La Corona de Espinas y Sombras Capítulo 4 – La torre de las campanas mudas
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Capítulo 4 – La torre de las campanas mudas

Despertó con el sabor del humo en la lengua y la certeza de que alguien la estaba mirando.

Esta vez no abrió los ojos de golpe. Los dejó cerrados un rato mientras el cuerpo le iba entregando información: un colchón firme bajo la espalda, una manta de lana pesada que olía a cedro y a polvo, el crepitar de un fuego cercano.

El aire era seco y frío en la cara, templado en los pies.

No había lluvia. No había tráfico. Allí donde debía estar el goteo de los canalones, solo existía un silencio ancho, de altura, interrumpido de vez en cuando por el gemido largo del viento contra la piedra.

Abrió los ojos.

Un techo abovedado de vigas negras, tan alto que la luz de las velas se rendía antes de alcanzarlo.

Paredes de piedra gris, sin ventanas a la vista, con tapices desteñidos que representaban escenas de caza: ciervos de cuernos plateados, jinetes sin rostro, una luna dividida en tres.

A su derecha, una chimenea del tamaño de una puerta albergaba un fuego bajo, de llamas azuladas que no despedían humo.

A su izquierda, una mesa de roble con una jarra, un cuenco de fruta que ella no supo identificar y una bandeja de pan oscuro.

Y junto a la chimenea, de pie, con los brazos cruzados y el hombro apoyado en la repisa, Kael Thorne.

Se había quitado el abrigo. Debajo llevaba una camisa de lino negro con las mangas remangadas hasta los codos, y los antebrazos mostraban varias cicatrices finas, blancas, cruzadas como las líneas de un mapa.

El corte de la mejilla ya no sangraba. Tenía los ojos fijos en las llamas, y por eso Elara tardó un instante en comprender que, en realidad, la había estado vigilando por el rabillo.

—Por fin —dijo él sin girarse—. Llevas dos días durmiendo.

Elara se incorporó tan rápido que la cabeza le dio una vuelta completa.

—¿Dos días?

—Cruzar el velo sin preparación pasa factura. Tu cuerpo necesitaba descansar. —Se encogió de hombros con un desdén medido—. No ha sido un problema. Aquí nadie tiene prisa por ti.

—Eso no suena a consuelo.

—No lo pretendía.

Ella apartó la manta. Llevaba puesta una camisola de lino blanco que no era suya, larga hasta las rodillas, con los puños bordados en hilo gris. Se agarró el cuello de la prenda con la mano.

—¿Quién me ha cambiado de ropa?

Por primera vez, Kael la miró. Alzó una ceja.

—Una criada. Tu ropa estaba empapada y olía a cloaca. Si me estás preguntando si he sido yo, la respuesta es no. Tengo cosas mejores que hacer que desvestir humanas inconscientes.

—Qué amable.

—Qué agradecida.

Elara se levantó. Las piernas le fallaron un segundo y tuvo que apoyarse en el cabecero de la cama, una estructura de madera negra tallada con zarzas.

Cuando recuperó el equilibrio, buscó con la mirada su ropa, su bolsa, su móvil, cualquier ancla.

Encima de una silla, doblados con cuidado, estaban sus vaqueros y su jersey, limpios y secos. No había rastro de la bolsa.

—¿Dónde está el libro?

—A salvo.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que vas a recibir por ahora. —Kael se apartó de la chimenea y rodeó la mesa con paso lento—. Come algo. Beberás agua y comerás pan. La fruta déjala, a menos que quieras pasarte tres horas viendo colores que no existen.

—¿Es una amenaza?

—Una advertencia. Tu mundo y el mío tienen reglas distintas sobre lo que se puede ingerir sin consecuencias.

Elara miró el pan con desconfianza. Tenía hambre, un hambre feroz y retorcida que le revolvía el estómago, pero antes de dar un solo bocado se plantó frente a él, con la camisola arrugada y los pies descalzos sobre la piedra fría.

—Quiero volver a casa.

—No.

—No te lo estoy pidiendo.

—Yo tampoco te estoy pidiendo permiso. —Kael sostuvo su mirada sin parpadear—. Siéntate, Elara. Voy a explicártelo una sola vez y preferiría hacerlo sin que te caigas redonda a media frase.

—Prefiero estar de pie.

—Como quieras.

Se quedó en silencio un momento, ordenando algo por dentro. A la luz azulada del fuego, su rostro parecía tallado en piedra. Elara se dio cuenta de que evitaba mirarle la muñeca izquierda, y de que, cuando creía que ella no lo veía, sus ojos volvían allí un segundo antes de huir de nuevo.

—Hace mil años —empezó— existían tres cortes en este reino.

La de las Sombras, que gobierna la noche y los pactos.

La de las Llamas, que gobierna la guerra.

Y la de las Espinas, que gobernaba lo que crece y lo que se pudre.

Entre las tres sostenían un equilibrio. Ninguna podía dominar a las demás porque las otras dos se aliarían contra ella.

—Esto parece un cuento.

—Lo fue durante siglos. —Cruzó los brazos—. La Reina de las Espinas murió en la última guerra. Se dijo que no dejó descendencia. Se dijo mucho. Su corte se deshizo, sus tierras se pudrieron, su trono quedó vacío. Y las dos cortes restantes empezaron a medirse las fuerzas.

—¿Y yo qué tengo que ver con eso?

—Eres su sangre.

Elara soltó una carcajada seca.

—No.

