Capítulo 4 – La torre de las campanas mudas #2
—No sales hasta que me contestes. ¿Qué pasa con mi tía? ¿Ottoline sabe algo de todo esto?
La pregunta lo detuvo. La mano de Kael se cerró en torno al picaporte sin llegar a girarlo.
—Tu tía —repitió.
—Me dijo que no abriera el libro. Me dijo que no tocara el estante del fondo. Ella lo sabía. Lo sabía todo el tiempo.
—Probablemente.
—¿Probablemente?
—No tengo los detalles. Ottoline Voss vigilaba tu línea desde antes de que nacieras. Si hizo bien o mal en callar, no me corresponde juzgarlo.
—Me ha mentido durante veintisiete años.
—Te protegió durante veintisiete años. No son lo mismo, aunque suelen venir juntos.
Elara tragó saliva. Aquel golpe era justo, y por eso dolía más. Se le humedecieron los ojos y odió a Kael por haberlo notado, por la forma en que apartó la mirada, con una incomodidad torpe, casi tímida, como si hubiera presenciado algo indecente.
—Quiero volver —dijo, más baja—. Aunque sea para despedirme. Aunque sea una hora.
—No puedo.
—No puedes o no quieres.
—Las dos cosas. —Kael apoyó la frente un instante contra la madera de la puerta, como si el peso de la conversación le hubiera caído de golpe sobre la nuca.
Cuando se giró, había recuperado la máscara—.
Cada vez que cruces el velo, la marca se activa.
Los que te buscan lo detectan al instante.
Esta torre está blindada para que no te rastreen.
Fuera de ella, a cualquier hora, estás a la vista de todo el que sepa mirar.
—Entonces voy a estar encerrada aquí para siempre.
—Hasta que el ritual se complete. Unas semanas. Quizá menos.
—¿Y qué pasa cuando se complete?
Kael tardó en contestar. Fuera, el viento arrastró un lamento largo por la piedra.
—Entonces serás libre de decidir qué hacer con lo que eres.
—No me suena a libertad.
—Es la única que hay.
Elara se dejó caer en el borde de la cama.
Le pesaban los brazos. Bajó la vista a la muñeca y la miró por primera vez con los ojos de quien acepta un diagnóstico.
La espina negra se había alargado. Ya no medía una falange sino casi dos, y de ella brotaban nuevas ramificaciones finas que serpenteaban hacia el antebrazo. Parecían tallos.
—Crece —murmuró.
—Es normal.
—¿Qué es normal? ¿Que me crezcan ramas por dentro?
—Que la sangre se reconozca. —Kael se acercó un paso, vacilante, y se quedó a una distancia prudente—. Cuando termine de crecer, la marca se asentará. Después dejará de dolerte.
—¿Y tú cómo lo sabes?
Él no respondió enseguida. Elara levantó la vista y lo sorprendió mirándola la muñeca con una expresión que no supo leer. No era frialdad. No era ironía. Era algo más viejo y más herido, y desapareció en cuanto sus ojos se cruzaron.
—Porque yo también llevo una —dijo, y se desabrochó el puño de la camisa izquierda.
La tela se deslizó. En la cara interna de su muñeca, justo sobre la vena, brillaba una línea negra tan nítida como la suya. Una espina. Más larga que la de Elara, con una docena de ramificaciones que le subían hasta el codo, y en torno a ella la piel parecía quemada por dentro.
Elara se quedó sin aire.
—¿Por qué…?
—No es asunto tuyo.
—Sí lo es. ¡Tienes mi marca!
—Tengo una parecida. No es igual. —Se bajó la manga con un gesto seco—. No te hagas ideas.
—No me hago ninguna. Pero tú sabes más de lo que cuentas.
—Sé más de lo que me conviene. Es distinto.
Se miraron. El fuego azul proyectaba sobre las paredes una luz de acuario, inestable, que les teñía las caras de colores irreales.
Elara tenía las mejillas húmedas y no recordaba haber llorado.
Kael, a dos pasos, parecía una figura que alguien hubiera colocado allí por error y que no sabía cómo marcharse.
—Mañana te traerán ropa —dijo por fin—. Y alguien que te explique las normas de la fortaleza. No salgas de la torre sola. No hables con nadie que no se identifique por mi nombre. Y no abras la puerta, aunque llamen con mi voz.
—¿Con tu voz?
—Aquí hay quien imita. —Giró el picaporte—. Lo sabrás distinguir. Yo no te hablaré con amabilidad.
—Eso lo he notado.
—Entonces ya has aprendido algo.
Salió. El cerrojo se deslizó al otro lado con un sonido grave y definitivo, y el eco rodó por la torre hasta apagarse. Elara se quedó mirando la puerta cerrada, con las manos aferradas a la manta y el corazón golpeando contra las costillas.
Pasó un rato largo. El fuego crepitó. Alguien, en algún lugar muy por debajo, hizo sonar una campana que no emitió sonido: un golpe de aire, un movimiento de metal sin eco, que le erizó la piel.
Se acercó a la mesa. Partió un trozo de pan. Estaba duro, ahumado, con un fondo agrio que se le quedó pegado al paladar. Se obligó a tragarlo.
Después se levantó y recorrió la estancia con pasos lentos, tocando la piedra, los tapices, el hierro de la puerta.
Buscaba una grieta, una rendija, una debilidad.
En la pared del fondo, detrás de un tapiz con la luna dividida, sus dedos encontraron un hueco angosto, una especie de nicho excavado en la roca.
Dentro, envuelto en un paño de lino que reconoció de inmediato, estaba el libro.
No lo habían escondido. Lo habían dejado a su alcance. Eso era lo que le helaba la sangre, la naturalidad del gesto, la certeza de que alguien había calculado que ella lo encontraría.
Lo sacó con cuidado. El cuero estaba frío por primera vez desde que lo tocó. Lo abrió por la última página que había leído y, bajo las palabras rojas de aquella noche, la tinta había cambiado.
Una letra nueva, apretada y apresurada, se extendía en la parte baja de la hoja:
No confíes en lo que te diga. Confía en lo que calla.
Y debajo, en una caligrafía casi idéntica a la que firmaba la dedicatoria de la librería:
Perdóname, Elara. Debí contártelo yo.
Elara cerró el libro con las dos manos y lo apretó contra el pecho.
Al otro lado de la puerta, a pocos pasos, los pasos de Kael se detuvieron. No se alejaron. Se quedaron allí, inmóviles, un tiempo más largo del que ninguno de los dos habría sabido explicar.