el hombro y salió a un patio de adoquines negros, rodeado de muros altos.
Una luna enorme, de un blanco enfermizo, colgaba sobre las almenas y bañaba todo con una luz sin sombras.
Al fondo, entre dos torres, se abría un arco de piedra con una verja de hierro entreabierta, y más allá la oscuridad de un bosque.
La verja estaba abierta. Nadie la guardaba.
Una voz diminuta, la que había aprendido en la tienda a desconfiar de las ofertas demasiado buenas, le susurró que aquello no tenía sentido. Elara la ignoró.
Cruzó el patio a la carrera. El arco se acercaba. Veinte pasos. Diez.
Al pisar el umbral, el aire cambió.
Fue como entrar en un muro de agua helada.
Algo invisible la golpeó de frente, un peso contra el pecho, y luego el dolor llegó desde todos lados a la vez.
Un dolor limpio, preciso, que le recorrió cada hueso con filamentos de fuego.
Gritó, y no oyó su propio grito. Las rodillas se le doblaron.
Vio, desde muy lejos, cómo sus manos se extendían ante ella con las venas ennegrecidas, y cómo del arco de piedra se desprendían hilos de luz gris, finísimos, que se enroscaban en torno a sus muñecas y a su garganta.
Intrusa, dijo la piedra.
No respiraba. No podía. El aire se había convertido en vidrio.
La marca de su muñeca ardía con una intensidad nueva, como si la barrera la reconociera y la castigara por eso.
Le subió un sabor a sangre a la boca. Quiso decir algo, pedir ayuda, gritar un nombre, y el único que le vino a los labios fue uno que no habría querido pronunciar.
La oscuridad empezó a cerrarse por los bordes.
Alguien gritó.
No lo oyó bien. Fue un sonido desgarrado, furioso, con una nota de pánico que no cuadraba con la voz que reconoció después.
Algo cruzó el patio como un trueno. Una fuerza oscura, densa, se desplomó sobre la barrera con un estallido sordo, y los hilos de luz gris se retorcieron, chillaron y se rompieron uno tras otro.
Unas manos la agarraron por los hombros.
—¡Elara! ¡Elara, mírame!
Ella abrió los ojos con esfuerzo. Kael estaba arrodillado en el suelo frente a ella, sin abrigo, con la camisa abierta y el pelo pegado a la frente por el sudor.
Tenía las manos extendidas, y de ellas brotaba algo que no era luz.
Era una oscuridad líquida, moviente, que se arrastraba por el aire como humo vivo y devoraba los hilos de la barrera.
Los ojos dorados ardían. El tatuaje de su antebrazo, la espina negra, brillaba con un resplandor violeta que le subía por el brazo hasta el cuello.
—No cierres los ojos —dijo, y la voz le tembló—. No te atrevas a cerrarlos. Respira. Respira conmigo.
—Duele —consiguió decir ella.
—Lo sé. Respira.
La arrastró contra su pecho. Con una mano le sujetó la nuca, con la otra le cerró los dedos en torno a la muñeca marcada, y la oscuridad que salía de él se derramó por la piel de ella con una temperatura extraña, ni fría ni caliente, más parecida a la de un río subterráneo.
Elara sintió que algo se le abría detrás del esternón.
El dolor retrocedió. La barrera, rota, dejó escapar un último gemido y se apagó.
Se quedaron así, de rodillas sobre los adoquines, él inclinado sobre ella, ella aferrada a la tela de su camisa sin darse cuenta de que lo hacía. Respiraba. Estaba respirando. Cada bocanada le quemaba la garganta, y aun así era el mejor aire que había probado nunca.
Entonces llegó el tirón.
Nació en el punto donde las manos de Kael tocaban su piel y se extendió hacia dentro, sin dolor, con una insistencia casi tierna: una cuerda tensada entre los dos, anudada en algún lugar profundo del pecho.
Elara notó el latido de él, ajeno y rápido, contra su mejilla.
Y debajo del latido, un eco. Un reconocimiento.
Como si su sangre hubiera estado esperando a esa mano durante siglos.
Kael se quedó inmóvil.