—Eres la última descendiente de la línea. Tu madre lo era. Su madre, también. Alguien se tomó el trabajo de esconder a tu familia en tu mundo hace trescientos años, y funcionó hasta ahora. —Señaló su muñeca—. Esa marca es la prueba. Solo aparece cuando la sangre despierta.

—Mi madre trabajaba en una gestoría —dijo Elara, y la voz se le quebró en la última palabra—. Se murió de una neumonía cuando yo tenía catorce años. No era una reina. Ni de las espinas ni de nada.

—No tenía por qué saberlo.

—Entonces no es verdad.

—Es verdad.

—¡No lo es! —Elara dio un paso hacia él y le clavó un dedo en el pecho—.

Esto es un secuestro. Me has arrancado de mi casa, de mi trabajo, me has traído a no sé dónde con una excusa de cuento de hadas, y esperas que me siente a comer pan y a aceptarlo.

Yo soy una librera. Tengo una gata. Tengo una tía que debe de estar volviéndose loca. Tengo una vida.

—Tenías.

Lo dijo sin crueldad. Con sequedad, como quien constata la hora. A Elara le dolió de todos modos.

—Repite eso.

—Que tenías una vida, y la has perdido. Los cazadores sabían tu nombre, tu dirección y tu rutina. Los que vengan después sabrán más. Si hubieras seguido en tu tienda, a estas horas estarías muerta o encadenada. Elige la que prefieras.

—No me lo creo.

—Puedes no creértelo. Es un derecho que se gasta rápido por aquí.

—Kael se separó de ella con un movimiento brusco, como si el contacto del dedo le hubiera quemado, y fue hasta la mesa.

Se sirvió agua en una copa de metal—. Tu sangre puede alterar el equilibrio.

Con ella se puede reabrir la Corte de las Espinas, y quien controle a su heredera controla esa corte.

Hay quien te necesita viva y quien te prefiere muerta.

Y hay quien te quiere con una corona, un grillete y una correa.

—¿Y tú qué quieres?

La copa se detuvo a medio camino de sus labios.

—Que te quedes quieta —dijo—. Hasta que se complete el ritual.

—¿Qué ritual?

—El que fijará tu sangre. Lo hará una de las cortes, con tu consentimiento o sin él. Yo prefiero que sea la mía, porque conozco sus defectos. —Bebió, dejó la copa y la miró por encima del borde—. Hasta entonces estarás bajo mi protección.

—Bajo tu vigilancia, querrás decir.

—Si la palabra te resulta más cómoda, sí.

—¡Eres un carcelero!

—Soy el único que se ha tomado la molestia de sacarte de una calle llena de monstruos. —Su voz se endureció—. Podrías mostrarte agradecida.

—¿Agradecida? ¡Me has echado al hombro como un saco de patatas!

—Pataleabas.

—¡Porque no quería ir!

—Lo sé. Lo noté en la espinilla.

Elara respiró con furia por la nariz. Quería gritarle, tirarle algo a la cabeza, romper la copa contra la pared. Lo que hizo fue mirar a su alrededor, buscando la puerta, y encontrarla: una hoja de hierro y madera en el extremo opuesto de la estancia, cerrada, con un cerrojo del lado exterior.

—Un cerrojo por fuera —dijo con una calma peligrosa.

—Por tu seguridad.

—Por la tuya.

—Si quisiera encerrarte con mayor eficacia, lo habría hecho en otro lugar.

—Kael dejó escapar un suspiro—. Esta torre es la más protegida de la fortaleza.

No hay nadie dentro de estos muros que pueda atravesarla sin mi permiso.

Es el único sitio donde puedes dormir sin que alguien te corte la garganta.

—Fantástico. Una cárcel con mejores vistas.

—No tiene vistas.

—Pues peor.

Se hizo un silencio áspero. El fuego azul chasqueó.

Elara se pasó las manos por la cara, tratando de ordenar el desastre que tenía por cabeza: las voces, los cazadores, el trono, el libro que se abría solo.

Había una lógica en todo aquello, una trama cosida con hilos que ella no alcanzaba a ver, y cada vez que tiraba de uno, otro se tensaba.

—El trono —dijo despacio—. El de las espinas. Lo vi. Te vi a ti.

Kael se quedó muy quieto.

—Te lo dije. No era yo.

—Eras tú. Con una corona. Y me mirabas como si me odiaras.

—Te mirarán así muchos —respondió él al cabo, con una voz neutra que no engañaba a nadie—. Con tu sangre, no esperes simpatías.

—No me refiero a muchos. Me refiero a ti.

—Entonces te equivocas.

—Sé lo que vi.

—Y yo sé lo que soy. —Dio un paso hacia ella, y de pronto la estancia pareció más pequeña—.

Escúchame bien, Elara Voss. No tengo ninguna razón para odiarte.

Te conozco desde hace menos de tres días, de los cuales has dormido dos.

Lo que viste fue el libro enseñándote un fragmento de algo, y los libros mienten, o muestran lo que quieren. No des más importancia de la que tiene.

—¿Y por qué se te ha endurecido la mandíbula?

—Porque me duele la cabeza.

—Mentiroso.

—Humana insolente.

—Brazo de piedra.

—¿Cómo?

—Es lo que eres. Tienes los brazos de una estatua y el corazón del mismo material.

Kael parpadeó. Durante un segundo, algo parecido a la risa le tembló en la comisura de los labios. Lo aplastó de inmediato.

—Muy poético —dijo—. ¿Has terminado?

—No.

—Lástima. Yo sí.

Se volvió hacia la puerta. Elara se interpuso, descalza, plantándose entre él y el hierro con los brazos abiertos.